La última batalla

La última batalla

Aris Gómez

25/06/2026

LA ÚLTIMA BATALLA

En memoria de Carlos Marín

Por Aris Gómez Olalla

“Estoy de gira por Inglaterra, sorteando la locura del COVID-19.”

Esas fueron las últimas palabras que recibí de Carlos.

Nunca imaginé que un mensaje tan sencillo acabaría convirtiéndose en un recuerdo al que volvería una y otra vez.

Cuando lo leí sonreí.

Era él.

Cercano.

Optimista.

Con esa manera tan suya de quitar importancia a los momentos difíciles.

Nadie imaginaba entonces que aquella “locura del COVID-19” terminaría cambiando tantas vidas.

La suya.

Y, de alguna manera, también la mía.

Todos pensamos que sobrevivir es llegar al final de la tormenta.

Que una vez pasa el peligro todo vuelve a ser como antes.

Pero hay personas para las que la supervivencia se convierte en una forma de vivir.

Yo llevaba años luchando.

Había sobrevivido a la trata de personas.

Al estrés postraumático.

Al miedo.

A las noches sin dormir.

A los recuerdos que aparecían sin pedir permiso.

Después llegó el trastorno neurológico funcional.

Más tarde, varios contagios de COVID-19 dejaron secuelas que jamás imaginé.

Los médicos empezaron a poner nombre a lo que me ocurría.

Encefalomielitis miálgica.

Fatiga crónica.

Alta sensibilidad química ambiental.

Cada diagnóstico explicaba una parte de lo que sentía.

Pero ninguno conseguía explicar lo que suponía despertar cada mañana con un cuerpo que parecía haber olvidado cómo funcionar.

Aun así, seguía adelante.

Porque cuando has aprendido a sobrevivir, dejas de contar los días fáciles.

Empiezas a celebrar simplemente estar aquí.

El 9 de agosto de 2025 llegó una fecha que nunca podré borrar de mi memoria.

Aquella mañana comprendí que la enfermedad todavía tenía preparada otra batalla para mí.

Ingresé en el hospital con una triple infección.

COVID-19.

Gripe A.

Gripe B.

Tres virus al mismo tiempo.

Mi cuerpo, que llevaba años intentando recuperarse, parecía quedarse sin fuerzas.

Respirar costaba.

Moverme costaba.

Pensar costaba.

Todo costaba.

Recuerdo las luces blancas del hospital.

El sonido de los monitores.

Las mascarillas.

Las voces del personal sanitario entrando y saliendo de la habitación.

Y recuerdo el silencio.

Porque cuando el miedo aparece de verdad, el silencio pesa más que cualquier palabra.

Aquella noche pensé mucho en Carlos.

Volví a leer su último mensaje.

“Estoy de gira por Inglaterra, sorteando la locura del COVID-19.”

Sentí un nudo en el pecho.

No solo por él.

También por mí.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo de que aquella pudiera ser mi última batalla.

No era un miedo dramático.

Era un miedo sereno.

El miedo de quien siente que su cuerpo está luchando con todas sus fuerzas.

El miedo de quien no sabe si volverá a abrazar a las personas que ama.

El miedo de quien no sabe si verá un nuevo amanecer.

En aquella habitación comprendí algo que nunca había entendido del todo.

La vida es tremendamente frágil.

Podemos hacer planes.

Podemos imaginar el futuro.

Podemos creer que siempre habrá tiempo.

Y, sin embargo, todo puede cambiar en un instante.

Pensé en todas las personas que el COVID se había llevado.

Pensé en las familias que nunca pudieron despedirse.

Pensé en quienes habían sobrevivido con secuelas invisibles.

Y pensé, inevitablemente, en Carlos.

Él ya no estaba.

Yo seguía luchando.

No entendía por qué nuestras historias habían tomado caminos diferentes.

No tenía respuestas.

Solo tenía preguntas.

Y una inmensa necesidad de seguir respirando.

Los días fueron pasando.

Poco a poco.

Sin prisas.

Cada pequeña mejoría era una victoria.

Cada respiración era un paso más.

Cada amanecer era un regalo.

Hasta que llegó el momento en el que los médicos me dijeron que podía volver a casa.

Nunca olvidaré aquella sensación.

No era felicidad.

Era gratitud.

Una gratitud inmensa por seguir viva.

Una gratitud acompañada de un profundo respeto por quienes no tuvieron la misma oportunidad.

Volví a casa sabiendo que ya no era la misma persona.

Porque después de mirar a la muerte tan de cerca, cambian las prioridades.

Empiezas a valorar un paseo.

Una conversación.

Un abrazo.

Una mañana sin dolor.

El simple hecho de abrir los ojos.

Desde entonces, cada vez que recuerdo a Carlos, no pienso únicamente en el artista.

Pienso en el amigo.

En nuestras conversaciones.

En su cercanía.

En su humanidad.

Y en aquella última frase que, sin saberlo, terminó convirtiéndose en una despedida.

“Estoy de gira por Inglaterra, sorteando la locura del COVID-19.”

Hay mensajes que el tiempo convierte en recuerdos.

Y hay recuerdos que terminan convirtiéndose en compañía.

El suyo es uno de ellos.

No sé por qué yo sigo aquí y él no.

No tengo respuestas para preguntas tan grandes.

Pero sí tengo una certeza.

Cada día que despierto intento vivir con más conciencia que el anterior.

Intento aprovechar el tiempo.

Intento dar voz a quienes sufren.

Intento escribir historias que puedan acompañar a otras personas.

Porque quizá esa sea la mejor forma de honrar a quienes dejaron una huella en nuestra vida.

Seguir caminando.

Seguir creando.

Seguir amando.

Seguir viviendo.

Este relato no es una despedida.

Es un agradecimiento.

Gracias, Carlos, por tu amistad.

Gracias por tu cercanía.

Gracias por las conversaciones compartidas.

Y gracias por recordarme, incluso sin saberlo, que la vida merece ser vivida con intensidad.

Hoy sigo luchando con una enfermedad invisible.

Sigo aprendiendo a convivir con un cuerpo que muchas veces me obliga a detenerme.

Pero también sigo creyendo en la esperanza.

Porque mientras haya un nuevo amanecer, todavía queda una página por escribir.

Y esa página quiero escribirla también en memoria de quienes ya no pueden hacerlo.

Descansa en paz, amigo.

Tu voz seguirá sonando.

Y tu recuerdo seguirá viviendo en quienes tuvimos la suerte de conocerte.

Epílogo

En memoria de mi amigo Carlos Marín.

Hay personas que llegan al mundo para dejar una huella que el tiempo jamás consigue borrar.

Tú lo hiciste a través de tu voz, de tu talento y de tu inmensa humanidad.

Yo tuve el privilegio de conocerte también lejos de los escenarios, como el hombre cercano, generoso y humilde que siempre encontré al otro lado de cada conversación.

A veces vuelvo a leer tu último mensaje:

“Estoy de gira por Inglaterra, sorteando la locura del COVID-19.”

Nunca imaginé que esas serían las últimas palabras que compartiríamos.

Cuando años después ingresé en el hospital luchando por mi vida, pensé muchas veces en ti. Sentí el miedo que tú también tuviste que sentir. Comprendí la fragilidad de la vida y el enorme valor de cada respiración.

Hoy sigo aquí.

Con secuelas.

Con cicatrices invisibles.

Pero también con una profunda gratitud por cada nuevo amanecer.

No sé por qué la vida me permitió seguir caminando mientras tú emprendías otro viaje.

Lo único que sé es que intentaré honrar esa oportunidad viviendo con más verdad, escribiendo con el corazón y recordándote siempre con una sonrisa.

Gracias por tu amistad.

Gracias por tu cariño.

Gracias por las palabras compartidas.

Y gracias por demostrar que la grandeza de una persona nunca se mide solo por el artista que fue, sino por el ser humano que deja en el corazón de quienes tuvieron la suerte de conocerla.

Allá donde estés, espero que la música siga acompañándote.

Hasta que algún día nuestras melodías vuelvan a encontrarse.

Con todo mi cariño y eterno agradecimiento.

Aris Gómez Olalla

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