4:10 Minutos de Confesión

26 de julio del 2026, 12:07 a. m.

Ayer fui al concierto de Romeo y Prince Royce.

Cantaron Eres Mía.

Y lloré.

Pero supongo que tú, mejor que nadie, entenderías por qué tenía que ser precisamente aquella.

Porque Eres Mía nunca fue solamente una canción para nosotros…

De repente, estaba otra vez en aquel primer viaje contigo. Cuatro horas y media de carretera para ir a recoger a mi primer perrito. Un recuerdo que probablemente podría parecer insignificante contado desde fuera, pero que yo sé que jamás voy a olvidar.

Recuerdo que me diste tu teléfono y me dijiste que pusiera la música que quisiera.

Vía libre.

Durante cuatro horas y media pude escoger canciones, cambiar artistas, saltarme unas y repetir otras.

Tú no pediste nada.

Hasta que estábamos a punto de llegar.

Entonces hiciste una única petición.

Eres Mía.

No pregunté por qué esa.

Creo que tampoco hacía falta.

Había cosas entre nosotros que, por aquel entonces, parecían entenderse mejor cuando ninguno de los dos intentaba explicarlas.

Así que dejamos que Romeo dijera en voz alta aquello que nosotros todavía no nos atrevíamos a decirnos.

Durante años pensé que quizá había interpretado demasiado aquel momento. Que tal vez el tiempo lo había romantizado de más en mi memoria de lo que realmente había sido.

Hasta que, años después, tú mismo me quitaste la duda.

Me confirmaste que no había sido casualidad.

Que habías elegido aquella canción sabiendo exactamente lo que querías decirme con ella.

Y no sé por qué escucharlo de ti tantos años después hizo de aquel recuerdo algo más bonito.

Quizá porque una escena que durante años había pertenecido solamente a mi memoria parecía haber tenido también un lugar en la tuya.

Por eso ayer, cuando empezaron a sonar los primeros acordes, dejé de estar por un instante en aquel concierto.

Volví a estar en tu coche.

Volví a aquel viaje.

Volví a ser aquella versión de mí que todavía no sabía todo lo que vendría después.

Y tú estabas sentado a mi lado otra vez.

Por unos segundos, el recuerdo dejó de sentirse como un recuerdo.

El tiempo hizo una de esas cosas extrañas que hace a veces con lo vivido: guardarlo entero dentro de una canción.

Y qué cruel puede llegar a ser esta, cuando conoce demasiado de ti.

Hay momentos que ciertas canciones parecen capaces de conservar intactos. Los años pasan por nosotros, pero no por ellos. Solo los dejan reposar, añejándolos cual vino, hasta que un día vuelves a probarlos y descubres que se han vuelto más valiosos… y también un poco más amargos.

Allí, rodeada de miles de personas, tú estabas en todas partes sin estar en ninguna.

En la música.

En el recuerdo.

En la chica que fui entonces.

En la mujer que ahora estaba allí, escuchando la misma melodía, mirando hacia un escenario empañado por las lágrimas.

Por un momento quise enviarte aquel vídeo.

No para pedirte que volvieras.

Ni siquiera para obligarte a responder.

Solo porque durante tantos años fuiste la persona a la que quería contarle las cosas.

Y porque una parte de mí quería preguntarte:

¿Tú también te acuerdas?

Aunque ahora sé que sí.

No sé si lo recuerdas como yo.

No sé qué lugar ocupa en tu memoria.

Pero sé que aquella canción tampoco fue una más para ti.

Y supongo que eso tendrá que ser suficiente.

Al final, no necesito saber dónde guardaste tú aquel recuerdo para entender dónde terminó quedándose el mío.

Tal vez por eso hay personas que terminan quedándose escondidas dentro de determinadas letras.

No porque sigan ahí.

Sino porque la versión de nosotros que las quiso todavía sabe exactamente dónde encontrarlas.

Y ayer, al sonar esos primeros acordes, te encontró durante cuatro minutos.

Y por esos cuatro minutos volvimos a estar en aquel coche.

Después terminó la canción.

Las luces siguieron encendidas.

El concierto continuó.

Y tuve que recordar que tú ya no estabas a mi lado.

Te extraño.

A mi mejor amigo.

A mi confidente.

A ti.

Y quizá esas sigan siendo las dos palabras más sencillas y, al mismo tiempo, las más difíciles que he tenido que escribirte:

Te extraño.

— Vera Noctis

Nota de autora

Esta es la segunda pieza de un proyecto epistolar en construcción. A diferencia de la primera, esta carta nunca llegó a su destinatario.

Me interesa especialmente conocer cómo funciona para alguien que desconoce por completo la historia detrás de ella: si el recuerdo consigue sostenerse por sí mismo, si la intensidad se siente natural y si el ritmo permite avanzar sin perder la emoción.

También me interesa saber qué permaneció después de terminarla: una imagen, una frase, una sensación o incluso algún punto en el que, como lector, habrías necesitado menos.

No busco únicamente elogios. La crítica respetuosa y argumentada es precisamente una de las razones por las que he decidido compartirla.

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