𝗛𝗢𝗬 𝗥𝗘𝗖𝗨𝗘𝗥𝗗𝗢 𝗔 𝗠𝗔𝗨𝗟𝗜
Recuerdo, sobre todo, que estaba en casa. No él, yo. Y subrayo: yo estaba en casa.
Mauli fue un compañero de la primaria, no del tipo popular, pero buen niño. Al menos es lo que recuerdo de él: ningún insulto, ninguna mala pasada, agresión o malentendido. Eso debía bastarme para hacer un buen amigo, pero no. Yo era, o quería ser, de los bravos. Me juntaba con los malos: un niño malo, un matón, un achorado. ¿Quién no querría serlo en un colegio público del Callao? La otra opción sería insufrible: el niño bueno, «la lornasa», «el mongolón».
Recuerdo que Mauli vivía algo lejos de mi casa —para las distancias de un niño pequeño de 9 o 10 años—. Recuerdo que debía pasar por unos cuantos callejones, además de la Bata y la Fundición. Recuerdo que había que cruzar la avenida Argentina, ya entonces una masa de asfalto agrietada y sin ley. Recuerdo también la calle de la planta eléctrica, donde nunca había luz, y su única oscura alternativa: el Pasaje Sol. Recuerdo además los cerros de basura, una inmunda cordillera negra que se extendía hasta la línea del tren, donde fumones y ladrones encontraban su recinto habitual.
Mauli caminó todo eso y, aunque ni bravos ni mansos lo notamos, caminó por nosotros.
Llegó a mi casa. Tocó el timbre. Recuerdo haberlo visto por la ventana. Recuerdo pedirle a mamá que ella lo atendiera desde la pequeña ventanita de la puerta. Recuerdo pegarme a las faldas de ella y mi ruego: «Dile que no estoy». Y la vocecita apenada de Mauli, preguntando: «¿No está? Dígale que solo quería jugar con él. ¿De veras que no está?». Y la respuesta de mamá: «No, papacito. No está. Otro día será.» Después, solo silencio. Ya se fue…
Recuerdo, finalmente, que la puerta de mi casa era traslúcida.
𝗗𝗲: 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼
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