Isabel no solo era una pintora, era una marca. Sus lienzos vibrantes, siempre saturados de colores primarios y gestos audaces, colgaban en los salones más exclusivos del mundo. Había alcanzado gran fama y fortuna construida sobre el cimiento de su estilo inconfundible: un expresionismo optimista, fácil de digerir y, sobre todo, fácil de vender.

Pero mientras contemplaba su último cuadro, una explosión de amarillo neón y fucsia titulada “Euforia número siete”, sintió un vacío que ninguna suma en su cuenta bancaria podía llenar. La obra era superficial, ruidosa y no decía absolutamente nada. Isabel anhelaba la voz grave del arte, el murmullo de lo que realmente importa; la soledad, el miedo, la belleza de la fragilidad humana. Soñaba con paletas apagadas, con la profundidad del ocre y la honestidad del carbón.

La puerta del estudio se abrió sin que llamaran y entró César, su representante. Un hombre impecablemente vestido cuyo traje de lana fina era siempre más expresivo que cualquier emoción en su rostro. Llevaba una gran taza de café y una sonrisa tensa.

—¡Isabel, cariño, eres un genio! Acabo de cerrar la venta de “Euforia seis” por un 30 % más de lo esperado. ¡La gente está desesperada por tus colores! Qué alegría, Isabel. En estos tiempos la gente compra una forma de escapar de sus patéticas existencias. —César le ofrece el café que traía en las manos.

—César, no quiero pintar más escapes, —dijo Isabel con voz apenas audible. Giró un caballete que estaba a unos pasos de ellos para que el representante viera una obra que había empezado en secreto. Un lienzo casi monocromático, lleno de texturas rugosas, que representaban una figura humana encorvada bajo una luz fría.

César frunció el ceño, se acercó a la nueva obra como si temiera contagiarse de algo.

—¿Qué es esto? No entiendo que necesidad de hacer las cosas sombrías, esto es deprimente si me dejas serte franco. Lo que necesitas es seguir con la serie de cuadros de “Euforia”, eso es lo que quiere la gente y eso es lo que nos da de comer, no esta representación de la miseria humana.

—Pero este es el verdadero rostro del mundo, de la humanidad, sobre todo de esa gente que tiene los recursos para pagar mis cuadros. Es un intento de decir algo real. Quiero que mis obras tengan significado, que pueda tocar almas y no solo sean un mero entretenimiento y vanidad, no solo un brillo inútil que encandila a personas que creen saber de lo que hablan. ¡Quiero explorar la vulnerabilidad, la pobreza de la sociedad!

César soltó una carcajada seca, que sonó como papel de lija.

—La vulnerabilidad no paga tus facturas, no paga esta gran casa en la que vives, las paga esa gente que no sabe de lo que habla, que está dispuesta a consumir por tu felicidad, la felicidad y el brillo de tus cuadros, no esta parte más sombría que si te soy sincero ni siquiera es agradable. El mercado solo está dispuesto a pagar por las respuestas bonitas, no quiere hacerse preguntas, no quiere cuestionarse.

—No tiene que ser agradable, el arte…

—El arte —la interrumpió poniendo una mano sobre su hombro con una familiaridad irritante. —Solo es un negocio, del que hemos sacado provecho tú y yo, tienes el talento necesario para sacarles el dinero explotando esa vanidad de tus consumidores. Así que por favor olvídate de esas preguntas incómodas que a nadie benefician y termina la obra que va a pagar mis siguientes vacaciones.

César se fue dejando tras de sí el aroma a colonia cara y el eco de su pragmatismo.

Isabel se quedó sola, mirando el sombrío boceto y el chillón “Euforia número siente”. Por primera vez, sintió que su alma gritaba tan fuerte que no podía hacer caso omiso, esta vez le estaba exigiendo atención y que la escuchara atentamente. La fama era una cárcel dorada y el éxito se había convertido en su mayor obstáculo.

Tomó un bote de pintura de ocre quemado, el color de la tierra, de la introspección, y lo abrió. Cogió una espátula y con un movimiento decidido comenzó a borronear “Euforia Número siete”. El ocre denso y terroso se tragó al neón sin dejar rastro…

Al día siguiente cuando César regresó para ver el progreso se quedó paralizado en el umbral.

“Euforia siete” había desaparecido, ahora eran tonos ocres, terrosos, con una figura central apenas definida, una obra que te dejaba un hueco en el corazón. El color había sido sustituido por la textura y la alegría por la profundidad silenciosa y dolorosa. Era la obra más hermosa que Isabel había pintado jamás.

—¡Isabel! ¿qué has hecho? —dijo alzando cada vez la voz quebrada por la ira y el pánico. —¡Esto no se puede vender! ¡Es un desastre para nuestra marca!

—¿Nuestra marca?, No es nuestra marca, César, ¡es mi arte! Y no, no es un desastre, es lo que tenía que pintar, lo que de verdad quería expresar. Tal vez no se venda por un 30 % más o tal vez no se venda en absoluto, pero por primera vez, al mirarlo, no siento vergüenza.

César abrió la boca para protestar, para hablar de contratos y pérdidas, pero se detuvo. Había algo inquebrantable en ella, una rendición al arte que él no podía negociar.

Isabel se volteó mientras César se iba murmurando amenazas, ella se dedicó a contemplar su nueva obra. Había elegido la profundidad sobre la fortuna, y en ese silencio austero de su nuevo lienzo, Isabel encontró la paz que el ruido del éxito le había robado. El arte, por fin, la había liberado.

Una de las herramientas que usé para la actividad es la de Word, una herramienta de la que ya estoy familiarizado y se me hace muy sencilla de usar, por eso decidí seguir usándola en lugar de otras opciones que daban en la materia. Me gusta, en primer lugar, por lo sencillo que es la escritura y la corrección que te hace automáticamente, no necesito estar tan atento a la ortografía, ya solo al final una revisión rápida de que todo esté en orden, además de que ya conozco la manera de agregar elementos como imágenes de forma rápida. Para mí es la mejor opción para escribir, sobre todo redacciones cortas, aunque reconozco que algunas opciones de las que se hablaron en la unidad pudieran ser más útiles para proyectos más grandes ya que permiten tener un mayor orden y un mejor manejo de la información.

Otra herramienta de la que me ayudé fue el buscador de Google, igualmente ya bastante familiarizado y me ayudó para poder encontrar imágenes que me dieran ideas de cómo pudiera ser la locación en la que se iba a desarrollar mi historia. La materia me enseñó a buscar imágenes de libre uso, que era algo que no sabía y es muy útil para poder usar elementos sin violar los derechos de autor. Saber manejar lo mejor posible los buscadores hace que sea más fácil crear lo que quieras porque te ayuda a encontrar lo que realmente necesitas.

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