El peso de dos miradas

El peso de dos miradas

antonio zamora

24/08/2026

Prólogo

«Lo que no dije a tiempo»

Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Yo siempre supe lo que tenía.

El problema fue que no supe cómo cuidarlo.

Esta historia no comienza con un beso, ni con una traición, ni siquiera con una decisión importante.

Comienza con una pregunta que nunca me hice en voz alta: ¿y si ya era demasiado tarde?

Durante años viví atrapado entre dos corazones. Uno me miraba como si yo fuera el sol en su cielo;

el otro, como si fuera una sombra útil para protegerse del aburrimiento. Adivina con cuál me quedé.

Adivina a cuál dejé ir sin siquiera decirle lo que sentía cuando todavía era tiempo de decirlo.

No escribo esto para que me entiendan, ni para parecer el héroe de mi propia historia. Esta no es

una historia de héroes. Es una historia de errores. De esos que se arrastran por años y que a veces

te despiertan a las 3 a.m. con el pensamiento de «debí haber hecho algo diferente.»

No soy poeta. No soy sabio. Soy un tipo que quiso demasiado tarde a la persona correcta, y

demasiado rápido a la equivocada.

Si alguna vez estuviste enamorado de dos personas al mismo tiempo y pensaste que podías con

todo…

…este libro es para ti.

Ahora sí.

Déjame contarte cómo empezó todo.

Capítulo 1

El parque de las primeras veces

Hay días que no parecen prometer nada. Días en los que uno se levanta con la misma flojera de siempre, desayuna lo de siempre, y cree que nada cambiará. Yo tenía diez años cuando aprendí que esos días, precisamente esos, son los que pueden partir tu vida en dos.

Era enero, y el viento en Monserrat era más fresco de lo normal. Los árboles del parque se agitaban como si también estuvieran nerviosos por algo. Y ahí estaba yo, Emilio, un niño flaco con la camiseta manchada de tierra y una consola descargada en la mochila, pateando una pelota vieja contra el muro de la cancha como si con eso pudiera obligar al universo a entretenerme.

Mi mejor amigo Kevin estaba de viaje, y sin él la colonia parecía más grande, más callada.

Pateé con fuerza. La pelota rebotó, cayó torpe… y rodó directo hacia una camioneta que acababa de estacionarse. Fue entonces cuando la vi.

—¿Te das cuenta cuando algo cambia sin aviso? —me preguntaría años después, cuando ya era tarde para volver atrás—. Ese fue el momento exacto.

Bajó del asiento del copiloto con una seguridad que contrastaba con su edad. Pantalones ajustados, camiseta roja con lentejuelas, y una coleta alta que se balanceaba como si tuviera vida propia. Era un torbellino en forma de niña. Una chispa que exigía que la vieras.

—¡Ey! —gritó. Yo me congelé.

Ella recogió la pelota con una mano. Tenía los dedos delgados, uñas pintadas con esmalte azul descascarado.

—¿Me la tiraste a propósito? —preguntó, mirándome con una ceja alzada.

—No… digo, tal vez un poco —balbuceé.

Sonrió. Pero no una sonrisa amable. Era de esas sonrisas que uno no olvida. La sonrisa de alguien que ya sabe que te va a cambiar la vida.

—¿Juegas mal, o solo estabas fingiendo? —preguntó.

—¿Quieres averiguarlo? —le respondí, tratando de sonar valiente.

Jugamos. Me ganó. Por goleada. Cada vez que metía un gol, celebraba como si fuera la final del mundo. Yo no estaba molesto. Estaba hipnotizado.

—Soy Valeria —dijo finalmente, sentándose a tomar agua.

—Emilio.

—Nombre de niño serio —comentó.

—¿Y el tuyo?

—Nombre de protagonista —dijo, guiñando un ojo.

Esa noche no pude dormir. No porque me gustara —todavía no—. Sino porque tenía la certeza de que ella traería problemas. Y lo cierto es que no me equivocaba.

Al día siguiente, otro camión de mudanza. Menos escándalo, menos cajas. Una señora mayor bajó del vehículo con algo de esfuerzo. Y detrás de ella, vi a otra niña. Su paso era lento. No miraba a los lados, no saludaba a nadie. Llevaba una blusa blanca y un pantalón azul marino, demasiado largo para su talla. El cabello lacio, suelto, como una cortina que le escondía la mirada.

Camila.

La vi caminar hacia la tienda de doña Maritza. Iba sola, con una pequeña lista en la mano. Sus ojos pasaban por todo, menos por la gente. Como si no quisiera que nadie la notara. Como si ya supiera lo que era esconderse de los demás.

Y justo cuando volvía, la pelota —sí, esa pelota— volvió a escaparse. Esta vez rodó directo a sus pies.

—¡Ey! ¡Perdón! —le grité, corriendo hacia ella.

Se detuvo. Miró la pelota, luego a mí. No dijo nada. La recogió y me la extendió.

—Gracias —dije, torpe.

Ella asintió. Apenas sonrió. Pero esa sonrisa… tenía una dulzura tímida, una herida disfrazada de cordialidad.

—¿Te llamas…? —pregunté, con curiosidad.

—Camila —dijo, en voz baja.

—Soy Emilio. Vivo allá —señalé mi casa, sin saber por qué.

—Mucho gusto —dijo, y bajó la mirada.

Y así fue. Al día siguiente, el parque fue el escenario. Valeria volvió con su balón nuevo. Camila pasó otra vez, como si el destino le diera empujoncitos. Yo estaba ahí, como siempre.

—¡Hey, tú! —dijo Valeria a Camila—. ¿Quieres jugar?

Camila se detuvo, sorprendida.

—No sé jugar muy bien —respondió.

—Eso no importa —intervine yo—. Jugamos por diversión… ¿verdad?

—Claro —dijo Valeria, sonriendo como quien sabe que acaba de tomar una decisión importante.

Esa tarde, los tres jugamos. Valeria nos gritaba instrucciones. Camila se reía bajito cuando fallaba. Yo simplemente no podía dejar de mirar a ambas.

Fue la primera vez que me sentí parte de algo. No sabía cómo llamarlo aún. Solo sabía que ese instante —ese preciso instante— se quedaría a vivir en mí.

Porque hay momentos que no se olvidan. Como el día en que conoces a las dos personas que te van a enseñar lo que significa amar… y perder.

Capítulo 2

Cosas que no vi entonces

Nunca supe el momento exacto en que empezamos a alejarnos. Lo digo ahora, años después, con esa incómoda certeza que sólo se obtiene cuando ya es demasiado tarde para cambiar nada. A veces me pregunto si todo empezó con un silencio que dejé sin llenar, con una mirada que no devolví o con un “ya no quiero jugar” que dije sin pensar. Lo que sí sé es que un día me di cuenta de que ya no hablábamos como antes.

Yo tenía trece años cuando el cambio fue evidente. Estaba en séptimo grado y había empezado a interesarme por otras cosas: la música electrónica, las novelas que encontraba en la biblioteca escolar, y una chica de mi clase llamada Lisa. Lisa tenía el cabello liso hasta los hombros, una sonrisa rápida y una risa que era como un accidente de alegría. Me gustaba cómo hablaba, con seguridad, como si no tuviera miedo de equivocarse. A su lado, Camila y Valeria se desdibujaban un poco… al menos, eso creía entonces.

Camila pasaba a veces por fuera de mi casa. Decía que iba a la tienda, aunque yo sabía que no necesitaba comprar nada. Caminaba despacio, con el uniforme del colegio y el cabello recogido a medias. Recuerdo una tarde en particular, cuando llovía. Ella estaba parada bajo el alero del portón de su casa, y me vio desde lejos. Levantó la mano, pero yo fingí no darme cuenta. Estaba molesto, por algo que ahora no puedo recordar. La lluvia siguió cayendo y ella se quedó allí un rato más, antes de darse la vuelta y desaparecer entre los charcos.

—¿No vas a salir hoy? —preguntó mi mamá desde la cocina.

—No —dije, y subí el volumen de mis audífonos.

Escuchaba a Deadmau5 o Porter Robinson. Me gustaba la sensación de desconectarme, de que nadie pudiera alcanzarme cuando las canciones eran lo único que llenaba mi cuarto. Pero por dentro, algo se removía. A veces pensaba en Camila. En su forma de mirarme como si guardara algo que no se atrevía a decir.

Solo que no lo entendía. No entonces.

Y Valeria… Valeria ya no era la misma. Siempre había sido intensa, magnética, de esas personas que parecen saber lo que quieren y que no tienen miedo de ir tras ello. Pero había en ella un rencor nuevo, algo afilado. Me hablaba con sarcasmo, como si jugara a ocultar una herida bajo cada palabra.

—¿Y tú? ¿Vas a seguir actuando como si nada pasara? —me dijo un día.

Yo solo me encogí de hombros. No sabía qué responder. No entendía qué era eso que “pasaba”. Ahora sí lo sé. Ahora, cuando rebobino esos años como si fueran parte de una vieja película que me sé de memoria.

Ellas discutían más seguido, aunque trataban de que yo no lo notara. Camila escribía cosas en su cuaderno. Poemas, creo. Los dejaba en mi pupitre a veces. Frases sueltas como “hay silencios que duelen más que las palabras”. Yo los leía y los guardaba en mi mochila, sin saber qué hacer con ellos. Con Lisa era todo más fácil. No había acertijos, no había historia previa. Solo dos compañeros de clase riéndose por alguna tontería que decía el profesor.

Pero incluso mientras pensaba en Lisa, Camila seguía ahí, como un eco suave. Y Valeria, en cambio, se volvía cada vez más ruidosa. Me hablaba de otros chicos, se aseguraba de que yo lo supiera. Como si quisiera demostrar que no me necesitaba. Como si quisiera castigarme por no mirarla como antes.

Una tarde, Camila pasó de nuevo frente a mi casa. Esta vez, traía un sobre blanco en la mano. Lo dejó en el buzón sin decir nada. Cuando lo abrí más tarde, encontré una carta escrita con su letra pequeña y ordenada:

“No sé si alguna vez te diste cuenta, Emilio. Yo sí. Desde el principio. Y no me arrepiento, aunque nunca supiste qué hacer con lo que sentía.”

Esa noche, no pude dormir bien. Me dolía la cabeza y el pecho. La carta no tenía firma, pero sabía que era de ella. Y supe también que no iba a responder. No porque no me importara, sino porque no sabía cómo hacerlo.

Los días siguieron. Los años también.

Y yo… bueno, seguí creciendo.

A veces, cuando el cielo se pone gris como aquella tarde de la lluvia, recuerdo ese tiempo. No con nostalgia. Más bien con una especie de ternura dolida. Como quien mira una cicatriz que ya no arde, pero que todavía recuerda cómo dolió.

Nunca les dije cuánto significaron para mí.

No cuando aún podía.

Capítulo 3

El día de mi cumpleaños

De todos mis cumpleaños, hay uno que aún no puedo olvidar. Tal vez no por lo que ocurrió, sino por lo que no ocurrió

Recuerdo la cantidad de fiestas y celebraciones a las que asistí, los quince años que muchas de mis amigas del colegio celebraban, la cantidad de sorpresas y cosas geniales en esos días. Tal vez, en el fondo de mi corazón, también quería esa atención por parte de Lisa, especialmente ese día.

Te lo digo: fue totalmente lo contrario. Ese monótono y aburrido ocho de agosto, un miércoles del año 2018, me encontraba en octavo grado. Salí de mi casa sin mucha prisa; tenía tiempo de sobra. Las clases empezarían hasta las siete y, en ese instante, apenas eran las seis. Mi colegio estaba bastante cerca, a solo unas calles de la colonia.

Caminar hacia el colegio me ayudaba a pensar mucho sobre las cosas que estaban pasando. Me puse los auriculares y, escuchando a Coldplay mientras caminaba, cuidaba el camino por el que me dirigía. Si me metía en un callejón peligroso, las cosas podrían salir muy mal. Ya a unos cincuenta metros del colegio Aurora —un edificio de tres niveles pintado en tonos crema y azul celeste—, observé su sobria apariencia: sin pretensiones, pero funcional. El letrero del colegio, hecho con letras metálicas doradas, se alzaba en la entrada:

COLEGIO AURORA – «Educar con luz y verdad»

Prácticamente toda mi vida estudié en este lugar, sin lugar a duda un espacio al que le he dedicado la mayor parte de mi infancia y adolescencia. Aunque estar ahí fue agobiante durante algunos periodos, fue triste cuando terminé de estudiar ahí. Con aire decidido, entré valientemente al colegio, mostré mi carné al conserje y me encaminé al parqueo, junto a unas bancas de piedra sobre las que había una estructura que te protegía de la lluvia o del agobiante calor del verano. Tras un par de minutos, saqué el libro que había traído de casa: Ciudades de papel, de John Green.

Después de un buen rato leyendo, las personas empezaron a entrar. Fue en ese momento que la vi.

Camila venía con su mochila rosada sobre la espalda, trenzas que le caían sobre el rostro, el uniforme del colegio impecable y un brazalete de Mickey Mouse. Se veía muy bonita. Aún podía recordar el día en que la conocí, ese aburrido día en que conocí a ambas.

Sin previo aviso, se dirigió hacia mí. Parecía estar algo nerviosa; sin embargo, se acercó y sacó una bolsa de su mochila. Era un regalo.

Fue muy raro —al menos para mi yo de quince años— recibir un regalo de Camila, alguien a quien prácticamente no le hablaba. Era muy tímida y se ponía nerviosa en mi presencia. Antes me parecía rara. Ahora sé perfectamente sus motivos y por qué se comportaba así. Fui demasiado ciego.

—Hola, Emilio —dijo tímidamente, mientras sostenía el regalo entre sus manos.

La saludé también, sonriendo cordialmente, aunque sin darle demasiada importancia.

—Esto es para ti. Feliz cumpleaños.

—Muchas gracias —respondí, mirándola amablemente—. Eres la primera en felicitarme. Muchas gracias.

—No es nada —habló en voz baja—. Espero que te guste.

—Sin duda así será, eh… Camila.

Mencionar su nombre pareció sobresaltarla un poco; parecía un tanto sonrojada. Me sonrió tímidamente mientras yo miraba dentro de la bolsa de regalo. Tras unos segundos, ante mis ojos apareció un libro de Stephen King.

—Vaya, Camila. Esto es increíble, me encanta.

—Me alegra mucho oír eso. Bueno, nos vemos luego.

Pareció querer quedarse más, pero desistió, salvándola una de sus mejores amigas, quien recién llegaba al colegio. Con un gesto tranquilo y con la mirada un poco ansiosa, se despidió, mirándome unas tres veces más antes de reunirse con su amiga.

Sin duda alguna no me esperaba esa reacción por parte de Camila. Aunque en el fondo me alegraba que alguien se acordara de mi cumpleaños y, más aún, me diera un regalo.

Durante las siguientes clases todo marchó relativamente bien. Mis amigos me felicitaron, me hicieron la malteada con algunas patadas y recibí otros regalitos (patadas y juegos un poco extremos; qué grandes amigos los míos). Pero dentro de mí había algo que me inquietaba: me sentía un poco decepcionado. Lisa no me había dicho nada y, además, tampoco presté demasiada atención a las felicitaciones de mis amigos. Últimamente, ese último año, había notado su presencia más lejana, lo que me entristecía bastante.

—¡La señorita ya tiene quince! —dijo Moisés, un chico de dieciséis años, bastante alto y de piel morena.

—Otras quince patadas —gritó Kevin, mi mejor amigo.

—No inventen, me van a destrozar la espalda —exclamé también, riendo.

Tras levantarme de la tremenda sacudida, me dispuse a ir a la cafetería junto a los chicos.

—Es mi cumpleaños, tienen la obligación de invitarme a lo que quiera.

—De acuerdo —mencionó Kevin. Sonreí de oreja a oreja.

—Nel, pero no abuses.

—¿Cómo podría yo abusar de su confianza? —pregunté sonriendo y mirando lo más caro de la tienda.

—Hey, por cierto. ¿Quién te dio el libro de Stephen King? Tenés que prestármelo sí o sí —mencionó Kevin, mientras compraba unas papas fritas y una Coca-Cola.

—Ay, Emilio, no me digas que tu amorcito en secreto te lo dio —palidecí un poco. ¿Acaso se dio cuenta? No es que me importara en ese momento, pero no quería decirle a nadie quién me lo había dado.

—Jajaja, deliras. Solamente fue un regalo de una vieja amiga de hace unos años, eso y nada más. Además, yo no le gusto. Eso no es posible.

—Yo he escuchado rumores —habló suavemente Moisés, dándome un codazo.

Si me hubiese dado cuenta en ese momento de que Camila me mandaba señales, las cosas habrían sido diferentes. Pero, sin duda, ese momento fue un punto de inflexión para lo que más adelante pasaría.

Al final del día, Lisa sí me felicitó. Aunque creas que me emocionó, fue todo lo contrario. Solo hizo que empezara a pensar que esa chica estaba a años luz de mi alcance. Su nueva forma de ser también había empezado a cambiar bastante.

Esa tarde, después de una pequeña fiesta con mi mamá y mi pequeña hermana, fui al parque, al que no había ido en algunos años. Los juegos y la cancha habían sido remodelados, habían colocado nuevas metas y se encontraban varios árboles jóvenes recién plantados. Tomé mis auriculares y puse una canción de los Beatles. Luego empecé con unos lanzamientos a la meta, acertando algunas veces y fallando en otras.

Recordaba perfectamente ese día en que Valeria y Camila habían entrado a mi vida, aunque fuera de forma breve y muy leve. El regalo de Camila me había impresionado, y bastante. Sin duda alguna, tenía que compensárselo de alguna manera.

Tras un rato jugando y lanzando el balón al ritmo de John Lennon y Paul McCartney, mientras retumbaba en mis oídos From Me to You, terminé bastante agotado y con ganas de tomarme algo muy frío.

Casi como si me leyeran la mente, Camila pasó por ahí. No me había visto, pero lo hizo. Me miró fijamente, sonrió tímidamente y se marchó. Eso me desilusionó un poco; deseaba poder al menos hablar un poco más con ella, ya que su regalo me había gustado mucho.

Casi media hora más tarde, estaba a punto de irme, cuando nuevamente pasó Camila. Solo que esta vez sí se me acercó, me miró fijamente y me analizó.

—Toma —me dijo, entregándome una botella de agua fría—. Te vas a deshidratar.

No me dijo nada más, ni siquiera me dejó agradecerle, ya que se fue muy rápido después de eso. Esta chica se estaba comportando de manera muy extraña. Sin duda alguna, me dejó aún más confundido que antes.

Agradecido con ella y con la promesa en mi interior de que tenía que hacer algo por ella, me fui a mi casa, a la hermosa y poblada colonia Monserrat, específicamente casa catorce del pasaje dos.

—Hola, mi amor —me saludó mi madre mientras cocinaba la cena—. ¿Qué tal te fue en el parque? ¿Te gustaron las remodelaciones?

—Están bien —respondí.

Sin más que decir, subí a mi habitación a hacer algunas tareas de matemáticas y a empezar el fabuloso libro de Stephen King que Camila me había regalado. Sonriendo como tonto, empecé con la fascinante historia de It, el payaso asesino.

Ahora, con los años a cuestas y la cabeza menos atolondrada, entiendo que a veces el amor no grita, no corre, no irrumpe. A veces camina lento, se sienta a tu lado, te ofrece agua fría… y te regala un libro de Stephen King.

Capítulo 4

Los recuerdos de alguien a quien no olvido

Esa mañana las cosas lucían totalmente distintas de lo normal, todo el fin de semana estuve leyendo el libro que me habían regalado, Stephen King me atrapó de sobremanera. Tras leer doscientas páginas, encendí la computadora y me puse a ver mis redes sociales. Noté que no había pasado la gran cosa, algunas chicas de la escuela habían subido algunas cosas nuevas, fotografías y citas inspiradoras; nada interesante. Tras una búsqueda incesante encontré lo que estaba buscando, ella. Revise su página por unos instantes, analizando algunos de sus gustos y encontrando que tenia un apartado en el que había una pregunta.

¿Qué tan bueno es Stephen King para leer?

La pregunta estaba en negrita, enmarcada en un cuadro con texto azul, haciendo juego con las letras escogidas. Las respuestas eran variadas, algunas decían que era una obra de arte lo que salía del puño de Stephen, otros decían que tenia una forma de escribir peculiar, pero que aun así era una forma bastante interesante. Tras unos instantes pensando que podía poner, llegué a la conclusión que para mi era mi escritor favorito y escribí:

-Te sumerge en una historia de la cuál no puedes salir tan fácilmente, quieres seguir leyendo sin parar, y cuando lo logras; ya han pasado horas. Un genio totalmente en su género.

Hice énfasis en genio, ya que para mi Stephen era uno de mis escritores favoritos, me había leído muchísimos de sus libros, y cada cierto tiempo, con el dinero que ahorraba, compraba más libros para devorarlos en horas o días sin parar. Tras revisar un par más de comentarios, salí de su pagina y publiqué una foto de mi leyendo IT, era una fotografía que mostraba la pagina cuatrocientos cincuenta del libro, mi rostro iluminado por el agradable olor de papel nuevo, mientras sostenía con mi otra mano el teléfono.

– ¡Emilio, ven a desayunar por favor! -dijo mi madre desde el primer piso.

-Enseguida-contesté rápidamente. A mi madre no le agradaba que tardara tanto tiempo en llegar hacia donde ella pedía.

Con un tanto de prisa, me puse unos shorts raídos, una camisa marrón con unas letras grandes que ponían “Old Navy” y unas sandalias negras. Bajé por las escaleras y me dirigí a la cocina. Mi madre (Diana) me miró con aire de impaciencia.

-Te dije que te apuraras, ya se están enfriando. -Su mirada recorrió mi aspecto, el cual no era muy agradable, ni siquiera me había bañado. -Luces como si no te hubieses bañado.

-Lo hare. -contesté, mirando lo que había para el desayuno. Se trataba de unos huevos revueltos, frijoles molidos, plátanos fritos, queso, dos hogazas de pan tostado y jugo de naranja; toda una delicia. Mi plato estaba servido en una pequeña mesa para tres personas.

Me senté, tomé un tenedor y estaba a punto de engullirme el pan y la crema, cuando mi madre me miró como si esperase algo. Por supuesto, ella esperaba que diera las gracias. Con una pequeña cerrada de ojos, murmuré una oración corta, tras eso, empecé a comer.

-Si quieres más, puedes tomarlo. -señaló los recipientes en los que había mas comida. Papá se encontraba durmiendo aun, el día de ayer estuvo trabajando hasta tarde y necesitaba descanso. Mi madre tomó una porción de todo y se sentó frente a mí, hizo su oración y empezó a comer. Tras una pausa, me miró con curiosidad. – ¿Estas leyendo un libro de Stephen King?

Asentí mientras terminaba mi comida, realmente había estado fantástica. Mis padres eran amantes de los libros de Stephen King, pero IT no me habían permitido leerlo aún, sino hasta cumplir cierta cantidad de años, y eso había sido hace poco. Mi madre me preguntó cual era el que estaba leyendo, le contesté con la verdad, ella asintió y siguió con su comida hasta terminarla. Tras un par de minutos más, mi padre, el señor Jorge, bajo hacia la cocina, le dio beso en los labios a mi madre, me sonrió, tomó algo de comida y se sentó a la mesa; los tres reunidos.

– ¿Cómo estas hoy Emilio? -dijo, sin haber tocado nada de su plato, sonriendo feliz y visiblemente bastante descansado. – ¿Cómo estuvo tu cumpleaños en la escuela?

Mi madre abrió los ojos como plato, se retiró de la cocina y tras unos minutos, trajo una caja algo grande, envuelta en papel regalo, miró a mi padre con una sonrisita cómplice. Lo colocó encima de la mesa, mientras se sentaba junto a su esposo. Ambos me miraron sonrientes y con una sonrisa calidad.

– ¡Feliz cumpleaños Emilio! -Por supuesto, ellos habían estado trabajando el día de mi cumpleaños, por lo que lo pasaron a este domingo. Sonreí, visiblemente sorprendido. – Es para ti, ábrelo.

Mi padre empezó a comer algo de su comida, mientras miraba con ojos expectantes mi regalo, esperando a que lo abriera. Tras una pausa para limpiarme las manos y secarme, tomé la caja envuelta en una bonita capa de papel regalo, y lo abrí. Quizás pienses; una caja grande, cuadrada, algo pesado, definitivamente un Play Station. Pero estaba seguro de que no era eso, a mis padres no les gustaba mucho eso y eso había influido en mí, tampoco era muy amante de los video juegos. Quité los pliegues de la caja cuidadosamente sin romper el papel, desdoblé algunas esquinas con cuidado, y por fin. Se trataba de un paquete de tres libros de pasta dura, con portadas hermosas, de la trilogía de la primera ley, una saga de libros al estilo fantástico oscuro, personajes geniales y del tipo que nos gustaba a nosotros. El nombre de los libros era:

  1. La voz de las espadas.
  2. Antes de que los cuelguen.
  3. El último argumento de los reyes.

Tras observar por un rato cada una de las increíbles portadas, miré a mis padres y los abracé, era un regalo fantástico para invertir horas de increíbles aventuras con esta fantástica literatura.

-Papá, mamá, muchas gracias. Están geniales. – dije, casi con lagrimas en los ojos. Era muy bonito el regalo.

-Esperamos que puedas disfrutar enormemente, pero no olvides tu concentración en la escuela. Queremos que puedas divertirte leyendo y también que puedas desarrollar tu potencial. -sonrió mi padre, luego arrugó la nariz. -Ahora muchacho, vete a bañar, que te empiezas a desintegrar.

Nos reímos ante la broma de papá. Tras un par de minutos de charla y contar a ellos como me había ido en la escuela el día de mi cumpleaños, y admitir que una chica me había regalado un libro, un libro de Stpehen King, me fui a mi cuarto.

Subí a mi cuarto con los tres libros aún entre mis brazos, como si fueran un tesoro recién descubierto. Los dejé sobre el escritorio, al lado de mi lámpara, y me quedé viéndolos un buen rato. Todavía olían a tinta y a papel nuevo, y esa sensación siempre me había parecido mágica.

Antes de abrir cualquiera, decidí darme un baño. Encendí la regadera y esperé a que el agua saliera tibia. Me miré al espejo, cansado, con el cabello un poco desordenado, y me quité la ropa sin prisa.

El agua cayó sobre mi cuerpo como un alivio, llevándose el sudor y la pesadez del día. Cerré los ojos y apoyé la frente en los azulejos húmedos. Sin querer, pensé en Camila. En su gesto tímido al entregarme el libro, en su mirada esquiva que parecía esconder algo que yo no alcanzaba a comprender del todo. ¿Por qué un detalle tan sencillo se había quedado grabado en mí con tanta fuerza?

Me enjuagué el cabello, tratando de apartar esas preguntas, pero era imposible. Entre el vapor del baño y el ruido del agua, todo me llevaba de nuevo a ella. Una botella de agua compartida, un libro envuelto en silencio, su caminar lento y distraído.

Apagué la regadera y me quedé unos segundos, inquieto, con el agua resbalando todavía por mi piel. Luego me sequé con rapidez, me puse ropa limpia y regresé a mi cuarto.

Ahí, sobre la mesa, me esperaban los libros nuevos. Pero mis ojos se desviaron inevitablemente hacia el otro: It, el regalo de Camila.

Lo tomé entre las manos, lo hojeé despacio, y me sorprendió descubrir que en la primera página había escrito su nombre, con su letra pequeña y clara. “Camila”. Solo eso, pero suficiente para que sintiera un cosquilleo extraño en el pecho.

Intenté concentrarme en la lectura, pero después de unos minutos entendí que no lograría avanzar mucho. Mi cabeza estaba demasiado agitada, y los pensamientos me llevaban en direcciones opuestas.

Decidí salir un momento. No tenía un motivo claro; quizá comprar algo en la tienda de la esquina, quizá solo caminar y dejar que el aire fresco me despejara un poco. Bajé las gradas sin hacer ruido, saludé a mi madre que veía televisión en la sala y salí a la calle.

La noche estaba tranquila, con un cielo despejado en el que se distinguían pocas estrellas, opacadas por las luces amarillentas de los postes. El aire era más fresco que en el día, y la colonia, aunque no del todo silenciosa, parecía recogida en su propio descanso.

Caminé hasta la tienda, compré una bebida y un paquete de galletas, y me senté un rato en la acera de enfrente. Fue ahí cuando escuché una voz familiar.

—¿Y tú qué haces aquí a estas horas? —dijo Valeria, acercándose con una ligera sonrisa.

Me sorprendió verla, aunque no tanto: vivíamos en la misma colonia, y era común encontrarnos en las calles. Ella vestía una camiseta amplia y unos jeans, con el cabello suelto que brillaba bajo la luz del poste.

—Nada… solo quería despejarme un poco —respondí, encogiéndome de hombros.

Valeria se sentó a mi lado sin pedir permiso. Olía a champú y a colonia fresca, y su presencia tenía ese efecto de cercanía que siempre me había resultado agradable, aunque a veces confuso.

—Siempre igual, dándole vueltas a las cosas —dijo con un tono que mezclaba burla y afecto.

—¿Qué cosas? —pregunté, fingiendo indiferencia.

—Pues… a todo. A la vida. A la gente. Se te nota en la cara cuando estás pensando demasiado.

No supe qué contestar. Ella tenía razón. Siempre me había costado ocultar mis pensamientos. Valeria, en cambio, era más ligera, como si supiera cómo moverse por el mundo sin cargar con tanto peso.

La conversación no fue larga. Hablamos un poco de la escuela, de una tarea pendiente, de una película que había visto en la televisión. Reímos un par de veces, y luego ella se levantó, sacudiéndose el pantalón.

—Mejor me voy —dijo, con esa seguridad natural que siempre me desconcertaba—. Nos vemos mañana.

—Sí, nos vemos —respondí, mientras la miraba alejarse por la calle.

Me quedé sentado un rato más, observando cómo su silueta se perdía entre las sombras. Y entonces, al girar la vista, la vi a ella: Camila.

No estaba cerca por donde ella iba. Caminaba sola, al otro extremo de la calle, con su paso tranquilo, casi tímido, como si quisiera pasar inadvertida. Llevaba un suéter claro, ligeramente grande para su cuerpo, y un cuaderno bajo el brazo, como si hubiera estado repasando algo o escribiendo en secreto.

El poste de luz más cercano apenas alcanzaba a iluminarla, y eso hacía que sus movimientos se vieran difusos, envueltos en un resplandor suave. Por un instante tuve la sensación absurda de que la calle entera se había silenciado solo para enmarcarla a ella, como si todo lo demás —los ruidos de los grillos, la televisión lejana en alguna casa, incluso mi respiración— quedara en un segundo plano.

No nos saludamos. No crucé la calle. Solo la observé avanzar, cada paso medido y apacible, hasta que la vi perderse en la esquina. Y, sin embargo, aunque la distancia fue corta y el encuentro mínimo, en mi interior todo se agitó. Fue como si una corriente eléctrica hubiera recorrido mi pecho, despertando una inquietud que llevaba tiempo dormida.

Me quedé quieto, con las galletas olvidadas en la mano, sintiendo un calor extraño en la cara. No era vergüenza, ni simple sorpresa. Era algo distinto, más hondo: una mezcla de curiosidad, ternura y un deseo nuevo de comprender qué era lo que había detrás de su silencio, de su forma de caminar como quien teme molestar al mundo.

Recordé el libro que me había dado, la manera en que sus dedos habían rozado los míos apenas unos segundos. Ese detalle mínimo ahora se agrandaba dentro de mí como si fuera un secreto compartido. Me descubrí pensando en cómo debía ser su voz cuando hablaba en confianza, cómo sería verla reír sin reservas, cómo sería tenerla cerca sin esa distancia que parecía envolverla siempre.

Me levanté despacio, guardé las galletas en el bolsillo y regresé a casa. El camino se me hizo distinto, como si hubiera dejado algo importante atrás, algo que me reclamaba seguirlo. Pero lo único que llevé conmigo fue la imagen de Camila, grabada con una claridad perturbadora: su silueta bajo la luz tenue, el cuaderno contra su pecho, el ritmo pausado de sus pasos.

Ya en mi cuarto, al acostarme, intenté distraerme hojeando uno de los libros nuevos. No pude. Cada vez que pasaba una página, su rostro se interponía entre las palabras. Cerré los ojos y me encontré repasando, una y otra vez, la escena en la calle, como si temiera que con el sueño se borrara de mi memoria.

Esa noche comprendí que algo había cambiado, aunque todavía no pudiera nombrarlo. Era una sensación inquietante, dulce y pesada al mismo tiempo. Una semilla recién plantada que empezaba a abrirse dentro de mí, lenta pero inevitable. Y aunque no quería admitirlo del todo, supe que Camila ya ocupaba un lugar en mí que antes no existía, un espacio que, sin darme cuenta, empezaba a crecer con fuerza.

Capítulo 5

La clase de matemáticas me estaba matando, no estaba logrando entender como era que los polinomios debían resolverse; los pensamientos de la noche anterior no hacían más que aumentar y una sensación extraña se alojaba en mi pecho cuando miraba de manera disimulada hacia dos filas delante de mí pupitre. La señora Ramírez explicaba por lo general muy bien, pero este día mi cerebro se había quedado en casa y mi concentración estaba por los suelos.

—¿Cuál sería el valor x de la ecuación? —dijo la mujer, mirándome con interés.

Miré la pizarra algo nervioso al ver semejante cantidad de información que no procesé bien, tomé mi calculadora y traté de hacer algunos cálculos, no tenía idea de la respuesta ni de como proceder. Escuché un susurro delante de mí, era ella quien había dicho un número “siete”.

No tengo la menor idea de como fui capaz de escucharlo, pero sin dudar y con una seguridad enorme, dije:

—Sin lugar a duda, se trata de un siete. —ella miró mi rostro, asintió y me dedicó una ligera sonrisa. Me calmé lo mejor posible, ya que sentí algo extraño en mi pecho.

—Muy bien Emilio. —la señora Ramírez se dio la vuelta y continuo con otra aburrida explicación que por lo general disfrutaba, pero ese día mis pensamientos solo estaban enfocados en alguien; Camila.

La tarde caía sobre la colonia Monserrat con un aire dorado y tibio que empezaba a enfriarse poco a poco. El sol de las cuatro se filtraba entre las hojas de los almendros del parque, proyectando sombras largas y movedizas sobre el cemento recién pintado de la cancha.

Me senté en la misma banca de piedra de siempre, la que quedaba a la sombra de un árbol de maquilishuat. Olía a tierra seca, a pasto cortado y a ese aroma inconfundible a minuta de arrayán con alhuaste que vendía el señor del carretón en la esquina. El sabor agridulce y helado me raspaba la garganta a cada cucharada, pero era el único remedio para el calor persistente que se rehusaba a irse.

El resto de la jornada en el Colegio Aurora había transcurrido como en un trance. En la clase de lenguaje apenas pude tomar apuntes; la tiza chirriaba contra la pizarra verde y el sonido se mezclaba con el murmullo lejano del ventilador de techo, pero mi mente seguía atascada en la clase de matemáticas. Específicamente, en esa pequeña fracción de segundo donde sus ojos se cruzaron con los míos tras el rescate del «siete».

Apreté el vaso de duralita entre mis manos sintiendo la condensación helada en los dedos. El parque estaba relativamente tranquilo a esa hora. El crujido de las hojas secas cuando el viento soplaba suavemente era el único fondo constante, interrumpido de vez en cuando por el bote sordo de un balón en el otro extremo de la cancha.

Ahí sentado, repasaba cada detalle: la curva exacta de su sonrisa tímida, el tono casi imperceptible de su voz cuando dijo ese número y la calidez repentina que me había sacudido el pecho. No era la urgencia ruidosa que a veces sentía cuando Valeria andaba cerca, esa presencia que exigía espacio a gritos. Lo de Camila se sentía distinto. Se sentía como el aroma de la lluvia justo antes de caer, sutil pero imposible de ignorar.

De pronto, el crujido de unos pasos sobre la grava me hizo levantar la cabeza.

—¡Holis! —su inconfundible voz me sacó de mis pensamientos.

Valeria se hallaba a unos tres metros de mí. Traía un iPod en las manos y un audífono en el oído, dejando el otro suelto. Ese día llevaba unos jeans azules, zapatillas Nike y una blusa celeste que decía Coldplay. Se veía muy bonita.

—¿Qué andas escuchando? —pregunté, sorprendido de verla en el parque; por lo general ya no le gustaba ir.

Billie Jean —dijo, mirándome de arriba abajo. Sonrió alzando las cejas—. A que te gano como hace años.

—Ni en un millón de años. He mejorado muchísimo.

Me levanté. Éramos casi de la misma estatura, pero parecía que ella iba a crecer mucho más que yo. Tomé el balón que se encontraba a escasos centímetros de mí y, con el aire de alguien que ya está aburrido de hacer lo mismo, hice una bicicleta, la bajé con cuidado haciendo la vuelta al mundo y se la pasé con suavidad y una mirada de superioridad.

—Supera eso, Billie Jean.

—Jaja, ¡qué gracioso!

Tomó el balón y empezó. Al ser de cuero no le fue muy difícil hacer la bicicleta; sin embargo, la vuelta al mundo no le salió, así que decidió hacer dominadas hasta levantarla y dar un taconazo a la pelota hacia mí.

La esquivé sin ningún problema. Vi una mueca de frustración en su rostro y luego una sonrisa de oreja a oreja, complacida de que finalmente la hubiera superado.

—El discípulo ha superado al maestro —me reí con ganas—. Jajaja.

Nos sentamos a descansar tras hacer algunos pases. Mientras hablábamos, me contaba cómo le estaba yendo con un chico nuevo que había llegado a la escuela. La verdad es que solo asentía y fingía interés, porque mi mente, inevitablemente, había vuelto a Camila.

—Ahora que lo pienso, no te di nada por tu cumpleaños —su expresión se tornó seria y mi concentración volvió de golpe a la realidad.

—¡Nombre! No hace falta, de verdad.

—Somos amigos, debo darte algo al menos —una sonrisa pícara se dibujó en su rostro—. ¡Ya sé qué voy a darte!

—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

—Ya lo verás, mi pequeño Emilito.

Cómo me fastidiaba ese apodo. Sin decir nada más, se alejó del parque tarareando, no sin antes asegurar que sería algo que me encantaría e incluso «mucho mejor que el libro que Camila te dio». Ya lo sabía.

Capítulo 6

El ruido y el silencio

El sábado amaneció con ese calor pesado y pegajoso que es tan típico en la colonia Monserrat antes de que llegue octubre. Era una de esas tardes donde el aire parece no moverse y el único sonido constante es el zumbido lejano de un ventilador de aspas y, ocasionalmente, el ladrido de un perro al otro lado del pasaje.

Estaba sentado en el pequeño muro de ladrillos que dividía el jardín delantero de mi casa y la acera. En mis manos tenía It. Llevaba unos cuarenta minutos intentando avanzar en el mismo capítulo, pero mis ojos pasaban por las palabras sin registrar su significado. Mi mente seguía en el parque. En la voz de Camila diciendo «siete», y en la promesa lanzada al aire por Valeria.

El sonido metálico del portón de la casa de al lado me sacó de mi letargo.

Levanté la vista y ahí estaba Valeria. Llevaba unos shorts de lona desgastados, una camiseta negra sin mangas y el cabello húmedo, recogido en un moño desordenado del que escapaban algunos mechones sobre su cuello. Una ligera brisa pasó por mi rostro, con un aroma a champú de coco y a algo más, algo eléctrico que siempre parecía acompañarla, como el ambiente justo antes de una tormenta.

Caminó hacia mí sin prisa, con las manos escondidas a su espalda y una sonrisa que parecía saber un secreto que yo ignoraba.

—Estás leyendo otra vez —dijo, deteniéndose justo frente a mis rodillas. Su sombra me cubrió, bloqueando el sol de las tres de la tarde.

—Es un buen libro —respondí, cerrándolo y dejándolo a un lado sobre el muro de ladrillos.

Valeria miró el libro con una mezcla de curiosidad y un leve, casi imperceptible, desdén. Luego volvió su mirada hacia mí. Sus ojos oscuros tenían ese brillo desafiante de siempre, pero hoy había algo más. Una especie de urgencia.

—Lo prometido es deuda, Emilito —dijo, ignorando mi mueca de fastidio por el apodo.

Sacó las manos de su espalda. Sostenía un disco compacto dentro de una caja de plástico transparente. No tenía portada oficial, solo un círculo de papel blanco recortado a mano, donde había escrito con marcador negro de punta fina: Para que salgas de tu cabeza.

—¿Un disco quemado? —pregunté, arqueando una ceja y tomando la caja. Sentí el plástico caliente, como si lo hubiera llevado apretado contra el pecho antes de salir—. ¿En pleno 2018? Podías mandarme una lista de reproducción.

—Cualquiera manda un link por mensaje —respondió ella, sentándose a mi lado en el muro. Tan cerca que el borde de su rodilla rozaba la mía—. Un disco te obliga a sentarte y escucharlo. Además, no te lo di para que lo escuches solo en tu cuarto oscuro.

Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, Valeria sacó de su bolsillo un reproductor de CD portátil antiguo, plateado y con rayones en los bordes, junto con unos audífonos de cable blanco. Me quitó el disco de las manos, lo introdujo en el aparato y me tendió uno de los auriculares.

—Póntelo —ordenó, en un tono suave pero que no admitía réplicas.

Me coloqué el auricular derecho. Ella se puso el izquierdo. La cercanía física de repente se volvió abrumadora. Para que el cable no se tensara, Valeria tuvo que inclinarse hacia mí. Su hombro se apoyó contra el mío. Sentí el calor que irradiaba su piel y ese aroma a coco inundó mi espacio personal. Estábamos sentados en la acera de mi casa, a plena luz del día, pero de repente se sentía como si estuviéramos encerrados en una habitación pequeñísima.

Apretó Play.

El sonido crudo de una guitarra eléctrica llenó mi oído. Era rock, algo alternativo, con un ritmo vibrante que te obligaba a mover el pie. No miré el reproductor. Miré a Valeria. Ella tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia el cielo, asintiendo al ritmo de la música. Su rodilla seguía tocando la mía.

—La pista tres es la importante —murmuró, con los ojos aún cerrados, alzando la voz apenas lo suficiente para sobreponerse a la música.

Avancé los tracks. Cuando empezó la tercera canción, el ritmo era distinto. Más lento. Más pesado. Valeria abrió los ojos y giró el rostro hacia mí. Estábamos a escasos centímetros. Pude ver el ligero rubor en sus mejillas por el calor de la tarde, la forma en que sus pestañas temblaban levemente. No dijo nada, pero sus ojos me exigían que prestara atención a la letra. Que entendiera lo que no estaba diciendo en voz alta.

Mi corazón empezó a latir un poco más rápido. Era esa sensación de vértigo de cuando te asomas al borde de un precipicio y no sabes si retroceder o saltar. Estaba tan absorto en la intensidad de su mirada, en la presión de su hombro contra el mío, que el mundo exterior había desaparecido.

Hasta que el rabillo de mi ojo captó un movimiento en la calle.

Al final del pasaje, caminando por la acera de enfrente, venía Camila.

Llevaba una pequeña bolsa de papel de la panadería de doña Carmen y su característico suéter ligero, a pesar del calor. Caminaba despacio, con la mirada clavada en el suelo, como si contara las grietas del cemento.

Mi respiración se atascó un segundo. No hice ningún movimiento brusco, no dije nada, pero algo en mi postura cambió. Una tensión involuntaria que Valeria debió sentir, porque frunció el ceño levemente.

Camila levantó la vista justo cuando pasaba frente a mi casa.

Sus ojos nos encontraron. La imagen debió ser clara desde su perspectiva: Valeria y yo, sentados demasiado juntos en el muro, compartiendo unos audífonos, envueltos en nuestra propia burbuja.

El tiempo pareció ralentizarse. Vi cómo los dedos de Camila se apretaban alrededor de la bolsa de pan, arrugando el papel. Su paso no se detuvo, pero perdió su ritmo natural por una fracción de segundo. Me miró a los ojos. No había enojo en su rostro. Ni siquiera sorpresa. Había una sombra profunda, una resignación callada que me golpeó el pecho con más fuerza que cualquier grito.

Fue solo un instante. Apenas dos segundos antes de que ella bajara la cabeza de nuevo, su cabello lacio ocultando su perfil, y apresurara el paso hasta desaparecer doblando la esquina hacia su casa.

Sentí un frío repentino en el estómago. El auricular en mi oído derecho seguía reproduciendo la canción de Valeria, pero ya no estaba escuchando la letra.

—Emilio —la voz de Valeria sonó más baja, con un filo apenas perceptible.

Giré el rostro hacia ella. Valeria no estaba mirando hacia la esquina por donde Camila había desaparecido. Me estaba mirando a mí. Había leído cada microexpresión en mi rostro, cada desviación de mi atención.

Lentamente, Valeria levantó una mano y apoyó sus dedos fríos sobre mi mejilla. El gesto me sobresaltó, pero no me aparté. Con un movimiento suave, giró mi rostro un par de centímetros, obligándome a mirarla de frente, bloqueando cualquier otro ángulo de la calle.

—La canción sigue sonando, Emilio —dijo, y su sonrisa regresó, pero esta vez era una sonrisa territorial, afilada—. Préstame atención.

Y lo hice. Me quedé mirándola, sintiendo el calor de sus dedos en mi piel y escuchando el ritmo de la música. Pero por dentro, en un espacio que ella no podía tocar, yo seguía viendo cómo se arrugaba el papel de una bolsa de pan.

Terminé de escuchar todas las canciones que Valeria preparó para mí, aunque sin la misma intensidad de concentración, cosa que ella logró darse cuenta, pero decidió no mencionarlo, más que algunas miradas un poco afiladas pero con esa sonrisa de siempre cubriéndolo.

Esa tarde entendí algo que tardaría años en poder poner en palabras: hay ausencias que hacen mucho más ruido que cualquier presencia.

Capítulo 7

Confusión y distancia

El lunes comenzó con la pesadez típica de una semana que no quieres enfrentar. Atravesé el portón del Colegio Aurora, observando por inercia su sobria apariencia y el edificio de tres niveles pintado en tonos crema y azul celeste. La brisa de la mañana no era suficiente para disipar la sensación de encierro que llevaba en el pecho desde la tarde del sábado.

Caminé por el pasillo principal esquivando a los de primer año, hasta que distinguí su mochila rosada. Camila estaba frente a su casillero, sacando un par de cuadernos con movimientos mecánicos. Su cabello lacio le caía como una cortina sobre el rostro, esa barrera natural que siempre usaba cuando no quería que el mundo la notara.

Me acerqué con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Quería explicarle lo del sábado, decirle que Valeria simplemente me había puesto unos audífonos y que no significaba nada. O al menos, eso intentaba convencerme a mí mismo.

—Hola, Camila —dije, deteniéndome a una distancia prudente.

Ella se sobresaltó un poco, como si mi voz la hubiera sacado de un trance. Giró el rostro a medias, sin llegar a mirarme a los ojos.

—Hola, Emilio —respondió en voz baja.

No hubo sonrisas tímidas. No hubo ese brillo de curiosidad que había notado en ella el día de mi cumpleaños. Su voz sonaba frágil, pero apresurada.

—Oye, sobre el sábado… —empecé, rascándome la nuca torpemente—. Te vi pasar por mi casa. Yo estaba en el muro y…

—Ah, sí —me interrumpió suavemente, cerrando la puerta metálica de su casillero sin hacer ruido—. Iba por el pan.

—Sí, lo sé, pero… quería decirte que no era lo que parecía. Valeria solo me estaba enseñando un disco que me trajo y…

Por fin levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos por una fracción de segundo. Había en ellos una tristeza profunda y acuosa, una especie de decepción silenciosa que me heló la sangre. Pero tan rápido como apareció, intentó ocultarla detrás de una mueca que pretendía ser una sonrisa cortés.

—No te preocupes, Emilio —dijo, abrazando sus cuadernos contra el pecho, como si necesitara un escudo—. No tienes que explicarme nada. De verdad.

—Pero es que yo no quiero que pienses que…

—Me tengo que ir —susurró, dando un paso hacia atrás—. El profesor de ciencias no deja entrar si llegas tarde. Nos vemos.

No me dio tiempo a decir una sola palabra más. Se dio la vuelta y empezó a caminar rápido por el pasillo, esquivando a los demás estudiantes. Su retirada no fue un reclamo escandaloso; fue una fuga. Y, viéndolo en retrospectiva, su silencio me dolió muchísimo más que cualquier grito que Valeria pudiera haberme dado. Las personas tímidas como Camila no pelean por el espacio; simplemente desaparecen cuando sienten que ya no caben.

El resto de la mañana transcurrió como en una especie de neblina. En la clase de matemáticas, la señora Ramírez siguió con sus aburridas explicaciones, pero esta vez no hubo ningún susurro a mis espaldas que me salvara con la respuesta correcta. Camila no habló en toda la hora.

Llegó el recreo y me dejé caer en una de las bancas de piedra junto al parqueo, sintiendo que la cabeza me daba vueltas.

—¿Qué te pasa, loco? Pareces zombi —dijo Moisés, sentándose a mi lado. Con sus dieciséis años, su altura y su piel morena, Moisés siempre ocupaba mucho espacio, riéndose de casi todo.

—Nada, no dormí bien —mentí, abriendo una bolsa de churros sin ningún apetito.

Kevin, mi mejor amigo, llegó un momento después con una Coca-Cola en la mano. Se sentó frente a mí y me dio un golpe amistoso en el hombro.

—Ey, no te hagás el loco. ¿Cuándo me vas a prestar el libro de Stephen King? —preguntó, dándole un trago a su bebida—. Te dije que tenías que prestármelo sí o sí.

—Aún no lo termino, Kevin. Acabo de empezarlo —le respondí, más a la defensiva de lo que pretendía. El simple hecho de pensar en It me recordaba a la dedicatoria con la letra pequeña de Camila, y sentí una necesidad irracional de proteger el libro de cualquiera.

—Uy, ya se enojó el niño —se burló Moisés—. Seguro está así porque su novia no le hizo caso.

Instintivamente levanté la vista. A unos metros de nosotros, caminando junto a sus amigas, pasaba Lisa. Su cabello liso hasta los hombros se movía con el viento y dejó escapar esa risa rápida y segura que siempre me había llamado la atención. Meses atrás, verla pasar habría sido suficiente para alegrarme el día entero. Pero en ese momento, mirándola reírse de algo que seguramente no me importaba, me di cuenta de una verdad aplastante: Lisa se había vuelto irrelevante para mí.

Mi mente no estaba con la chica popular del salón. Estaba atascada en una bolsa de pan arrugada y en unos ojos tristes que me evadían.

Los días siguientes fueron una tortura lenta. El martes y el miércoles intenté cruzar miradas con Camila en los pasillos, pero ella se había convertido en una experta en volverse invisible. Si me veía venir de frente, se desviaba hacia el baño; si estábamos en la misma clase, mantenía la mirada clavada en su cuaderno.

Para colmo, la presencia de Valeria parecía multiplicarse. Las tardes en la colonia Monserrat se volvieron asfixiantes. Valeria aparecía en el parque o pasaba frente a la casa catorce del pasaje dos con esa seguridad avasalladora que la caracterizaba. Actuaba como si aquel momento compartiendo audífonos hubiera sellado algún tipo de pacto entre nosotros.

Una de esas tardes, regresé a casa sintiéndome completamente agotado. El cielo estaba teñido de un gris pesado que amenazaba lluvia. Al entrar, el olor a comida caliente inundaba la sala.

—Hola, mi amor —me saludó mi madre, Diana, desde la cocina—. ¿Qué tal la escuela hoy? Te noto cansado.

—Todo normal, mamá. Solo mucha tarea —respondí, dejando la mochila sobre el sofá.

Mi padre, Jorge, estaba sentado en el comedor revisando unos papeles. Me dedicó una sonrisa cálida a pesar de que se le notaban las ojeras por haber estado trabajando.

—No te exijas de más, muchacho. Recuerda que la idea es que también disfrutes de tu edad —me dijo mi padre, cerrando su carpeta—. Por cierto, ¿cómo vas con los libros de La Primera Ley que te dimos por tu cumpleaños?

—Están increíbles, papá. Las portadas me encantan —forcé una sonrisa, sintiéndome un poco culpable. Los tres libros de pasta dura seguían intactos en mi escritorio.

Subí a mi habitación bajo la excusa de estudiar. Cerré la puerta y me tiré en la cama mirando el techo. Ahí estaban, sobre la mesa de noche: los libros de fantasía oscura de mis padres y el ejemplar de It. Tomé el libro de Stephen King y lo abrí en la primera página. «Camila», decía su nombre ahí, silencioso pero presente.

Esa noche entendí que no podía seguir así. La distancia que Camila había puesto entre nosotros no era algo temporal; era un muro de hielo que ella estaba construyendo para protegerse, porque creía que yo ya había elegido. Y lo peor de todo, es que yo no sabía cómo derribarlo sin hacer que todo colapsara a nuestro alrededor.

La lluvia golpeaba el cristal de mi ventana con una insistencia casi rítmica, un sonido que en lugar de calmarme, parecía aumentar la inquietud que latía en mi pecho. Me senté en el borde de la cama, frotándome los ojos cansados. A pesar de los consejos de mi padre sobre disfrutar mi edad, la noche pesaba sobre mis hombros con una densidad asfixiante.

Extendí la mano y tomé It de la mesa de noche. Necesitaba desesperadamente un refugio, un rincón oscuro donde esconderme de mis propios errores. La letra clara y pequeña en la primera página —“Camila”— fue el único faro antes de sumergirme en Derry.

Pasé las páginas. Leí sobre barcos de papel bajo la lluvia, sobre miedos primarios y la promesa en un restaurante chino. Leí hasta que las letras empezaron a difuminarse, fundiéndose con el sonido de la tormenta, hasta que el sueño, denso y engañoso, me arrastró sin que me diera cuenta.

El restaurante de mi sueño no era el Jade of the Orient, sino el comedor de mi propia casa, ampliado hasta adquirir dimensiones absurdas, casi palaciegas. La luz era amarillenta y parpadeante, sumiendo los rincones en sombras alargadas. Yo estaba sentado a la cabecera, vestido con un traje que me quedaba grande, un traje de adulto que se sentía como una condena.

A mi alrededor, las sillas estaban ocupadas, pero no por mis amigos de Derry, sino por sombras sin rostro. La única persona nítida, la única que irradiaba luz en aquella estancia opresiva, era Camila.

Pero no era la Camila que yo conocía. No había rastros de su suéter holgado ni de su mirada esquiva. Llevaba un vestido carmesí que contrastaba violentamente con la palidez del salón. Su cabello lacio caía libre sobre sus hombros, y sus ojos, antes esquivos, me taladraban con una intensidad feroz.

—¿Te gusta la cena, Emilio? —preguntó. Su voz no era tímida; resonaba con un eco metálico que helaba la sangre—. ¿O preferirías estar comiendo pan en la acera?

Intenté hablar, explicarle que yo no quería, que no sabía cómo detener a Valeria, pero mis labios estaban sellados como si los hubieran cosido.

Camila se levantó lentamente, deslizando un dedo sobre el borde de su copa de vino.

—Siempre dices que no te das cuenta, Emilio. Siempre te escondes detrás de esa cara de niño bueno que no entiende nada. Pero sí entiendes. Sabes exactamente lo que haces. Dejas que los demás tomen las decisiones por ti porque es más fácil. Porque si no eliges, no pierdes nada.

El pánico empezó a trepar por mi garganta. Sus palabras eran como dardos envenenados, certeros y crueles. Y lo peor era que, en el fondo, sabía que tenía razón.

—Pero perdiste algo, ¿no? —susurró Camila, acercándose hasta que su rostro estuvo a centímetros del mío. Pude oler el arrayán de la minuta del parque, un aroma dulce que de repente me pareció asfixiante—. Me perdiste a mí.

De repente, el silencio del comedor se rompió. Un crujido seco, como el de un hueso fracturándose, resonó desde el otro extremo de la mesa. Las sombras sin rostro se desvanecieron.

En la silla del fondo, una figura comenzó a tomar forma. Al principio, era Valeria. Llevaba los mismos shorts de lona y la camiseta sin mangas, su cabello húmedo recogido en un moño desordenado. Pero su sonrisa era excesivamente ancha, sus dientes brillaban con un blanco antinatural y sus ojos, de un amarillo enfermizo, no parpadeaban.

—La pista tres es la importante, Emilito —canturreó, y su voz no era la de Valeria, sino un silbido agudo que me rasgó los tímpanos—. La pista tres te enseña a obedecer.

Valeria comenzó a deformarse. Su ropa se rasgó, su piel se agrietó y un traje de payaso, sucio y adornado con pompones naranjas, emergió de sus entrañas. Pennywise estaba allí, sentado en la silla de mi comedor, con la sonrisa maníaca de Valeria tatuada en su rostro monstruoso.

—¡Oh, Emilito! —burló el payaso, alzando una caja de plástico transparente que contenía un disco quemado—. ¡No quieres jugar! ¡Tú prefieres mirar desde lejos!

Pennywise golpeó la mesa con el puño. El sonido fue ensordecedor. De repente, una bolsa de papel, idéntica a la de la panadería de doña Carmen, apareció en el centro del comedor. La bolsa empezó a palpitar, como si algo estuviera vivo en su interior, como si el pan arrugado estuviera respirando.

La bolsa se expandió, latiendo con fuerza, y entonces estalló. No salió pan, ni galletas. Salieron cientos de ojos, pequeños y brillantes, rodando por la mesa como canicas enloquecidas. Un líquido oscuro y viscoso, que olía a óxido y a tierra húmeda, salpicó el mantel inmaculado.

Grité, intentando levantarme, pero estaba pegado a la silla. Los ojos me miraban, acusadores, mientras Pennywise reía a carcajadas, una risa que sonaba como el chirrido de un clavo contra la pizarra.

Y entonces, todo se detuvo.

La risa cesó. Los ojos dejaron de rodar. El comedor desapareció.

Me encontraba flotando en un espacio oscuro, salpicado de estrellas apagadas. Abajo, en el vacío, una forma colosal comenzó a emerger. Una tortuga gigante, tan grande como un continente, con galaxias enteras girando en el caparazón.

La tortuga me miró con ojos antiguos, llenos de una sabiduría incomprensible. Y en medio del silencio cósmico, escuché su voz. No en mis oídos, sino en mi mente.

«Las palabras que no se dicen, pesan más que las que se gritan».

Me desperté de golpe, con un grito ahogado en la garganta. Estaba empapado en sudor, con las sábanas enredadas en las piernas. El corazón me latía tan fuerte que amenazaba con reventarme el pecho.

La lámpara de mi escritorio seguía encendida, iluminando la habitación con una luz débil. Miré el reloj: 4:32 a.m.

Tomé el libro de It que había caído al suelo. Estaba abierto por la mitad. Había devorado casi cuatrocientas páginas sin darme cuenta.

Me senté en el borde de la cama, intentando controlar la respiración. El sueño había sido un caos absoluto, un delirio provocado por el genio de Stephen King y mis propios miedos reprimidos.

Camila. Valeria. El payaso. La tortuga.

Repasé la pesadilla, intentando desentrañar su significado. La culpa era evidente; la Camila del sueño me había echado en cara mi pasividad, mi cobardía al no elegir. Valeria, convertida en el monstruo, representaba la presión, la obligación de seguir un camino que yo no quería.

Y la bolsa de pan… la bolsa arrugada de Camila, llena de ojos acusadores.

«Las palabras que no se dicen, pesan más que las que se gritan».

La frase de la tortuga galáctica resonó en mi cabeza.

De repente, lo entendí. El sueño no solo me había mostrado mi culpa; me había dado la respuesta.

Me levanté de la cama, encendí la computadora y abrí un documento en blanco. Si Camila no quería hablar conmigo, si su forma de defenderse era el silencio, yo no podía obligarla a escucharme en el pasillo del colegio. Tenía que hablar su mismo idioma. El idioma de las palabras escritas.

Las horas pasaron mientras mis dedos volaban sobre el teclado. Escribí sobre el parque, sobre la primera vez que vi su sonrisa tímida. Escribí sobre el libro que me regaló, sobre el número «siete» en la clase de matemáticas. Escribí sobre Valeria, aclarando que no había nada entre nosotros, que el sábado solo fue un malentendido.

Escribí todo lo que no me atreví a decirle en persona. Las palabras que, de no decirlas, terminarían pesando más que el silencio.

Cuando terminé, imprimí la carta y la doblé con cuidado. El sol empezaba a despuntar por la ventana. Tomé mi mochila, guardé el libro de Stephen King y salí rumbo al colegio, con la carta apretada en la mano.

La tortuga galáctica me había dado la clave. Ahora solo faltaba ver si Camila estaba dispuesta a leerla.

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