sin_titulo_20250213

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Edu Car

28/10/2026

Llevaba un rato balanceándose en la silla, esperando alguna risa de las chicas, una sonrisa al menos pero todas parecían hastiadas. Pensaba que la culpa no era suya sino del momento y lugar. Con la barriga llena, justo después de comer y tan cerca de la playa que el ruido de las olas animaba a dormitar, era difícil reclamar más atención. Un público exigente.

– ¡Ups! Casi me caigo. – alertó.

Era cierto, a punto estaba de caer. La plataforma elevada de madera del chiringuito no tenía barandillas alrededor, ni nada que evitase su caída si perdía el equilibrio. Aún así calculaba que con toda la arena fina del suelo tendría suficiente amortiguación para no hacerse daño, sólo quedaba decidir si merecía la pena el riesgo.

– Ay. – exclamó Asun con desgana – Déjate ya con eso.

Merecía la pena.

– La mano, ¡la mano! – pidió a sus lados – ¡¡Qué me caigo!!

Y se cayó. Tal como supuso no se hizo daño, sólo se llenó de arena pelo y cuello. Lo que no calculó era que por esa parte había algo de inclinación, así que con la arena suelta por el impacto también él se deslizó alejándose de la plataforma.

– ¿Nico? – escuchó preguntar a la voz de Perla.
– ¡Nico! – llamó la voz de Abril, preocupada.
– ¡¿Estás bien?! – dijo Asun, levantándose, preocupada también – No puede ser más tonto este chico. – concluyó al verle arrastrado por la arena pero sonriente.

La caída acabó cuando silla y él dieron contra un gran plástico que sobresalía entre el fondo de arena. Lo movió un poco al darse contra él y lo movió otro poco más al ponerse en pie. Plegó la silla y con ella al hombro subió el tramo de arena suelta echando mano para no volver abajo.

– Qué susto nos has dado. – dijo Perla – ¿Te has hecho daño?
– Estoy bien. Por lo menos os he despertado.
– De verdad que no puedes ser más tonto. – insistió Asun – ¿Y si te hubiese pasado algo qué?
– Qué estoy bien. Va. Echadme una mano. – pidió para subir con ellas.

Las tres se acercaron al borde. Asunción que era la más alta, se puso en cuclillas, las otras dos se inclinaron alargando un brazo cada una. Le pasó la silla a Asunción y se agarró al brazo de Perla, Abril le tomó por la muñeca para ayudar.

– Te cambiaste el bikini. – dijo mientras le ayudaban a subir, atisbando entre las piernas de Perla.
– ¡No seas guarro! – se quejó ella, a punto de soltarle y cerrando las piernas tanto como podía en la forzada postura.
– No se lo tengas en cuenta, está salido todo el día. – rió Abril.
– Si alguna me diese cancha no estaría así. – protestó.
– Tienes a las tres reinas del pueblo siempre a tu lado y aún te quejas. – dijo Asun pellizcándole una mejilla.
– Voy a por bebidas. – dijo soltándose de los dedos de Asun – ¿Qué traigo?
– Se ha movido la bolsa esa. – dijo Abril señalando el plástico que frenó la caída – ¿Qué era? ¿Basura?
– No sé, no miré debajo.
– Se sigue moviendo. – confirmó Perla.
– Pues no hace tanto viento, ¿no? – dijo Asun.
– Va. ¿Qué queréis?

Las tres chicas miraban fijamente el plástico y sus movimientos erráticos.

– Después haréis que me levante otra vez, como de costumbre. Bah. – ignorando la obsesión de ellas se fue hacia el mostrador.
– Pues no noto viento. – escuchó decir a Abril.
– Corre, ¡ven! ¡Se levanta! – gritó Perla.

No hizo caso a la primera llamada, sólo cuando las tres chicas empezaron a corear caóticamente se dio la vuelta. Las tres miraban asustadas hacia el plástico. Siguió sus miradas y vio que se estaba levantando, como Perla decía un momento antes.

No era el viento haciendo que se elevase, a medida que subía unas patas negras aparecían. Cuatro patas negras, recias y brillantes ahora que recibían los rayos de Sol. Las tres chicas estaban congeladas, incrédulas ante lo que veían y asustadas. Se fijó en lo que estaban viendo los cuatro, intentando no dejarse llevar por el temor, como ellas. Los mismos brillos que despedían las patas se veían a lo largo del plástico, le sorprendió no haberse dado cuenta. Las extremidades tocaban en tierra cambiando de color, aún más negro, eran pezuñas y la parte más ancha donde confluían las dos más anchas tenía una larga cola.

– ¡Es un caballo! – anunció Asun.

El animal, completamente negro y más alto en su cruz que cualquiera de ellos, se estaba dando la vuelta, seguramente atraído por el ruido, por las voces. Al ver su cabeza, igual de negra, con ojos cristalinos que miraban sin saber a donde, todos recuperaron el aliento.

– ¡Un caballo! – confirmó Perla – ¿Qué hacía ahí?
– Será del chiringuito. – dedujo Asun.
– ¿Cómo no lo vimos antes?
– Porque estáis cegatas.
– Tonto. – acusó Asun.
– Tampoco te diste cuenta tú. – apuntó Abril – Y eso que te diste contra él.

Perla levantó el brazo y señaló con el índice hacia el caballo, pensando en su origen habían dejado de mirarlo. Al volver a verlo se dieron cuenta de porqué lo señalaba, el caballo intentaba llegar hasta ellos, pausadamente, resbalando y hundiendo sus cascos en la fina arena.

– Ven bonito, ven. – dijo Abril, extendiendo un brazo y moviendo los dedos como si tuviese en ellos algo que ofrecer al corcel.

Verlo ascender el pequeño desnivel de arena era todo un espectáculo. El animal cabeceaba siguiendo el ritmo de sus pasos, intentando que la arena que él mismo soltaba al caminar no le hiciese perder el camino avanzado, o perder pie cuando la enorme masa de su cuerpo oscilaba a uno y otro lado para mantener el equilibrio. Siguiendo sus movimientos vio que en su costado derecho, casi al lado de la pata delantera, piel y pelo cambiaba de color; llamaba su atención por ser la única irregularidad que pudo ver en la piel pero era más que un cambio de color o tonalidad. Un círculo más negro que el resto de la piel, sin brillos, como si se tragase la luz. Se acercó al borde, se agachó e intentó verlo mejor. Cuando la bestia dio unos pasos más, aunque no avanzó tanto como movía las patas por el desplome de la arena sobre la que se movía, pudo verlo mejor: era un agujero. Un hueco que se abría a su interior y como si por dentro estuviese completamente vacío, era absolutamente negro. El agujero negro apenas se deformaba con los movimientos del animal. Intimidado por su descubrimiento se incorporó y retrocedió un paso.

– Echaos atrás. – advirtió a las chicas.
– ¿Qué pasa? – preguntó Abril con su brazo todavía llamando al caballo.
– ¿Por? – preguntó Asun.

Perla seguía mirando las evoluciones del animal, sin prestar atención a lo que le decían.

– Echaos atrás. – repitió, apremiante.

El caballo estaba al borde de la plataforma, casi la mitad de él sobresalía por encima. Asentó sus pezuñas en la escurridiza arena y acercó el hocico tanto como pudo a la mano de Abril.

– Toma, bonito, toma. – dijo ella moviendo los dedos como si tuviese en ellos algo para él – A ver si me deja acariciarlo. – susurró para sí.

A escasos centímetros hocico de mano el caballo enseño los dientes, en una esperpéntica sonrisa. Abril rió en respuesta, nerviosa, Perla y Asun rieron también, sin atreverse a llegar más cerca. La sonrisa de la bestia se agrandó, enseñando todos los dientes, luego abrió la boca, a punto de tocar la mano de Abril pero, justo antes de tocarla con el belfo superior la boca se abrió aún más, mucho más de lo que un caballo normal podría abrirla, al tiempo que la piel que cubría su cabeza se iba replegando hacia el cuello, con si estuviese sacando un calcetín de un pie.

Abril mantenía el brazo extendido, incrédula y aterrada, Asun se echaba atrás por fin y Perla intentaba escapar de la realidad tapándose la cara con las manos. La boca de la bestia se abrió hasta que sus mandíbulas se separaron ciento ochenta grados. En el interior de la quijada inferior tenía una larga fila de dientes, no los propios de un caballo, sino una fila en el centro, mayores a los normales y afilados, en la superior tenía dos filas paralelas que debían encajar con la otra, con sus afinadas puntas curvadas hacia dentro.

A pesar del miedo consiguió reaccionar. Saltó apartando mesas y sillas, en su camino apartó a Perla, echándola hacia atrás, sin preocuparse de si caía o no por el empujón siguió hasta Abril, agarró su brazo con una mano y rodeó su cintura con el otro brazo. Casi no pudo ver el movimiento de la cabeza del caballo mientras tiraba con todas sus fuerzas del cuerpo de la chica. Los dos cayeron por el violento tirón. La cabeza de la bestia se cerró en el aire que ocupaba el brazo de Abril un momento antes. Una de las chicas estaba gritando, sin hacerle caso se levantó como pudo y continuó tirando del brazo de Abril, que no soltó en ningún momento, para alejarse lo más posible de aquel monstruo.

—

No daba la mañana por perdida, pero casi. Alguien se le adelantaba, no debía ser mucha diferencia, aún así no veía a nadie, ni lo escuchaba, de momento.

Esperaba no tener que volver a casa sin algún níscalo, o unos ceps para saltear y mejor un par de trufas, como la semana anterior. Sólo pensarlo se le hacía la boca agua pero en cada rincón susceptible los encontraba ya cortados. Sólo quedaban los más pequeños y tiernos que él tampoco pensaba coger. No era el primer verano que algún veraneante experto saqueaba la zona, tenía que cogerle el ritmo y adelantarse. Quizá no ser tan confiado y salir antes, después de una tormenta; cogería boletus de menor tamaño pero la cantidad compensaría.

Pero hoy tocaba acabar la mañana lo mejor posible. La bruma que subía desde la costa hacía agradable el paseo, aunque no encontrase nada. Conocía bien la zona, sabía por donde moverse y le gustaba recorrer una y otra vez los familiares caminos, tanto como salirse de ellos, acercarse a los troncos y ver si entre el manto del suelo había alguna, o estaban apareciendo. Al llegar a casa el espectáculo culinario pero mientras paseaba tenía el del entorno.

Estaba recorriendo el bosque sin cámara. Salió sin ella, intencionadamente; sabía que de llevarla estaría más atento a buscar buenos encuadres que a coger buenas piezas. Y la echaba de menos, el bosque envuelto por la humedad del mar, filtrando la luz creciente entre los árboles era un paisaje mágico, ya estaba lamentando no haberla cogido.

Distraído pensando en la cámara y las oportunidades que daba el paraje tropezó con las raíces de un gran pino, bastó con echar una mano al rugoso tronco para recuperar el equilibrio. No se había hecho daño, las botas, flexibles pero duras, hacían un buen trabajo sobre el terreno. Al mirar hacia abajo, entre la raíz con la que tropezó y el tronco vio algo familiar. Apartó unas ramas, poniendo a la luz del día la humedad que guardaban, sonrió satisfecho, un pequeño grupo de ceps le esperaba; quien quiera que se estuviese adelantando no las había visto. Echó el premio a la cesta, revisó el resto del perímetro del tronco y alrededores sin encontrar más y continuó la búsqueda.

Mas adelante varios árboles crecían arracimados sobre un montículo. La forma en que estaban dispuestos arrojaba mucha sombra en el suelo, seguramente conservando mejor la humedad bajo los residuos y la hojarasca. Hacia allí se dirigió, esperando que no hubiese sido saqueado ya. Ya muy cerca escuchó ruidos. Procurando no ser visto se asomó buscando el origen de los sonidos.

Al otro lado del montículo dos voces mantenían una conversación, tal vez en algún idioma extranjero pero no podía reconocer cual. Pensó si podía ser el individuo que se le estaba adelantando durante toda la mañana, en ese caso era más de una persona y, tal como supuso, veraneantes. Decidido a ver todo lo que pudiese por si le servía para recuperar la delantera se colocó en el hueco entre dos troncos, tan cerca como pudo sin salir de la protección de las sombras. Lo primero que vio con claridad fue a alguien de espaldas de aspecto extraño, sus ropas eran raras y más aún su peinado, con todos sus pelos de punta. Desde donde estaba, la espalda cubría a la persona con quien estuviese hablando. Se acomodó en su posición esperando que se volviesen, para verles las caras. Unos rayos de Sol buscando el suelo entre las ramas iluminaron un poco mejor la escena. Pudo ver con claridad que la ropa extraña era algún tipo de armadura rojiza que sólo cubría su torso. No conseguía ver la parte inferior de su cuerpo, se le pasó por la cabeza que tal vez no tuviese parte baja y estuvo a punto de soltar una carcajada. Con una mano tapando su boca y mordiendo un dedo logró contenerse. Se movió para mirar desde los lados de los troncos que le ocultaban y ya no pudo quitar la mano de su boca, pasando de la comicidad a la angustia. La oscuridad del fondo del bosque no le dejaba ver con nitidez pero ahora, con los rayos de Sol sobre la figura, vio que debajo del torso había un caballo. Tan extraño que no pudo entenderlo por un momento. El torso surgía del centro del lomo del animal que no tenía cabeza, aunque pudo distinguir la parte de adelante, con patas finas, de la trasera con cuartos gruesos y cola. Seguro al principio de que las luces y sombras le estaban jugando una mala pasada, se movió a un lado y otro de los troncos, cambió, arrastrándose, de posición y, finalmente, se acercó arriesgándose a ser descubierto. Mirase por donde mirase la parte de arriba no tenía nada más abajo de su cintura y la parte animal carecía de cabeza.

Anonadado olvidó cuánto se estaba exponiendo. Las patas del animal dieron un brinco y todo el conjunto se volvió. No pudo ver al otro ser con el que hablaba pero sí la cara del torso pegado al caballo, oscura y demoníaca, sangre y desgarrones, huesos expuestos, como si la hubiese arrastrado por todo el suelo del bosque.

Aterrorizado, huyó a la carrera, a trompicones, cayendo por los taludes cada vez que miraba atrás por ver si le seguía.

—

Dos policías mantenían al caballo (o lo que fuera) encerrado, a la espera de que llegase un camión que se lo llevara. Otro policía, de paisano, tomaba notas de las respuestas que le iban dando.

Perla y Asun estaban sentadas, protegidas por la barra del local, Perla todavía estaba superando el ataque de histeria. Abril no se soltaba de su brazo, desde el momento en que él había soltado el de ella se agarró a él para no volver a soltarse. Él único que hablaba con el policía era él, más bien balbuceaba, con el miedo todavía en el cuerpo.

Aunque intentaba expresarse de la forma más racional que la situación y su estado de ánimo le permitía se daba cuenta que el policía no creía realmente lo que escuchaba. Tampoco él lo hubiese creído de no haberlo visto.

– Así que… la cabeza se abrió… por la mitad y tenía más filas de dientes dentro. – leyó el policía en sus notas.
– Sí.

Era la cuarta o quinta vez que leía lo que tenía apuntado. Las primeras veces añadió detalles, tanto como recordaba a pesar del estado de sus nervios, intentando hacerlo más claro, más visual. Cansado de repetirse ahora lo confirmaba, nada más.

– Y no tomasteis nada. – dijo el policía con mirada acusadora.
– Nada.
– He pedido equipo para hacer un examen toxicológico, te lo he dicho, ¿verdad?
– Me lo ha dicho varias veces, sí. Eso no va a cambiar mi respuesta ni lo que sucedió. – respondió exasperado.
– Será mejor que te calmes, muchacho. Siéntate con tus amigas. – con su lápiz el policía señaló a Asun y Perla – Os avisaré.

Tentado a darle una mala contestación notar como Abril tiraba de él con suavidad hizo que se lo pensase mejor. Fueron hasta la barra del chiringuito y se sentaron frente a las chicas.

– ¿Qué os ha dicho? – preguntó Asun.

Perla todavía temblaba. Frotaba una mano contra otra, seguramente sin darse cuenta de sus propios movimientos, con la mirada perdida en el suelo. Asun la sujetaba por el brazo, tal vez por temor a que se cayese mientras acariciaba su espalda con la otra mano.

– No se lo creen.
– Ya. Tampoco yo me lo creería. – aceptó Asun.
– ¿Nos podemos ir? – preguntó Perla titubeante.
– No. Quiere que nos hagan un examen toxicológico.
– Un ¿qué? – la palabra desconocida hizo que Perla le mirase fijamente esperando la aclaración.
– Si hemos tomado drogas o algo.
– Ah.
– Vaya mierda. – se quejó Asun – También nos mandaran a un loquero, ¿no?
– Si dejasen salir al bicho ese tal vez volviese a hacerlo. Pero no lo van a sacar del almacén hasta que vengan no sé qué veterinarios, tampoco dejan que entre nadie. El de paisano dice que podría tener la rabia.
– ¿Y qué hacemos? – preguntó Asun.
– No lo sé. – admitió con pesar.

Detrás de la barra una puerta entreabierta para uso del personal del chiringuito le dio una idea.

– Cubridme. – pidió, soltándose de Abril.
– ¡¿Dónde vas?! – preguntó ella todavía acobardada.
– A hacer una tontería. – asumió Asún.
– Vosotras cubridme y ya está. – intentó rematar.

Abril le siguió al otro lado de la barra y se agarró a Perla que todavía no salía del pasmo.

Empujó la puerta. Al otro lado una habitación que usaban los empleados como espacio personal para descansar y seguramente cambiador u otros usos, ya que había varias taquillas a un lado. En la pared izquierda vio otra puerta. Cerró la que le separaba de las chicas antes de seguir, antes de desaparecer la rendija se encontró con los ojos de preocupación de Asun, sonrió para infundirle confianza; a ella, o tal vez a sí mismo. Moviéndose sigilosamente llegó hasta la otra puerta, giró el pomo y se alegró de poder abrirla. Una amplia vista de la playa le esperaba, vacía de coches y policías que estaban aparcados e investigando en el otro lado. Cerró también después de salir y pegó la espalda a la pared de chapa, siguiendo hacia la derecha hasta llegar al borde. Los agentes parecían relajados, esperando a que llegase el resto de personal solicitado. Entre el edificio principal y el pequeño almacén debía recorrer tres metros de arena sin nada que pudiese ocultarle. Dos agentes estaban apoyados sobre un coche, mirando hacia el mar, otro hacía guardia en la puerta del almacén; recordó haber visto dos guardias, uno a cada lado de la puerta, desde donde estaba sólo podía ver uno pero el otro seguiría en su puesto. El de paisano estaba sentado en otro coche, con la puerta abierta, hablando por la radio, no podía escuchar lo que decía pero estaba concentrado en su conversación y no miraba hacia él.

Se agachó pero no tanto que le impidiera atravesar el espacio descubierto en unos saltos. Con la arena amortiguando el sonido de sus pies llegó hasta la parte trasera de la caseta sin que nadie se diese cuenta de su presencia. No tenía puerta por el lado en que estaba, ni ventanas, una rejilla de ventilación por la que no estaba seguro de caber era el único acceso. En la pared a su derecha no había visto nada antes de escabullirse hasta la trasera. Asomó la nariz para comprobar si el lado izquierdo disponía de mejor acceso, confirmando que era igual que el lado opuesto. Decidido a asomarse buscó a su alrededor algo que le ayudase a subir, sin nada más que arena a la vista se alejó de la construcción internándose en el bosque cercano. No tardó en encontrar un tronco caído, seco, de la mitad de su altura y que no pesaba tanto que no pudiese cargar con él. Lo llevó en volandas hasta la arena, para no hacer ruido arrastrándolo pero pesaba demasiado para llevarlo una distancia tan larga, así que posó un extremo y tiró del otro, despacio y encogido.

De vuelta en la caseta apoyó el extremo que sujetaba contra la chapa, tan alto como pudo sin que la madera se cayese hacia atrás. Apoyó un pie sobre la parte alta del tronco y se impulsó hacia arriba. Estuvo a punto de caer cuando la madera cedió, hundiéndose en la arena por su peso. En su mente Asun le llamó tonto por no haber previsto ese detalle y le dio la razón. Aunque apenas había hecho ruido la madera deslizándose contra la chapa se asomó a los bordes de la pared. Viendo que no llamaba la atención de nadie volvió al tronco. Hizo varios amagos de subir de la misma manera para asentarlo mejor en la arena, cuando le pareció lo suficientemente seguro se impulsó de nuevo. Esta vez el tronco no cedió y llegaba sin esfuerzo a la rejilla. Tiró de ella pero no pudo retirarla, cuatro tornillos la mantenían asegurada. Determinado a entrar, o asomarse al menos, sacó la navaja multiusos que acostumbraba a llevar, lamentando que le hubiesen regalado la que tenía el sacacorchos y no la del destornillador. Encajó el borde de la hoja en la ranura de uno de los tornillos e hizo fuerza, con cuidado para no dañar el filo, tenía que durar los cuatro tornillos y el resto del verano, como mínimo. Los dos primeros cedieron con poco esfuerzo, no estaba en una postura cómoda para el trabajo, se los guardó en el bolsillo. El tercero no se movió, hizo más fuerza y no consiguió rendirlo. Continuó con el último que salió como los primeros. Volvió a intentar con el tercero hasta que tuvo que parar, no quería romper el filo de la navaja y quizás podría retirar la rejilla sin quitarlo. Movió la esquina liberada y tiró de ella con fuerza, hasta que pudo meter la otra mano en el hueco para asegurar su posición y no caer si la rejilla saltaba. El tornillo aguantaba en su lugar. Tiró con todas sus fuerzas hasta doblar el metal, dejando que quedase como una portezuela, colgando del tornillo tenaz.

Dentro estaba oscuro. Asomó la cara al hueco despejado y esperó hasta que sus ojos se acostumbraron a la diferencia de luz. El caballo, o lo que fuese aquel ser, estaba muy quieto, con la cabeza caída hacia la entrada, parecía estar durmiendo. Al otro lado de la pared varias estanterías llegaban a su altura. No podía ver bien las de su lado pero a izquierda y derecha vio refrescos apilados, botellas de variados tipos de alcohol, bolsas de aperitivos, dulces y salados a un lado, vasos, cuencos, cuberterías de metal y plástico al otro. Para la bestia apenas quedaba espacio entre todo, quizá por eso no se movía.

Ya tenía dentro medio cuerpo, en su afán de ver mejor reptó poco a poco hasta quedar en equilibrio, con la cintura en el hueco. Echó una mano a la estantería, perder del punto de apoyo en el hueco hizo que su cintura absorbiese la presión, avisándole con un arranque de dolor. Rápidamente volvió poner la mano en el hueco pero su cuerpo estaba más adentro por el movimiento anterior, asi que perdió el equilibrio. Sin tiempo para decidir que parte de su cuerpo proteger, su trasero le salvó de caer sobre la estantería, haciendo de tope con la parte alta del hueco, aún así golpeó con el mentón sobre unas latas, abriéndose una pequeña brecha y tirando al suelo dos de los botes, pudo sujetar un tercero volviéndose a hacer daño en el vientre por el gesto brusco de la mano al reaccionar. Sin embargo, toda su atención estaba en los envases que caían, muy despacio, como si nunca fueran a llegar al suelo y, persiguiéndolos, una gota de sangre. Su mente agitada veía una extraña y desigual carrera.

Tocaron el suelo, metal y sangre. El latón de una de ellas no soportó la presión y dejó salir su contenido en un violento movimiento de danza: aceitunas, no pudo saber si tenían o no hueso. La bestia levantó la cabeza e intentó darse la vuelta. Alertada, sino asustada, por el estrépito, en su intento de localizar la fuente del ruido golpeo las estanterías a sus lados, haciendo caer más y más cosas.

Hizo fuerza hacia atrás, ignorando el dolor en su barriga y la sangre en su barbilla, hasta recuperar el equilibrio y luego empezar a salir. Buscó con el pie el tronco y bajó a la arena, olvidando cerrar la rejilla. Dentro el ruido iba a más, la bestia tiraba todo cuanto la rodeaba y el ruido que producía debía estar haciendo que se moviese aún más.

Volvió al chiringuito a la carrera, sin mirar si alguien le veía, confiando en que el escándalo en el almacén atrajese toda la atención. Se encontró con la puerta abierta, Asún y Abril asomadas esperándole. Entró y cerró sin dejar de correr. Perla estaba sentada con la espalda apoyada en las taquillas.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Asun, mirando fijamente el nuevo corte que traía.
– ¿Qué es todo ese ruido? – preguntó Abril.
– El bicho tirándolo lo que hay allí dentro.
– ¿Qué le has hecho? – preguntó Abril.

Asun no esperó respuesta, tomó un trapo que parecía limpio y lo aplicó en la herida.

– ¿Te lo ha hecho el caballo?
– Que va. Me metí por una rejilla, no llegué a entrar del todo, tiré unas latas sin querer y eso puso nervioso al bicho ese.
– ¿Qué hacemos ahora? – inquirió Abril.
– Vamos fuera. Quiero ver qué pasa cuando abran.

Antes de abrir la puerta que daba paso a la barra del chiringuito escucharon algo parecido al ruido de dos petardos, más agudo, intenso y cortante. Se colocaron en fila tras la barra, asomando lo justo para intentar ver el panorama. El caballo, que ahora era aún menos caballo, estaba atacando a dos de los policías, una mancha roja al lado de la puerta del almacén podía ser lo que quedaba de otro y el oficial de paisano apuntaba con su arma a la bestia, intuyó que el ruido que acababan de escuchar eran disparos.

La boca de la bestia se abrió como ellos vieron antes, se cerró sobre la pierna de uno de los policías caídos en la arena y lo levantó haciéndolo volar arriba y abajo. Como un pelele sus brazos se movían forzados por la inercia, sus pantalones se tiñeron de rojo enseguida y tras un crujido macabro la pierna se quedó entre las fauces de la bestia y el resto del cuerpo salió despedido varios metros hacia un lado.

El otro agente estaba gritando en la radio de su coche mientras forcejeaba con una escopeta, intentando liberarla de la jaula de seguridad que la custodiaba.

El oficial volvió a disparar, dos veces. Un rictus en su boca indicaba que quería gritar dejándose llevar por la histeria pero no podía por la tensión.

Entonces las patas de la bestia se deshicieron, como si se hubiesen deshilachado. El cuerpo, al perder todos sus puntos de apoyo, cayó a plomo sobre la arena. La boca, la cabeza, lo que fuese aquella parte del ser, seguía aprisionando la pierna ensangrentado del agente. La arena se movió a los lados del cuerpo de la bestia, parecía que hubiesen echado su cuerpo a una olla hirviendo. En unos segundos la arena se aquietó, la cabeza se derrumbó como el resto del cuerpo, con su sangriento trofeo.

Todo quedó en silencio. Un silencio intimidatorio donde hasta respirar parecía una llamada al desastre. Luces de colores en el borde de su campo de visión anunciaron el sonido de las sirenas de nuevos coches de policía. Un coche y dos furgonetas; una con más equipo para investigación _in situ_ y otra de un veterinario de la zona. El veterinario salió de su coche después de los agentes que conducían el coche patrulla que les había acompañado.

– Yo no sirvo para esto. – dijo, claramente, al ver los restos de la catástrofe.

Se fue hacia los agentes que vieron como agitaba las manos, de espaldas a ellos, se le escuchaba hablar, agitado pero no llegaban sus palabras con suficiente claridad para entenderlas. El primer agente se desprendió de él, caminaba despacio hacia el oficial en la arena, con la cara congestionada, seguramente no comprendía la escena, ni se la esperaba. El otro agente se quedó con el veterinario, palmeaba uno de sus hombros y miraba por encima del otro, juntó los labios como si fuese a silbar sin llegar a emitir ningún sonido.

Tres hombres salieron de la otra furgoneta, dos de ellos con la misma cara extraviada que el agente que se estaba acercando al oficial, el tercero se ponía unos guantes de látex observando con atención cada detalle en la distancia.

– Pide refuerzos. – dijo el agente que ya estaba al lado del oficial.
– ¿Qué? – dijo el otro agente.
– ¡Pide refuerzos! ¡Joder! – gritó a todo pulmón.

El otro agente se separó del veterinario y llamó por la radio del coche.

– Mejor nos vamos, ¿no? – sugirió Abril en un suspiro.
– Sí. Mejor.

Se notaba que Abril estaba al borde del colapso, la tomó de la mano y ella respondió aferrándose a su brazo. Los tres dieron los tres pasos que les separaban de la puerta tras la barra en cuclillas, ocultándose lo máximo posible, con Asun cerrando la marcha, agarrada a la cintura de Abril. Después de entrar y cerrar la puerta tras ellos se incorporaron y atravesaron la habitación. Al llegar al pomo de la puerta exterior Asun tiró de su brazo libre.

– ¡¿Y Perla?! – preguntó.

En su estado perturbado ninguno se dio cuenta de su ausencia.

– ¿Se habrá ido?
– ¿Sola? Viste como estaba, casi no podía ni andar. – recordó Asun.
– ¿Y si se la han llevado? – sugirió Abril, convulsa, temblando.
– ¡¿Quién?!
– ¡Yo que sé! – respondió al borde del llanto.
– A ver. Tranquilos. Seguro que se ha cansado de esperar y se ha ido. ¿No? – dijo Asun contradiciéndose.
– Vamos primero a su casa. No habrá resistido más y estará allí.
– Sí, eso. Vamos. – aceptó Abril.

Se escabulleron del chiringuito hacia la parada del autobús, se sentían, todos ellos, agotados para caminar. Pegado a la ventanilla, a medio camino vio pasar una larga fila de coches y furgonetas apartando a los demás con sus sirenas y luces de colores. Perdió la cuenta enseguida, los ojos se le cerraban.

– Despierta. – escuchó que decía Abril, zarandeándole – Ya llegamos.

Fuera del aire acondicionado del bus el bochorno de la ciudad se hizo notar en sus gestos, los tres empezaron a ensanchar sus camisetas como si fueran globos, devolviéndolas a su posición luego para que el aire circulase cerca de su piel.

No necesitaban preguntar nada, todos sabían donde vivían los demás y la casa de Perla no estaba lejos de la parada, llegaron tras cruzar un par de calles.

– ¿Quién llama? – preguntó Abril parada frente al portal de Perla.

En cualquier otra situación se habría quedado acodado contra la pared, dejando que las chicas hiciesen su parecer pero en ese momento necesitaba saber que Perla estaba bien. Sin esperar respuesta ni decir nada avanzó hasta el telefonillo y pulsó el botón. Tuvo que insistir después de unos segundos para tener respuesta.

– ¿Quién es? – preguntó la madre de Perla.
– Somos nosotros. – se identificó, sabiendo que reconocería su voz – ¿Está Perla?
– ¿No estaba con vosotros? – dudó la madre.

Su corazón dio un vuelco, como si la pregunta hubiese hecho que se parase, para intentar huir luego por su boca. Incapaz de decir nada miró a las chicas. Asun estaba lívida, tan muda como él, Abril se mesaba el cabello.

– ¿Qué hacemos? – musitó Abril, en un tono tan bajo que obligaba a leer sus labios.
– ¿Os ha pasado algo, chicos? – quiso saber la madre – ¿Os habéis peleado con ella?

Las suposiciones de la madre le hicieron reaccionar.

– ¡Qué va!, nada de eso. Se fue un poco antes de la playa porque se aburría. Vamos a ver en la biblioteca, a ella le gusta ir allí.
– Es verdad, siempre está leyendo. Decidle que no tarde en volver, ya está la cena casi hecha.
– Se lo diremos. – concluyó, intentando sonar alegre o distraído.

Tiró de las chicas hasta que salieron de la calle en donde estaba el portal.

– No quiero que nos vea parados si se asoma a una ventana.
– Claro. – comprendió Asun, aún más apesadumbrada.
– ¿Vamos a la biblioteca? – quiso saber Abril, sobrecogida.

Se daba cuenta de que no tenían muchas opciones. Afirmó con la cabeza, descartar la biblioteca no era la peor de ellas.

La biblioteca del barrio estaba cerca, más cerca de la casa de Perla que de las demás.

– Mira en la primera planta. – pidió a Asun cuando entraron – Tú en la segunda. – indicó a Abril – Yo buscaré aquí y en la planta baja.
– No creo que esté abajo, – dijo Asun – es la infantil.
– Ya. Por si acaso…

Podía ver en las caras de las chicas que pensaban lo mismo que él pero aún temiendo lo peor quería estar seguro antes de no saber donde buscar y dejarse llevar por el pánico. Con miradas tristes cada uno partió a buscar.

Bajó por una de las escalinatas laterales desde el recibidor del edificio; un pequeño grupo de escalones daban acceso a la planta de calle y dos escaleras, una a cada lado, permitían llegar a la planta baja. Fijándose en la gente con la que se cruzaba intentó ser metódico al llegar al fondo, pasando por todos los pasillos y salas al menos una vez. Tal como señaló Asun no esperaba encontrarla allí, ni cuando eran más pequeños visitaba la zona con material infantil, sus gustos eran más adultos desde bien niña. A paso tan rápido que algunos niños confundían con carrera y se alarmaban al verle pasar, fue visitando todas las estanterías hasta volver a la escalera, aún le quedaba la primera planta antes de perder la ilusión.

Abril ya había acabado de revisar la segunda planta, antes de que llegase a su lado ambos se vieron y ella negó con la cabeza, con un claro signo de tristeza en su cara.

– ¿Nada? – pidió que le confirmase.
– Nada. – confirmó Abril.
– Abajo tampoco.
– Ya imaginaba.
– Voy a buscar aquí.
– Nos lo repartimos. – ofreció Abril – No quiero quedarme parada esperando.
– Vale.

Sin necesidad de decir nada más cada uno partió por un lado. Un rato después Asun esperaba casi en el mismo lugar que Abril antes, los vio llegar al mismo tiempo, levantó los brazos para que se acercasen.

– Arriba no está. – dijo cuando se acercaron.
– Arriba tampoco, ni aquí, en la parte que he mirado.

Él movió la cabeza hacia los lados, dando a entender que tampoco la había visto.

– ¿Qué hacemos? – preguntó Abril con un hilo de voz.
– Voy a ir a la playa.
– ¡¿Ahora?! – se sorprendió Asun.
– Tengo que saber si sigue allí, tal vez se refugió entre los árboles.
– Uf. – suspiró Abril – Vale. Vamos.
– No. Voy solo.

Las dos sabían lo terco que era, discutir con él cuando tomaba una decisión a menudo era una perdida de tiempo, consiguiendo unicamente que se emperrase más en su decisión.

– Vale. – aceptó Asun – Estará lleno de policías pero no te arriesgues. Ya tenemos suficiente si se ha perdido ella.
– Vale. Antes de iros a casa echad un vistazo de lejos, en la calle de Perla.
– ¿Para qué? – preguntó Abril.
– Para nada. Por si hay suerte y la veis. Pero no vayáis a llamar, si sigue tardando su madre se pondrá de los nervios.

Se miraron los tres como si fuera una despedida funesta, sin atreverse a ponerlo en alto. Él movió la cabeza arriba y abajo antes de marchar, ellas devolvieron el saludo de la misma manera.

—

El suelo del bosque daba saltos y no estaba donde debería estar. Los árboles daban saltos, al revés. Todo el universo se veía del revés.

Se estaba dando golpes contra algo suave, intentó fijarse: piel, pelo corto y negro, musculoso pero suave, como darse contra una almohada nueva. Más arriba, o más abajo, las ancas de un caballo se movían a toda velocidad, a un lado y a otro, sin parar.

Estaba sobre un caballo, doblada sobre la grupa de un caballo que galopaba por el bosque. Pensó si sería el caballo que habían visto en la playa y se asustó, intentó mirar hacia la parte delantera del animal para ver su cabeza pero no lo consiguió. Tuvo que conformarse con ver las patas delanteras volando sobre las hojas muertas. No podía moverse, notaba las muñecas apresadas y pudo ver que estaban atadas, supuso que una cuerda las enlazaba a sus tobillos, pasando por debajo del animal pues también notaba molestias en las piernas. Y en la cintura, también debía estar atada por la cintura, eso o llevaba un cinturón demasiado apretado que ella no se había puesto.

El bosque se detuvo en un parpadeo, las cuerdas se soltaron, cayó al suelo. No se hizo daño, el suelo del bosque era esponjoso, también cálido en el lado de su cara que llegó antes. Apoyándose en las manos logró sentarse. El caballo estaba frente a ella, al menos una sombra borrosa contra el fondo del bosque; no podía verlo bien, la luz tenue del último Sol de la tarde entraba a jirones en la espesura.

Era raro, no estaba tan lejos que no pudiese distinguir el cuerpo y las patas del animal pero había alguien subido a su grupa, alguien lo montaba y la había traído hasta allí. Un recuerdo fugaz se hizo presente, la inmensidad de aquel animal entrando en el cuarto del chiringuito y un brazo al que no pudo resistirse tirando de ella. Luego nada, hasta que despertó saltando al ritmo de sus captores.

Pareció encabritarse. Jinete y caballo se dieron la vuelta y se fueron trotando, después de perderlos de vista todavía escuchaba el ruido de los cascos. Cuando sólo quedaron los sonidos de la arboleda se levantó, temblorosa. No le dolía nada, era el miedo lo que no dejaba de temblar. Se dio también la vuelta y caminó en sentido contrario del jinete. Cada vez que escuchaba un sonido, fuese o no natural, miraba hacia atrás, temiendo ver la figura del caballo, la forma monstruosa con la cabeza abierta de forma imposible o al jinete alargando su brazo para volver a apresarla pero sólo veía oscuridad.

Cuando recuperó el dominio de sí misma no sabía si estaba caminando en círculos, mucho menos si estaba acercándose o alejándose del peligro. Sin mejor opción que continuar apuntó al árbol más alejado que podía ver con la luz decreciente y fue hasta él, al llegar trazó la línea recta imaginaria entre el tronco desde el que había partido y el que acababa de alcanzar, continuándola hasta el siguiente más alejado siguiendo la misma línea recta. De esa manera esperaba mantenerse caminando hacia donde quiera que fuese sin desviarse demasiado, aunque no podía evitar cierto margen de error, cada minuto que pasaba su campo de visión se reducía y nada en su entorno rompía la monotonía del bosque. Confiaba, al menos, en acabar llegando a algún lugar poblado, un camino, o mejor aún, una carretera, tal vez de vuelta a la playa; si fuera así encontraría a los policías, tal vez a sus amigos si estaban buscándola.

– Claro que te buscan. – movió los labios sin emitir sonido alguno para animarse.

Con la noche encima no dejó de avanzar. Con tan poca luz apuntar, con seguridad, al árbol más próximo se acercaba a un acto de adivinación; segura de que estaría trazando una ruta mucho menos que recta empezó a pensar un sistema mejor para guiarse. Así se mantenía despierta, centrada y, lo más importante para ella, con su mente lejos de los demonios.

La primera posibilidad que se le ocurrió fue mirar las estrellas. Estaba segura de poder identificar alguna constelación: Orión, la osa mayor y menor. Intentaba verlas a través del techo de ramas y hojas, diminutas luces titilantes sin llegar a ver más que una pequeña parte. Si quería intentar eso necesitaba llegar a un claro. Lamentó no haber prestado más atención a Nico cuando se echaban sobre el césped y él soltaba una perorata sobre todo lo que sabía del cielo.

– ¿Perla? ¿Eres tú? – dijo una voz lejana.

Aterrada, sus pies se quedaron clavados al suelo sin acabar de dar su paso. Le parecía ver una sombra clara en el centro de la oscuridad, enmarcada por los troncos. En su mente la figura del caballo y el jinete danzaban intentando encajar en la sombra clara, como cuando dr niña metía objetos recortados en los huecos en que debían entrar pero no podía. Cuanto más la miraba más familiar le resultaba.

– ¿Sí? – respondió, al borde de la histeria.

—

No tenía mucho margen antes de que se hiciese tarde y sus padres empezasen a preocuparse también. El autobús directo a la playa sólo hacía un servicio más de vuelta, una hora más tarde, si no podía cogerlo tendría que esperar hasta el último de línea, o volver andando y llegar de madrugada.

Al bajar todo parecía como cualquier otro día, gente de paseo, unos pocos en traje de baño aprovechando los últimos rayos de Sol.

Alrededor del chiringuito estaba instalada una valla con rayas rojas. Sólo vio un coche de policía y dos agentes charlando entre ellos. Se preguntó si tanto rato había pasado para que ya tuviesen todo resuelto, volvió a pensarlo y concedió que también tendrían que descansar, seguramente habrían terminado su horario y seguirían la próxima jornada. Empezó a darle vueltas al horario de los cuerpos de seguridad, en las películas no descansaban nunca, como mucho una paradita para comer algo y a menudo tiraban la comida a medias porque les llamaban por la radio: «emergencia no sé qué no sé cuantos, todas las patrullas diríjanse a no sé donde». No exactamente así, no conseguía recordar ninguna frase exacta de las que decían siempre.

– ¡Céntrate! – se dijo a sí mismo.

La emergencia era encontrar a Perla y cuanto antes mejor. En el autobús intentó ponerse en la piel de su amiga. No estaba seguro de que fuese la más miedosa del grupo pero sí la más sensible, lamentó no haberse dado cuenta de su estado. En sus últimos recuerdos la veía encogida en el suelo del cuarto de personal del chiringuito, callada, ausente. Recordó cuantas veces aparecía así en su memoria, debía ser la más asustadiza y sensible de todos, incluso Abril parecía más valiente y calmada en las peores situaciones. Se le escapó una risa pensando en lo infantil que era a veces, anotando no darle la razón jamás a Asun que siempre se lo decía; las peores situaciones hasta esa tarde fueron casi siempre por tonterías suyas, ahora empezaba a darse cuenta de cuantas veces intentaba llamar la atención de las tres chicas y sin necesidad, de una u otra forma casi siempre estaban juntos.

Pasó por la parte de atrás del chiringuito e intentó entrar por la puerta de servicio. Estaba cerrada. Los agentes o algún empleado echaron la llave. Llamó varias veces, dijo el nombre de su amiga con la boca pegada a la puerta y luego escuchó pegando la oreja. Luego se acercó a la caseta que servía de almacén. La rejilla que utilizó para meter la cabeza dentro seguía descolgada, sujeta por el único tornillo que no pudo soltar; el tronco que utilizó para ayudarse a subir no estaba pero quería mirar dentro. Se impulsó encogiéndose para hacer toda la fuerza que pudo quedándose muy lejos de alcanzar el borde del agujero. Un vistazo a sus alrededores no ayudó, quedaba poca luz, se acercó a los árboles esperando encontrar el mismo tronco u otro similar. No encontró nada y la luz a cada minuto era más escasa.

Decidido a encontrarla se internó en el bosque. Callado al principio, atento a cualquier sonido, avanzaba despacio. Ganó distancia y ya lejos de la playa se atrevió a llamarla, casi susurrando; le hubiese oído de estar a su lado. Fue subiendo el tono de su voz al no escuchar nada en respuesta hasta que acabó gritando a todo pulmón. No sabía si ella se había escondido entre los árboles, tratándose de Perla no era muy probable, cuanto más se asustaba más quieta y retraída se quedaba pero no tenía mejor opción. Se le ocurrió entonces que podría haberse ido por la carretera, sin esperar al autobús; pensó si podría haberla visto de camino y lamentó no haberse fijado, no haberlo pensado antes. Lamentarse y perderse con otras posibilidades no le ayudaban a encontrar a Perla.

– ¡Céntrate, joe! – repitió, enfadado consigo mismo.

Siguió caminando. La poca luz que aún quedaba no permitía ver más allá de dos o tres árboles en cualquier dirección, según lo cerca que estuviesen unos de otros.

Hasta que entre las sombras y los tonos apagados de la vegetación vio algo que podría ser una figura, de colores distintos a los de la naturaleza que la rodeaba. Siguió hacia ella hasta que estuvo seguro de que tenía que ser una persona. Aún sin verla lo suficiente para reconocerla, llamó.

– ¿Perla? ¿Eres tú?
– ¿Sí? – respondió la voz de Perla.

Su voz, apagada y asustada, pero inconfundiblemente su voz.

– ¡Perla! – corrió hacia ella.

Ya muy cerca de ella pudo ver como se encogía al acercarse él y envolvía su cabeza con los brazos. Estaba horrorizada porque aún no le reconocía.

– ¡Perla! Soy yo. – dijo tocando sus manos que apenas dejaban pedazo de su cabeza sin proteger.
– ¿Nico? – preguntó, al fin.
– Sí. Levanta.

La chica separó sus brazos, dejó que la ayudase a incorporarse y le miró a la cara. Debía aterrada, tanto que ni conseguía llorar pero sus labios temblaban al mismo ritmo de sus brazos, seguramente como sus piernas pero no podía verlo.

– Tenía miedo, Nico. – dijo con un hilo quebrado de voz.

Él se quitó la chaqueta y se la echó a ella sobre los hombros, antes de atraerla hacia sí para abrazarla.

– Ya te encontré. – dijo al lado de su oído – Ya está bien.
– Ya está bien. – repitió ella.
– Tenemos que volver.
– Sí, volver. ¿Y Asun? ¿Y Abril? ¡¿Están en el bosque?!

Al preguntar por las chicas se separó de él para poder ver su cara, el miedo se estaba mezclando con la preocupación en sud facciones.

– Están en la ciudad. Primero pensamos que estarías allí.

Se relajó un poco al escuchar la respuesta, volvió al abrazo y él notó como se reducía el temblor de su cuerpo.

– Quiero volver.
– Vale. Vamos. – dijo él tomándola de una mano.

Ahora debía intentar regresar deshaciendo el camino. Ya no quedaba luz así que caminaba con el brazo libre al frente para evitar obstáculos y la chica colgando del otro pegada a él. Aunque confiaba en su instinto de orientación marcaba mentalmente los árboles al frente para no perder la recta, sin saber que hacía algo parecido a lo que hizo ella. Tardaron mucho más en volver a la playa que el tiempo invertido en encontrarse pero llegaron, a varios cientos de metros del chiringuito.

Ya era muy tarde para tomar el autobús o tren y no tenía dinero para un taxi. Pensó si pedir a los policías que les llevasen pero tendría que dar un montón den explicaciones y seguramente llamarían a sus padres. Evitó acercarse a los agentes que seguían de guardia, sentados en dos sillas del chiringuito sobre la arena de la playa, desde lejos parecían adormilados, sino completamente dormidos pero prefirió evitarlos.

El pueblo estaba vacío. Como un escenario abandonado justo después de una representación. Frente a la parada de autobuses vio dos taxis aparcados, con sus luces apagadas podrían haber sido cualquier otro coche, de no llevar sus distintivos. Se olvidó de ellos, no sabía si estaban de servicio y no llevaba dinero suficiente para una distancia tan larga. El objetivo en ese momento era encontrar una cabina de teléfono. Perla seguía temblando pero quizá ahora era por el frío, sin la chaqueta él empezaba a notarlo, pronto acabaría el verano.

Antes de descolgar el aparato sacó todas las monedas que llevaba y las colocó en un círculo desordenado sobre la repisa metálica. No era mucho y la cabina antigua no admitía billetes.

– ¿Tienes monedas? – preguntó a Perla.

Ella estaba pegada a su espalda, notaba como se aferraba a sus costados intentando retener el calor entre los dos. Escuchó el tintineo.

– Toma. – ofreció ella con una mano.
– Tienes frío. – afirmó.
– Sí.
– ¿Se te ha pasado el miedo?
– No… Bueno, un poco.
– A ver.

Descolgó el auricular, metió las primeras monedas y esperó la señal para marcar.

– ¿Diga? – contestó su madre tras el cuarto tono.
– Mama, ¿está Fermín?
– ¿Qué le quieres?
– Dile que se ponga, Mama.
– Espera.

El plástico dio un pequeño golpe sobre la madera del aparador de su casa, su madre no tenía mucho aprecio por aquel trasto que siempre la sacaba de sus pensamientos. Su padre quiso que estuviese en el centro de la casa, en el comedor, a poca distancia de donde él se sentaba para comer, presidiendo la mesa. Ahora ella se lamentaba de no encontrar sitio en la casa donde pudiera esconderse del chisme aquel.

– ¿Nico? – dijo la voz de Fermín.
– Escucha. Hemos perdido el autobús en la playa, ¿puedes venir?
– ¿Ahora? Papá se cabreará si le digo que cojo el coche para ir.
– Da igual, que me eche la bronca. Acelera que nos estamos quedando helados.
– Digo que se cabreará conmigo, gilipollas, si te echa la bronca a ti me da igual.
– Eres un imbécil. Acelera.
– ¿Con quien estás?
– Con las de siempre. – mintió.

A Fermín le gustaba Abril pero era muy tímido con las chicas, nunca se atrevía a decirle nada. Dejarle suponer que estaban los cuatro esperando, como de costumbre, jugaba a su favor.

– A ver como se lo digo a papá. – dijo después de unos segundos de silencio – Esperad en la parada del bus.
– Vale. Acelera que nos estamos helando.
– Voy, ¡voy!

Aún le quedaban suficientes monedas para hacer una o dos llamadas más. Eso estaba bien, en el peor de los casos, si su hermano no venía, llamaría a su padre y se comería la reprimenda.

– Esperamos donde la parada del autobús. – informó a Perla – Vamos.
– Vale. – dijo ella, dejándose llevar.

Sus zapatillas apenas hacían ruido sobre los pulidos adoquines, los de Perla levantaban ecos a cada paso; el único sonido en la pequeña población, con alguna de las ventanas de las casas bajas iluminada, avisando que el mundo no se paraba por ellos, sólo se recogía hasta el día siguiente. Todavía no quería preguntar porque ella se había internado en el bosque, cada vez que lo pensaba la miraba y su cara asustada le decía que era mejor esperar a que estuviese más tranquila.

– ¿Sabes? – dijo Perla dejando que las sílabas flotasen en la fría brisa que les acompañaba.

Él no habló, quizá ella quería contarle lo pasado.

– A tí te gusta Asun, ¿no?

La suposición le dejó completamente descolocado. En ese momento era la frase que menos esperaba. La tenía muy cerca, agarrada a su brazo izquierdo, muy pegada a él por el frío. Hablaba en voz muy baja, el silencio y la proximidad permitía que su voz tuviese un matiz íntimo acompañando a las inesperadas palabras.

– No sé. Me cae bien, claro.
– No… no digo eso. Ya sabes. Te gusta, ¿no? – insistió ella.
– ¿De esa manera? ¿Así?
– Sí, «así».
– Pues … no.

Notó como ella se aferraba a él, con más fuerza, más cerca aún y sus pensamientos se desbocaron.

– ¿Y… quién te gusta? ¿Abril?
– De esa manera tampoco. – respondió sin pensar, nervioso.
– Entonces… ¿yo?
– Bueno… – todo lo que había en su voz era duda.

No estaba preparado para declararse en ese momento, hacía tiempo que intentaba encontrar la ocasión, preparar algo pero nunca encontraba la manera idónea.

Se soltó y se abrazó a él escondiendo la cabeza a un lado de su hombro.

– Has venido a por mí.

Escuchaba sus palabras y podía sentir las vibraciones que producían alterando su piel, tan cerca estaban sus labios del hombro de él.

– Sí. – no fue capaz de decir nada más e intentó expresar todo lo que no le salía estrechándola entre sus brazos.

Por momentos estaba recuperando su calor corporal, al menos ya no notaba el fresco de la noche y entre los dos, tan cerca una piel de la otra, casi le quemaba. Quería preguntarle si ella sentía lo mismo.

No.

Quería besarla. Despacio, un beso dulce, el mismo que soñaba a menudo tumbado en su cama. Echó la cabeza un poco atrás para poder verla.

No hubo beso. El ruido de cascos de caballo sacó a los dos del momento cómplice.

Ella no se movía, ni temblaba.

– Está ahí. – dijo contra su hombro.

Esta vez la brisa del aliento de ella se sentía fría, cortante, a punto de abrir surcos en su piel. Giró primero la cabeza y luego el cuerpo, arrastrando a la chica en su movimiento para poder ver los dos lo mismo.

Lejos, al final de la calle, un ser que no conseguía identificar se movía lentamente hacia ellos. Desde el suelo hasta la cruz de su lomo era el caballo que hacía resonar sus pezuñas en el suelo de piedra, el resto desde la cruz hasta arriba era el torso de una persona. Las sombras no dejaban ver los rasgos de su cara, sí su cabello alborotado y sus brazos musculosos. Lo que no entendía era que la parte del caballo no tenía cabeza y la parte del torso no tenía la mitad inferior; su mente alterada por la visión, por el pavor, busco el lugar que debía ocupar la mitad inferior de la persona, recordando al caballo de la playa pensó que tal vez estaría clavado en el interior del cuerpo del caballo.

Zancada a zancada, se acercaba.

– Eso me llevó al bosque. – dijo Perla tan bajo que le costó entenderlo contra el ruido de los cascos.

Soltó el abrazo y tiró de ella hacia la puerta de la casa más cercana. A punto de golpear la puerta para llamar a sus habitantes los ruidos de los cascos cesaron. Con el brazo en alto, los nudillos preparados para llamar miró hacia el caballo o lo que quiera que fuese. Seguía allí pero parado en medio de la calle. Aunque no podía ver los ojos del ser notaba su mirada clavada en ellos, en su mano alzada, como si en el acto de mirarle aquel ser pudiese colgar el peso de su mirada en su brazo para que no pudiese llamar.

Bajó el brazo. Perla le hacía daño en el otro, con tanta fuerza se agarraba a él. Había cerrado los ojos en algún momento y para dejarse llevar sin desmoronarse clavaba sus dedos en el brazo.

Movió el otro brazo en el aire, mas lejos y más cerca de la puerta. Quería que aquella entidad entendiese que llamaría si seguía acercándose a ellos, parecía no querer más público. Esperando que captase la idea se alejó de la puerta muy despacio, hacia la siguiente puerta de la calle, alejándose del engendro que seguía estático. Puerta a puerta hacía el remedo de llamar.

Ya estaban cerca de la parada del autobús. En todo ese tiempo no había pasado nadie por la calle, ni persona, ni coche, ni animal que no fuese la extraña cabalgadura. Se apoyó contra el muro al lado de la última puerta e hizo que Perla volviese a abrazarle, al menos para liberar su brazo y que pudiese descansar.

El ruido de un coche y las luces acercándose hicieron que mirase en sentido contrario. Le pareció que era el coche de su padre pero no estaba seguro al no poder ver bien con el resplandor sobre su cara. Asustado por haber perdido de vista al ser durante un momento, volvió a mirar hacia el otro lado de la calle.

El ser ya no estaba. El coche paró frente a ellos. Una puerta se abrió y bajó el conductor.

– Nico. – llamó la voz de su padre.

Aún sabiendo que se ganaba una riña se alegró al escucharle.

No dijo nada. Llevó a Perla hasta la puerta trasera y la acomodó en el interior del coche, ella se dejó hacer sin apartar la vista de él. Se sentó en el asiento del copiloto y esperó hasta que su padre se hubo sentado también.

– Lo siento, papá. – se excusó sin pensar porqué lo hacía.
– Ya hablaremos. – advirtió la voz seria del hombre – Vamos primero a tu casa, niña, tus padres llamaron preocupados.

No hubo más palabras, explicaciones o excusas. Subieron con Perla a su casa, al llegar a la ciudad. El padre de Nico se disculpó con los de Perla sin dejar a los chicos explicar nada. La madre de ella lloraba como si sobre su hija hubiese caído una mancha imposible de limpiar, mientras el padre, tan serio como el de Nico, movía la cabeza de un lado a otro y chasqueaba la lengua, desaprobando cada palabra que escuchaba, desde los artículos hasta las comas.

Los dos se miraron varias veces antes de que los separasen, enviando a Perla a su habitación y saliendo Nico con su padre de la casa de ella; no se atrevían a contar lo que acababan de vivir en ese largo día, aunque tampoco les daban oportunidad. En la mente de los padres el delito y la pena oscilaba en creer sin saber porque los dos estaban solos tan tarde en el pueblo.

De vuelta a casa en el coche, con la presencia abrumadora de su padre justo al lado, la mente de Nico no era capaz de centrarse en una línea de pensamiento. Malabares con recuerdos: Perla al borde de la confesión que él nunca se atrevió a dar, el caballo monstruoso sobre la arena, Perla asustada en el bosque, el caballo en el pueblo, si acaso aquello era siquiera un animal. Perdido entre el deseo y la bronca de su padre, con su madre al lado sin acabar de entender qué sucedía, pasó por delante, como si hubiesen corrido la cortina al final de una representación.

– Esta vez te la has cargado bien. – dijo Fermín desde la cama de al lado.

Escuchaba sus palabras pero no conseguían llegar a su cerebro, completamente ocupado por las imágenes de Perla: en la playa, su piel brillando por la sal seca en su piel, en el bosque, feliz de encontrase con él, en el pueblo, tan pegada a él que todavía podía oler su cabello.

– Qué gilipollas eres. ¿Tanto la sobaste en el pueblo para olvidarte del autobús?

La ofensa al honor sí la escuchó y le pareció demasiado a soportar, después de haber tolerado las acusaciones sin fundamento de su padre y los de ella. Se levantó agraviado y saltó sobre la cama de su hermano, intentando clavar las rodillas en algún punto vulnerable del cuerpo del otro. Los dos estaban acostumbrados a pelearse por cualquier cosa. Fermín se apartó lo necesario al verle saltar, reía pensando que no era más que otro pique. Sin darle importancia redujo a Nico en su propia cama, sin demasiado esfuerzo, con la ventaja de ser mayor.

– ¿Te quieres parar ya? – pidió mientras su hermano aún se resistía bajo su llave.
– ¡Retíralo! – exigió Nico sin dejar de forcejear.
– ¿Lo qué? – preguntó Fermín, realmente ignorante de la ofensa.
– ¡Retíralo! ¡Imbécil! Perla no ha hecho nada.
– ¡Ahhh! Lo retiro, lo retiro…

Nico dejó de resistir notando que Fermín reducía la presión hasta quedar sentado en el borde de la cama. Nico se acomodó en el cabecero.

– Y qué ha pasado entonces. – quiso saber Fermín.
– No te lo puedo contar. Pensarías que estoy de la olla.

Se peleaban desde que tenían uso de razón, al menos desde que Nico podía recordar. A menudo sin motivo, sin saber porqué. Uno de los dos decía algo, el otro replicaba y con eso era suficiente para empezar una refriega que a veces acababa con el hermano mayor encima del menor, haciendo gala de su fuerza por la diferencia de edad. A pesar de todo no importa lo que se hicieran, o como estuvieran en cualquier momento, si alguien molestaba al otro se ganaba dos enemigos feroces.

– Ya sé que suenan maracas ahí dentro. – dijo el hermano tocando su sien con el índice.

Apartó de un manotazo la mano de Fermín que se rió de su propia gracia.

– Imbécil. – susurró.
– ¿Qué fue? – insistió Fermín.
– Vimos un caballo en la playa pero no era un caballo.
– ¿Y qué era? – preguntó el hermano, burlón.

Detalle a detalle le contó lo que recordaba. La cara del hermano, aún recubierta de la oscuridad de la habitación, pasaba de la incredulidad al recelo y a veces la duda. Cuando acabó se asentó el silencio entre los dos.

– No sé lo que viste pero me parece que se te ha ido del todo. – dijo Fermín rompiendo la calma.
– Imbécil.
– Me creo que fuiste a buscarla al bosque. Aunque no entiendo que se perdiese, ¿se ha vuelto tan tonta?
– No te pases. – amenazó levantando un puño.
– Vale, vale. Algo le pasó y se perdió en el bosque. Ya te digo que eso me lo creo. Lo demás me parece que lo has soñado y encima se te ha declarado. – rió – Qué pena que no vayas a verla en cinco años y un día.
– Menos, menos.
– ¿Con la cara que puso papá al ir a buscaros? La pena mínima es de cinco años y un día, chaval. No vas a ver la luz dek día en mucho tiempo. – rió de nuevo.
– Imbécil.

Los dos amagaron un golpe contra el otro antes de que Fermín volviera a su cama.

—

El lunes y martes en casa le parecieron inacabables y pensar que le quedaba el resto de la semana para cumplir la pena impuesta por su padre se le hacía una eternidad intolerable. Desayuno, comida y cena con el resto de la familia, obligado pero malencarado, respondía a lo que se le preguntaba, sobre todo a los intentos de su madre por suavizar el tenso ambiente y se escabullía a su habitación en cuanto podía. El domingo por la mañana, a falta de completar el día para salir de su prisión, estaba más animado y locuaz, excepto con su padre; casi había cumplido la pena y no la recordaba tan larga ni aplastante como le pareció al principio.

– Puedes salir. – dijo su padre en el desayuno cogiendo unas galletas.
– ¿Qué? – preguntó, desprevenido – ¡¿Ya?!
– Más te vale pensar bien antes de hacer otra tontería. ¿Entendido? – preguntó el hombre con su seriedad cortante habitual.
– Entendido. – respondió respetuoso – ¡Me voy ya! – gritó apartando la silla.
– Acaba el desayuno. – pidió su madre cuando ya estaba entrando en su habitación para cambiarse.
– No tengo hambre. – informó pasando a la carrera por delante de la cocina, camino de la calle.

Feliz al verse liberado no pensó qué haría fuera. Era pronto para encontrarse con las chicas. Domingo, las calles vacías y nada que hacer. Por inercia corrió hasta el parque donde solían reunirse, dispuesto a esperar hasta que llegase alguna. Aburrido de esperar se sentó en uno de los columpios. Las chicas ya no se subían a ellos, lo veían como juegos de niños, se consideraban demasiado maduras, él era el único de los cuatro que seguía haciendo esas cosas, más bien era el único que hacía las cosas que quería, sin entrar en consideraciones de edad, momento o lo inapropiado que pudiese parecer, posiblemente por eso Asun le llamaba tonto tan a menudo.

Le gustaba darse tanto impulso que las cadenas perdían tensión en los puntos más altos, eso le daba la impresión de que estaba a punto de soltarse en los extremos y un buen subidón de adrenalina, aunque ya tuviese bien controlado cada movimiento y el peligro fuese sólo aparente.

En el momento en que las cadenas empezaban a quedar sueltas, por los movimientos bruscos y extremos que hacía, le pareció ver a alguien en el camino por el que llegó. No más que un instante, hasta que en su ascensión su propio cuerpo le impidió ver lo que tenía delante. Al empezar a caer y retroceder, en el movimiento pendular, volvió a ver todo el camino que estaba vacío; las chicas aún tardarían en llegar una hora, si decidían salir al parque. En el otro extremo de la oscilación el suelo ocupaba todo su campo de visión y un instante después caía hacia adelante hasta llegar al otro punto más alto. Casi llegando al otro extremo volvió a ver algo, demasiado breve en su acelerado viaje que ya no estaba al caer de espaldas. Así pasó varias veces hasta que empezó a reducir la velocidad, especialmente en el momento en que le parecía ver a aquella persona. Con el movimiento del columpio muy reducido y el camino a la vista en todo momento no volvió a ver a nadie hasta pasado mucho tiempo. Se quedó, finalmente, sentado sin balancearse, inquieto y sin entender qué le pasaba.

La siguiente figura que apareció por el camino fue la de Perla, a ella la reconoció nada más asomar entre los altos setos y ella a él. Vio como agitaba un brazo en la distancia, a modo de saludo y echaba a correr hacia él. Dejó el columpio y corrió también hacia ella. Justo cuando estaba a punto de chocar uno contra otro se detuvieron, se miraron de frente sin saber que decir.

– Fermín nos dijo que estabas castigado la semana entera.
– Me dejó salir esta mañana.
– Fue culpa mía. Perdona. – pidió Perla bajando la cara.
– No importa. Lo volvería a hacer. – afirmó él, hinchándose como un globo.
– Bueno. Aquello que te dije en el pueblo… – empezó Perla.

Abril y Asun llegaban corriendo, Perla no tuvo oportunidad de continuar cuando las dos se echaron encima de él; Abril intentando darle un abrazo, Asun empujándole a un lado.

– Mira que llegas a ser tonto. – dijo Asun.
– No le digas eso. – se quejó Abril – Encima de que fue a por Perla.
– ¿Y ahora porqué soy tonto?
– Por llamar a tu padre.
– Llamé a mi hermano pero se presentó mi padre. – aclaró.

Asun se quedó muda y con aire de culpabilidad. Era evidente que no lo sabía, se preguntó qué les había contado Perla.

– ¿Le contaste lo que vimos? – quiso saber Abril.
– Qué va. ¿Lo habéis contado vosotras?
– No. – respondió Abril.
– A mí casi no me dejan hablar en casa. – dijo Perla.

Asun negó haciendo ruidos con la boca.

– Tampoco les has contado lo del pueblo. – afirmó dirigiéndose a Perla.
– Me da miedo que vuelva a aparecer. – confesó – Cuéntalo tú, si quieres.
– ¿El qué? – preguntó Asun.

Abril empezó a morderse las uñas, tal vez recordando la bestia en la playa o imaginando algo parecido frente a ellos en el pueblo. Aún así les puso al corriente de lo que vieron en el pueblo antes de que llegase su padre, Perla añadió que el mismo ser la arrastró al bosque y luego la soltó, desapareciendo hasta que reapareció en el pueblo. Las dos chicas callaban escuchando, atemorizadas.

Recordando y comentando el tiempo pasó rápido, sin darse cuenta era momento de volver a sus casas a comer. Se despidieron con la promesa de reencontrarse por la tarde, excepto Perla que alargaba la despedida con Nico hasta que se quedaron solos, sin haberlo acordado la estaba acompañando a su portal.

– Lo que te dije en el pueblo. – soltó de improviso, con las manos agarradas en la espalda.
– Bueno. No pudimos hablar mucho. – recordó Nico.
– Pero… lo entendiste, ¿no?
– No sé. Supongo.
– ¡O lo entendiste, o no lo entendiste! – gritó Perla como si fuese a empezar una pataleta.
– Joe. No te enfades. Quería habértelo dicho antes pero no me salía.
– ¿Decirme qué?

De repente ella parecía fuera de sí, casi ofendida.

– ¿Qué va a ser? Que me gustas, que siempre me has gustado.

Aunque empezó la contestación con la misma intensidad que ella fue perdiendo fuerza en cada sílaba, hasta pronunciar la última palabra tan apagado que parecía a punto de deshacerse en pedazos minúsculos, evaporados por los intensos rayos de Sol.

Como en el pueblo, Perla se abrazó a él, sin darle tiempo a decir más ni a desaparecer. Al cabo de unos segundos se apartó, con la cara roja y la mirada baja, avergonzada frente a la gente que pasaba alrededor de ellos. Aprovechando el momento y envalentonado por la reacción de ella tomó su mano y siguieron caminando. Un poco antes de doblar la esquina y llegar a su calle ella se detuvo y de un tirón hizo que también él se parase.

– Mis padres están enfadados contigo, mejor que no te vean por ahora.
– Ah. Ya. – entendió Nico.

Se soltó de su mano, se despidió agitándola y desapareció tras la esquina. Nico tardó un rato largo en reaccionar, aunque ya no estuviese frente a él lo que acababa de pasar era un sueño hecho realidad, sus fantasías inocentes, románticas, salvajes e, incluso, húmedas de cada noche en la cama. No quería darse la vuelta y volver a casa, temía que cualquier alteración del instante le devolviese a una realidad que no quería. Al fin, recordar a su padre y el riesgo de que volviese a enojarse con él le hizo reaccionar; dio la vuelta muy despacio, sin dejar de mirar a la esquina hasta que su cuello le recordó que no podía girar tanto y volvió a su casa. Incluso la hora de comer, con su padre peligrosamente serio, le pareció un momento agradable; el tiempo pasaba demasiado despacio hasta que pudiese volver a salir y verla pero no era el mismo tiempo de siempre. Tumbado en su cama, incapaz de dormir una siesta que quizá necesitaba, no dejaba de fantasear con todo lo que podría pasar a partir de ese momento, de como sería su vida a partir de ahora, con ella a su lado. Entre las fantasías y los desvaríos que pasaban por su cabeza uno predominaba, en todas las escenas acababa besándola; besos pequeños y largos, apurados y tranquilos, húmedos, apasionados, casuales, cándidos, picos y tornillos. Al borde de consumirse por el deseo no dejaba de mirar el reloj.

Las manecillas del insidioso despertador que tenía en la mesilla apuntaron por fin norte y sur. Saltó de la cama, se cambió de ropa y salió disparado hacia la calle.

– ¡Me voy! – dijo al pasar por un lado del salón.
– Merienda algo. – le pareció escuchar empezando a bajar las escaleras.

No podía esperar al ascensor, tardaba demasiado.

De vuelta en el parque encontró los columpios ocupados por niños pequeños. Como le daba vergüenza mezclarse con ellos se sentó a esperar en un banco. A punto de subir a uno cada vez que quedaba libre se contenía recordando la imagen de Asun censurando cualquier cosa que hiciese que ella no considerase adulta, además quería parecer maduro para Perla; aunque no supiese como hacerlo estaba seguro de que Asun le ayudaría llamándole tonto cada vez que se equivocase.

Abril fue la segunda en llegar.

– Hola. – saludó sentándose a su lado.

Vigilante de los columpios ocupados, aunque no se atreviese a subir, no se dio cuenta hasta que ella le habló. Se volvió para devolver el saludo y una figura borrosa desapareció tras un seto a unos metros, por donde ambos habían llegado. En el mismo momento en que la vio desaparecer, aunque no pudo distinguir con claridad qué o quién era, recordó lo que vio por la mañana, sin estar seguro tampoco de que fuese lo mismo.

– _Holaaa_. – volvió a saludar Abril, cara contra cara, al no decir nada él.
– Hola. – dijo él.

Viendo que no la miraba a ella, aún estando frente a frente, se dio la vuelta y siguió la dirección de la mirada de él.

– ¿Qué miras? – preguntó al no encontrar nada que llamase su atención.
– ¿Crees que nos estamos volviendo locos? – preguntó Nico.

La pregunta tomó por sorpresa a Abril, aunque entendía exactamente la intención, era el tema del que intentaba escapar desde el episodio de la playa. Hacer como que nada había pasado no le sirvió, las imágenes de lo que ella recordaba como un monstruo seguían dominando sus recuerdos. Durante la semana que Nico estuvo castigado casi no tocaron el tema y poco a poco se convenció de que no volverían a hablar de ello, así, aunque no pudiese olvidarlo, los ratos que estaban las tres juntas cualquier tema intranscendente era bueno para no pensar en ello. Ahora Nico la miraba fijamente, esperando una respuesta.

– ¿Por qué lo dices?
– Las cosas raras que están pasando. ¿No visteis nada en toda la semana?
– No. – respondió cortante.
– Espera.

Nico se levantó y se alejó de ella, de vuelta por el camino, al llegar a unos setos parecía que se iba a meter en ellos pero aparecieron Perla y Asun, juntos enseguida se dirigieron hacia ella. Ninguno sacó el tema el resto de la tarde, hablaron de todo y nada, de solucionar el mundo y de cuando podrían volver a la playa. Cuando empezaba a anochecer salieron del parque para volver cada uno a su hogar, era pronto para arriesgarse a estirar las normas, sus padres todavía tenían demasiado presente la presunta desobediencia y lo que ellos creían que hicieron.

Abril y Asun esperaban que Perla siguiese el mismo camino que ellas, con intención de acompañarla a su casa.

– Ya me acompaña Nico. – anunció sabiendo que desconfiarían.
– Pero… ya vamos contigo. – dijo Abril extrañada.
– No hace falta. Vamos Nico. – tiró de la manga de él y cruzaron al lado de ellas.

Aunque las dos quedaron allí plantadas sin oportunidad de replicar, la cara de Asun les despidió con suspicacia.

– Deberíamos decirles algo, ¿no? – comentó Nico ya lejos de ellas.
– ¿Decirles qué?
– Que estamos juntos, ¿no?

Perla se paró de repente, todavía agarrada a su manga, haciendo que él se parase también.

– Estamos… Estamos… – titubeó ella – Pues… ¿qué estamos?

Soltó la mano de su manga, quizás fue brusco al hacerlo por el gesto triste y acobardado de ella pero inmediatamente cogió la cabeza de ella, una mano a cada lado, justo por debajo de sus orejas, con la presión necesaria para que ella no apartase los labios y la besó. En medio de la calle, en medio de la gente, en medio de sus dudas, las de ella y las de él, en medio de los dos. No pasaría mucho tiempo sin que supiesen que ese no era su mejor beso pero fue el primero.

Ella mantuvo los ojos cerrados al finalizar, él todavía sujetaba su cabeza con las manos, sus pulgares tenían vida propia y acariciaban las mejillas sin que él se diese cuenta. Perla movió los labios como si estuviese saboreando algo, puso las manos sobre las de él e hizo que las moviese para que rodeasen sus hombros, así pudo abrazarse a él, todavía con los ojos cerrados.

– Estamos, ¿no? – susurró Nico.
– Sí. – confirmó ella.

Antes de despedirse, en la esquina de la calle, ella quiso otro beso. Repitió las acciones de él, tomándole la cabeza con las manos y plantando ella los labios. Al finalizar él sonreía, ella sacaba la lengua a modo de burla, aturdida o turbada por su atrevimiento.

La vio entrar en el portal, deseando dar cada paso que ella daba agarrado a su cintura. Volvió a casa saltando, no era capaz de mantener sus pies sobre el suelo tanto tiempo como para caminar.

Casi no pudo dormir. Si su imaginación hasta entonces había volado esa noche se convirtió en un espectáculo de fuegos artificiales. Agotado no vio llegar el amanecer, por poco, por muy poco.

—

Abril no quiso volver a la playa. Sin importar cuanto insistieron ni todos los argumentos en contra de bichos o monstruos le pudieron dar, mantuvo su negativa como nunca antes.

– Pues muy bien, – dijo Asun cansada de tanto insistir – no vengas. Vamos sin ti.
– Vale. – replicó Abril de brazos cruzados, desafiante.

Asun la miraba horrorizada, o todo lo horrorizada que era capaz de mirar a Abril de aquella manera que no era mucho. Darse contra la pared que representaba Abril en ese momento, cuando nunca le había llevado la contraria, desconcertaba a Asun, al mismo tiempo que la sacaba de quicio.

– Es por el caballo. – afirmó Nico.
– No quiero ir. – se reafirmó Abril, mostrando algo de su aire infantil.
– Pues vamos a la piscina. – sugirió Perla.
– ¿A cual que no esté petada? En ninguna te puedes meter sin ir dando codazos. – se quejó Asun.
– Pensaba en preguntar a mis tíos. Se han ido de viaje.

Tanto a Asun como a Abril les cambió la cara, las dos recuperaron su alegría ante la idea.

– Entonces no podré ir yo. Tus padres me matan… y los míos también.
– Pues miente, ¡tonto! – exigió Asun.
– Claro. Y si me pillan no me dejan salir de casa hasta que se jubile mi padre.
– ¿No quieres? – preguntó Abril con gesto zalamero.
– Si quiero, – se rindió Nico –  pero…
– No digas nada más. – zanjó Asun – Pregunta a tus tíos. – pidió a Perla – Ya veremos que nos inventamos si podemos ir.

Esa misma noche Perla preguntó primero a sus padres, antes de llamar a sus tíos; aunque vio algo de desconfianza en sus padres, al confirmarles que iría sólo con las chicas no pusieron pegas. Sus tíos confirmaron el permiso, sin más que pedirle que cuidase la casa y sus pertenencias e invitándola, una vez más, a pasar unos días con ellos en la costa.

Siempre que hablaban con ella la animaban a pasar tiempo en su compañía, ya fuese en la casa de la piscina, en una urbanización a las afueras de la ciudad o donde quiera que estuviesen veraneando. Ella rechazaba las invitaciones la mayoría de las veces pues no se llevaba bien con su prima. Tres años menor, mandona y consentida, acostumbrada a que nadie le llevase la contraria pasar más de cinco minutos en su cercanía era un suplicio para Perla. Lo peor era que la niña siempre reclamaba la presencia de la prima mayor, por algún motivo que ella no comprendía le gustaba pasar tiempo con ella, aunque a menudo acabasen enfadadas al no seguir Perla todos los arrebatos de la voluntad de la pequeña.

Con la confirmación de sus mayores se fue a dormir pensando planes y que bañador o bikini se pondría para deleite de Nico. Quería llevar algo atrevido, para que él no pudiese quitarle la vista de encima pero no tanto que hiciese pensar cosas raras a las otras chicas; aún no sabía como contarles que estaban juntos.

Nico optó por decir que pasaría el día en un festival de cine que realmente se celebraba esa jornada, sesión continua de serie _B_ y _Z_, incluso compró entradas para no dejar cabos sueltos en su coartada. Las chicas lo tuvieron más sencillo: Asun no dijo nada, nadie le preguntó, Abril comentó que pasaría el día con Perla y ella aseguro que sería día de chicas en la piscina, su madre la miró con desconfianza mientras lo aseguraba pero transigió con la explicación.

En lugar de quedar los cuatro en la parada del autobús, como siempre que hacían una pequeña escapada, lo hicieron las chicas solas. Nico tuvo que aceptar la compañía de su hermano, de alguna manera se enteró del plan y tuvo que transigir con su chantaje; mejor cargar con su hermano que su padre prohibiéndole ir. Se alejaron del barrio para evitar encuentros indeseados y tomaron la misma línea que las chicas pero tres paradas más adelante.

Ni su hermano ni él conocían la urbanización donde se encontraba la casa de los tíos, sin mucho tiempo para preparativos sólo contaba con las indicaciones que le diera Perla. Al subir pidieron al conductor que les avisase para bajar en la parada de los «Cuatro molinos», debía ser bastante conocida, el conductor sonrió, les guiñó un ojo y afirmó con la cabeza. El paisaje cambió rápidamente, de calles encerradas entre bloques de cristal y hormigón a edificios de tres o cuatro alturas a los lados de paseos anchos y arbolados. En medio de un paisaje de casas repetidas, todas color ladrillo de dos alturas, seguramente unifamiliares, con un jardincito y piscina todas ellas, paró el autobús y el conductor les hizo una seña.

– ¿Es aquí? – silabeó Nico sin levantar la voz.

El conductor confirmó con otro guiño extraño.

Ahora debían encontrar la casa entre todos los clones que tenían a la vista. Perla le dejó el nombre de la calle y el número de la casa, según ella el inicio de la vía estaba al final de donde se acababa de parar el autobús.

– ¿Es aquí? – preguntó el hermano señalando la puerta que tenían enfrente.
– Creo que es la otra, allí. – dijo señalando el final de la travesía donde estaban – Vamos.

En el siguiente paseo que llevaba el nombre indicado por Perla, desde lo más alto de un desnivel pudo ver a las chicas en el jardín de una de las casas. Más tranquilo al saber que llevaban la dirección correcta, aceleró el paso enfilando directamente su destino.

– ¿Te ha entrado la prisa? – preguntó el hermano.
– No te quedes atrás, casi estamos.
– Membrillo.

Abril fue la primera en ver que se acercaban. Levantó las manos para saludarle y las volvió a bajar, indecisa al ver quien le acompañaba. Aún así se acercó al portón y abrió antes de que llegasen.

– ¡Hola! – saludó el hermano, henchido al verla, pasando por delante de Nico.
– Hola – dijo ella aceptando los dos besos de rigor.

El hermano entró a saludar a las otras chicas, sin más protocolo.

– ¿Y este? – cuchicheó Abril.
– Chantaje.

No necesitaron más explicación. Cerraron la puerta y se unieron a los demás. Enseguida notaron que todas se sentían cohibidas con la presencia inesperada.

– Hemos traído comida pero nada de beber. Si queremos algo habrá que ir a comprarlo. – informó Perla.
– ¿No hay nada en casa de tus tíos? – preguntó el hermano señalando la casa.
– No seas animal. – se quejó Asun – Si andamos tocando cosas se la cargará Perla.
– Ah. Claro, claro. – aceptó el hermano, con una sonrisa ingenua – ¿Un bañito antes de comer? ¿Dónde me puedo cambiar?
– En esa puerta hay un cuarto de baño. – indicó Perla – ¡Ah! La piscina no es cuarto de baño. – advirtió mirando al hermano.
– Si se me escapa la gotita se pondrá roja toda el agua cerca de mí, ¿es eso? – dijo el hermano intentando ser burlón.
– Sí. Eso. – remató Asun sarcástica.

Sin darse por aludido el hermano fue el primero en entrar en el baño exterior de la casa para cambiarse. Entre tanto las chicas guardaron lo que traían en la cocina e hicieron una lista de bebidas para que Nico fuese a comprar: refrescos y dos botellas de alcohol; a todos les pareció que más de dos llamarían mucho la atención para quien calculase la edad de Nico. La tienda más próxima estaba pasada la parada del autobús, de camino consideró que era una suerte pues sólo tenía que caminar en linea casi recta ida y vuelta, además de conocer ya el camino.

El comercio era un pequeño supermercado. A esa hora sólo había un dependiente ocupándose de la clientela. Por lo que le contaba Perla la mayoría de la gente en la urbanización compraba en grandes superficies comerciales para todo el mes, ocupándose de la tarea el personal de servicio de cada casa. El supermercado en el que entró era el recurso de emergencia.

El dependiente no levantó la mirada del libro que tenía entre manos cuando entró. Tampoco las personas que hacían su compra le prestaron atención.

Cogió un carro pequeño y lo empujó por los pasillos hasta encontrar la sección de bebidas, echó al carro cuatro botellas de dos litros, de sabores distintos. Luego fue hasta la sección de bebidas alcohólicas y pasó al carro una de ginebra y otra de ron. Utilizarían el hielo de la nevera, no la había visto pero le dijeron que tenía un dispensador en la puerta. Sólo quedaba una cosa, echó cuentas de lo que llevaba cargado para estar seguro de que le sobraba y con esas sobras cogió varias bolsas de fritos y unos botes de variantes, tanto aceitunas como pepinillos y ajos. Nada de lo último estaba en la lista de la compra acordada pero él acostumbraba a elegir ese tipo de cosas para todos, así que las chicas lo darían por supuesto.

Algo inseguro al llegar a la caja se fijó un poco más en el dependiente: un chico joven, quizá dos o tres años más que su hermano, distraído con su libro hasta que empezó a dejar las cosas sobre la cinta transportadora, por su forma de hablar y comportarse no podía tener muchas ganas de pasar un día de fin de semana allí.

– ¿Efectivo o tarjeta? – preguntó después de pasar todos los artículos por el lector de códigos de barra.
– Efectivo. – contestó, ofreciéndole los billetes necesarios.

Distribuyó la compra en cuatro bolsas, intentando que todas tuviesen el mismo peso. Hasta la parada de autobús donde habían bajado fue cómodo, desde allí empezó a molestarle la carga, no tanto por el peso sino porque el plástico de las asas de las bolsas se tensaba y al volverse más fino se le clavaba en los dedos. A medio camino de la casa paró, dejó las bolsas en el suelo y se miró las manos. Donde el plástico se había incrustado la carne estaba blanca con la huella clara del asa. Se frotó las manos hasta que dejó de notar molestias y el color lívido desapareció. Al volver a coger las bolsas vio un perro que se acercaba por la misma acera, suelto, sin dueño ni acompañante; ni muy grande ni muy pequeño, calculó que le llegaría un poco por encima de las rodillas. Pelo corto y negro que brillaba bajo el Sol, le miraba fijamente a medida que se acercaba a él. Tomó las bolsas e intentó ignorarlo. El chucho pasó por su izquierda sin dejar de mirarle, él siguió adelante, haciendo caso omiso pero, unos metros más adelante, se volvió por impulso.

El perro estaba quieto, se había parado poco después de cruzarse con él y le miraba, fijamente.

– Mierda. – vocalizó.

La lengua rosada colgaba de su boca, tan húmeda que dejaba caer gotas al suelo, donde un pequeño charco sería testigo efímero de la presencia del animal. Dos largas filas curvadas de dientes enmarcaban la lengua, destacando los enormes caninos, afilados y amarillentos. El único sonido que se escuchaba era el aliento del can.

Retomó su camino con el oído atento, por si al bicho le daba por ir hacia él, estaba seguro de llegar a la puerta de la casa antes de que pudiese alcanzarle pero no tanto de que le abriesen a tiempo.

Al llegar a la puerta llamó y no pudo evitar girar la cabeza. Ya no estaba allí. Barrió de un vistazo toda la calle y no pudo verlo. Perla abrió por fin la puerta.

– ¡Uf! – resopló de alivio al verla.
– ¿Qué pasa?
– Nada, nada. Cierra. – pidió al entrar.
– ¿Te ha pasado algo?

Al volver a preguntar Perla hizo algo que él no esperaba, acarició su cara con una mano, preocupada. Nico comprobó de reojo que nadie les miraba y le dio un beso rápido.

– ¡Qué haces! Nos van a ver. – se quejó ella, sonriendo.
– Coge una que pesa.

Entre los dos llevaron las bolsas al interior de la casa. Nadie se sorprendió de que hubiese comprado cosas para picar, como esperaba, además de la bebida.

– Anda. También has traído cortezas. – salvo el hermano, echando mano a la bolsa.
– Déjalas tranquilas hasta después de comer. – advirtió Nico quitándole la bolsa de entre las manos.
– Porque nosotros lo hacemos así. – informó Abril.
– Lo que tu mandes, preciosa. – repuso el hermano con una sonrisa desmesurada.

Abril suspiró, sin disimular su molestia. Ella y Asun se habían cambiado en el rato que Nico estuvo fuera, sólo faltaban Perla y él. El hermano, el único con la cabeza mojada y el bañador chorreando agua, no dejaba de echar miraditas a Abril, tan evidentes que podría haberse dado cuenta al otro lado del muro, de ahí que el sentimiento de molestia de ella fuese en aumento.

– Voy a cambiarme yo. – anunció Perla.

Lo dijo sin mirar a nadie, a Nico le pareció que la información era en exclusiva para él, aún así, con todos presentes, no supo qué hacer. Los otros tres estaba en la cocina, las chicas preparando la comida, su hermano bebiendo, sentado y mirando a Abril por detrás. Fue hasta él.

– Te estás pasando. – le dijo en voz baja.
– ¿Qué hablas? Tarugo.
– Qué te controles un poco. Estás molestándola.
– No me des la brasa. – repuso el hermano, cejijunto y enojado.

Sabía que no necesitaba defender a Abril en ese aspecto, algo que su hermano no, si seguía así acabaría cargada y reventaría soltándole una mala contestación, en el mejor de los casos. Dejó a su hermano por imposible y se sentó fuera, a esperar su turno en el baño de la piscina.

Perla salió poco después, llevaba la ropa pulcramente doblada entre las manos pero no dejaba ver su ropa de baño, una larga toalla enrollada a su cuerpo la cubría desde las axilas hasta cerca de las rodillas. Se dio cuenta de que estaba poniendo cara de decepción cuando ella pasó a su lado sacándo la lengua y luego guiñándole un ojo. No comprendió ninguno de los dos gestos, así que se fue con su decepción y su bañador a cambiarse.

Cambiado y deseando meterse en el agua vio que todos estaban fuera, demasiado quietos, demasiado serios. Pasó por las caras de todos ellos esperando que alguno le devolviese la mirada para preguntar qué pasaba. Al mirar a Asun entendió que todos miraban en la misma dirección, siguió esa dirección para encontrarse con el perro que vio en la calle. Estaba tan quieto como la última vez que lo había tenido delante, como si estuviese esperando una señal para moverse, miraba a todos ellos y a ninguno con la boca cerrada.

Nico se movió caminando de lado hacia las chicas, sin perder de vista al animal pero tuvo que pararse mucho antes de llegar, a cada paso que daba el perro avanzaba un poco. Asun, en un mal número de ventriloquia, habló casi sin mover los labios.

– Si se mueve alguien él también se mueve.

La forma de hablar era cómica, en cualquier otro momento hubiese reído.

– ¿Y qué hacemos? – preguntó Abril, también jugando a no mover los labios.
– Me parece que es de los vecinos. – dijo Perla hablando bajo pero con normalidad.

El perro empezó a moverse antes de que Perla acabase de hablar, hacia ella. Rodeaba la piscina, se movía despacio, como si fuese calculando sus movimientos. En el lado opuesto Nico empezó a moverse al mismo ritmo que el animal, decidido a proteger a Perla si es que se acercaba demasiado a ella.

– ¿Qué hacemos? ¡¿Qué hacemos?! – volvió a preguntar Abril asustada.
– ¿Cómo ha entrado? ¿Voy a buscar a los vecinos? ¿Cojo un palo? – soltó Asun atropellada.

Nico no despegaba los ojos del chucho, sin perder el ritmo. Vio como levantaba la cabeza y olfateaba el aire, antes de empezar a correr. No podía seguir su ritmo sólo con dos piernas, a medio camino el animal ya estaba tan cerca de Perla que podía tocarla. Nico siguió corriendo. Con sus pantalones en una mano como única arma y defensa. Perla encogía los brazos para apartarse del perro, sin conseguirlo, la nariz del animal se metió por debajo de la toalla, ella intentó apartarlo a manotazos suaves, el miedo se alternaba en su cara con la vergüenza. Intimidada por el ímpetu del animal se echó atrás, luego se dio la vuelta, procurando cubrirse con las manos en todo momento pero no pudo despegarse del hocico que seguía intentando meterse entre sus piernas, por delante o por detrás.

Por fin llegó Nico a la carrera, sin saber como ayudarla, sin ningún plan en mente más que meterse en medio. Dio un manotazo tan fuerte como pudo a la cabeza del animal, con la mano que llevaba el pantalón enrollado. El perro se apartó, gruño en respuesta.

Todos se quedaron pálidos y aterrados.

Con el gruñido las mandíbulas del animal se abrieron, de la misma forma que lo habían hecho las del caballo en la playa. Recordando el violento episodio Nico intentó poner más distancia entre ellos dos y la bestia, tropezó e hizo que los dos acabasen en el agua. Al salir a la superficie después de la zambullida accidental notó que podía hacer pie, el agua le llegaba por encima de la barriga. La bestia les miraba desde el borde, su boca, su cabeza, parecía normal de nuevo. Se dio la vuelta y se fue por donde vino. En unos segundos todos estaban mirando al seto que separaba la casa de los vecinos.

Perla estaba a su espalda, muy pegada a él y temblando. Se dio la vuelta y la abrazó.

– ¿Estás bien?

Ella no fue capaz de responder. Sin pensar, recordando donde se había metido la nariz del animal, temiendo que le hubiese hecho daño, tocó la zona con las manos, bajo el agua. El contacto inesperado con el vello púbico fue como un latigazo, retiró de inmediato las manos para esconderlas detrás de la espalda. Perla se puso roja como un tomate, no se había dado cuenta que el hocico impertinente había descolocado la prenda. Fuera del agua nadie se dio cuenta, los tres miraban el punto del seto por donde acababa de desaparecer el animal, congelados sin saber si volvería, o si tal vez estaba acechando tras el muro verde.

Asun resolvió la situación. Recuperó parte de su aplomo habitual, cogió una de las sillas de plástico y, utilizándola a modo de escudo, se acercó al borde del jardín. Avanzaba encogida, como si quisiese ocupar el mismo espacio que la silla para que ninguna parte de su cuerpo quedase al descubierto. Comprobó visualmente el punto por donde salió el perro, luego un poco a la izquierda, luego un poco a la derecha, un poco más a continuación, hasta que, pocos a pocos, se dio por satisfecha. Sin soltar la silla de las manos miró hacia los demás.

– Parece que se ha ido. – pronunció con voz vacilante.

Todavía miró el lugar y sus alrededores antes de volver con el grupo. Abril al escucharla se sentó en el suelo, agarrada a sus piernas para que dejasen de temblar. El hermano parecía una estatua de mármol, tanto color perdió su piel; todos se enfrentaron al caballo, o lo que fuese, esta era su iniciación en un mundo de pesadilla en plena vigilia.

– Tengo frío. – dijo Perla sólo para Nico.

Tanta atención prestó Nico a los movimientos de Asun que olvidó dónde y con quién estaba. En los labios de Perla no quedaba mucha sangre que les diese color y sus manos arrugadas desmentían su verdadera edad, al coger una de ellas se encontró con que las manos de los dos estaban en la misma situación; nervioso y expectante tampoco notó el frío hasta que ella lo dijo. Tiró de su mano hasta la escalerilla, salió rápido y la ayudó a salir. Ignorando a los demás entró con ella en la casa, cogió una toalla grande y le quitó la que todavía estaba pegada a su torso, fría y empapada. De nuevo sin pensar la envolvió en la toalla seca y frotó con mimo para ayudarla a entrar en calor. Al mismo tiempo se daba cuenta y no se daba cuenta de que bordeaba zonas sensibles en sus movimientos, ella le miraba tiritando sin protestar. Después de un rato en los labios de ella reapareció el tono rosado que tanto le gustaba y ya no la veía tiritar, la envolvió con la toalla y se abrazó a ella.

Perla se deshizo del abrazo, dejando confundido a Nico, hasta que se echó la toalla sobre los hombros y volvió a abrazarse a él, para que la toalla diese calor a los dos. Agradeció el gesto dejando que envolviese a los dos.

– ¡Reacciona chaval! – decía Asun fuera.

Un instante después un chasquido seco precedió a un estruendo de plástico golpeando contra el suelo y un golpe de alguien sobre ese mismo suelo.

– ¡¿No habrá vuelto?! – preguntó Perla, alarmada y agarrándose con fuerza a él.
– Quédate aquí. – dijo Nico separándose de ella – Voy ver.

Aunque ella le miraba como si estuviesen viviendo sus últimos momentos, se acercó a la puerta del jardín. Fuera la mesa estaba volcada y las sillas en posiciones extrañas; su hermano, también en el suelo, se frotaba la cabeza con las dos manos. Un lado de su cara colorado y una mancha de sangre asomando entre los dedos de una de sus manos.

– Creo que se ha caído mi hermano. – dijo a Perla – Ven.

Perla fue hasta la puerta, donde acababa de estar él. Se agachó al lado de su hermano, le ayudó a sentarse y apartó las manos de la cabeza, una parte de su pelo, al lado de una oreja, estaba apelmazado con sangre, no parecía que saliese más. Apartó el pelo ensangrentado para ver la herida que ocultaba, un pequeño corte que todavía rezumaba algo de sangre.

– Le he dado una torta, no reaccionaba. – dijo Asun con voz culpable – Se ha caído como si estuviese muerto y me he asustado.
– Me parece que no es nada. Trae un trapo mojado. – pidió Nico a nadie en particular.
– Recuerdo que hay botiquín en un baño. – dijo Perla y volvió a entrar en la casa.

Con el trapo que trajo Asun limpió la herida y el pelo de su hermano. Del botiquín que encontró Perla usó un desinfectante que hizo reaccionar al hermano por el picor y una gasa estéril que aplicó sobre la herida, para luego poner una mano del hermano sujetándola.

– Vi a ese perro cuando volvía del supermercado, justo antes de llegar. – dijo Nico.
– ¡¿Eso era un perro?! – preguntó el hermano.
– Lo que fuese.
– ¡Joe! ¿Pero habéis visto como abría la boca? ¡Qué mierda de perro era eso!
– ¡Lo que fuese! Para ya. – intentó cortar Nico.
– ¡¿Va volver?! – preguntó el hermano con los ojos muy abiertos.
– Se parece a algo que vimos en la playa. – informó Asun que parecía la única con su miedo controlado.
– ¿En la playa? ¿Cuando? ¿Qué…

Entre Nico y Asun le contaron el episodio con el caballo monstruoso. No lo que pasó en el pueblo, Nico pensó que sería demasiado en ese momento. Al finalizar el relato el hermano seguía en el suelo, sujetando la gasa con una mano, ni siquiera su cara se movió demasiado; como los demás no supo que decir, por su expresión Nico sabía que intentaba aceptar lo que parecía una mala fantasía.

– ¿Deberíamos comer? – preguntó Abril.
– ¿Tienes hambre? – preguntó Asun, sorprendida.
– Estoy destemplada. Quiero hacer algo normal. Quiero dejar de pensar en eso.
– Tienes razón. – concedió Perla – Ayúdame a sacar las cosas. – pidió a Nico – Id poniendo la mesa. – pidió a los demás.

En pocos minutos, con las tareas repartidas, estaban todos sentados delante de sus platos. Tortillas recalentadas, ensaladas y salchichas suficientes para repetir.

A punto de pinchar una el hermano se quedó mirando al seto.

– ¿No ira a venir por el olor?
– No pienses en eso. – respondió Abril tragando saliva.

Comieron poco y vigilantes, temerosos de que el bicho volviese.

En cuanto acabaron y lavaron los platos todos se metieron en el agua. La imagen del ser desapareciendo cuando los dos cayeron a la piscina la convertía, en la mente de Nico, en un lugar seguro y supuso que los demás pensarían lo mismo. Más frescos y relajados empezaron a inventar juegos, aparte de las incómodas aguadillas del hermano, especialmente dirigidas a Abril. Su persistencia molestándola consiguió el resultado que Nico preveía.

– ¡Ya vale, estúpido! ¡Déjame en paz! – le gritó al sacar la cabeza después de la última inmersión indeseada.

Abril intentaba correr, al menos moverse deprisa, con el agua hasta los hombros, para poder salir. Aunque su cara mostraba un enfado que tardaría en desaparecer, su forma cómica de moverse hizo que todos (menos el hermano) contuviesen la risa. Finalmente alcanzó la escalerilla y se metió en el baño.

– Voy con ella. – dijo Perla.

El hermano miró hacia Nico y levantó los hombros poniendo cara de no comprender que le pasaba a Abril.

– Si sé que te ibas a portar así no te traigo, gilipollas. – dijo Nico sin levantar la voz, moviendo los labios de forma exagerada en el insulto.
– Pasa de mí. – replicó el hermano con malos humos.

Viendo que Asun también salía la siguió. Cogió una de las toallas y se sentó a secarse. El resto de la tarde ya no supieron que hacer.

– ¿Nos vamos ya? – sugirió Abril con todos sentados alrededor de la mesa.
– ¿Tan pronto? – dudó Asun.
– No quiero irme cuando se haga de noche. – aclaró Abril.

Todos se quedaron pensativos un momento y sin decir nada acordaron que irse pronto era lo mejor. No tardaron en recoger la casa y meter en bolsas lo que no habían consumido. Las dos botellas de alcohol, sin abrir, acabarían en casa de los chicos, por insistencia del hermano y desgana de las chicas.

Salieron a la calle cuando Perla acabó de revisar la casa de sus tíos y emprendieron, cabizbajos, el camino hacia la parada del autobús. Abril no se despegaba de Asun, mirando, incómoda, hacia todos lados. Perla iba al lado de Nico, ayudándole a llevar una de las bolsas, escusa suficiente para ir juntos. El hermano, pensativo, miraba de hito en hito a Abril, tal vez dándose cuenta de que su forma de tratarla no acortaba las distancias entre ellos.

De vuelta en la ciudad, aliviados de no haberse encontrado más sorpresas, se despidieron. Nico pensó en acompañar a Perla pero renunció cuando su hermano se puso pesado y se conformó con que fuesen las tres juntas.

—

El verano pasó sin avisar, ya nada era lo mismo. Ninguno de ellos sacaba el tema pero siempre que se reunían estaba presente, como un fantasma, como una presencia indeseada.

Para cuando volvieron a los estudios la relación entre Perla y Nico estaba afianzada. Sin llegar a oficializar nada ni a publicarlo, las otras chicas se acostumbraron a verlos acaramelados y melosos con frecuencia; Abril reía avergonzada cuando las muestras de cariño sobrepasaban sus arcaicos estándares, Asun seguía tildando de tonto a Nico en cualquier ocasión, como si nada hubiese cambiado. No volvieron a la playa, ni a la casa de la piscina, tampoco hicieron salidas de la ciudad, se fueron conformando con ir a los lugares familiares, donde no esperaban monstruos.

La primera semana de vuelta en las clases todos se reían de Nico cuando Perla aparecía a la hora de comer, corriendo por los pasillos para tener ese ratito con él. Lo dejó pasar hasta que la gente se fue acostumbrando y otros temas de interés acabaron con la novedad que ellos representaban. Pasado un mes ya nadie le daba importancia.

Después del primer puente festivo una visita a una graja escuela rompía la monotonía de los días de colegio. Todas las clases del último curso harían el viaje pero repartidos en dos días contiguos, los cursos donde estaban Nico y Perla el primer día, el curso de Asun y Abril junto con otra clase sin miembros del grupo el siguiente día. Perla llevaba esperando la visita desde el momento en que los profesores la anunciaron, tomándola como una salida al campo para ellos dos. Aunque era consciente de que tendrían que seguir el programa preparó comida para los dos y, revisando el plan oficial del día, pequeños momentos para estar juntos.

Sentados uno al lado del otro, mientras una alegre algarabía les rodeaba, Perla contaba lo que quería hacer aquel día. Nico la escuchaba con atención, tanta como le permitía la continua interrupción de sus compañeros y, más que escucharla, la miraba pensando si ya era tan bonita antes de que atreviese a decirle lo que sentía. Le faltaba valor para darle un beso rodeado de tantas caras conocidas pero no dejaba de pensarlo. Dos chicas se acercaron, interrumpieron y se la llevaron a la parte trasera del autobús, no tuvo oportunidad para seguirla, uno de los alborotadores persistentes, aspirante a payaso de la clase, ocupó el asiento empeñado en que participase en su última ocurrencia; abrió para Nico la bolsa de viaje con la que cargaba, entre el maremágnum de basura que siempre llevaba entresacó un tartera, a primera vista no llamaba la atención, hasta que el compañero le dio varios giros para que viese el interior, su contenido, repleto de cucarachas.

– No sé si soltarlas ahora o esperar a la comida. – declaró el compañero – ¿Qué piensas?
– Si las sueltas ahora a Amalia le dará un soponcio y pasarás todo el viaje castigado.
– Pero si las suelto en la comida no se va a notar mucho, entre tanto bicho del campo…
– ¿Están vivas? – preguntó Nico con desinterés – Dan _asquete_.
– ¿A qué sí? – confirmó antes de cambiar de asiento para consultar a otro chico.

Perla seguía hablando con sus amigas, la mejor opción fue intentar dormitar hasta que ella volviese o llegasen a destino.

A pesar de la insistencia de los tutores que acompañaban al grupo todos bajaron en desbandada. Pasados unos minutos de caos y gritos se organizaron de forma natural, por preferencias y conocidos; sobre esos grupos los maestros montaron cuatro grupos mayores. Conformes Perla y Nico con estar en el mismo grupo para empezar jugaban a darse la mano a escondidas sólo con las yemas de los dedos, a escondidas de todos, o eso inocentemente creían.

La primera parte del día en la granja escuela fue una larga charla introductoria. Escucharon, algunos, sobre el funcionamiento del lugar, la orientación hacia la enseñanza para cualquiera que acudiese y, especialmente, para quienes no tenían contacto habitual con el entorno agrario. Disposición de las instalaciones, actividades previstas, teoría sobre los usos, formas y herramientas, recomendaciones, reglas y prohibiciones. Algunos ánimos se calmaron gracias a la pesadez inesperada de la presentación, tanto como para dormir a los más desinteresados.

Continuando con la exposición pero de forma práctica, un monitor se asoció a cada grupo. Empezaron visitando corrales y establos. A medida que se acercaban a ellos los olores identificaban las especies animales con las que estaban a punto de interactuar pero casi ninguno reconocía aquellos olores como lo que eran, algunos empezaron a hablar de aroma a retrete y, por lo bajo, el resto rió la gracia largo tiempo.

A un lado vieron vacas y terneros, al escuchar que de ahí salía la leche que desayunaban más de uno dudó de las palabras del monitor. Comentó el instructor que también tenían toros, en una finca fuera de las instalaciones principales, sin dar más explicaciones de la separación. Luego vieron cabras y ovejas. Además de insistir en el consumo de la leche y el distinto sabor de cada una, hablaron de la preparación de quesos que luego verían en más detalle. Paseando llegaron a un gran establo donde descansaban los caballos y ponis, supieron que de haber venido en verano hubiesen podido montarlos.

Perla miraba a todas las bestias intranquila, sujeta a una mano de Nico como si tuviera tenazas, mientras él hacía lo posible por mantenerse tranquilo por los dos. Aunque, en el fondo, con todos los animales se sentían incómodos, sólo con los caballos perdían el autocontrol. Casi todos acariciaron cabezas y hocicos, dieron de comer e incluso limpiaron, menos ellos dos que se fueron quedando en la parte más escondida del grupo, disimuladamente.

– ¿Podrán ellas mañana? – preguntó Perla.
– Seguro que sí. Asun podrá.
– Sí. Asun podrá. – repitió ella para creerlo.

Agradecieron la siguiente parte de la visita, las incubadoras de pollos.

Encontrarse con animales tan pequeños e inocentes hizo que los dos se sintiesen liberados de una pesada carga. El monitor abrió uno de los aparatos y sacó una de las bandejas de su interior, seguramente preparado con antelación para ellos, repleta de cáscaras de huevos rotos y pequeñas bolas de plumas amarillas que piaban sin orden ni concierto. Todos los pollitos intentaron acercarse al monitor, como si fuese su marionetista tirando de repente de todos sus hilos en la misma dirección. Cogió una de las bolas de plumas, no parecía asustada con la manipulación, más bien curiosa y la dejó en manos de la chica que tenía más cerca. La compañera, de la misma clase que ellos, unió las palmas de sus manos, haciendo hueco para recibir al animal que intentó volver a las manos del monitor en cuanto lo puso en las de la chica, ella cerró un poco el hueco, dejando el espacio justo entre los dedos para poder verlo pero que no escapase.

– Uhhh. Está calentito. – dijo la chica sorprendida – ¡Qué tierno!

«¿A ver? ¿A ver?» corearon las camaradas a su alrededor, apiñándose sobre las manos entrecerradas de ella. Pronto, unas y otros, empezaron a pedir al monitor la misma experiencia. Entre la bandeja sacada y las que quedaban en la incubadora hubo plumas suficientes para que todos lo que lo pidieron disfrutasen de la experiencia.

– ¿Puedo coger uno? – preguntó Perla.

El monitor sacó uno de la bandeja, sopló las plumas de su trasero y se lo entregó.

– Trátala bien, es chica, como tú.
– ¿Y como lo sabe? – preguntó Perla intentando mirar donde le vio soplar.
– Más tarde os lo explicaremos. ¿Quieres coger uno? – preguntó a Nico.

Agitó las manos rechazando la oferta. El monitor no esperó a que cambiase de opinión y siguió con el resto de la clase.

– Me encantaría llevármelo a casa. Es tan mono.
– ¿Y cuando tengas una gallina dejando cagaditas por toda la casa? – dijo Nico irónicamente.
– ¡No digas eso! Mira lo mono que es. – replicó ella acercándole la bola amarilla a la cara.

Todos lamentaron tener que devolverlos, incluyendo algunos metidos en bolsillos y bolsas. El monitor no se sorprendió ni escandalizó, probablemente entre todos los grupos que les visitaban había elementos con las mismas ideas.

– ¿Són los mismo huevos que comemos? – preguntó alguien.
– Sí. – contestó el monitor – Con una diferencia, los que estáis viendo en las incubadoras han sido fertilizados por un gallo, los que se sirven en la mesa no suelen estarlo.
– Entonces, ¿estos no se pueden comer? – preguntó el mismo alguien.
– Sólo si te gusta llenarte la boca de plumas. – contestó otro alguien burlándose.

Unos pocos rieron la gracia, otros pusieron mala cara a la interrupción y la mayoría no se enteraron.

– Se pueden comer igual si se hace pronto, o te encontrarás con las plumas. – rió el monitor – Por cierto, será una de las cosas que podréis probar en la comida. Sólo una parte de los huevos que ponen nuestras gallinas llegan a las incubadoras, el resto se usa para consumo interno y venta en las ferias.
– ¡Eh! ¡Eh! ¡Comemos ya! – gritaron desde el fondo del grupo.

El grito despertó ecos, como si nunca hubiesen comido.

– Luego. – zanjó el monitor mientras los tutores intentaban recuperar la atención – Aún quedan otras cosas para abriros el apetito.

La siguiente parte les situó tras un cristal. Al otro lado en una cuadricula vieron una docena de cubos de madera y una nube de insectos pululando. «Abejas», apuntaron varias voces.

– Eso es. Abejas. – confirmó el monitor – Eso que veis ahí son colmenas. Cada una es como una pequeña ciudad, o como un pequeño reino con su propia reina. Vamos a la sala de al lado. – pidió.

En el cuarto contiguo dos operarios acababan de recoger panales de las colmenas y esperaban apoyados contra el borde de la mesa donde estaban los cubos con los panales.

– Haced tres grupos. – indicó el monitor –  Vamos a enseñaros como se procesa la miel y podréis probarla recién recolectada.

El que más y el que menos se relamió.

La última actividad antes de comer fue un taller. De nuevo divididos en grupos aprendieron a preparar pan en una breve lección de otra monitora. Orientada al aspecto práctico todos recibieron delantales y aprendieron metiendo las manos en harina. Se les avisó de que no obtendrían el mejor producto posible porque no iban a esperar todo lo necesario en la preparación de la masa pero que se esforzasen igualmente por hacer el mejor pan posible, pues sería parte de la comida del día.

Satisfechos con el resultado y el proceso, ya que ninguno había amasado nada en su vida, llevaron los panes recién hechos al comedor. Las mesas estaban dispuestas, en todas ellas esperaban grandes fuentes con patatas fritas, huevos fritos también y botes con la miel que vieron recolectada, junto con las barras que llevaban (si a las formas variadas que obtuvieron se les podía llamar así) saciaron a todos.

Acabada la comida dispusieron de una hora de descanso, antes de la actividad final que ocuparía toda la tarde.

Nico y Perla se alejaron para dar un paseo por los terrenos cultivados, lejos de los animales. Ella caminaba con las manos cogidas en la espalda, un par de pasos por delante de él; mirando, coqueta, de cuando en cuando hacia atrás, hacia él. Él no dejaba de mirarla, sorprendido todavía de que una chica tan bonita estuviese a su lado.

– Te gusta cómo me he puesto. ¿A que sí? – preguntó ella, malinterpretando las miradas pero contenta de ser su centro de atención.
– ¿Cómo? – titubeó Nico.

También él malinterpretó las palabras de ella y su mente se disparó intentando alcanzar sus más locos deseos.

– Vaya. Pensé que te gustaba, elegí esta ropa especialmente para hoy. Pensé que me mirabas por eso. – dijo ella decepcionada.

Se dio cuenta que tardaba demasiado en reaccionar, abrumado por el ataque de lujuria y fantasías que su frase había despertado. Aceleró hasta salvar la distancia que les separaba, cogió la mano de ella y respiró profundamente antes de hablar.

– Claro que me gusta lo que te has puesto. No dije nada porque siempre me gusta como vas. Siempre estás bonita. – dijo sonrojándose.
– ¿De verdad?
– De verdad.

La sonrisa volvió a los labios de Perla, más brillante que antes. Nico respiró aliviado, acababa de salvar el momento y lo sabía; lleno de orgullo casi saltaba entre los frutales, en lugar de andar.

– Tenemos que volver. – dijo ella después de mirar la hora.
– No me muevo sin un beso. – soltó todavía engreído.
– Ah. Tú mismo.

Perla se soltó de su mano, dio la vuelta y empezó a alejarse.

– Pues sí que me quieres poco. – dijo él con voz apagada intentando que ella se apenase.

Ella volvió, hasta ponerse frente a él.

– ¿Sólo uno?
– Has vuelto. Ahora no seas rata.

Pegó su cara a la de ella y le dio el primero de una larga serie que no pudieron dar como excusa cuando llegaron tarde. Corriendo de vuelta a Nico le pareció distinguir algo familiar entre los árboles, lejos de ellos. No pudo verlo con claridad por la carrera y cuando consiguió fijarse no había nada extraño, espoleado por las prisas de Perla lo olvidó. Por fin, con una mirada desaprobadora del tutor de su curso, se unieron a los demás.

– ¿Ya estamos todos? – preguntó el monitor.

Los tutores respondieron afirmando con la cabeza.

– Vale. Como ya sabe alguno, – comenzó a explicar – esta tarde haremos una yincana. Aunque creo que todos sabéis qué es lo cuento para los que no: es una carrera de exploración, partiréis de aquí, –  señaló el arco que servía de entrada para la valla que separaba los cultivos de las instalaciones – por grupos o en solitario, cada uno elige a su gusto. Recibiréis las instrucciones para empezar que serán las pistas para llegar a la siguiente pista, así cada una que resolváis os llevará a la siguiente y la última a la meta. Hay premio para los tres primeros en acabar, tres primeros grupos o solitarios, o como sea. ¿Alguna duda?

Una chica levantó la mano. El monitor la señaló animándola a hablar.

– ¿Podemos ir con quien queramos?
– Sí. Vosotros formáis los grupos. O no, si alguien quiere ir en solitario.
– Dime. – dijo señalando a otra mano alzada.
– ¿De cuantos tienen que ser los grupos?
– A elección vuestra: dos, cinco, toda la clase si queréis ir así.
– ¿Qué premios hay? ¿Son de comer? – preguntó alguien más sin esperar turno.
– Sorpresa. – respondió el monitor de forma teatral – Se desvelarán en la entrega.

Ninguna otra mano se levantó. Pasados unos segundos de silencio el monitor continuó.

– ¿Nadie más que quiera preguntar? ¿Ninguna duda? – esperó un poco más mirando a las caras de la gente – ¿No? Vale. Os doy unos minutos para formar los grupos. A medida que os vayáis organizando acercaros al arco, allí os esperamos para empezar.

Las compañeras con las que habló en el autobús Perla formaron un grupo y le pidieron a ella que se uniese, les dijo que formaba grupo con Nico, todas soltaron la misma risa aguda. Ninguno de los compañeros de él se acercó para invitarle a otro grupo, todos sabían y todos miraban con envidia.

En el arco de salida el monitor esperaba. Cuando le pareció que todos debían estar empezó.

– ¿Falta alguien? – gritó a la multitud desperdigada, nadie respondió – Vale. Os cuento como va. – dijo intentando captar la atención de todos – En un momento los compañeros – señaló a otros dos monitores a su lado – y yo repartiremos la pista inicial, resolviéndola os guiará hasta el primer punto de control, allí encontraréis la pista que os llevará al siguiente punto y así sucesivamente. La última pista os guiará hasta la meta donde esperan tres trofeos, un tarro de miel que representa la primera posición, el collar de uno de nuestros perros que representa la segunda posición y una talla de madera que representa la tercera. Por supuesto podéis coger el que queráis pero corresponden a premios, así que el primero vale más que el segundo que vale más que el tercero. Además veréis una tablilla con las instrucciones para volver. Si llegáis a la meta y sólo está la tablilla de las instrucciones seguidlas igual, eso será porque los premios ya están cogidos.
– ¡Empezamos ya! – gritó un grupo.

El grito de júbilo se propagó como llamas en la hierba seca pero el monitor aún no había acabado, agitaba los brazos al aire y se desgañitaba. La gente se dio cuenta poco a poco y volvió al silencio expectante.

– Una última cosa, la meta estará controlada. Por si no es evidente, cada grupo que llegue sólo puede coger uno de los trofeos, el que quiera, como ya dije, pero sólo uno. ¡¿ESTÁ CLARO?! – voceó a todo pulmón.

Un «Sí» despegó de todos los grupos.

– Venga. Vamos a entregar la primera pista, que vaya pasando un representante de cada grupo a recogerla.

Chicos y chicas se acercaron a los monitores, algunos sin dudar, otros tardaron al no tener decidido un líder o representante. Nico se acercó tirando de Perla, no quería perderla entre tanta gente. En mucho menos tiempo del empleado por el monitor para su explicación todos tenían su sobre con la primera pista.

– ¿Estáis todos? – preguntó el monitor.

Un «Sí» apagado se propagó por la gente.

– Si falta alguien que se acerque ahora.

Los monitores y tutores miraron buscando algún despistado. Nadie respondió.

– ¿Listos?

Otro «Sí» mortecino se escuchó.

– ¡Con ganas! ¡A por los premios! ¡¿Listos?!

Un «Sí» más enérgico salió de todos.

– ¡Qué ganen los mejores! – gritó el monitor haciéndose a un lado del arco.

Unos pocos salieron a la carrera, empujados por los ánimos efusivos de los monitores. La mayoría, como Nico y Perla, empezaron el juego de forma más sosegada, abriendo el sobre y leyendo, sin dejar de caminar ya pasado el arco.

– ¿Qué pone? – preguntó Perla.
– Déjame ver. – dijo Nico sacando una cuartilla.

Los dos se pararon a mirar. Por un lado, el primero que salió del sobre, vieron un dibujo, en el otro un breve texto: «Bajo la sombra del olivo vigilante». Volvieron a mirar el dibujo, confusos por el texto: una curva en la esquina inferior izquierda que debía ser el arco que dejaban atrás, dos líneas paralelas que serpenteaban hasta el centro de la página que debía ser el camino que emprendían, una cruz en el centro de la que salían caminos hacia cada esquina de la hoja y arriba a la derecha algo que podía ser el árbol que mencionaba el texto.

– Seguimos hasta que encontremos una cruz y luego hasta el árbol, ¿no? – dijo Perla siguiendo con un dedo los caminos del dibujo que acababa de nombrar.
– Tiene que ser eso. Vamos.

Casi todos seguían la misma ruta que ellos, algunos más deprisa les dejaban atrás, otros más lentos les dejaban pasar.

Pronto vieron una cruz de piedra en medio del camino, como el centro de una mínima rotonda, la gente la señalaba y pasaban ganando velocidad por la pequeña emoción de acertar con la resolución de la pista. Dos caminos se cruzaban en el crucero, tal como mostraba el dibujo, así que, como los demás, siguieron adelante al pasar la encrucijada.

Agradecieron llegar a un encinar y poder caminar de sombra en sombra. Crecían sobre una colina, dividida en dos mitades por el camino, sin dejar ver hasta donde llegaba. Cerca de la redondeada cima el bosque fue sustituido por arbustos y en lo más alto pudieron ver el solitario olivo al que les guiaba el dibujo y texto. A su sombra se arremolinaba la gente. En una mesa de plástico blanco una mujer mayor bebía de un botijo como nunca lo habían visto hacer, con el asa en una mano retorcida y el cántaro descansando en el hueco que formaba el brazo doblado a la altura del hombro, para que el pitorro dejase caer el agua fresca justo sobre la boca de la mujer. Con los labios a medio poner entre un mordisco y pronunciar una «O» parecía disfrutar a la vista de todos. Dejó de beber cuando llegaron ellos y sonrió.

– ¿Queréis probar? – ofreció.
– Vale. – aceptó Nico.

Primero lo intentó él. Como no pudo ponerlo en la misma posición que ella lo tomó por el vientre y bebió como si fuese una gran botella. Luego probó Perla que tampoco pudo conseguir la misma postura, hizo lo mismo que Nico para poder beber un trago pero tanto lo inclinó que el agua se salió por el agujero mayor. Con un salto atrás y un pequeño grito apartó el botijo de ella pero ya se había mojado cara, pelo y pecho. Todos a su alrededor rieron, más al ver su cara impactada. Algunos chicos silbaron, Nico desanudó la chaqueta de su cintura y cubrió el pecho mojado que el agua volvía traslucido. La cara de Perla enrojeció al comprender el alcance de la situación.

– Ven conmigo. – dijo la monitora.

Nico cogió una de las hojas con la siguiente pista y esperó a que volviesen. No fueron muy lejos. Pararon al llegar a un coche, aparcado al otro lado del árbol, colina abajo. Pudo ver como le dejaba una toalla y le ayudaba a quitarse la camisa mojada, Perla se quedó sólo con la chaqueta de Nico y volvió con la camisa en la mano.

– ¡Qué vergüenza! – susurró al llegar a su lado.
– Me parece que la mayoría ni se ha dado cuenta.
– ¿Tú crees?
– ¿Vemos la siguiente pista? – preguntó Nico.
– ¿Aún no la has mirado?

Abrieron el sobre y sacaron otro papel. De nuevo tenía un mapa, o esquema, por un lado, por el otro un extraño dibujo que parecía un problema de matemáticas. La parte del mapa era parecida a la del primer papel, abajo a la derecha el mismo dibujo del árbol que en la anterior, rodeado de lo que debía ser el encinar más abajo en la colina, cerca del centro algo que podía ser un campanario.

– ¡Mira! – exclamó Perla señalando a lo lejos.

Siguiendo la dirección de su dedo vio una torre de piedra solitaria pasado el encinar. Miró alrededor buscando más coincidencias pero no vio ninguna otra.

– Sí, tiene que ser eso.

Siguieron con el esquema. Después de la torre vieron un cuadrado que separaba el cuarto superior derecho de la hoja y dentro la figura de una persona con un brazo extendido y un globo con un par de interrogaciones dentro. Ninguno dijo nada, dieron la vuelta al papel e intentaron entender lo que ponía: la mitad superior de la hoja estaba ocupada por una circunferencia dividida a la mitad, en la mitad inferior una línea recta ocupaba casi todo el ancho, la línea tenía tres marcas en ella, de forma que tres segmentos parecían iguales y el último era mucho más pequeño.

Nico dio la vuelta a la hoja para volver a ver el esquema, sin preguntar a Perla y volvió luego al dibujo.

– No lo entiendes, ¿eh? – dijo ella.
– Pues no, ¿tú sí?
– No estoy segura, pero primero vamos a seguir el mapa, ¿no?
– Sí. Mira, la gente ya va hacia allí.

Todavía había grupos llegando a donde estaban ellos. Si seguían con la mirada la gente que se dirigía hacia la torre casi podían ver un colorido sendero desde donde estaban hasta su destino, cortado por el verde apagado del encinar.

No tardaron mucho en llegar. Tal como habían supuesto parecía el campanario de una iglesia, un edificio mucho más bajo, en ruinas, debió ser una ermita solitaria pues no se veía ninguna otra edificación cercana. En la puerta de la torre la gente hacía cola. Otro monitor les informó cuando llegaron.

– Hola. Tenéis que hacer cola, – dijo levantando la voz para quienes iban llegando – elegid un representante para vuestro grupo y que se ponga en la cola.
– ¿Qué hay dentro? – preguntó una chica.
– Lo siento, no puedo deciros nada más. – sonrió el monitor.

Enseguida vieron como se abría la puerta de la torre, salía otra chica cabizbaja y entraba el primero de la cola en ese momento. La gente del grupo de la chica hablaron con ella y se lamentaron antes de elegir a otro chico que corrió a ponerse al final de la cola.

– ¿Me pongo yo? – sugirió Perla.
– Sí, mejor. Eres la más lista.

Aunque ya estaban en la fila Nico cambió de posición con ella, para que fuese más evidente que sería ella quien entraría.

– ¿Adivinaste lo del círculo? – preguntó él.
– Creo que sí.
– ¿Y qué es?
– ¡Shhh! – Perla le indicó que callase poniendo un dedo cruzado en sus labios y le guiñó un ojo.

Desconcertado e ignorante hizo caso. Avanzaba al lado de ella, aunque no fuese a entrar él. La cola le había parecido muy larga, muchos grupos llegaron antes que ellos pero avanzaba con rapidez. Uno a uno entraban, la puerta quedaba cerrada durante menos de un minuto, a veces menos de medio y salían. Pocos salían contentos y ansiosos por continuar con su grupo, la gran mayoría reaparecían amargados, teniendo que ponerse al final de la cola. Si en un primero momento le pareció larga, mirando atrás cuando estaba a punto de entrar Perla era dos o tres veces mayor.

– ¡Voy! – dijo Perla emocionada antes de desaparecer por la puerta.
– ¡Tú puedes! – dijo Nico a destiempo.

Se preparó para esperar el minuto que tardaba la mayoría, o todo lo que fuese necesario y para animarla si salía abatida, como casi todos pero salió enseguida y feliz, con una hoja entre manos.

– ¡¿Ya?! – dijo, sorprendido, haciéndose a un lado para que entrase el siguiente.
– ¡Conseguido! – levantó la hoja como si fuera un trofeo.

Caminaron sin rumbo unos pasos, apartándose de la torre.

– ¿Qué había dentro? – preguntó Nico.
– Un mago.

Él la miró extrañado, como si se le hubiese ido la cabeza.

– Uno de los monitores disfrazado de mago, tonto.
– Claro, claro.
– ¿Qué hizo?
– Nada. Me pidió la respuesta.

Perla abrió el sobre que llevaba como un premio, sujeto con mimo entre las manos. Miró dentro.

– ¿Cuál era la respuesta?
– Mira. – dijo ella acercándole el lado abierto del sobre.

Este no contenía una hoja, como los anteriores, sino recortes de cartón. Hasta ese momento anduvieron sin rumbo, queriendo avanzar en una dirección que todavía no conocían. Al ver los dos el contenido del sobre se quedaron quietos, Nico puso las manos como un cuenco y Perla vertió el contenido del sobre en el hueco.

– Un rompecabezas. – señaló él ante lo evidente.
– Ven.

Perla tiró de su brazo y le llevó hasta unas piedras que sobresalían en la tierra, suficientemente planas para que le hiciese dejar el contenido de sus manos sobre ellas. No necesitó más explicación, entre los dos empezaron a buscar como encajar los fragmentos, todos ellos coloreados por un lado, marrones de cartón por el otro. Los grupos que llegaban casi no podían verles, se habían apartado bastante de la ruta de llegada y los que conseguían el sobre salían hacia cualquier lado o se quedaban parados como ellos, aprovechando cualquier lugar lo bastantee plano.

A medida que las piezas encajaban en su lugar vieron que no era un plano, ni un dibujo, sino un fragmento de un mapa topográfico, algo que, afortunadamente, estudiaban en clases de geografía. Por fin completo los dos se emocionaron al ver en el centro la torre que tenían al lado, enmarcada en un círculo verde. Del círculo salía una fina línea, verde también que recorría el borde del encinar que dejaron atrás. Nicó se movió para ver el mapa de forma que coincidiese con el paisaje, Perla no necesitó que se lo explicase y se puso a su lado.

– Por allí, ¿no? – dijo él señalando la ruta que debía coincidir con la línea en el mapa.
– Creo que sí. – confirmó Perla.

Siguió con el dedo la línea verde, más allá del encinar, continuaba serpenteando entre dos colinas.

– Debe ser el cauce de un río. – señaló Perla.

La línea concluía en otro círculo verde, dentro del cual vieron un cuadro rojo que representaba una pequeña edificación solitaria y aislada.

– ¿Vamos? – dijo Perla.
– Espera.

Con el sobre en una mano y sujetando el rompecabezas resuelto Nico intentó meterlo dentro sin descomponerlo. Después de un par de intentos fallidos consiguió que entrase la mayor parte, salvo dos piezas que se soltaron y cayeron al suelo. Para sorpresa de ambos el reverso de una de ellas tenía letras negras. Con cuidado dieron la vuelta al resto y pusieron en su lugar las dos caídas y alguna otra, movida en la operación.

«Renacidos en la fosa hedionda, atienden a la llamada de su amo», leyeron juntos. Perla volvió a leerlo dos veces, despacio, sin levantar la voz, como si se tratase de un hechizo y esperase ver su resultado.

– ¿Lo entiendes? – preguntó Nico.
– Que va.
– Por lo menos la parte del mapa parece clara, como los otros. ¿Vamos?
– Sí, vamos. Si se te ocurre algo me lo dices. «Renacidos en la fosa hedionda, atienden a la llamada de su amo», – leyó de nuevo – además, suena fatal. – rió, como si acabase de leer un chiste malo.

Ella empezó a caminar hacia el encinar por el que habían llegado allí.

– Espera, espera. – advirtió Nico, tirando de un brazo de Perla.
– ¿Qué?
– Vamos por allí. – señaló una dirección que les apartaba un poco de la ruta verde.
– ¿Por qué? – preguntó ella extrañada.
– Se trata de no dar pistas a los que aún estén llegando.
– Ah. Vale.

Modificó su orientación y siguió caminando. Pronto se habían alejado de la ruta marcada lo suficiente para que no les viesen ni ser vistos. Perla confiaba en la capacidad de orientación de Nico que ya demostró cuando fue a rescatarla en la playa, así que, cogida de su mano, se dejó llevar. No tenían muchas oportunidades para pasear así, lo evitaban cuando estaban con sus amigas y lo evitaban cuando estaban con los compañeros del colegio pero le gustaba sentir sus dedos entrelazados, el calor en el hueco entre sus manos, el roce de la piel más áspera de él. Llevaban un rato apartados de la ruta principal, dio un tirón suave e hizo que Nico se parase.

– ¿Qué pasa? ¿Estás bien? – preguntó alarmado.

Sonriendo puso una mano en cada mejilla de él y lo atrajo hacia sí, Nico no tardó en comprender y se dejó llevar. Cerraron los ojos al unísono, perdieron contacto con el entorno para sumirse en la pequeña fantasía de quererse.

Crujidos de ramas y un prolongado gruñido, profundo, gutural, les devolvió a la realidad. Vieron como se acercaba, muy despacio, un perro idéntico al que vieron en la piscina. Perla se quedó congelada, Nico se puso delante de ella instintivamente, ocultándola de la vista del animal. Intentando no perderlo de vista buscó en el suelo hasta que pudo coger una rama que le sirviese de defensa.

El animal no dejaba de gruñir amenazadoramente. Nico se movió muy despacio hacia atrás, haciendo que Perla también reculase. El perro miró hacia los lados, lo que hizo que él también mirase. Se encontró con otro perro a cada lado, aproximadamente a la misma distancia que el primero. Preocupado miró hacia atrás, sin dejar de cubrir a Perla, tal como supuso al ver a los otros dos animales por su espalda se acercaba un cuarto elemento. Estaban rodeados. Miró hacia todos lados, buscando; a poca distancia encontró lo que quería, un árbol con ramas lo suficientemente bajas para intentar subir por ellas. Paso a paso, sin variar su velocidad e intentando tener controladas a las cuatro bestias se movieron hasta llegar al árbol deseado.

– Sube a las ramas, tan arriba como puedas. Yo te ayudo. – pidió a Perla.

Tras unos segundos sin contestación ni reacción por parte de ella la miró de frente. Temblaba sin poder apartar la vista de uno de los perros, incapaz de reaccionar, hasta el punto de que, quizá, ni le escuchaba. Tomó su cara entre las manos, como hizo ella antes y la besó. Al soltarla se alegró de que pareciera más atenta.

– Quiero que subas al árbol. – repitió – Apóyate aquí. – dijo poniendo las manos enlazadas para que ella tuviese apoyo donde impulsarse.

Perla asintió con la cabeza y siguió las instrucciones. De pie sobre una de las grandes ramas bajas y antes de seguir subiendo le llamó.

– ¡Ahora tú! Sube. – dijo alargando un brazo hacia él.

Comprobó las posiciones de los animales antes de coger su mano, los cuatro perros estaban sentados, mirando sus evoluciones, silenciosos y expectantes. Tardó en darse cuenta de que no emitían ningún sonido y todo alrededor estaba en silencio, el único ruido en el bosque era un eco acompasado que erizó todos los pelos de su cuerpo con el escalofrío que le produjo reconocerlo.

– ¡Sube! ¡Deprisa! ¡¡Corre!! – gritaba Perla, encogida sobre la rama, bajando la mano tanto como podía para que él la cogiese.

Desde la dirección del primer perro vio aparecer una sombra primero que saltaba al ritmo del eco de sus cascos. Tan veloz que enseguida vio al extraño caballo que vieron en el pueblo, sin cabeza, con medio hombre o lo que fuese implantado sobre su cuerpo.

– ¡Nico! ¡¡NICO!! – gritaba Perla.

Dio un salto, un vano intento de llegar a la rama más próxima.

Antes de que sus pies volviesen al suelo sintió una enorme presión en su costado y se vio volando. Todo el bosque giraba frenético y los brazos de aquel ser se acercaban a Perla.

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Asun se despertaba, casi siempre, con la vejiga a reventar. De alguna manera se había acostumbrado a no levantarse durante la noche, así, a primera hora, podía apropiarse del baño en su urgencia.

Era uno de los mejores momentos del día. Cogía el libro que estuviese leyendo de su mesilla y atravesaba a toda velocidad el pasillo, de puntillas, hasta encerrarse en el cuarto de baño. Disponía de media hora para ella, un poco más algunas veces, un poco menos otras; hasta que su madre se levantaba para empezar a preparar el desayuno. La vejiga infinita de aquella mujer le daba margen para seguir con el culo al aire diez minutos más, lo que tardaba en salir de la cama su padre. La vejiga de su padre era peculiar, mientras estuviese metido en la cama funcionaba como la de su madre, parecía no llenarse nunca, en cuando salía del abrigo de las sábanas era como ella, necesitaba vaciarla con urgencia; para ese momento ella ya se estaba subiendo las bragas, casi siempre acertaba con el momento para abrir la puerta pillando al hombre con la mano en el aire, a punto de llamar; entonces él le sonreía e intercambiaban lugares, echaba otra carrera de vuelta a la cama para no notar el frío de las baldosas del pasillo y seguía leyendo hasta que llamaba su madre.

– A desayunar. – cantaba con voz aguda desde la puerta de la cocina.

Y, como si fuera un hechizo capaz de ponerlos en movimiento a todos, el pasillo se llenaba de vida por un momento, acudiendo en tropel a la llamada.

El libro del momento era «Las minas del rey Salomón». Salió de la cama de nuevo, descalza, con una de las camisetas para dormir y las bragas que cambiaría después de ducharse. Escuchó a la pequeña saliendo de su habitación, caminaba con sonoridad, sus pasos se escuchaban por toda la casa, entró en su cuarto como una diminuta tromba dispuesta a saltar sobre la cama, sobre ella. Antes de que pudiera hacerlo, Asun, escondida detrás de la puerta, la cogió por las axilas y le dio un buen repaso de cosquillas. Creyéndola vencida la dejó sobre la cama y salió a la carrera hacia la cocina, casi se dio de bruces con la mediana, con una finta se evitaron, sin necesidad de saludar. La pequeña tuvo tiempo de salir de la cama, derrotada pero no vencida, corrió detrás de ella creando ecos a cada zancada.

Haciendo gala de sus largas piernas llegó primera a la mesa y se sentó, lo que no evitó que la niña intentase vengarse buscando las cosquillas de Asun, aún sabiendo que no las encontraría.

– Ya, ¡ya! – dijo sujetando las manos inquietas de la pequeña – Siéntate ya.
– Mamá. Asun me hizo _cosquis_ y ahora no me deja. – se quejó como tantas otras mañanas.
– Come. – dijo la madre dándole la primera cucharada – Siempre andas a eso y acabas la última. Hala, tú sola.

La madre no desayunaba hasta verlos a todos comidos, así que no esperaron por ella. Tampoco a su padre que se sentó unos minutos después.

– ¿Qué vas a llevar de comer? – preguntó la madre a Asun.
– Nada, mamá. Ya te dije que nos darán allí.
– Después te entrará hambre. Hice unos bocadillos anoche. Por lo menos eso te llevas. – insistió – ¿Te pongo algo de beber?
– ¡Jó! ¡Mamá!
– ¿Agua? – preguntó la madre ignorando sus quejas.
– ¿Hay cola? Luego cojo un par de latas, Abril seguro que no lleva nada. – dijo Asun, entre información y queja.
– ¿A dónde vais? ¿No tenéis colegio hoy? – preguntó el padre.
– Es una excursión del colegio, papá. Me firmaste la autorización la semana pasada.
– ¿Sí?

De pie, detrás del hombre, la madre gesticuló moviendo el dedo índice al lado de su sien y poniendo caras raras que hicieron reír a las niñas.

– ¿Eh? – el padre se volvió hacia la madre, sin comprender qué estaba pasando.

Niñas y madre rieron aún más.

– Qué simplonas que sois. – se quejó el hombre.

Acabó pronto, tenía ganas de salir, encontrarse con su amiga y llegar a la granja. No pudo ver ni a Nico ni a Perla la tarde anterior, las dos imaginaron que habrían acabado muy cansados, así que todo lo que deparaba el día era sorpresa.

Se dio una ducha rápida y se puso la ropa separada el día anterior, cómoda, para andar por el campo sin riesgo. En la mochila pequeña una muda, una toalla pequeña, auriculares y la cartera. Mientras lo metía todo escuchó cómo salía sus padre con las dos pequeñas, él las llevaba siempre al colegio y como su madre dejaba de hacer ruidos, era su momento de sentarse y desayunar tranquila. Con todo en silencio era hora de salir desapercibida. Con la bolsa colgando de un hombro abrió la puerta con movimientos lentos y medidos para no alertar a su madre. Salió al pasillo de puntillas.

– Mete eso. – dijo su madre, agazapada contra la pared en el pasillo.
– _Joé_. ¡Mama! Qué susto me has dado.

Tiritando reconoció para sí misma que su madre era ineludible, una vez más.

– No me cabe tanto… mamá…
– A ver, deja. – dijo su madre tomando la mochila.

En pocos segundos metió en el espacio sobrante cuatro bocadillos, dos latas de cola y una botella pequeña de agua.

– ¿Ves como sí?
– Pero ahora pesa un quintal. – se quejó.
– Claro, ahora. Cuando os comáis un par a media mañana y bebáis algo se queda vacía. – apuntó su madre con aire sensato – Hala. No te retrases.

Antes de que pudiera alargar la protesta recibió un beso y sin esperar cambio su madre volvió a la cocina a continuar, o tal vez empezar, su merecido desayuno. Sabiendo que cualquier otra cosa era una batalla perdida salió a la calle. Camino de la parada del autobús aceptó que lo que llevaba a la espalda no pesaba tanto y siempre podía encasquetarsela a Abril más tarde.

A pocos metros de la parada vio que ella ya estaba esperando. Arrellanada en la marquesina, debía llevar un buen rato dejando pasar autobuses.

– Ya estoy. – saludó al llegar.
– Buf. Lo que has tardado. Han pasado cuatro.
– ¿Tan pronto has llegado?
– No he podido dormir casi. Y seguir en casa me ponía nerviosa, ya sabes como es mi madre.
– Ya…
– Así que me he venido para aquí pronto. ¿Qué traes?

Se descolgó la mochila y la abrió, sentada al lado de ella.

– Genial. – exclamó Abril – Tu madre es genial. ¿De qué son? No he podido desayunar.
– Ni idea.

Sin esperar otra invitación Abril metió la mano en la bolsa y sacó uno de los bocadillos del fondo.

– ¿Por qué nunca coges el primero? – quiso saber Asun.
– Pues… – pensó mientras desenvolvía – No sé. ¡Chorizo y queso! Qué bueno. Tu madre es la mejor. – certificó pegando el primer bocado.

Aunque comía con verdadera ansia no pudo acabar antes de que llegase el autobús. Subió detrás de Asun e ignoró la mirada irritada del conductor. No era uno de los habituales de la línea, los otros conductores ya estaban acostumbrados a verla entrar con comida en las manos. Aunque hubiese un pequeño aviso en medio del coche que prohibía comer en marcha ninguno le decía nada; aún con la mirada cargada tampoco este chófer puso pegas.

Todavía faltaba un poco para la hora punta, disponiendo de sitios libres en todo el pasillo se acomodaron cerca de la puerta de salida. Abril no hablaba con la boca llena, Asun lo sabía de sobra; una se concentró en masticar y la otra en mirar por la ventana. Como de la suya, todo el mundo en la calle salía de sus casas acelerados para ir a trabajar, al colegio o a donde quiera que fueran. Gota a gota se sumaban al tráfico. Acababan de subir al vehículo con la carretera libre y ahora empezaban a formarse colas en los semáforos. Distraída mirando la cambiante monotonía de la mañana y arrullada por el bamboleo de curvas y cambios de carril se quedó adormilada.

– Vamos. Vamos. – decía Abril tirando de ella.
– ¿Qué?
– Nos bajamos ya.

No quedaba nada del bocadillo. Abril llevaba su bolsa a la espalda y cargaba con la de Asun en la mano libre. Se desperezó y siguió a su amiga, poco después el coche paró y pudieron bajar. El corto camino que las separaba del colegio sirvió para que el aire fresco de primeras horas acabase de despertarla. Al lado de la acera varios descampados estaban en obras, pronto la zona estaría llena de edificios, como el resto de la ciudad. Era una visión extraña, acostumbradas a que no hubiese nada cerca del colegio. El enorme edificio donde habían cursado todo el ciclo de primaria y ahora secundaria todavía reinaba en la zona.

Dentro de los terrenos de la escuela la gente se apresuraba hacia sus aulas, como ellas pero algunos las miraban fijamente. Segura de que Abril no se estaría dando cuenta, ella no pudo dejar de notarlo. Al pasar por la entrada del edificio vio dos coches de policía aparcados, vacíos; recordó el episodio de la playa. Por fin entraron en su clase, levantó un brazo para saludar sin llegar a decir nada. Dos agentes uniformados esperaban en una esquina, cerca del tutor que, con gesto serio, miraba a quienes iban entrando.

– Sentaos. – les dijo, para que no obstaculizasen el paso.

Asun se dio cuenta que hacía una seña a los policías, apuntando a ellas.

– ¿Qué pasará? – preguntó Abril después de sentarse.

No respondió pero lamentó no haber pasado antes por la clase de Nico y Perla, quizás ellos sabrían algo. La espera se le hizo larga, el tutor, allí plantado con la lista de alumnos en la mano esperó hasta que llegaron todos. Con un lápiz acabado marcaba cada nombre que entraba en la clase. Todavía se demoró unos segundos, comprobando la lista, cuando todas las sillas estaban ya ocupadas, entonces levantó la cabeza, miró a todos los asistentes y dejó el papel sobre la mesa.

– La salida prevista se ha cancelado. – dijo.

Un murmullo general creció, todos mostraron su decepción. Algunos preguntaron porqué.

– Mantened silencio, por favor. – pidió.

Con la palma de una de sus manos apuntando hacia ellos esperó. Uno de los agentes se llevó el índice a los labios, apoyando al tutor.

– El motivo es serio, por eso está aquí la policía. Mantened la calma y esperad hasta que acabe de explicarlo. – continuó – En la excursión de ayer, ya sabéis, la misma que ibais a hacer vosotros hoy pero de la otra clase, dos alumnos desaparecieron.

El murmullo se hizo más intenso, cortando la explicación hasta dominar el ambiente.

– Silencio, por favor. – volvió a pedir, con más énfasis.

Varias preguntas surgieron del grupo, sin un origen claro, como si una profunda voz tomase el control de todas las pequeñas que allí estaban, «¿Quienes?», «¿Cómo?», «¿Desaparecieron?».

– Calma, por favor. – insistió – Habéis escuchado bien, dos alumnos desaparecieron durante la excursión. Por la tarde, ya cerca del final, en la última actividad.

Poco a poco aumentaba el volumen de su voz para hacerse oir entre el molesto rumor que no se apagaba. Cogió la hoja que había traído y marcado y le dio la vuelta.

– Los alumnos desaparecidos son Nicolás y Perla. Estos agentes que me acompañan os harán una pequeña entrevista a todos y cada uno de vosotros por si podéis aportar alguna pista que les ayude a encontrarlos.

El ruido aumentó a niveles intolerables y no le quedó más remedio que esperar con cara compungida.

Asun y Abril estaban pálidas desde el momento en que el tutor pronunció los nombres de sus amigos. Se miraron varias veces, como si en los otros ojos pudieran encontrar algo que diese sentido a lo que acababan de escuchar. Una vez más la gente redujo el vocerío.

– Asunción y Perla, vosotros siempre estáis juntos. Acompañadme.

Se levantaron como dos niñas muy pequeñas, tropezando con cada esquina de sus mesas, con las patas de las sillas que no sabían como apartar de su camino, dejando caer al suelo chaquetas colgadas.

– Ahora os explicarán los agentes como van a proceder. Yo volveré en cuanto pueda y la señorita Victoria vendrá en un momento para estar con vosotros. Seguid las indicaciones de los agentes, por favor, no están investigando a nadie, sólo buscan vuestra colaboración. – intentó aclarar – ¿Asunción?, ¿Perla?, seguidme.

Salieron de la clase aturdidas, detrás de la sombra del tutor. En otro momento habrían reconocido el camino hacia el despacho del hombre, en ese se dejaron llevar sin pensar hacia donde. Entraron y se sentaron donde él les indicó. De pie, a un lado de la mesa, otro agente esperaba acompañado por una mujer vestida de calle, con vaqueros y chaqueta, después de sentarse las alumnas se sentaron también los policías, en el banco de la pared y el tutor en su sillón.

– Hola, chicas. Soy la inspectora Miranda. Creo que vuestro tutor ya os ha contado.

La mujer hizo una pausa esperando que ellas confirmasen. Dándose cuenta de que las dos estaban demasiado impresionadas se levantó y se acercó a ellas, poniéndose en cuclillas muy cerca de Abril.

– Me han dicho que sois muy amigos, por eso quería hablar primero con vosotras. ¿Os sentís en condiciones para responder unas preguntas?
– Preguntas. Sí. – titubeó Asun.
– Hemos llamado a vuestros padres para que os acompañen. Podemos esperar a que ellos lleguen si queréis.
– No. – dijo Asun sacudiendo la cabeza – ¿Qué preguntas?
– Lo más importante es que recordéis que sólo son eso: preguntas. Os estamos pidiendo vuestra ayuda, nada más. ¿Vale?
– Sí, vale. – aceptó Asun.
– Pásame la libreta. – pidió al agente sentado, levantándose ella y sacudiendo las piernas para desentumecerlas tras la postura forzada.

Las preguntas fueron sencillas, centrándose en la relación que mantenían con los desaparecidos qué lugares frecuentaban y qué motivos podrían tener para desaparecer, en caso de que hubiese sido algo planificado. Ellas no sabían nada y nada pudieron aportar a lo que buscaba la policía. Asun recordó, cuando tras varias preguntas empezó a recuperarse, el episodio en la playa y como Nico rescató a Perla pero no dijo nada al respecto, preguntándose como la policía no estaba al tanto si los habían retenido temporalmente durante los sucesos de la playa. En el turno de Abril para responder a las preguntas se dio cuenta de que estaba mucho más afectada que ella, más ausente y apenas podía seguir la conversación que le pedían. Su padre y el de Abril llegaron cuando la inspectora estaba acabando, aceptando que de Abril no podría sacar nada en ese momento. Habló con los padres de ambas un momento y se despidió de ellas.

– Si recordáis cualquier cosa que pueda servir de ayuda, no importa si os parece una tontería, llamadme. – dijo, dejándoles una tarjeta de visita con sus datos – Por supuesto, si se ponen en contacto con vosotras comunicádmelo, nadie se alegrará más que yo de saber que están bien. ¿De acuerdo?

Asun confirmó con la cabeza que la escuchaba, Abril todavía no estaba en aquel lugar. Se quedaron solas con los padres que no estaban preparados para la situación, cada uno se llevó a su hija a casa.

Por la tarde Asun fue a casa de Abril para que saliera y poder hablar con ella pero su padre le dijo que estaba descansando, afligida y que se quedaría en casa unos días, sin precisar. De vuelta a la suya se paró en el parque donde solían quedar todos y se echó a llorar. Sólo un momento, dejando salir lo que estuvo conteniendo desde que supo la noticia.

Los días pasaban con una lentitud difícil de soportar. En esa semana fue la única del grupo en ir al colegio, tanto los profesores como los otros alumnos la trataban con cautela, sobre todo el tutor que también les daba clases de ciencias, como si hablarle con normalidad pudiese romperla. Y precisamente eso, sumado a lo que estaba pasando, era lo que amenazaba con descomponerla.

Por fin llegó el viernes y, aunque Abril tampoco apareció por clases ni hubo noticias de los desaparecidos, acercarse al fin de semana para desconectar hizo que se sintiese menos presionada. Casi se estaba acostumbrando a ignorar a la gente, a la forma prudencial y molesta en que la trataban. En el descanso de media mañana se sentó debajo de una canasta de baloncesto a comer un bocadillo preparado por su madre, varios chicos jugaron pero se limitaron a usar la otra canasta, medio campo. Suspiró al verles jugar de esa manera, aceptando que era inútil pedirles que actuasen con normalidad.

Por la tarde volvió a la casa de Perla. Con varios días de por medio confiaba en que estuviese mejor, al menos para verse un rato.

– No. No puede salir. – dijo el padre sin dejarla entrar – Ya te avisará ella cuando esté mejor, ¿vale?

El hombre no esperó respuesta, cerró la puerta sin acabar la pregunta ni esperar a que ella se apartase. Sabía de sobra que el tipo era un elemento de cuidado, siempre malhumorado y que en ocasiones zumbaba a Abril, así que no se extrañó de la forma de tratarla.

El domingo tuvo más suerte. Salió a media mañana hasta el parque y se encontró a su amiga sentada, esperando. Se saludaron efusivamente, como si una vida entera hubiese pasado.

– ¿Sabes algo de ellos? – preguntó Abril.
– Qué va. En el colegio no han vuelto a decir nada y no me he atrevido a ir a sus casas.
– Podríamos ir una a cada casa. A ver.
– Sigue sin parecerme buena idea. Si hubiesen sabido algo o los hubiesen encontrado habrían dicho algo, ¿no?
– ¿Entonces qué?
– Se me ocurrió una cosa pero depende un poco de tí. – dijo Asun tentativa.
– ¿Qué?
– Que llames a Fermín.
– Podemos preguntarles igual a sus padres. Su madre es buena gente.
– Ya pero a Fermín le gustas.
– ¡Qué dices!
– No te hagas la sorprendida. – dijo Asun, simulando estar ofendida – Si le preguntas seguro que te dirá lo que quieras.
– No sé… Si llamamos y lo cogen sus padres… ¿qué?
– Colgamos y volvemos a llamar a otra hora. – respondió, como si fuese lo más evidente.
– No sé… – dudó Abril.
– ¿Prefieres que no hagamos nada? – preguntó Asun más cerca de estar realmente ofendida.

La discusión se alargó un rato, sin salir del mismo punto, hasta que Abril cedió y acordaron un sencillo plan para ponerse en contacto con el hermano de Nico.

Sabían que al día siguiente estaría en casa a la hora de comer. Calcularon el momento y quedaron en que cada una llamaría en un momento concreto: Asun antes de que empezasen a comer y Abril después de que acabasen. Si Asun conseguía hablar con él haría que quedase con ellas, con la promesa de que pudiese ver a Abril. Si era Abril la que conseguía hablar con él tenía la opción de preguntarle directamente lo que querían saber o quedar con él para interrogarle si por teléfono no era posible.

El resto de la tarde lo pasaron hablando de sus amigos, de lo que no habían contado a la policía temiendo que las tomasen por locas, sin entender como no relacionaban el episodio de la playa con la desaparición o, más bien, como nadie sabía del episodio de la playa o como no lo mencionaban. Aliviadas al pensar que empezaban a ponerse en acción para ayudar a sus amigos pero entristecidas por su larga ausencia se despidieron antes de que se pusiese el Sol.

Abril volvió al colegio el día siguiente. Todos se alegraron de su vuelta pero la saludaron con distanciamiento. Llegada la hora de comer cogieron lo que pudieron llevar en los bolsillos en el comedor y salieron hasta la cabina telefónica más próxima.

En la primera llamada no tuvieron éxito. El padre de Nico respondió y Asun colgó de inmediato, incómoda, pensando que colgaba con demasiada fuerza y eso podría hacer que el hombre pensase cosas raras. Aún así esperaron el tiempo necesario y volvieron a llamar acabada la hora de comer.

– ¿Diga? – preguntó la voz de Fermín.
– Hola. – saludó Abril vacilante.
– ¿Quién es?
– Soy Abril. La amiga de Nico. ¿Te acuerdas de mí?
– ¡Claro! Hola Abril.
– Me preguntaba si te apetecería quedar algún día.
– ¿Quieres quedar conmigo? ¿De verdad? – notaba el tono de incredulidad en la voz del hermano a pesar del sonido apagado que transmitía el auricular.
– Sí. ¿No te apetece?
– Supongo que sí. Quieres noticias de mi hermano, ¿no?

Ninguna de las dos, en su ingenuidad, había previsto que el hermano se diese cuenta de sus intenciones. Asun empezó a gesticular como una loca, intentando que su amiga insistiese en su petición.

– Sí pero me gustaría verte igual.
– ¿De verdad?
– Claro.

Las dos podían escuchar la respiración del hermano, cada vez que expiraba y su aliento golpeaba el micrófono de su aparato. Pegadas sus orejas una a otra y al auricular que Abril sujetaba esperaron, apenas conteniendo los nervios que iban acumulando.

– Vale. – dijo, por fin.

Quedaron en verse esa misma tarde, cuando salieran ellas del colegio en el parque de siempre. Se despidieron y volvieron a sus casas, deseosas de que llegara el momento acordado.

– Hola. – saludó Abril, con Asun agazapada a su espalda.
– Hola… Creí que vendrías tú sola.
– Bueno. Ya sabes. Andamos siempre juntas.
– No hay mucho que contar de mi hermano. Casi mejor me voy. – dijo Fermín con gesto lánguido.
– No es eso. Siéntate un rato con nosotras. – rogó Abril – O vamos a tomar algo, si quieres.
– Ya. – aceptó Fermín, sentándose en el banco más próximo.

Abril se sentó cerca de él y Asun dejándola en medio.

– Ho hay mucho que contar. – repitió Fermín sin esperar introducción – Ya sabéis que desaparecieron en la excursión esa. No sabemos nada desde entonces. Mi madre está desquiciada, mi padre va hasta la granja escuela después de trabajar, todos los días, a buscarlos; a veces voy yo también; los trabajadores de allí evitan mirarnos, creo que ya les da vergüenza vernos pero mi padre no va a dejar de intentarlo. Los primero días después de que la policía dejó de buscar por allí también venía el padre de Perla pero no pudo más, al cabo de un rato de buscar por la zona siempre se echaba a llorar y la llamaba a gritos, todavía me sorprende que no le diese un patatús allí mismo. Así que ya no sé como están en casa de ella, sólo en la mía. Dentro de nada hará un mes y no sabemos nada.
– ¿La policía ya no les busca? – preguntó Asun.
– No sé. Seguro que no es uno de sus temas más importantes. Si hubiésemos nacido príncipes seguro que ya les hubiesen encontrado.
– ¿No os ha llamado nadie? – quiso saber Abril.
– ¿Quién iba a llamar? – dijo Fermín extrañado – Ah. Dices si los han secuestrado o algo así.

Abril asintió a la suposición del chico.

– Mucha gente para «animar», nada más. Mi madre acabó desenchufando el cable de la pared, por lo menos para poder dormir. Ahora ni eso, ya no llama nadie. ¿Y vosotras?
– ¿Nosotras? Nos pareció que andar llamando sería molestar. – confirmó Asun – Lo mismo que has dicho.
– No eso. ¿Os ha llamado alguien? ¡¿O sabéis algo?! – un asomo de esperanza apareció en su cara – Sois sus mejores amigas.
– Ojalá. – respondió Abril.

Sin nada que aportar a lo que carcomía a ambas partes, la conversación decayó enseguida. Pasados unos minutos en silencio, abatidos los tres, Fermín se levantó, agitó las manos en el aire a modo de despedida, mirando a Abril con tristeza y se fue por donde vino.

– ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Abril sin esperar respuesta.
– Vamos a la playa. – dijo Asun por impulso.
– ¡¿Qué?!
– A la playa, a buscarlos.
– ¿Estás loca? – Abril estaba asustada sólo con escuchar la sugerencia de su amiga.
– Vamos el sábado, por la mañana. Nos llevamos algo para comer y damos una vuelta por allí. Sólo por si acaso.
– Estás loca. – se le pasaba el susto escuchando como el sinsentido que proponía Asun no era tal – La policía ya habrá buscado allí, ¿no?
– Seguro que no. Ya viste que no nos dijeron nada de cuando pasó aquello. No quiero seguir sin hacer nada y no sé que más hacer. Por lo menos eso, ¿eh?
– ¿Te has olvidado de todo lo que nos pasó allí? ¿Y a ellos? ¿Y si nos encontramos algo … de aquello? – notaba como hablaba raro, le temblaba la voz.
– Por eso digo que vamos en pleno día. También me da miedo. Podemos buscar sin alejarnos mucho de la gente y preguntar por allí.
– No sé.

Asun veía a su amiga encogerse en el asiento, sujetando las piernas con ambos brazos, en postura fetal. No necesitaba que le explicase lo que le daba miedo, ella tenía los mismos recuerdos pero quería hacer algo por sus amigos, temiendo en lo más profundo de sí haber tomado la iniciativa demasiado tarde. Dispuesta a no rendirse y demasiado asustada para ir sola, insistió.

– Lo hacemos por ellos. Por si acaso. Sólo el sábado.

Abril levantó la cabeza, sacándola de la seguridad del hueco entre sus rodillas recogidas y la miró fijamente, como una gatita asustada.

– Sólo el sábado. – repitió Asun con tono suplicante.
– Vale. Tú madre nos prepara la comida. – aceptó Abril intentando sonar animada.
– Hecho.
– ¿Y que digo en casa? Si digo que voy a la playa se extrañarán.
– Tampoco yo puedo decir eso. – confirmó Asun.

—

El primer año de universidad fue duro para Abril.

Aquel día en la playa en que Asun y ella buscaron a sus amigos fue un desastre. Estaba muy asustada y creía ver monstruos en cada arbusto, sombra, árbol y piedra. Asun perdió pronto la poca paciencia que tenía y empezó a gritarle. No podía culparla por eso, las dos estaban desquiciadas en ese momento pero no pudo soportar su comportamiento. Pronto volvieron a casa y desde el momento en que bajaron del autobús se separaron, cada una hacia su casa primero. El siguiente día de colegio encontró a Asun sentada en otra mesa, había cambiado el sitio con otra compañera.

Se distanciaron tan deprisa como se habían hecho amigas siendo muy niñas. Y casi por la misma razón. Todavía en el parvulario sus padre la llevaban al parque de siempre para que jugase y socializase, ya era tímida entonces así que jugaba sola. Fue Nico quien le pidió que se uniese al grupo. Ya no lo recordaba bien, creía que para jugar al pañuelo porque los equipos estaban desbalanceados, pero podría haber sido cualquier otro juego; Nico tiró de ella y no dejó que se negase. Desde ese momento fue parte de su grupo, sin él saberlo era el grupo de Nico.

Y ahora que no estaba él se separaban. Hasta el punto de no volver a hablar. Pasó lo poco que faltaba de secundaria aislada, en el ostracismo de la soledad. Sus sentimientos se centraron en los amigos ausentes, de esa manera la falta de Asun no fue tan pesada.

En ese tiempo empezó a conocer a otro Fermín. El dolor que provocaba la ausencia de su hermano en casa le hizo crecer. Pasó de ser un niñato inmaduro y molesto a un hombre responsable, atento y cariñoso; intentaba suplir la falta de su hermano evitando disgustos a sus padres y procurando ser feliz con ellos para contagiarles un poco de esa felicidad que tanto necesitaban; mientras por dentro se sentía culpable sin medida por no haber podido ayudarle. Al principio siguió llamándole por pena y para estar al tanto de las noticias sobre su amigo, al ir notando los cambios en Fermín empezó a sentir algo por él, algo que antes le parecía impensable y, en el verano antes de empezar la universidad, empezaron a salir. Como dos solitarias islas de tristeza que acaban encontrándose. Sólo ella sabía del dolor que él llevaba dentro.

Poder contar el uno con el otro ayudó a que se cerrasen sus heridas y que la soledad dejase de pesar. En el tercer año de carrera de Abril se prometieron, formalizaron su relación sin necesidad de comunicárselo a nadie. No pusieron fecha para nada, ella debía acabar sus estudios y él asentar su trayectoria laboral. Tanto como podían eran felices.

El plan para semana santa era un viaje a Alcalá del Júcar, un pueblo que en fotos les pareció precioso. Ya tenían todo preparado y la planta baja de una casita reservada. No podrían estar la semana entera por su escaso presupuesto pero sí los días festivos. Faltaba comprar comida y bebida, cosa que harían al salir de al ciudad en alguna de las grandes superficies comerciales de las afueras; viajaban solos así que sobraba espacio en el pequeño coche de Fermín.

Descolgó el teléfono y marcó el número. Con frecuencia contestaba su madre y se pasaban un buen rato hablando, se llevaban bien cuando sólo era amiga de Nico, ahora que estaba con su hermano su madre confiaba más en ella; le gustaba contarle cualquier cosa de su día a día, desahogarse a veces, recordar a su hijo perdido y llorar las dos o simplemente alargar mucho un saludo. También a ella le gustaba hablar con la madre, de cualquier cosa, se sentía cómoda y acogida. Tanto que a veces casi ni hablaba con él y Fermín se quejaba de forma teatrera hasta que los dos acababan riendo la tontería.

– ¿Quién es? – dijo la voz de Fermín al otro lado.

Sonaba alarmado, angustiado.

– Soy yo, cari.
– Le han encontrado. – pronunciaba las palabras como si hubiese aprendido a hablar ese mismo día, apresurado, aturdido.
– ¡¿Qué?! – el cerebro de Abril no conseguía procesar lo que estaba escuchando.
– Nico. Ha aparecido.

No fue capaz de decir nada. Sentía los labios pegados y temblorosos, si se le hubiesen despegado y caído de la cara en ese momento no hubiese parpadeado.

– ¿_Quie_… quieres venir? – preguntó Fermín.
– ¡¿Está ahí?! – preguntó, a punto de sucumbir por el asombro.
– Nono. En el hospital. Mis padres están allí. He venido a por ropa para él. ¿La cojo y te voy a buscar?
– Sí. – quería decir algo más pero su mente estaba casi en blanco.
– Espérame en el portal, llego enseguida.

Se vistió mecánicamente: una falda corta que a él le gustaba sobre el pantalón del pijama, una chaqueta de punto y las zapatillas de andar por casa. Salió de su habitación directa hacia la puerta de salida.

– ¿A dónde vas así? – preguntó su madre al ver pasar el vacío que no sabía que era ella – ¡Niña! – tuvo que levantar la voz.
– ¿Qué?
– Qué, ¿a dónde vas así? – insistió.
– A ver a Nico. – respondió con extraña naturalidad.

El semblante de la madre perdió todo el color en un instante.

– Hija, Nico no está. – dijo, asustada pero intentando mostrar comprensión y cariño.
– Le han encontrado.
– ¡¿Dónde?! – preguntó la madre, lívida.
– No sé. Fermín me espera para ir a verle … al hospital.
– Hija, no puedes ir así. Ven. – dijo tirando de ella de vuelta a su habitación.

Con la ayuda de su madre se vistió de forma adecuada, cómoda y discreta, mientras le interrogaba sobre la reaparición de su amigo. Ella no pudo responder apenas nada pues nada sabía todavía. Con la promesa de contarle todo la acompañó al portal, esperó a que Fermín llegase a recogerla y la ayudó a subir al coche. No quiso ser impertinente con el chico, así que a la segunda respuesta con prisa les dejó marchar.

Al llegar a la clínica aparcaron mal, ocupando casi dos plazas pero así lo dejaron. Salieron a la carrera, atravesaron el parking y la entrada a la carrera, los pasillos a la carrera y llegaron a la puerta donde estaba sin aliento. Fermín abrió y se dispuso a entrar, a ella dejaron de funcionarle las piernas.

– Creo que no puedo andar. – avisó Abril.
– ¿Quieres esperar ahí?
– No. – respondió titubeante.

Él le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí con ternura, haciendo que caminase un par de pasos. Siguió tirando de ella hasta que pasaron el umbral de la puerta.

Los padres estaban sentados a un lado de la cama. La madre lloraba, el padre sujetaba una mano, compungido y muy serio. Del cuerpo entre las sábanas asomaba cuello, cabeza y brazos. Se parecía a Nico pero estaba sumamente delgado. Su cara le recordó la corteza de un árbol muy viejo: oscura, consumida, con la piel muy seca y tirante, unas ojeras sumamente oscuras le daban un aspecto inquietante. Tenía los ojos muy abiertos, miraba fijamente hacia arriba con la boca entreabierta. Desde los dos metros que le separaban de él podía escuchar su respiración, entrecortada pero constante.

– ¿Encontraste ropa para él? – preguntó su padre.
– He traído cosas mías, no sabía si aún le valdría la suya.
– Bien. Hola niña.

El padre siempre la saludaba así, era su forma de mostrarle cordialidad.

– Puedes acercarte. Ahora está tranquilo.

Como si fuese un robot recibiendo una orden caminó los pocos pasos que le separaban de la cama. A su lado pudo ver que estaba lleno de marcas, cicatrices y alguna herida reciente. Casi todos parecían cortes pequeños, menos una larga línea que atravesaba su cara, desde debajo del ojo izquierdo, pasando por debajo de la nariz, hasta la mejilla derecha. Nada de eso estaba en su piel la última vez que le vio, la única marca que pudo reconocer era una vieja cicatriz encima de su ceja derecha, de un golpe que se hizo en una pelea entre hermanos, a cambio Fermín tenía una fina línea en el mentón.

Era él, era Nico pero era un él que no conseguía identificar. Más bien un él que no acababa de encajar con lo que tenía guardado en su memoria.

– ¿Nico? – llamó.

Inconscientemente alargó una mano para tocar la de él. Estaba fría, el contacto le recordó a la arena del parque.

– No puede hablar, cariño. – respondió la madre – ¿Qué le han hecho a mi niño? – se lamentó sin dejar de llorar.

El padre que no soltaba la mano, escondió la cara, tal vez inundado por la misma pena, esforzándose en mantener su papel. Al contrario que Fermín que no se molestó en limpiar las lágrimas que barrían su cara. Soltó a Abril, se acercó a la cama, a la cabeza de su hermano, se agachó hasta ponerse a su altura y acarició su pelo desgreñado.

– Nico. Abril ha venido a verte.

No hubo respuesta. Parpadeaba regularmente pero más parecía un espasmo involuntario. Alguien llamó a la puerta, un policía entró seguido de una mujer de paisano, era la inspectora Miranda, había engordado y estaba avejentada.

– Disculpen. Necesito hablar con ustedes. – dijo, señalando a los padres.
– Hablaré yo con ustedes. – dijo el padre, levantándose sin acabar de soltar la mano de su hijo.
– Siéntese, por favor. Podemos hablar aquí mismo, son trámites para el informe.
– Salimos nosotros. – comunicó Fermín.

Tuvo que ayudarla a caminar otra vez por el pasillo. Mientras se alejaban se sentía como en una pesadilla, empezó a pellizcarse la piel de la muñeca para confirmar que estaba despierta.

– Para. Te harás daño. – dijo Fermín, separándole las manos en el ascensor.
– ¿Es real?
– Sí. – respondió abrazándola.
– ¿Cómo…?
– Apareció en la playa, esta tarde. Una pareja que estaba paseando lo vio tirado en la arena, sin ropa ni nada. Coincidió que uno de los agentes que fue allí era de los que habían estado en la búsqueda y le reconoció.
– No habla.
– No. No ha dicho nada desde que le encontraron. Ni siquiera reacciona, así como le has visto es como ha estado todo el tiempo.
– ¿Y … Perla? – preguntó asustada, imaginando la peor respuesta.
– Nada. – respondió Fermín, afligido.
– ¿Qué hacemos? – preguntó Abril desesperanzada.
– No lo sé.

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