Los tasadores de la normalidad, esos señores prolijos que viajan en el primer asiento del colectivo añorando la época en que guardaban el boleto capicúa en el bolsillo del chaleco – como si tu destino todavía pudiera salvarse con un número simétrico impreso en un papelito que ya no existe -, insisten ante mí en que una madre es una cuenta limpia. Me quieren hacer creer que mi amor por vos cabe cómodamente en una planilla de asistencia médica, en una rutina de horarios fijos y en un inventario prolijo de guardapolvos blancos sin una sola mancha de barro. Se pasan la vida entera midiendo mi cordura con la certeza obtusa de los que nunca se han quedado mirando el reverso de los naipes, sin sospechar siquiera que la realidad está mal cosida en las esquinas. Y es precisamente allí, en las uniones defectuosas donde el sastre del universo dejó el hilo flojo, donde verdaderamente sucede el milagro y la tragedia de que yo no pueda tenerte conmigo. Para esa contabilidad de almacenero, la ecuación de mi vida da una pérdida irreparable: si tengo la cabeza cansada, las manos temblorosas por el frío y un diagnóstico crónico escrito en letras de imprenta, el resultado de la suma es el desamparo y dicen que hay que dar vuelta las sillas para cerrar el viejo café. Esos señores no entienden, desde su mostrador de certezas, que para llorar por tu ausencia no hace falta saber la tabla del siete y que este dolor espeso que me parte el pecho no necesita tener buena ortografía para doler como un golpe seco en la boca del estómago.

Te escribo esto desde la cama metálica de este hospital que huele a lavandina y a tiempo estancado, un lugar de paredes pálidas donde la luz del tubo fluorescente parpadea con la cadencia asmática de un corazón cansado de latir siempre la misma desdicha. Desde mi ventana de rejas gastadas veo cómo la tarde se deshilacha sobre los techos de chapa de los barrios del sur, y el ruido de los autos allá abajo me suena como un tranvía nocturno que dobla una esquina de adoquines húmedos hacia el olvido, llevándome lejos de tu lado. Los doctores entran con sus carpetas de cartón prensado y hablan de mí en tercera persona, usando palabras largas y difíciles que me rebotan en la frente sin que yo las pueda atajar; dicen que mi mente es un minutero lerdo que atrasa, que vivo en una extraña clase de nostalgias ajenas y que no tengo las condiciones reales para organizar tus días, tus noches, tus fiebres. Lo dicen con una piedad higiénica que lastima más que un insulto. Yo los miro en silencio, con las manos metidas en los bolsillos de este camisón que me queda demasiado largo para mi talle, sabiendo que tienen razón en sus papeles, pero que se equivocan por barrios enteros de distancia en el alma.

A la madrugada, cuando los sedantes empiezan a aflojar y el hospital queda suspendido en ese silencio viscoso que tienen los edificios donde nadie duerme del todo, escucho tu llanto detrás de la pared. No un llanto fuerte ni desesperado: apenas un sonido breve y húmedo, parecido al chirrido pequeño que hace una cuna cuando alguien la mece en la oscuridad. Siempre viene desde el mismo rincón de la habitación, cerca del lavabo donde el óxido dibuja mapas torcidos sobre las baldosas. Yo no me levanto enseguida porque aprendí que las cosas frágiles desaparecen cuando una las mira de frente. Entonces espero quieta, con los ojos abiertos, respirando despacio para no asustarte. Durante unos segundos puedo jurar que estás ahí, respirando conmigo en la penumbra. Después pasa el carrito de medicación rechinando por el pasillo, una mujer empieza a llorar en la habitación de al lado, y el sonido se hunde otra vez dentro de mi cabeza como una piedra arrojada a un pozo.Hay días en que confundo el reflejo de la ventana con una estación de tren y me quedo horas enterasesperando verte bajar entre la gente. El cerebro hace trampas cuando uno pierde demasiado: empieza a zurcir la realidad con retazos ajenos. A veces creo distinguir tu sombra atravesando el patio interno durante la hora del sol, escondiéndose detrás de las mujeres que hablan solas o de los hombres que fuman mirando un árbol inexistente en mitad del cemento. Una enfermera me preguntó hace poco por qué sonrío cuando barren el pasillo. No supe qué responderle. Cómo explicarle que, durante un instante mínimo y salvaje, el roce de las escobas contra el mosaico me suena exactamente igual al movimiento diminuto de unos pies de bebé pateando debajo de una manta.

La noche pasada desperté convencida de que te había dejado caer. Sentí el golpe contra el suelo con una claridad tan perfecta que me tiré de la cama buscando tu cuerpito entre las sombras. Me encontraron arrodillada, palpando el piso helado con las dos manos abiertas y repitiendo perdón, perdón, perdón como quien reza frente a una iglesia cerrada. Después entendí que nunca habías estado ahí. Pero el corazón tarda muchísimo más que la razón en aceptar ciertas distancias.

A veces, cuando las enfermeras cambian las sábanas y dejan la puerta entreabierta, me llega desde el fondo del pabellón el rumor de una canción de cuna que nadie parece escuchar. Yo dejo de respirar inmediatamente. Inclino apenas la cabeza, como hacen los animales viejos cuando presienten una tormenta, y espero que la melodía vuelva a repetirse. Nunca vuelve. Sin embargo, durante esos segundos suspendidos, puedo sentir el peso exacto de tu cuerpo dormido sobre mi pecho, el calor tibio de tu frente apoyada debajo de mi mentón y ese miedo absurdo que tienen todas las madres de que el mundo deje de respirar mientras ellas pestañean. Después una puerta golpea, alguien se ríe solo en el comedor y el hechizo se rompe como un vaso contra el piso.

Sé perfectamente que no puedo, hijo mío; sé, con una lucidez espantosa que me quema los dedos, que no sé cómo guardarte de los temporales de la vida, que mi geografía está rota y clandestina, y que no tengo un techo entero ni redes efectivas para que vos crezcas con el cielo limpio.

A veces me descubro haciendo cosas que preferiría no contarle a nadie. Doblo cuidadosamente una esquina de la sábana para que parezca la almohada improvisada de un recién nacido. Guardo migas de pan en el bolsillo del camisón porque una parte enferma de mí cree que podrías tener hambre cuando vengas. Anoche incluso le hablé en voz baja al radiador apagado creyendo que eras vos respirando del otro lado. En este lugar una aprende que la locura no siempre entra gritando; a veces se sienta despacio en el borde de la cama y empieza a imitar la voz de las personas que más extrañamos.

Cualquier burócrata del pensamiento analítico miraría mi rincón en este hospital y anotaría en su cuadernito de actas que lo mío es una renuncia. Pero esa contabilidad miserable ignora la fisura secreta por donde se mete el misterio indomable del mundo a desordenar las estanterías. Dejarte ir no es olvidarte, mi vida. Dejarte ir, cuando te quiero con este terror y con el desamparo recién llegado de los mapas que ya no existen, es arrancarme el corazón con las uñas para ponértelo a vos como si fuera un escudo, prefiriendo quedarme desnuda a la intemperie bajo la llovizna con tal de que mi hijo no pase frío. Hay maternidades que cuidan criando con delantal blanco, y hay maternidades de trinchera que cuidamos abriendo las manos para que el otro se salve y rumbee hacia una esquina donde la luz no parpadee de tristeza. Mi desgarro no es un abandono nacido del desinterés; es una decisión de amor atravesada por una conciencia desesperada, el único acto de justicia poética que puedo regalarte desde mi pequeña sombra: preferir tu bienestar aun a costa de rasparse el alma contra la lija del mundo para el resto de mis días.

Tal vez un día alguien te diga mi nombre en voz baja, como quien menciona un accidente viejo o una calle que ya cambió de dueño. Puede que te alcancen una fotografía doblada en cuatro, donde aparezca una mujer demasiado joven mirando fuera de cuadro con un miedo triste en los ojos. Yo solo espero que no apartes la imagen enseguida. Que te detengas un instante mínimo, apenas lo suficiente para sospechar que, antes de convertirme en un expediente archivado o en una firma temblorosa al pie de una audiencia, fui una madre que aprendió de memoria la forma de tu respiración para asegurarse, aun en la oscuridad, de que seguías vivo.

A mí ya no me queda nada en las manos, solo el cabo suelto de esta historia mal cosida que compartimos por un instante. Sé que vas a crecer lejos de este olor a lavandina y de mis recuerdos amarillos; sé que vas a tener otra mesa de fórmica, otros patios con malvones y otra gente prolija que te enseñe a escribir tu nombre sin errores ni tachaduras. No voy a andar apareciéndome por tus esquinas a entorpecer la suerte nueva que te van a regalar; ya pagué mi consumición exacta en este despacho de la vida y me voy yendo despacio hacia la noche más oscura. Pero tengo un único deseo, una obsesión clandestina que defendería con el cuchillo entre los dientes ante cualquier tribunal de burócratas: necesito que el tiempo, que es un río tramposo y oscuro que solo corre para el lado de las estaciones abandonadas, no te borre mi rastro de amor.

Necesito que cuando seas un hombre y te mires las marcas de las manos en el espejo, o cuando abras un libro viejo comprado por dos monedas en una mesa de saldos de la avenida de Mayo, encuentres en la página ochenta y cuatro una flor seca. Un simple pensamiento descolorido que se desmienta ante la frialdad de los informes técnicos y te sople al oído la única verdad que vale la pena salvar de mi naufragio.

Quiero que sepa tu corazón, que en este mundo de zaguanes oscuros hubo una mujer rota que te amó con un desborde que ninguna balanza de almacén podrá pesar jamás. Que te amó desde su neblina espesa, con su cabeza cansada que atrasa y con sus dedos ligeramente temblorosos que no supieron sostener tu cunita, pero que te amó tanto que fue capaz de bajarse del tren en marcha para que vos pudieras seguir viaje hacia un destino más limpio. Cuando el día llegue y te alcancen carpetas llenas de diagnósticos médicos y términos judiciales que te suenen fríos como el mármol de una tumba, quiero que cierres los ojos y sientas un frío repentino en el pecho, un golpe seco en elestómago que te devuelva una verdad más humana. Que no naciste de la negligencia impersonal ni del olvido, sino de una entrega corpórea e invisible que ocupaba la tercera silla vacía de aquella salade audiencias donde decidí tu futuro.

Quiero que cuando el mundo te explique mi ausencia con palabras prolijas y sellos oficiales, desconfíes un poco de esa tranquilidad administrativa con la que los hombres ordenan el dolor ajeno. Porque hubo cosas que jamás entraron en los expedientes. Nadie archivó, por ejemplo, la cantidad exacta de noches en que me quedé despierta imaginando el peso de tu cabeza dormida sobre mi hombro. Ningún juez anotó el modo en que aprendí a reconocer tu llanto dentro del ruido imposible de mi memoria. Nadie escribió que, aun rota, yo hubiera incendiado mi propia vida enteracon tal de alumbrarte el camino dos metros más adelante.

Y cuando ya no quede nadie que pronuncie mi nombre, cuando esta cama de hospital, este camisón gastado y esta tristeza vieja hayan desaparecido bajo el polvo indiferente de los años, quiero que sobreviva al menos una sospecha diminuta dentro tuyo: la de haber sido amado por alguien que renunció incluso al derecho de quedarse para que vos pudieras salvarte.

Porque ojalá llegue un día en que comprendas aquello que los informes jamás supieron decir. Que mi lucidez no estuvo en creerme capaz de darte un mundo que no podía sostener, sino precisamente en haber entendido, con una claridad que me desgarró hasta los huesos, que yo no podía. Que reconocer el derrumbe de mi propia cabeza, el temblor de mis manos y la oscuridad de mis noches no fue cobardía ni desamor, sino la forma más inmensa y más cruel de honestidad que una madre puede ofrecerle a un hijo.

Quiero que sepas que no me alejé porque te amara poco. Me alejé porque te amaba más que a mi necesidad desesperada de tenerte conmigo. Porque hay personas que aman reteniendo, y otras – como yo – que aman soltando aquello que más les duele perder para impedir que el daño continúe suviaje hacia adelante. Y aunque el mundo prefiera llamarlo renuncia, vos algún día quizá descubras la verdad secreta que me sostuvo de pie en esta habitación blanca: que comprender que no podía darte la vida que merecías y aun así encontrar fuerzas para dejarte ir, fue la manera más pura que encontré de amarte aun cuando la vida me había desarmado por completo

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