Mi primera guitarra todavía existe.
Eso, considerando todo lo que ha pasado, ya es un pequeño milagro. Debería estar enterrada con honores o expuesta en algún museo dedicado a los objetos que sobrevivieron a los años ochenta.
Hoy descansa en la casa de La Aurora, la casa de mi vieja Alicia. Mi hermana Ana Lucía la conserva como una reliquia familiar.
Aunque, para ser sinceros, más que una reliquia parece una guitarra que perdió una pelea con un rollo de cinta adhesiva.
Tiene parches por todas partes. En la caja, en los bordes, cerca del mástil. Hay zonas en las que ya no se sabe si debajo sigue existiendo madera o si la guitarra se mantiene unida únicamente por fe, recuerdos y pegamento.
Pero ahí sigue.
Mi guitarra.
La que me enseñó a graznar mis primeras canciones.
Digo graznar porque decir que yo cantaba sería exagerar demasiado los hechos. Yo abría la boca, ponía cara de artista incomprendido y emitía sonidos que, con suerte, coincidían con la melodía.
Todo acompañado por mis cuatro acordes fundamentales:
La menor.
Re menor.
Sol mayor.
Do mayor.
Con esos cuatro acordes yo estaba convencido de que podía tocar cualquier canción.
Y, de alguna manera, lo hacía.
Cuando aparecía un acorde que no conocía, lo cambiaba por uno conocido. La canción podía comenzar como un bolero, pasar por una zamba y terminar pareciendo el himno de un colegio, pero yo nunca perdía la seguridad.
Esa es una de las grandes ventajas de la juventud: uno puede estar haciendo algo espantoso y, aun así, sentirse un genio.
Las primeras canciones las aprendí y las canté con mi vieja Alicia.
Ella no necesitaba que yo tocara bien. Tampoco parecía molestarle que cambiara los acordes a mitad de la canción o que mi voz subiera y bajara como un ascensor malogrado.
Cantaba conmigo.
A veces yo empezaba una canción, ella reconocía la letra y se sumaba desde donde estuviera. Desde la cocina, desde el comedor o mientras arreglaba alguna cosa de la casa.
Yo tocaba mis cuatro acordes y mi vieja cantaba como si aquello fuera una presentación de gala.
La guitarra podía estar desafinada.
Yo también.
Pero Alicia entraba a la canción y todo empezaba a sonar mejor.
Las madres tienen ese extraño talento: arreglan lo que está mal sin necesidad de tocar nada.
Después llegaron los cancioneros.
Eran unos libritos que traían las letras y, encima de cada palabra, las notas que uno debía tocar. Para mí fueron como descubrir un mapa del tesoro.
El problema era que en algunos aparecían acordes imposibles.
Fa sostenido menor.
Si bemol.
Mi séptima.
Cuando veía esas cosas, cerraba el cancionero y buscaba otra canción más humilde.
Yo quería tocar guitarra, no rendir un examen de matemáticas.
Poco a poco empecé a aprender mirando y escuchando a mis tíos.
Las zambas se las escuché al tío Flaco Belzold. Él movía los dedos con una facilidad que daba rabia. Hacía bajos, adornos, pausas. La guitarra sonaba como si hablara.
Yo trataba de imitarlo y parecía que estaba peleando con una araña dentro de la caja.
Los valses los aprendí del tío Fredy Castillo.
Con él comprendí que para cantar un vals había que poner cara de haber sufrido mucho. No importaba que uno tuviera quince años y su mayor tragedia amorosa fuera que una chica no lo hubiera saludado en el club.
Había que cerrar los ojos, fruncir un poco la frente y cantar como si te hubieran abandonado después de treinta años de matrimonio.
Yo no tenía experiencia, pero tenía cara.
Eso ayudaba bastante.
Los boleros vinieron de mi tío Alfredo, hermano de mi vieja.
Con él descubrí que en todos los boleros alguien se iba, alguien traicionaba y alguien terminaba bebiendo solo en una habitación oscura.
Uno podía haber conversado con una muchacha dos veces y ya estaba en condiciones de cantar:
—Desde que te fuiste, mi vida quedó vacía.
Ella no se había ido.
Ni siquiera había llegado.
Después aparecieron las guitarreadas en el barrio.
Ahí la guitarra dejó de ser un instrumento y se convirtió en una herramienta social.
El que llegaba con guitarra automáticamente se volvía interesante. No importaba mucho si sabía tocar. Bastaba con sacarla lentamente, afinarla durante varios minutos y mirar hacia la distancia como si uno llevara sobre los hombros el sufrimiento de toda América Latina.
Cantábamos a Sui Generis, a Silvio Rodríguez y a todos aquellos que nos hacían sentir poetas, revolucionarios, mensajeros del mundo.
Teníamos dieciséis años.
No éramos capaces de ordenar nuestra habitación, pero queríamos cambiar la sociedad.
Uno terminaba de cantar una canción de protesta y su mamá gritaba desde la ventana:
—¡Ya entra, que mañana tienes colegio!
Y el líder de la revolución guardaba la guitarra y obedecía inmediatamente.
Con Silvio la cosa era más seria.
Uno no siempre entendía la letra, pero asentía con gravedad.
—Qué fuerte —decíamos.
Nadie sabía exactamente qué era fuerte, pero todos estábamos de acuerdo.
La guitarra también tenía otro poder.
Las chicas.
Una guitarra podía hacer que una muchacha volteara a mirarte. Te daba un aire sensible, misterioso y bohemio.
Después uno tenía que hablar.
Y ahí se arruinaba todo.
Yo aprendí que convenía cantar bastante y conversar poco. La guitarra hacía la mitad del trabajo. La otra mitad dependía de uno, y uno no siempre estaba preparado.
Durante una canción podías parecer un galán.
Tres minutos después volvías a ser el mismo muchacho nervioso que no sabía dónde poner las manos.
Luego llegaron las noches de peña.
Piscos.
Cervezas.
Amigos.
Más piscos.
Y siempre la guitarra en el centro, pasando de mano en mano como una botella con cuerdas.
Uno cantaba una zamba. Otro pedía un vals. Siempre aparecía alguien que decía:
—Voy a tocar una canción que casi nadie conoce.
Y todos pensábamos:
—Debe haber una razón.
La pobre guitarra recibió golpes, caídas, vasos derramados y manos que no siempre sabían lo que hacían.
Cada rajadura se reparaba con cinta adhesiva.
No teníamos dinero para un luthier, pero sí una confianza exagerada en el poder del pegamento.
Cada parche escondía una historia.
Una caída.
Una mudanza.
Una noche larga.
Un amigo torpe.
O una canción cantada con demasiado entusiasmo.
La guitarra terminó pareciendo una veterana de guerra.
Pero seguía sonando.
Tal vez no muy bien.
Pero sonaba.
Y mientras sonaba, alrededor estaban mis amigos, mis tíos, mi vieja y todos los que formaban parte de ese pequeño mundo.
Pasaron los años.
Me fui de casa.
Llegaron el trabajo, las responsabilidades, las cuentas y esa costumbre adulta de dejar para después las cosas que más queremos.
Pero cada vez que volvía a La Aurora y encontraba la guitarra, la desempolvaba.
A veces bastaba tocar el primer acorde para que Alicia apareciera.
—¿Qué vas a cantar? —preguntaba.
Y cantábamos juntos.
Como antes.
Yo seguía equivocándome en las mismas partes. Ella seguía entrando a la canción sin importarle demasiado.
Había algo bonito en eso.
Podían haber pasado meses. Podíamos tener preocupaciones, cansancio o algún problema. Pero la guitarra empezaba a sonar y, por unos minutos, volvíamos a ser los de siempre.
Mi vieja cantando.
Yo tocando.
La casa escuchando.
Hoy Alicia ya no está.
La guitarra sí.
Permanece en La Aurora, custodiada por Ana Lucía, llena de polvo, parches y canciones.
A veces pienso en volver a tocarla.
Me imagino abriendo el estuche, si es que todavía tiene estuche. Tomándola con cuidado, porque a cierta edad uno ya no sabe si va a romper la guitarra o si la guitarra va a romperlo a uno.
Intentaría afinarla.
Seguramente una cuerda saltaría disparada. Otra estaría tan dura que podría usarse para tender ropa.
Mis dedos ya no tendrían la misma agilidad.
Mi voz tampoco habría mejorado.
Pero tocaría.
Solo cuatro acordes.
Los de siempre.
Y sé que, apenas empiece la primera canción, voy a esperar que mi vieja aparezca.
Tal vez durante un segundo hasta mire hacia la cocina.
Sé que no vendrá.
Pero también sé que voy a escucharla.
No con los oídos.
Con esa parte de uno donde se quedan las voces que no queremos perder.
Entonces seguiré tocando.
Aunque me equivoque.
Aunque se me quiebre la voz.
Aunque tenga que detenerme un momento porque los ojos ya no me dejen ver bien las cuerdas.
Y cuando termine, no haré otro intento.
No será necesario.
Volveré a dejar la guitarra en su sitio y le pediré a Ana Lucía que la siga cuidando.
No porque sea valiosa.
Ni porque suene bien.
Sino porque esa vieja guitarra parchada guarda algo que yo ya no puedo encontrar en ningún otro lugar.
La voz de mi madre cantando conmigo.
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