Las Gafas
Iba camino al trabajo y sin querer tropecé con un sacerdote. Me pareció extraño que estuviera caminando de madrugada, por lo general salen de día, no a esta hora; en fin, seguí mi camino.
Al llegar al trabajo marqué la tarjeta, eran las 12:10 a. m. La máquina, que es tan inteligente, me dijo: «Jacinto, llegando tarde una vez más». Sonreí porque nos habíamos hecho amigos desde que ella empezó a trabajar en la estación de Parque Central.
—Soy un hombre mayor, no le puedes pedir a mis piernas que lleguen primero que yo —reí—; pero como siempre, ella no me respondió.
Dejé mis cosas en el locker y me senté en mi lugar. Según decía Carmela, mi trabajo era el mejor de todos. Y creo que sí, yo solo debía estar aquí sentado por seis horas viendo cómo los demás trabajan, porque aquí jamás pasa nada interesante.
La mayor parte del tiempo me quedaba dormido y por lo general era mi relevo quien me despertaba.
Desde hace como quince años que no veía a Thomas, era a quien le recibía la guardia. Cuando yo llegaba él ya se había ido y no era para menos, ¿quién va a esperar a este viejo lento?
La madrugada transcurrió con normalidad, eran las seis en punto.
José llegó como siempre, diez minutos antes.
—Buenos días, José —dije luego de los tres golpes que dio al cristal al llegar.
—Buenos días, Jacinto, durmiendo otra vez… —Dejó sus cosas en el locker mientras yo buscaba las mías—. ¿Alguna novedad?
—Ninguna, todo estuvo tranquilo, tanto que me quedé dormido.
Marqué mi tarjeta y al salir la máquina me dijo: «Para irte sí eres puntual». Volví a reír.
Ella no le hablaba a nadie más, tal vez porque los demás la odian y a mí me cae bien, aunque me recuerde las faltas cada vez que las cometo.
Al salir miré al cielo, estaba nublado. Seguramente llovería de regreso a casa, pensé.
A Carmela le hubiera gustado que yo me comprara una sombrilla, pero el sueldo de la estación apenas me alcanza para comer.
Antes de cruzar la calle las gafas ya estaban llenas de gotas, y así se me dificultaba ver; entonces me las quité. No veía mucho sin ellas, pero por lo menos el rayado de la calle se veía perfecto.
Un joven en patineta me tumbó cuando yo puse el pie derecho en la acera.
Carmela decía que siempre apoyara el izquierdo primero; justo hoy no le hice caso.
En los cuarenta y cinco años que vivimos juntos nunca le llevé la contraria; ahora estaba en el hospital lleno de golpes y sin mis gafas. Las había pisado el mismo auto que me llevó por delante un lunes de diciembre del año 2014.
Me dieron de alta el mismo día, nadie me vino a visitar, y eso estaba bien, si alguien lo hubiera hecho estaría muerto de miedo. Carmela ya no está y nunca tuvimos hijos; además, yo no nací en Nueva York, entonces familia aquí tampoco tengo.
Me llevaron a la salida en silla de ruedas. Alguien vestido de negro se me acercó y me entregó un paquete; me pareció extraño, lo toqué para saber qué era ya que las gafas me hacían falta. Parecía una bolsa con comida. ¿Un sándwich?, tal vez, pensé.
Mantuve la bolsa en la mano.
Suspiré porque ahora no sabía cómo iba a regresar a casa, no tenía idea de dónde estaba y tampoco veía bien.
La gente en esta ciudad camina como un robot… Preguntar una dirección es como hablar en una selva y que solo las aves te escuchen.
Me quedé como media hora allí sentado en la silla; el camillero fue amable conmigo; tal vez porque le regalé el sándwich.
—Sr., necesito la silla —me ayudó a levantar y me sentó en la banca de la parada del autobús—. Esto debe ser suyo —dijo al devolverme el paquete.
Algo está mal con el desayuno, pensé. O tal vez sintió compasión de mí, no lo sé, no le veía bien el rostro como para saber si estaba molesto o no.
Lo metí en mi abrigo, me lo comería en casa cuando llegara.
—¡Joven! —exclamé antes de que el camillero se fuera—. ¿Qué hora es?
—Son las seis y media.
¿Solo han pasado veinte minutos?, me cuestioné. ¡Era imposible!
—Disculpe, buen día, ¿qué día es hoy? —le pregunté al joven que estaba sentado en la misma banca que yo.
—Hoy es día de Acción de Gracias, abuelo. ¿Necesita que lo ayude a cruzar la calle?
—Pero yo ya crucé, incluso un joven me empujó y un auto me atropelló. Eso acaba de ocurrir esta mañana cuando salí de la estación de Parque Central.
—¿La estación de Parque Central? ¡Vaya!, no he escuchado ese nombre antes.
—En esa estación es donde trabajo desde hace más de cincuenta años, además ahí conocí a Carmela.
—Bueno, si usted lo dice, le creo, abuelo.
—¿Qué año es?
—2044, abuelo. ¿Usted no ve, verdad?
—No, no veo bien, me faltan mis gafas, las perdí en el arrollamiento —me sentía confundido y este joven me confundía más—. Yo creo que tú estás confundido, hoy no es 2044, hijo, hoy es 21 de diciembre del año 2014.
—No, abuelo, hoy es 24 de noviembre del año 2044 —lo escuché reír.
Metí mis manos a los bolsillos por el frío, estamos en invierno, y al hacerlo toque la bolsa, entonces decidí regalarle el sándwich al joven. A pesar de todo es amable conmigo, se lo merece, pensé.
El joven lo tomó, y me lo devolvió más rápido que el camillero.
—¿Por qué me lo devuelves? Es para que te lo comas.
—Abuelo, ¿cómo me voy a comer unas gafas? —se rió.
¡Mis gafas! Levanté mis manos con emoción, ¡ay!, me quejé de dolor.
Qué tonto soy, volví a pensar.
—Todo este tiempo pensé que era un sándwich —reí—. ¿Podrías sacarlas para colocármelas?
—Abuelo, están rotas, no sirven, deberías de tirarlas a la basura.
¿Por qué habría de tirarlas a la basura? Les queda vida por delante mientras yo aún exista; además, me las regaló Carmela el año en el que la conocí.
—Hijo, ¿podrías ayudarme? No veo y necesito tomar el autobús que me deja cerca de casa.
—Lo ayudaría con gusto, pero soy la banca y no puedo moverme de aquí.
Me debí haber golpeado fuerte la cabeza.
La máquina para marcar la hora en el trabajo me habla, es verdad; además, esa es su función, pero de ahí a que me hable una banca, eso ya no es normal y menos si me dice que es otro año y no en el que estoy.
Rompí la bolsa y me coloqué las gafas, estaban todas rotas, incluso les faltaban partes, pero a casa debía regresar.
Frente a mí pasó el sacerdote de anoche, o eso creí; a estas alturas ya no sabía qué era real.
La ciudad se veía igual; si fuera ese año que me dijo la banca donde estaba sentado, habría autos volando y no transitando por la calle…
Recordé lo que me decía Carmela: «Analiza todo, Jacinto».
Además, el sacerdote no se veía diferente, se veía igual que esta madrugada que me tropecé con él.
Veía borroso, pero no tanto como antes de colocarme las gafas rotas. Caminé por la acera, no me bajé ni una sola vez.
Regresé al trabajo porque debía hablar con José; alguien cuerdo como él debía decirme qué era lo que sucedía.
—Jacinto, ¿qué haces aquí? Anda a descansar, llegarás tarde a la noche como siempre. ¿Qué le pasó a tus gafas? Se ven diferentes.
—Es una larga historia, José, pero ahora solo deseo saber: ¿la hora, el día y el año?
—Son las 6:20, te acabas de ir de aquí. Es 21 de diciembre del año 2014. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te sientes bien?
—Sí, me siento bien. Hasta mañana, José.
Me fui de nuevo por la ruta de siempre, me tocó cruzar de nuevo la calle, pero esta vez pedí ayuda. Logré pasar sin que nada me sucediera, pisé la otra acera con el pie correcto, llegué a casa y me di cuenta de que mis gafas realmente estaban destrozadas.
Las dejé sobre la mesa del comedor y me fui a descansar, me dolía la cabeza y no era para menos, me acababan de atropellar.
El reloj sonó puntual a las dos de la tarde como siempre.
Descansé lo suficiente, debía mandar a reparar las gafas antes de volver esta noche a la estación de Parque Central.
Recordé que aquel joven que resultó ser una banca no sabía que existía esa estación. Algo que me parecía extraño; la realidad es que todo lo que sucedió antes y después de que me arrollaron era extraño.
Busqué las gafas y al verlas estaban como nuevas, me dolió el ceño al fruncirlo; José se había dado cuenta de lo destrozadas que estaban cuando volví a la estación.
—No estoy loco —me dije.
—Jacinto, mi vida, recuerda pasar por la panadería cuando salgas mañana del trabajo; se nos terminó el pan.
Era la voz de Carmela, de eso estaba seguro. Me estaré volviendo loco, aunque si ella está aquí eso me importa poco.
DMVM
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