¿Cuándo te volvería a ver?
Lo pensé aquella vez que cruzaste la calle, después ese día que me enviaste un mensaje, luego cuando saliste de la cafetería, años después cuando me diste un beso y saliste de casa, hoy, mirando como entierran tu ataúd lleno de rosas rojas.
Y me rio, nunca te gustaron las flores, mucho menos el rojo, te hacia acordar a la sangre.
La incertidumbre de no volver a verte me mata cada día, no estaba en mis planes perderte, ¿o perdernos? Porque uno de nosotros dejó de respirar, pero ambos dejamos de vivir.
Después de todo, esto no se consideraba vivir. Despertar, darle de comer al gato, te dio mucha gracia llamarlo Karl después de haberlo encontrado tirado al lado de un libro de Karl Max, irme a trabajar, recibir pésames, irme a dormir.
Sin vos no era vida, era el infierno.
Lo intenté todo para que tu perdida no doliera tanto, alcohol, drogas, golpearme la cabeza hasta ir al hospital, incluso una vez me atreví a esconder tu foto favorita de nosotros dos. Era un tonto, porque una vez que te roban el corazón, y esa persona que se lo llevó muere, nadie puede traerlo de vuelta, ni al corazón ni al ladrón.
Entonces pensé, si no puedo traerte, me voy con vos.
No podría haber margen de error, tenia que resultar. Se me ocurrieron muchas ideas, muchas que taché rápidamente y otras que consideré seriamente, pero luego recordé como odiabas verme lastimado, así que seguí pensando, tenia que ser algo indoloro, o que yo lo consideraba como tal.
Me acordé de la vista de nuestro balcón, un noveno piso. Amabas levantarte temprano para ver el sol salir y llegar en el momento justo a casa para verlo esconderse.
Y en ese balcón, sentado en la baranda, mirando como la ciudad comenzaba a despertarse con el sol, sentí tu presencia. Tu mano tomando la mía, tu calor acunándome como si me estuvieras cantando una nana, tu voz tranquilizándome.
Y al dejarme caer, lo ultimo que vi fue a vos, sentado en esa baranda, con los ojos rodeados de lagrimas y una cara desesperada.
Sé que hubieras preferido que viviera, que disfrutara la vida, con o sin vos, que fuera feliz, que de apoco recuperara el color, pero no se pudo; porque te olvidaste que mi vida empezó cuando te conocí, cuando besaste cada una de mir heridas y me arropaste con ese cálido amor que desprendías.
Olvidaste que era un hombre sin rumbo, hasta que tomaste mi mano y me mostraste el camino.
Así que, para mí, este no era el final de todo, no, era un reencuentro, era cerrar con el oscuro vacío que dejaste en mi pecho y reencontrarte con mi corazón en tus manos, con tu bella sonrisa y tus ojitos achinados diciéndome “Bienvenido a casa”
Y, mi amor, por fin estoy de vuelta.
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