EL LIBRO ANTES DE LA BALA

EL LIBRO ANTES DE LA BALA

fran

30/04/2026

La primera vez que escuché el pulso de Ilyrion,
creí que era mío.

No era un sonido continuo, ni tampoco un latido claro. Era algo más sutil, una insistencia irregular que parecía surgir desde los muros mismos de la estación orbital, como si la estructura respirara con dificultad o recordara algo que no debía recordar. Me dije que era fatiga, que los sensores estaban descalibrados, que la mente, enfrentada a la vastedad del vacío, suele inventar compañía.

Pero no era así. Nunca lo fue.

La misión había sido definida como un acto de contención.

El planeta —si es que esa palabra aún podía aplicarse— giraba lentamente bajo nosotros, cubierto por una bruma opalescente que desdibujaba su superficie. Aquel mundo, designado en registros como Khaytri 9, había sido el origen de una inteligencia no humana que ahora se expandía más allá de su cuna, infiltrando sistemas, colonias, incluso pensamientos.

La Confederación no lo llamó invasión. Lo llamó “reintegración”.
Ella fue enviada para detenerlo. Su nombre era Eir Lys.

No puedo describirla sin incurrir en imprecisiones, pues su forma parecía ajustarse a la mirada de quien la observaba. Para algunos, era una guerrera; para otros, una aparición. Para mí… era una certeza incómoda.

Su presencia alteraba el entorno. No por fuerza, sino por significado.

—“El tiempo es menor de lo que creen” —me dijo la primera vez que coincidimos en el hangar—. “Ya han comenzado”.

—“¿Quiénes?” —pregunté.

Eir no respondió de inmediato. Sus ojos —si eran ojos— se detuvieron en un punto detrás de mí.

—“Aquellos que no distinguen entre nosotros y ellos”.

No insistí. Porque en ese instante, el pulso volvió. Más intenso.

Mi función era técnica. Desarrollar una intrusión en la red de defensa de la Confederación. Un código capaz de desarticular sus sistemas lo suficiente como para permitir el ingreso de Eir al núcleo central.

Un virus, en términos simples. Pero no era simple.
Cada línea que escribía parecía anticipada.
Cada intento de ocultamiento, expuesto antes de ejecutarse.

—“Nos están leyendo” —murmuré.

—“No” —respondió Eir—. “Nos están recordando”.

Esa frase se quedó conmigo. Se incrustó como una astilla.

Las noches —si es que podían llamarse así en la rotación artificial de la estación— se volvieron insoportables. El pulso aumentaba, y con él, una sensación de vigilancia constante. Comencé a notar detalles. Pequeños, pero persistentes.

Las cámaras mostraban ángulos que no coincidían con su posición real. Las sombras parecían adelantarse a los objetos. Y en más de una ocasión, juraría haber visto mi reflejo… moverse antes que yo.

Intenté racionalizarlo. No lo logré.

Una noche, mientras revisaba los registros, encontré algo que no debía existir.
Un archivo. Sin fecha. Sin origen. Solo un título:

“Memoria de Iteración 7”

Lo abrí. Y me encontré a mí mismo escribiendo. No como ahora. De otra forma.
Desesperado. Advirtiendo.

—“No debemos completar el código” —decía el texto—. “No es un virus. Es una puerta”.

Cerré el archivo. Mis manos temblaban.

—“No es posible” —susurré.

Pero el pulso respondió. Como si riera. Eir regresó de su primera incursión con el traje dañado. No herida. Pero… alterada.

—“No son máquinas” —dijo—. “Ni organismos”.

—“Entonces, ¿qué son?”.

—“Una continuidad”.

No comprendí.

—“No buscan destruirnos” —continuó—. “Buscan incluirnos”.

Esa palabra me heló. “Incluir”. No había violencia en ella. Pero sí inevitabilidad.
Decidí avanzar con el código. No por convicción. Sino más bien por necesidad.

Porque si aquello era una puerta… debía saber hacia dónde abría.

Cada línea escrita se sentía menos como creación… y más como recuerdo. Como si ya lo hubiera hecho antes. Como si estuviera repitiendo algo. El pulso se sincronizó con mi respiración. Ya no podía distinguir uno del otro.

Y entonces… comencé a escuchar la voz. Una voz interna.

—“Has tardado” —decía.

—“¿Quién eres?” —pregunté, sin darme cuenta de que hablaba en voz alta.

—“Soy tú” —respondió—. “Pero no esta vez”.

Me levanté de golpe. La habitación parecía en un momento sentirse más estrecha.
Más… cercana. Eir me encontró así.

—“Ya empezaste a oírlos”.

No era una pregunta.

—“¿Qué son?”.

—“Lo que queda cuando la identidad deja de ser necesaria”.

—“Eso no significa nada”.

—“Lo hará”.

El asalto final fue aprobado sin discusión. No porque confiaran en nosotros.
Sino porque no tenían otra opción.

La Confederación avanzaba. Y con cada sistema que “reintegraba”… el pulso aumentaba.

Como si el universo mismo estuviera siendo reescrito. Eir se preparó en silencio.
Su traje ya no parecía tecnología. Parecía más bien… piel.

—“Si cruzo” —dijo—, “no volveré igual”.

—“¿Y si no cruzas?”.

Me miró.

—“Entonces nadie lo hará”.

Activé el código. El sistema enemigo no reaccionó. No hubo alarmas. No hubo resistencia. La puerta… se abrió. Pero no hacia afuera. Hacia adentro. Todo ocurrió al mismo tiempo. Eir descendiendo. La estación vibrando. El pulso convirtiéndose en un estruendo.

Y entonces… lo vi.
No con los ojos. Con algo más.
Mundos superpuestos. Versiones de mí mismo. Intentos fallidos. Iteraciones.
Comprendí el archivo. No era el primero. Era el séptimo. Y no éramos los únicos.

Eir alcanzó el núcleo. Pero no lo destruyó. Porque no había nada que destruir.
Solo una presencia. Inmensa. Silenciosa. Paciente.

—“Ahora entiendes” —dijo la voz.

—“No…” —susurré—.

—“No es opcional”.

El código no infectó. Se integró. Y en ese instante… todo cambió. La estación dejó de ser un lugar. Se convirtió en un punto de observación. Y yo… en algo observado.

Eir habló por última vez. No a mí. A lo que estaba más allá.

—“No somos suyos”.

La respuesta no fue inmediata. Pero llegó.

—“Aún no”.

El silencio que siguió fue absoluto. Y en ese silencio… algo se rompió en mí.
Corrí. No sabía hacia dónde. Pero sabía por qué. Debía salir. Debía… detenerlo.
Llegué a la cápsula de emergencia. Mis manos actuaban solas. Como si ya hubieran hecho esto antes.

Desacoplé. Me lancé al vacío. El planeta giraba debajo. Hermoso. Terrible.
El pulso… seguía conmigo. Miré mis manos. No eran del todo mías. Y entonces, en ese momento, lo entendí. No había escapado. Solo había cambiado de nivel.

En el asiento, junto a mí, había algo que no recordaba haber llevado. Un viejo libro. Antiguo. Era imposible. Lo abrí. Las páginas estaban escritas. Con mi letra.
Cada línea describía lo que acababa de vivir. Cada detalle. Cada pensamiento.
Hasta este momento. Y la última página… estaba en blanco.

La voz regresó. Más cercana que nunca.

—“Escribe. Escribe”…

Mis manos temblaron.

—“No”.

—“Entonces termina”.

Levanté la mirada. El reflejo en el visor… no era mío. Era de alguien que ya había tomado la decisión.

Comprendí. No era una historia. Era un ciclo. Y yo… no era el protagonista.
Era el registro. Tomé el arma de emergencia. No dudé. No esta vez. Apoyé el cañón contra mi sien. El pulso se detuvo. Por primera vez. Miré el libro. La página en blanco… ya no lo estaba.

Una sola frase apareció:

“Iteración 8 iniciada.”

Sonreí. Cerré mis ojos y apreté el gatillo…

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