Dicen que la muerte es un túnel de luz.
Para mí, fue un grito.

No un grito mío. No me dio tiempo. Fue el del mundo.
El aire partiéndose en dos.
Cristales explotando en cámara lenta.
El metal desgarrándose como carne viva.
Y después, el silencio.
Ese que ya no es humano.

Todo pasó en segundos, pero yo lo viví en siglos.

Volvíamos del parque.
Mi hijo traía las rodillas sucias y los cachetes manchados de helado.
Ella le contaba un cuento inventado, de esos donde los animales hablan y el sol se pone cuando el protagonista dice “por favor”.
Los miraba. Feliz. Sin saber que la felicidad, a veces, es la antesala del abismo.

Cruzábamos la calle.

Escuché el auto antes de verlo.
Un destello metálico. Un rugido enfermo de velocidad.
El semáforo rojo.

No pensé. Los empujé con todo lo que tenía.
No sabía si alcanzaría.
Solo sabía que no podía dejar que los tocara.

Entonces… el golpe.

El mundo giró.
La sangre se me despegó del alma.
Y todo se detuvo.

No supe que estaba muerto hasta que me vi desde fuera.
No con ojos. Con algo más primitivo.

Mi cuerpo yacía torcido, la cabeza en un ángulo imposible, las manos abiertas.
Un recipiente vacío.

Ella gritaba mi nombre como si al repetirlo pudiera traerme de vuelta.
Él preguntó, con esa voz pequeña que todavía me atraviesa:

—¿Qué le pasó a papá?

No hay fuego más cruel que esa pregunta.

Ya no vivía. Pero me dolía.

La luz apareció.
Hermosa. Cálida.
No como una puerta, sino como un regazo.

Por un segundo la quise.

Pero no.

Dije “no” con todo lo que me quedaba.
Porque no podía dejarlos así.

La luz se apagó. Y yo me quedé.

Desde entonces, el mundo es una película muda.
Blanco y negro.
Sin temperatura.

Todo, menos ellos.

Ella y mi hijo todavía tienen color.
Calor. Música.

Él puede verme.
No siempre. No del todo. Pero me ve.

Ríe cuando jugamos. Me señala.

—¡Papá está ahí!

Ella sonríe con esa tristeza que no se va. Cree que es imaginación.

Pero no.

Estoy.

Intento consolarla en las noches.
Cuando llora en silencio.
Cuando muerde una almohada para no despertar al mundo.

Quisiera abrazarla.
Mi abrazo la atraviesa.

Aprendí a cuidar desde las sombras.
A espantar pesadillas.
A cerrar ventanas antes de las tormentas.

Hoy casi cayó por las escaleras.

Tropezó.

No sé cómo, pero lo detuve.

Fue como empujar el universo.

Y supe que algo en mí se rompía.

Llegó su quinto cumpleaños.

Me miró distinto.

—Papá… ya casi no te veo.

Ese “casi” fue mi despedida.

Durante la fiesta me quedé en un rincón.
Las voces eran ecos.
El mundo ya no me pertenecía.

Él sopló las velitas.

Levantó la vista.

Ya no me veía.

Pero sonrió.

Y eso bastó.

Me acerqué por última vez.
Besé la frente de mi esposa.
Después, la de mi hijo.

Y le susurré al viento:

Hijo, papá te ama.

Y aunque ya no me veas, siempre voy a caminar contigo.
En cada paso. En cada miedo. En cada triunfo.

Hasta que un día entiendas cuánto amor puede sostenerse sin cuerpo.

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