A veces me pregunto por qué escribo.
No es una pregunta existencial de esas que uno hace mirando por la ventana mientras llueve, con una copa de vino en la mano y un disco de Sabina de fondo. Primero, porque en Lima estos últimos años, llovió muy poco. Así que no sirve para ponerse dramático. Segundo, porque si tomo vino seguramente a la tercera copa ya no escribo nada. Y tercero, porque normalmente estas preguntas me agarran frente a la computadora, en short, con una taza de café frío al costado y preguntándome dónde diablos puse los lentes que tengo puestos.
Pero sí.
¿Por qué escribo?
No soy escritor.
Eso lo tengo clarísimo.
Los escritores de verdad saben de estructuras, voces narrativas, conflictos, arcos de personajes y otras cosas que suenan a construcción civil.
Yo escribo como hablo.
A veces peor.
Pongo una coma donde me da la gana, empiezo una historia hablando de mi colegio y termino recordando un Volkswagen del año 77, una discoteca en Arequipa o alguna huevada que hizo un amigo hace cuarenta años.
Mis relatos no avanzan.
Se distraen.
Exactamente como yo.
Tal vez por eso escribo.
Porque mi cabeza es un cajón donde alguien guardó fotos, canciones, amigos, frases, olores, lugares y tonterías sin ningún orden. Abres buscando un lapicero y aparece tu mamá.
Y ahí cagaste.
Un día quiero escribir sobre la edad y termino hablando de mi viejo.
Otro día quiero escribir sobre mis amigos del colegio y termino nuevamente en el recreo.
He salido tantas veces al recreo escribiendo que cualquier día el director va a llamar a mi casa porque todavía no regreso al salón.
También escribo sobre Arequipa.
Demasiado.
Creo que si algún día hago un libro, la Municipalidad debería auspiciarme.
San Lázaro, Mercaderes, el Club Internacional, el Casablanca…
Hasta Emilio, el portero de una discoteca de hace cuarenta años, tiene más apariciones en mis relatos que varios familiares míos.
Y entonces pienso:
¿Será que escribo porque extraño?
Puede ser.
Yo siempre digo que soy desapegado.
Lo digo con una seguridad admirable.
Soy tan desapegado que todavía recuerdo autos que vendí hace treinta años.
Tan desapegado que puedo recordar el horario exacto del recreo del colegio.
Tan desapegado que todavía hay canciones que me llevan a lugares donde ya no existe ni el local.
Algo falla en mi teoría.
Quizá uno puede ser desapegado de las cosas que tiene delante y tremendamente apegado a las que ya perdió.
Eso sería bastante propio de mí.
Complicado hasta para extrañar.
También escribo porque tengo mala memoria.
Sí, ya sé que parece contradictorio.
Recuerdo perfectamente una conversación de 1986, pero puedo entrar a la cocina y olvidar para qué fui.
Eso debe tener algún nombre científico.
Síndrome del Gato Huevón, probablemente.
Pero tal vez escribir sea mi manera de dejar miguitas de pan.
Como Hansel y Gretel, pero con sobrepeso y cincuenta y seis años encima.
Voy dejando historias para saber por dónde pasé.
Aquí estuvo mi padre.
Aquí estuvo mi madre.
Aquí estaban mis amigos.
Aquí me enamoré.
Aquí hice el ridículo.
Aquí pensé que sabía todo.
Aquí descubrí que no sabía nada.
Aquí fui feliz y ni siquiera me di cuenta.
Porque esa es otra cosa curiosa.
Muchas veces uno sabe que fue feliz recién cuando recuerda.
En el momento estaba ocupado.
Quejándose.
Queriendo llegar a otra parte.
Esperando ganar más plata.
Esperando el viernes.
Esperando las vacaciones.
Esperando que termine la clase.
Esperando que empiece la fiesta.
Qué cojudez.
Pasamos media vida esperando que llegue algo y la otra media extrañando lo que ya pasó.
Debe ser una de las bromas favoritas de Dios.
Pero también escribo para hacer reír.
Eso sí lo sé.
Me gusta hacer reír.
Siempre me gustó.
Además tengo una ventaja: puedo contar una barbaridad con cara seria.
La gente tarda unos segundos en darse cuenta si estoy hablando en serio.
A veces yo también.
Y creo que escribir me permite hacer lo mismo.
Puedo comenzar hablando de una tragedia y meter una estupidez en la siguiente línea.
No porque la tragedia deje de doler.
Precisamente porque duele.
El humor siempre ha sido mi manera de ponerle una curita al alma.
No cura gran cosa, pero por lo menos evita que uno ande chorreando emociones por todos lados.
Quizás por eso cada vez que escribo algo muy sentimental siento la necesidad de hacer una broma.
Como diciendo:
—Bueno, ya lloramos suficiente. Tampoco exageremos.
Debe ser una defensa.
O una costumbre.
O simplemente soy un imbécil.
Las tres alternativas son perfectamente posibles.
A veces también pienso que escribo porque tengo miedo.
No miedo de morirme.
Bueno, un poquito, tampoco vamos a hacernos los valientes.
Pero creo que tengo más miedo de otra cosa.
De olvidar.
Olvidar la voz de mi viejo.
Olvidar alguna frase de mi mamá.
Olvidar cómo nos reíamos con los amigos cuando todavía no teníamos esta panza, ni hipoteca, ni próstata.
Olvidar cómo era yo antes de convertirme en este señor que ahora prefiere las reuniones los sábados por la tarde porque quiere regresar temprano a su casa.
Qué decadencia.
Antes podía salir viernes y sábado y jugar fútbol el domingo.
Ahora si duermo mal una noche necesito una junta médica.
Pero también fui ese.
Y quiero acordarme.
Quizá por eso escribo.
Porque las personas se van muriendo dos veces.
Una cuando se mueren físicamente.
Y otra cuando nadie vuelve a hablar de ellas.
Entonces escribo sus nombres.
Los meto en una historia.
Les doy una cerveza.
Los siento nuevamente en una mesa.
Hago que digan una huevada.
Y durante unos minutos están otra vez aquí.
Mi viejo vuelve a ser el Gato Mayor.
Mi mamá vuelve a renegar conmigo.
Mis amigos vuelven a tener diecisiete años.
Y yo también.
Eso es lo extraordinario de escribir.
Uno puede tener cincuenta y tantos años frente a una computadora y, de pronto, vuelve a estar corriendo detrás de una pelota en un patio de colegio.
No necesitas máquina del tiempo.
Necesitas memoria.
Y un Word que no se cuelgue.
Entonces quizás ya tengo mi respuesta.
No escribo porque quiera ser escritor.
Ni porque algún día alguien vaya a decir:
“Caramba, qué manejo tan exquisito de la narrativa contemporánea”.
Si alguien dice eso sobre mis relatos, probablemente leyó otro blog.
Escribo porque no quiero que algunas cosas desaparezcan.
Porque he descubierto que el tiempo es un ladrón con guante de seda.
No entra rompiendo la puerta.
Te va quitando cosas despacito.
Primero una persona.
Después un lugar.
Después una costumbre.
Después una versión tuya.
Y cuando quieres darte cuenta, tienes una colección enorme de recuerdos y ningún lugar donde ponerlos.
Yo los pongo aquí.
En Ojo de Gato.
Por eso aparecen mis viejos, mis amigos, Arequipa, los autos que tuve, mis derrotas, mis ridículos, las mujeres que quise, las que no me quisieron, mis domingos, mis sábados, mis recreos y todas esas pequeñas cosas que vistas desde afuera quizá no significan absolutamente nada.
Pero fueron mi vida.
Y esa es posiblemente la razón más sencilla.
Escribo porque algún día yo tampoco voy a estar.
Y me gustaría pensar que alguien encontrará uno de estos relatos, se reirá de alguna estupidez mía y después, sin saber muy bien por qué, se quedará unos segundos en silencio.
Tal vez entonces yo vuelva a estar aquí.
Aunque sea un ratito.
Haciendo lo mismo que hice siempre.
Contando una historia.
Haciendo reír a alguien.
Y tratando, como puedo, de que las personas que quise no se vayan del todo.
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