Cumpleaños en el espejo

De todos los cumpleaños que llevo hasta ahora, y ya van casi cincuenta, del que tengo un recuerdo más feliz es uno cuya celebración apenas si duró un par de minutos y solo vino a verme una persona.

Tras las delicias de los cumpleaños de mi infancia pronto adquirí el desamor por celebrarlos. Así que ese día de enero en el cual estaba a punto de cumplir los dieciocho tenía la resolución que el acontecimiento de transitar por tan emblemática senda a la adultez pase desapercibido. Por aquel entonces era estudiante de periodismo así que de seguro andaba inmerso en los apuntes de clases. Me dormía muy tarde y como toda noche, la de ese día acrecentaba cualquier sonido a la condición de ruido. Eso es lo que pasó justamente cuando oí de pronto que tocaban la puerta de mi habitación. El sobresalto por aquel desgarro del silencio fue mayor aún al comprobar con un rápido vistazo del reloj que era exactamente la medianoche. ¿Qué podría haber pasado? Antes de abrir me asaltaron muchas preguntas y no tuve respuesta para ninguna. Del otro lado papá apareció silencioso como esa noche serena. Lo estuvo también mientras ingresaba discreto a mi habitación para no despertar a mis hermanas que dormían cerca. Puede que entonces mi sobresalto inicial se hubiera transformado en fastidio.

Papá no se justificó. Cerró la puerta tras él y sin mediar palabra diluyó la distancia que nos separaba con un abrazo que terminó por envolverme. Debió haber sido un instante un poco absurdo quedar atrapado con los brazos pegados al cuerpo por no intuir que haría ese movimiento casi clandestino en medio de la noche tardía. El no corresponder a su abrazo dio con mi voluntad avasallada por la suya y mi confusión inicial cedió igual de fácil al ímpetu de sus palabras. Papá había venido a felicitarme por mis dieciocho años que literalmente acababa de cumplir al transcurrir la noche del día diecinueve al veinte de ese enero del 91. Permaneció el tiempo suficiente apenas para decirme un par de cosas más y casi enseguida me dejó solo con el silencio de esa noche.

Dudo que me haya tumbado a la cama sabiendo que aquella sería la primera vez que me aguardaba mi primer sueño como adulto. Lo que sí estoy seguro es que la almohada fue mi pedestal para dedicarme a pensar en el gesto que papá tuvo conmigo. Por qué no esperar a la mañana siguiente para hacer lo mismo que acababa de ocurrir. Luego en un instante que podría ser obra de mi última idea consciente u obra ya del propio sueño, tuve una revelación que me hizo ponerme en pie. Anduve a tientas por la habitación y ahora la oscuridad se sumaba al silencio para darle forma a aquella noche dilatada. Más por hábito que por certeza llegué hasta el estante de libros. Tanteé con golpecitos en toda aquella biblioteca y los libros me devolvieron sus quejidos pero uno en particular detuvo mi búsqueda. Su tapa gruesa lo hizo sobresalir de entre ese montón de superficies frágiles. Me apoderé de él y fui hasta la ventana donde la luz exterior se debatía en batalla contra la oscuridad para vencerla con débiles trazos. Un pálpito secreto me conducía. Reconocí la forma rectangular de aquello que tenía entre manos. Su cubierta verde ocre quedó engullida por esa espesura que me rodeaba pero sus páginas entre blancas y grises se asomaron a la noche con la desteñida sutileza propia de quien descubre el interior de un baúl impregnado de polvo. Rodé por su tipografía buscando lo ajeno a ella pues trataba de dar con algo escrito de puño y letra. Mis ojos tardaron un poco más en descifrar su contenido exacto hurtando la poca luz que traspasaba la ventana, hasta que al fin reconocí con un poco de esfuerzo y otro de memoria la siguiente dedicatoria:

“Al compañero Ernesto Elias Carnero, quien cumplió sus dieciocho años en prisión por la sagrada causa del aprismo. Haya de la Torre. Incahuasi, abril del 44.”

Lo había encontrado. Esta era la clave de lo que me acababa de pasar. Siendo muy joven papá fue detenido en una refriega política como parte de su militancia aprista, y dentro de prisión ese muchacho voluntarioso cumplió nada menos que sus dieciocho años en la aparatosa incertidumbre de una cárcel. Lo testimoniaba la dedicatoria en el libro La Defensa Continental de autoría del propio Haya, líder de los apristas y que había estampado su firma para perennizar el momento de zozobra en la vida del incipiente luchador social. Sí, eran justamente dieciocho años los que papá cumplió en prisión como justo yo acababa de hacerlo, salvo que en condiciones idílicas frente a las que él mismo había padecido.

Me puedo imaginar qué habrá sido de él para entonces. De todos los sitios posibles la cárcel es el lugar más inhóspito para cumplir años, en especial los dieciocho. El tedio lo abrumaría. No daría más de unos pocos pasos en cualquier dirección. Lo azotarían todas esas inquietantes preguntas. Y quizá, con las manos aferradas a los barrotes que mezquinaban su libertad y la cabeza acongojada sobre ese hierro atroz, tuvo la tibia ensoñación de estar con los suyos alrededor de una mesa. Como fuese, el hecho es que papá no dejó pasar esa simetría con que muchos años después la vida lo sorprendía atestiguando la misma edad que cumplía su hijo varón. Y lo que para mí debía ser un día más como cualquier otro, para él fue una suerte de revancha, un consuelo largamente diferido pero que al fin llegaba bajo una forma insospechada.

Así que la víspera de ese veinte de enero día en que cumplí los dieciocho, papá miraría su reloj con impaciencia. Puede que minutos antes ahí en su oficina se llevara las manos atrás como había aprendido al haber sido esposado tanto tiempo y diera los mismos pasos en vano de una pared a otra tal cual lo hizo en aquella celda apretujada. Todo lo demás era diferente. Yo estaba muy lejos de perder mi libertad y lejos también de cualquier sobresalto, acomodado en los tres pisos de una casa que papá construyó. Minutos antes de esa medianoche ningún barrote en el mundo hubiera podido detenerlo mientras subía las escaleras para llegar hasta donde me encontraba. Y detrás de esa puerta iba a reencontrarse con una versión de sí mismo que de algún modo le pertenecía. Cuando le abrí quizá se habrá reconocido en mi desconcierto al compararlo con su mueca tras saberse detenido aquella vez. Entonces vino a abrazarme con todo el ímpetu aplazado de sus músculos, esos que estuvieron dramáticamente sojuzgados en un momento idéntico al mío. Tardé en reconocerlo, pero muchas cosas pasaron en ese abrazo suyo. Papá necesitaba saber por cuenta propia que yo me encontraba bien. Sonreír como le hubiera gustado hacer al cumplir los dieciocho y nunca pudo. Asegurarse de que no vivía una ilusión como la que le permitió salir aún preso pero envuelto en una precaria fantasía. Sentir en el alma de otro lo arrebatado a la propia.

Como dije, durante ese cumpleaños nadie excepto papá vino a saludarme, y él mismo se quedó solo por unos minutos. Nada de especial sucedió después. No hubo regalos. Tampoco una fiesta. Y el día siguiente llegó con su noche silenciosa tal como la de ese día. Pero al recordar a papá escabullido entre las sombras y verlo surgir desde allí para contemplar la promesa largamente acariciada del amanecer de mis dieciocho años, comprendo emocionado que fue el mejor cumpleaños de todos.

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