El gato pierde el pelo, pero no las mañas

El gato pierde el pelo, pero no las mañas

Ojo de Gato

27/07/2026

A mí no me gustan los gatos.

Lo digo de frente porque después aparecen los amantes de los animales a mirarte como si hubieras confesado que pateas cachorros en tu tiempo libre.

No me gustan los gatos.

Tampoco los perros.

Ni los loros.

Ni los conejos.

Ni esos peces que uno compra para relajarse y terminan flotando a los tres días porque alguien les echó comida como si fueran a participar en un buffet.

No tengo nada contra los animales. Yo los respeto mucho. Tanto, que prefiero dejarlos vivir tranquilos, lejos de mí.

Ellos en su casa.

Yo en la mía.

Una relación sana, madura y sin pelos en el sillón.

Por eso siempre me ha resultado curioso que me llamen Gato desde niño.

No porque me gustaran los gatos.

No porque trepara árboles.

No porque tuviera ojos verdes ni caminara por los techos.

El apodo vino por herencia.

A mi padre le decían el Gato.

Y como sucede con casi todas las cosas familiares, nadie sabe muy bien quién empezó.

Los apodos no se inscriben en Registros Públicos. Aparecen una tarde, alguien los repite, otro se ríe y, cuando te das cuenta, ya reemplazaron tu nombre.

Mi padre era el Gato.

Después, con los años, fue el Gato Mayor.

Y yo fui el Gato chico.

El Gatito.

Aunque debo decir que de “gatito” tenía poco. Era más bien un niño demasiado inquieto, con cara de estar pensando en una pelota o en comida y una gran habilidad para meterme en problemas sin moverme demasiado.

Uno puede heredar muchas cosas de un padre.

La nariz.

La mirada.

El carácter.

La costumbre de quedarse dormido frente al televisor y despertarse justo cuando alguien cambia de canal.

También se heredan las frases.

Esas frases que uno juró no repetir.

—Mientras vivas en esta casa…

—El dinero no crece en los árboles…

—Apaga la luz, que no somos dueños de la compañia eléctrica.

Yo heredé todo eso.

Y además heredé un apodo.

Gato.

Lo gracioso es que, con el tiempo, terminé pareciéndome un poco a los gatos.

Sin querer.

Sin firmar ningún contrato.

Sin siquiera tener uno en casa.

Fue una emboscada.

Los gatos, por ejemplo, entran a un lugar y primero miran.

No se lanzan.

No hacen bulla.

Observan.

Miden.

Calculan.

Ven quién manda, quién cree que manda y quién simplemente tiene la llave del baño.

Yo soy así.

Cuando llego a una reunión, no siempre hablo primero. Miro. Escucho. Veo quién toma las decisiones, quién se hace el importante y quién está esperando que termine todo para irse a almorzar.

Después hablo.

A veces con claridad.

A veces más de la cuenta.

Porque también hay que ser sincero: uno puede ser gato, pero gato charlatán.

He trabajado toda mi vida con gente.

Ventas.

Médicos.

Equipos.

Jefes.

Clientes.

Personas que dicen:

—Mándame la propuesta y la revisamos.

Frase que en el idioma comercial significa:

—No te voy a responder nunca más.

Aun así, uno insiste.

Porque un vendedor tiene algo de gato callejero.

Puede recibir veinte portazos, pero al día siguiente vuelve a la misma puerta con otra cara.

—Buenos días, doctor. Justo estaba por la zona.

Mentira.

Había cruzado media ciudad, tres distritos y dos combis.

Pero ahí estaba.

Los gatos también son selectivos.

No se acercan a cualquiera.

Puedes llamarlos durante diez minutos, hacer ruidos ridículos con la boca, agacharte, extender la mano y hasta perder un poco la dignidad.

El gato te mira.

Y decide que no.

Se va.

Así nomás.

Yo también tengo algo de eso.

Conozco a mucha gente.

He trabajado con cientos de personas.

He compartido viajes, reuniones, almuerzos, tragos, partidos, canciones y hasta conversaciones profundas que, al día siguiente, nadie recordaba bien.

Pero amigos de verdad, pocos.

No porque me crea especial.

Ni porque sea un ermitaño.

Es solo que no todos entran.

Uno puede caerme bien.

Podemos reírnos.

Podemos compartir una mesa.

Pero para entrar a la parte seria de mi vida hay que pasar ciertos controles.

Ni yo sé cuáles son.

Supongo que hay una aduana emocional instalada en algún lugar de mi cabeza.

Los gatos también tienen eso.

Un día te ignoran.

Otro día se sientan a tu lado.

Y de pronto ya eres suyo.

No te avisan.

No firman papeles.

No hacen ceremonia.

Simplemente se quedan.

Yo también tengo personas que se quedaron.

Algunas llegaron por sangre.

Otras por esas casualidades raras de la vida.

Personas que no tenían ninguna obligación de quererte y, sin embargo, decidieron hacerlo.

Esos son los buenos.

Los que no están porque les toca.

Están porque quieren.

Los gatos parecen independientes.

Eso también me suena conocido.

Uno los ve caminar solos, dormir solos, mirar desde una ventana como si estuvieran resolviendo el problema de la humanidad.

Aunque probablemente estén mirando una paloma.

Yo también he tratado de parecer independiente.

Como si pudiera con todo.

El trabajo.

Los problemas.

Las pérdidas.

Los cambios.

Las cuentas.

La familia.

Las dietas.

Bueno, con las dietas no siempre he podido.

Yo he empezado muchas dietas.

Con entusiasmo.

Con disciplina.

Con una foto motivacional.

Con una balanza nueva.

Y todas han terminado igual: frente a un plato que “solo por hoy” no iba a hacer daño.

El problema es que uno tiene demasiados “solo por hoy”.

Los gatos también caen.

Eso de que siempre caen parados es propaganda.

A veces se resbalan.

Se golpean.

Se caen de una silla.

Pero se levantan rápido y caminan como si todo hubiera sido parte de una coreografía.

—Yo quería hacer eso.

Yo también he hecho eso muchas veces.

Me he equivocado.

He tomado malas decisiones.

He confiado en personas que no debía.

He dejado pasar oportunidades.

He insistido donde ya no había nada.

Y después he seguido caminando con cara de que todo estaba bajo control.

Por dentro, no.

Por fuera, impecable.

O casi.

El humor ayuda mucho.

Yo creo que el humor es una manera elegante de tapar un agujero.

Uno hace reír a los demás para que no miren demasiado adentro.

Yo he hecho eso toda mi vida.

En momentos duros, cuento algo gracioso.

Cuando algo duele, hago una broma.

Cuando no sé qué decir, digo una tontería.

Y funciona.

La gente se ríe.

Yo también.

Y por unos segundos parece que nada pasa.

Los gatos hacen algo parecido.

Cuando están heridos, se esconden.

No buscan público.

No mandan mensajes.

No anuncian:

—Amigos, necesito mi espacio.

Se meten debajo de una cama y esperan.

Yo también me escondo.

No debajo de una cama, porque a mi edad después no podría salir.

Me escondo escribiendo.

Me escondo en las canciones.

Me escondo en los recuerdos.

Me escondo en Ojo de Gato.

Es curioso.

Escribo para mostrarme, pero también para esconderme.

Porque cuando cuento la historia de otro, casi siempre estoy hablando un poco de mí.

Y cuando hablo de mí, muchas veces digo que es otro.

Así duele menos.

O al menos eso quiero creer.

A veces vuelvo a la cocina de mi infancia.

Ahí está mi mamá Alicia.

Cocinando.

Moviéndose de un lado a otro.

Diciendo alguna cosa que en ese momento parecía normal y que hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar.

Otras veces vuelvo al hall de la casa.

Ahí está mi viejo.

El Gato Mayor.

Sentado.

Mirando fútbol.

Diciendo que el árbitro era un ladrón antes de que empezara el partido.

Mi viejo tenía esa capacidad de desconfiar del árbitro con anticipación.

Eso también lo heredé.

Hay partidos en los que el árbitro todavía no ha cobrado nada y yo ya estoy indignado.

—Ya empezó.

—Pero si recién han sacado del medio.

—Por eso mismo. Ya se le nota.

Los gatos son territoriales.

Conocen su casa.

Saben dónde entra el sol, dónde corre aire, dónde se sirve la comida.

Yo también tengo mis territorios.

Arequipa.

La casa de mis padres.

El colegio.

El barrio.

Las canciones.

Los partidos.

Los amigos que se fueron quedando en otros caminos.

La memoria también es una casa.

Una casa rara.

Tiene cuartos cerrados.

Puertas que uno evita abrir.

Ventanas por donde entra una canción.

Y muebles que ya no existen, pero uno todavía sabe dónde estaban.

Yo regreso mucho a esa casa.

Tal vez demasiado.

Pero ahí están los míos.

Los que ya no están.

Mi padre.

Mi madre.

Y uno vuelve porque, aunque duela, es el único lugar donde todavía puede verlos.

Mi padre fue el Gato Mayor.

Yo heredé su nombre.

Al principio fue solo un apodo.

Después se convirtió en una forma de llevarlo conmigo.

Cuando alguien me dice Gato, no escucho solo mi nombre.

Escucho un poco el suyo.

Como si el apodo tuviera eco.

Él está ahí.

En alguna frase.

En alguna reacción.

En una forma de sentarme.

En una manera de enojarme.

En el fútbol.

En el humor.

En ciertas cosas que hago sin darme cuenta.

Los padres tienen esa costumbre.

Se van, pero se quedan.

Se meten dentro de uno.

A veces aparecen en una palabra.

O en un gesto.

O cuando uno se mira al espejo y descubre una cara conocida que no es exactamente la suya.

Durante años uno trata de ser distinto al padre.

Después pasa el tiempo.

Y termina buscando sus semejanzas.

Yo no amo a los gatos.

Pero amo haber sido el hijo del Gato Mayor.

Amo que su apodo haya llegado hasta mí.

Amo que, cuando alguien diga Gato, una parte de él siga respondiendo.

Tal vez por eso escribo.

Para que no se vaya.

Para que mi mamá tampoco se vaya.

Para que los amigos no desaparezcan del todo.

Para que las casas viejas sigan teniendo puertas.

Para que una cocina vuelva a oler a comida.

Para que un partido pueda empezar otra vez.

Para sentarme junto a mi viejo aunque sea en una página.

A veces pienso en el día en que yo tampoco esté.

No me gusta demasiado pensarlo, pero a esta edad uno ya sabe que la vida no tiene renovación automática.

Tal vez alguien encuentre uno de mis relatos.

Quizá lo lea.

Quizá se ría.

Tal vez diga:

—Este Gato era bien sonso.

No sería una mala forma de ser recordado.

Pero quizá también encuentre una frase que le haga pensar en mí.

En una conversación.

En una canción.

En un partido.

En una sobremesa.

Y entonces, por un momento, volveré.

No como fantasma.

No me veo flotando por una casa moviendo cortinas. Eso requiere demasiada energía.

Volveré como vuelve mi padre.

En una palabra.

En una risa.

En una costumbre.

En un recuerdo que aparece sin avisar.

Y quizá alguien diga mi apodo.

Gato.

Entonces el nombre recorrerá el mismo camino.

Primero fue de él.

Después fue mío.

Y tal vez, por un instante, vuelva a ser de los dos.

Porque algunos nombres no sirven solo para llamarnos.

También sirven para que los muertos encuentren el camino de regreso.

Mi padre fue el Gato Mayor.

Yo fui su Gatito.

Y mientras alguien siga diciendo nuestro nombre, ninguno de los dos se habrá ido del todo.

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