Las lágrimas de los olvidados caen en la azotea y se mezclan con la lluvia en la tormenta, en la ciudad despiadada y cruel, donde las luces de neón son tan oscuras como el corazón de sus habitantes. Allí, en el borde del viejo rascacielos, separadas por la distancia, las dos almas perdidas aún no saben todo lo que en realidad comparten, mucho más de lo que imaginan, una vida de soledad y de palabras no dichas, una muerte que, amenazante, las envuelve.
“Aquí estoy, solo y decidido a hacerlo. ¿A quién le va a importar? No tengo familia. No tengo amigos. No tengo a nadie. Mi vida siempre ha estado apartada de todos. Desde que nací y me abandonaron. Desde que crecí en aquel orfanato y en mil familias de acogida que nunca me quisieron. Nací solo y solo moriré”.
“La lluvia será mi única acompañante. Adelante. Solo es un momento. Un paso al frente y… ya está. Hecho. Solo será un momento y luego… desapareceré de este mundo injusto y deprimente. Y nadie me verá nunca más… nadie me recordará tampoco. La vida no tiene sentido”.
—Lo he intentado. Juro que lo he intentado con todas mis fuerzas. Pero… ¡no puedo! No sé cómo evitar todo esto. Es superior a todo lo que puedo soportar. ¡No puedo más! La tristeza y esa… horrible pena, esa… depresión que no se termina nunca, me deja sin energías. No deseo nada, no tengo ganas de hacer nada. Todos los días son iguales. Apenas puedo levantarme de la cama. Apenas puedo arrastrarme con este cuerpo. Me cuesta tanto hacer las cosas… ¿Para qué seguir viviendo así, con este sufrimiento atroz? Pero esta agonía terminará pronto. Sí. Muy pronto. Solo tengo que… lanzarme y luego… todo habrá terminado. ¡Que me perdone mi familia! No he querido hacerles daño. Solo quiero que esto acabe.
“… Pero ¿qué es esto que oigo? No estoy solo. Hay alguien más en la azotea. ¡Es la voz… de una mujer!”
—¡Vamos, hazlo! ¡No tengas miedo! Un solo salto y… ¡ya está! Todo habrá terminado. ¡Respira hondo! ¡Vamos, respira! No te lo pienses más. Venga… ¡ahora!
—¡Espera! ¡No lo hagas! ¡Detente!
Las lágrimas de los olvidados se detienen. Bajo las luces oscuras de la ciudad las miradas de dos almas perdidas se entrecruzan y sus empapados ojos por fin se encuentran. Sus cuerpos mojados ya no tiritan, sus rostros desencajados simpatizan unidos por una misma decisión, por la trágica determinación suicida de aquellos que ya nada esperan. Sin embargo, una voz ha surgido curiosa. Interrogante, inquisidora, suplicante. Un sonido electrizante que los envuelve. Quizá son palabras más poderosas que la muerte.
—¿Qué?… ¿Quién eres?
El hombre trata de explicarse, contar por qué está allí mismo, como ella en aquella azotea, las razones que le instan a realizar aquel implacable acto. Pero lo único que sale de sus labios es la evidencia de compartir parecidos sentimientos y emociones.
—Soy… el mismo espíritu agonizante que tú.
La mujer lo mira con una mezcla de desesperanza y resignación.
—No creo que nadie pueda entender lo que siento. Dime, ¿por qué me has detenido? ¿Por qué no quieres que salte? ¿Acaso tú no ibas a hacer lo mismo que yo?
—Quizá no puedas entenderlo, pero… cuando te he visto allí de pie, al borde de la azotea, dispuesta a… no sé, creo que me he visto reflejado en ti, como si fueras mi reflejo de un espejo que me mostraba la imagen de mi propia perdición. Es como si de repente la verdad que hasta estos momentos se hallaba escondida, nublado mi juicio y dominaba mi voluntad, me dijera que lo que estaba dispuesto a hacer no era la única solución posible. Y no podía permitirlo. No podía dejar que otro ser atormentado se perdiera en el abismo de destrucción y muerte.
Lágrimas amargas resbalaron entonces por las mejillas de la mujer devolviendo sus ojos una mirada de profundo dolor.
—Pues ojalá no me hubieras disuadido. Créeme, lo mejor que podía hacer era… saltar al vacío. Iba a hacerlo, ¿sabes? De verdad. Lo iba a hacer. Pero ahora… ¿cómo quieres que cumpla con mi más ferviente deseo, con lo que había pensado hacer desde hacía tanto tiempo?
El hombre también la miraba. Y por un instante creyó que su corazón le indicaba que aquella alma perdida era en realidad parte de su vida, de un mundo propio que solo un ser querido podía compartir. Fue solo un instante. Lo suficiente como para que, ignorando las duras palabras de ella, él le tendiera su mano, dispuesto a tratar de consolar los más tristes lamentos que un ser humano podía exhalar. La mujer a su vez le tendió la suya y una chispa de potente energía pareció emerger de ambos cuerpos.
—Lo siento… pero me encuentro vacía —expresó ella con sentimiento de culpa.
—Yo… también. Pero, mira, te propongo un trato. Somos dos almas perdidas en medio de un océano de tormenta. Vaciemos nuestras almas. Pero de barro y suciedad. Puede que, si compartimos nuestro dolor, algo nuevo surja en nuestros corazones, una nueva ilusión. Si después de abrir nuestros corazones y conversar un rato, nuestra idea inicial de acabar con todo persiste, no impediré esta vez que se cumpla tu deseo. ¿Te parece bien?
Un nuevo brillo pareció sobresalir de sus apenados ojos. Y, sin poder llegar a creer lo que estaba haciendo, ella contestó por fin afirmativamente.
—Me… parece bien.
—Estupendo. Por cierto. Yo me llamo Isaac. ¿Cuál es tu nombre?
—Paula.
Cuando los olvidados hablan el dolor de sus corazones se disipa, la esperanza vuelve a resurgir de las cenizas e invade con su luz las almas desterradas. Ya no sienten la lluvia en la tormenta a pesar de hallarse empapados. Son espíritus más fuertes que destruyen la melancolía y se alejan poco a poco de la muerte.
—¿Cómo te sientes ahora, Paula?
—No estoy muy segura de cómo me siento. Si te dijera que mejor, quizá mentiría. Me siento… confusa, aunque también he decir que me encuentro… aliviada. Sí, esa es la palabra. Hasta hace unos instantes solo quería morir. Pero, en el fondo, no es eso lo que deseo. Me gustaría que mi depresión desapareciera, que la tristeza y melancolía abandonaran mi espíritu malherido. Anhelo mitigar todo este sufrimiento, dejar de llorar a escondidas para que no me vean, dejar de fingir que mi voluntad me lleva hacia adelante. No deseo que mi familia sufra por mí. Al menos, tú has conseguido que no me lance hacia abajo desde esta azotea. La verdad es que en estos momentos ya no quiero acabar con mi vida. Aunque mi pesar no ha desaparecido.
—Sé cómo te sientes. Puedo comprenderte. No soy tan diferente a ti. Yo también pretendía quitarme la vida. Tú… has sido la luz que me ha abierto los ojos y me ha hecho reflexionar sobre lo que he estado a punto de hacer. Y, a pesar de que empatizo con tu dolor, debo decirte que en realidad tienes suerte de tener una familia que te quiera. Y que podría ayudarte en tu enfermedad el amor de tus seres queridos hacia ti.
—Ah, Isaac, no es tan fácil como parece. Sobre todo, porque la relación con mi madre nunca ha sido demasiado buena. Ella ha sido una mujer maltratada por la vida. Ser madre soltera en plena adolescencia siempre deja una profunda huella, una herida que nunca acaba de cicatrizar, sobre todo si te has visto obligada por las circunstancias a abandonar a tu hijo. Nuestra convivencia siempre ha sido problemática. Es muy duro no poder contar tus problemas o compartir tu vida entera con tu madre. Ella y yo no congeniamos. Somos como el día y la noche.
Paula pensó que estaba hablando demasiado de ella misma. Realmente, sentía una gran curiosidad por aquel chico que le había salvado la vida y con el que compartía el mismo dolor, la misma soledad, el mismo abandono.
—¿Y… qué hay de ti, Isaac? ¿Es consciente tu familia de tus inquietudes vitales? ¿Confías en tus seres queridos? No… perdona. Me estoy entrometiendo en algo que no me incumbe. Lo siento si he sido demasiado indiscreta. Yo…
—Oh, no, querida Paula. No pienses eso. En absoluto te has entrometido. Al contrario, me halaga que alguien se interese por mí. Además, recuerda nuestro trato, charlar un rato y decidir después si acabamos haciendo o no aquello por lo que hemos venido a esta azotea. Yo debo decir que… no tengo familia. En realidad, no tengo a nadie. Me crie en orfanatos y en casas de acogida. En algunos de esos lugares he sufrido maltrato. Por desgracia, desconozco el amor de unos parientes que te protejan y te cuiden. Siempre me he sentido muy solo. No consigo adaptarme a la sociedad, no me siento integrado en esta ciudad que tanto daño me ha hecho. Odio esta ciudad, sí. Salgo de un problema y entro en otro. Debería irme de aquí, pero no puedo permitirme dejar mi actual trabajo.
—Cuánto lo siento, Isaac.
Un inesperado silencio pareció interponerse entre los dos. Pero Paula no deseaba perder la magia de las palabras aparecida en una noche que podía haber sido trágica, por lo que improvisó un comentario despreocupado.
—Isaac ¿sabes que nos estamos mojando de lo lindo?
—Vaya, no lo había notado.
Los dos rieron. Era la primera vez que reían en mucho tiempo.
—Resulta extraño, Paula, pero parece que nos conozcamos desde siempre. Es como si formásemos un vínculo desde un pasado remoto.
—Sí. A mí me pasa lo mismo.
֫—Podría ser como un hermano mayor.
—Bien podrías serlo, sí.
Ambos sonrieron. Súbitamente, un relámpago resonó en lo alto no muy lejos de ellos, inundando de una potente luz el cielo de la ciudad.
—¡Pongámonos a salvo, Paula! ¡Vamos a resguardarnos en aquellas paredes de allí!
Una tormenta de electrizantes rayos invadió de luces y estridentes sonidos la atmósfera de aquella peculiar noche. Pasados unos minutos, pareció desvanecerse hasta desaparecer, quedando en su lugar únicamente aquella incesante lluvia que no parecía detenerse nunca.
Paula se aventuró a saber por fin lo que antes no se había atrevido a preguntar.
—Dime, Isaac ¿nunca has querido conocer tus orígenes? ¿Saber quién es tu madre? ¿La has buscado alguna vez?
La respuesta del joven sorprendió a Paula.
—En realidad, no. Y no es porque la odie o algo así. Es que siempre he creído que si ella no me ha encontrado nunca es porque, en el fondo, no me quería. ¿Sabes? Cada vez estoy más seguro de que venimos a este mundo para algo, para cumplir una misión, un deber, un aprendizaje… Yo creo que he nacido para estar solo.
—¡Oh, Isaac! ¡No pienses así! Nadie merece nacer para vivir una vida de soledad. En todo caso, siempre podemos luchar para mejorar nuestra situación.
—Sí. Por esa razón tú y yo henos venido aquí, a la azotea de este rascacielos. Para mejorar nuestra situación.
Las duras palabras del joven hirieron a Paula, pues le recordaban lo que habían estado a punto de hacer esta noche. La sonrisa que hacía un momento iluminaba el rostro de ambos jóvenes había desaparecido de golpe. Era como si un afilado cuchillo hubiese atravesado sus corazones.
—Lo siento, Paula. Perdóname. No quise hablarte así. No pretendía herirte.
—No lo sientas, Isaac. En realidad, tienes razón. No podemos olvidar aquello que nos ha reunido a los dos en este lugar.
Los ojos de la joven volvían a estar húmedos, a punto de desprenderse lágrimas de ellos. Pero no eran exactamente lágrimas de pena, sino de incertidumbre ante el futuro. Paula siguió hablando.
—Te comprendo. Entiendo que cada persona está inmersa en sus propias experiencias vitales y que por ello nadie debe creerse con derecho a juzgar. Mi experiencia es un poco diferente a la tuya. Yo siempre he deseado tener noticias de ese hijo abandonado por mi madre. Es mi hermano, a pesar de que no compartamos el mismo padre. He estado buscándolo sin descanso durante los últimos dos años. Al final era lo único que me mantenía con vida, el único motivo para perpetuar mi penosa existencia. Y, aunque mis pesquisas resultaron infructuosas, nunca he pensado en abandonar esa búsqueda. Tengo la esperanza de que algún día nos podremos encontrar.
De repente, paula se dio cuenta de que Isaac estaba levemente herido.
—¡Isaac, tienes sangre en el brazo!
—No es nada. Debo haberme golpeado con algo cortante mientras corríamos por la azotea para guarecernos de la tormenta eléctrica.
Mientras así hablaba, Isaac se arremangó la camisa para inspeccionar la herida. Instantes después su mirada se posó en el rostro compungido de la joven.
—¿Qué te pasa, Paula? ¿Por qué lloras? ¿No querrás…?
—¿Es… posible?
—¿El qué, Paula? ¿Qué es posible?
—Que seas… mi hermano.
—¿Cómo…?
—Enséñame tu brazo.
Isaac, totalmente confuso, obedeció. La visión más cercana del brazo del joven parecía confirmar las sospechas de Paula. La muchacha no podía creer lo que estaba viendo. En la parte interior del antebrazo derecho sobresalía lo que parecían ser unas líneas que formaban el dibujo de un trueno de tormenta.
—Mi madre me confesó que su hijo, al que después abandonó, tenía una marca de nacimiento en su brazo. Es la misma que tienes tú en el tuyo.
—Sí. La tengo desde que nací. Pero… ¿cómo estás tan segura de…?
—Mi madre concibió a su bebé hace 30 años, cuando ella apenas tenía 15. Más adelante se casó, también muy joven. Y a los 25 me tuvo a mí. ¿Qué edad tienes tú, Isaac?
—Tengo 30 años, Pero…
—Y yo tengo 20. Todo encaja, ¿no lo ves?
La muchacha hizo una ligera pausa, como queriendo ordenar sus ideas, los pensamientos que iban surgiendo tan rápidos en su mente que apenas podía asimilarlos.
—Si lo deseas, si con el tiempo quieres formar parte de mi familia, serás bienvenido. Podemos hacernos las pruebas de ADN para confirmar nuestras sospechas.
Pero Paula había dejado de hablar y contemplaba a Isaac, que no podía reprimir las lágrimas.
—¿Te encuentras bien, hermano?
—Es que… nunca hubiera podido imaginar que tendría una hermana, y mucho menos, una familia.
Paula habló a Isaac con inmensa ternura.
—Este encuentro ha sido mágico. ¿Te das cuenta de que la tormenta nos ha unido, que tu marca en el brazo es una señal de que estábamos predestinados a encontrarnos después de tantos años, de unir nuestras vidas de sufrimiento para compartir la ilusión del mañana? ¿Eres consciente de que precisamente hoy es una noche de tormenta?
—Sí, Paula. Creo que podemos llamarla la Tormenta de los Olvidados, solo que ahora somos almas perdidas que se han encontrado bajo la lluvia que todo lo purifica, la lluvia que trae consigo un nuevo inicio.
Las almas perdidas de los olvidados son ahora las almas que se han encontrado. Las luces de neón de la ciudad ya no resplandecen oscuridad, sino que se levantan majestuosas entre parpadeos de brillantes colores. Ya cesó la tormenta. Los olvidados ya no van a la deriva en medio de un océano destructor. Los hermanos son mecidos por la suave corriente de las aguas hacia un mundo nuevo compartido, un universo de ilusión y de esperanza, en el que el sol sale cada mañana, donde lo que nunca se ha dicho se convierte en nuevas palabras de amor de un lenguaje nuevo, el de la vida abriéndose paso y alejándose de la muerte.
—Mira, Isaac, ¡ha dejado de llover! ¡Y está amaneciendo!
—Sí, mi querida hermana. Es el comienzo de un nuevo día. Es el despertar de nuestra conciencia.
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