Lucía siempre había creído que todo ritual era, en el fondo, una forma de consuelo. Incluso los más crueles que había leído en los viejos informes de antropología los consideraba como intentos de ordenar el dolor, de darle una forma. Pero nada la preparó para ver a una madre sonreír con la sangre de un desconocido en los labios.
—Dicen que así el muerto deja de estar triste —dijo Marcos, sentado a su lado con el cuaderno abierto. —Que, si no prueban carne ajena, el espíritu se queda vagando y no los deja dormir.
Lucía pensó en todas las teorías que había repetido ante sus estudiantes; relativismo cultural, etnocentrismo, la obligación ética de no imponer la propia moral. Eran palabras elegantes, cómodas, hasta que el cuchillo se hundió en la piel del hombre que habían traído de fuera y los niños rieron como si asistieran a una fiesta de cumpleaños.
Aquella noche, mientras intentaba escribir el informe del día, descubrió que sus manos temblaban demasiado como para sostener la pluma. Sus pensamientos seguían sin ponerse en orden, nada en la carrera y en la vida de trabajo la había preparado para lo que acababa de observar, la letra se le quebraba después de cada frase, somo si el idioma también se resistiera a poner en orden lo que había visto.
—¿Qué tanto piensas?, solo describe lo que acabamos de presenciar, después hacemos los análisis pertinentes. —Marcos está acostado en la hamaca con los ojos cerrados.
Lucía levantó la mirada y vio a Marcos que seguía sujetando el cuaderno contra el pecho, como si temiera que alguien se lo arrancara en mitad de la noche.
—¿Y dónde va lo que sentimos? —preguntó ella.
Marcos tardó en responder.
—Eso no va en el informe —dijo al fin—. Eso va en otra parte… o no va.
El zumbido de la selva se coló entre los dos, espeso, lleno de chasquidos y de un murmullo rítmico que llegaba desde las chozas. Era el mismo canto grave de la mañana, solo que ahora no había fuego ni cuchillos, solo voces que parecían mecer a alguien invisible.
Lucía se levantó y se asomó por la rendija de la puerta. En la casa grande, la familia del difunto estaba reunida en círculo. Nadie lloraba. La viuda, la misma mujer que horas antes había sonreído con la sangre en la boca, dormía con la cabeza apoyada en el hombro de su cuñado. El hijo más pequeño jugaba con un trozo de tela, murmurando algo que Lucía no alcanzó a entender.
Pensó en los velorios de su infancia: el café aguado, los rezos mecánicos, los rostros agotados al amanecer. Pensó en su madre, consumida durante meses por una pena que no sabía dónde dejar.
Aquí, en cambio, todo parecía… terminado.
No era alegría. No era ausencia de dolor. Era otra cosa: una calma feroz, compacta, como si el mundo hubiera vuelto a encajar en su sitio después de un breve temblor.
Lucía cerró la puerta con suavidad.
—Están durmiendo —dijo—. Todos.
—Es lo que dicen —respondió Marcos—. Que, si no comen, el muerto no los deja en paz.
Ella volvió a sentarse frente al cuaderno. La hoja en blanco le devolvió la mirada.
“Hoy he visto un alivio que me parece monstruoso”, escribió, y luego tachó la frase con rabia.
No era neutral. No era científica. Pero era lo único honesto que tenía.
En los días siguientes, el pueblo volvió a su rutina como si nada hubiera ocurrido. Los niños corrían detrás de las gallinas, las mujeres lavaban ropa en el río, los hombres se internaban en la selva con sus machetes y regresaban al atardecer con los hombros cargados de leña o de presas pequeñas.
Solo quedaba un rastro, casi invisible, de lo sucedido: el anciano padre del difunto caminaba más erguido. Sus manos, antes temblorosas, sujetaban el bastón con firmeza. Se le había desdibujado esa rigidez en la mandíbula, ese gesto de alguien que lleva demasiado tiempo apretando los dientes por dentro.
Lucía lo observó desde lejos varios días, tomando notas que no sabía en qué categoría poner. “Efectos post-rituales en dolientes”, escribió al margen. “Cambio en lenguaje corporal. Risa más frecuente.”
Pero, por las noches, cuando apagaban la lámpara de queroseno, las imágenes volvían: los dientes hundiéndose en la carne, la sangre en las comisuras de la boca, la risa de los niños. Y, junto a todo eso, la serenidad del anciano, su respiración por fin profunda, sin sobresaltos.
—¿Alguna vez pensaste que algo así podría… ayudar? —preguntó una de esas noches, en voz baja.
Marcos tardó en contestar.
—Creo que ayuda a ellos —dijo—. Eso es lo importante para el estudio.
—No hablo del estudio.
Un silencio espeso cayó sobre la cabaña.
Lucía recordó a su padre. La cama de hospital, el olor a desinfectante, las visitas cada vez más cortas, más huecas. La forma en que el mundo había seguido igual después de que él muriera, mientras ella caminaba durante meses como si llevara un cuerpo adherido al suyo.
—Hay duelos que no se terminan nunca —susurró—. Ni con misas, ni con flores, ni con terapia.
Se quedó esperando que Marcos la corrigiera, que le recordara el relativismo cultural, el protocolo, la distancia profesional. Pero él no dijo nada.
Solo entonces comprendió que no era la única a la que el ritual le había dejado una grieta abierta en medio de la cabeza.
El segundo muerto llegó antes de lo que esperaban.
No fue un accidente ni una enfermedad. Fue la hija adolescente de una de las familias que más confianza les tenía: había salido a cortar leña y la encontraron al amanecer, al borde del río, con el cuello torcido en un ángulo imposible. Nadie supo decir si se había resbalado o si algo más la había empujado.
Lucía estuvo allí cuando llevaron el cuerpo a la casa grande. Vio cómo la madre se arrodillaba en silencio, cómo le acomodaba el cabello a la muchacha como si todavía pudiera despertarla. Vio al padre clavado en el marco de la puerta, inmóvil, con los puños tan cerrados que los nudillos se le ponían blancos.
No hubo gritos. No hubo desmayos. Solo un murmullo denso, una decisión que empezó a circular de boca en boca como una corriente subterránea.
—Esta noche —tradujo el joven que a veces les ayudaba con el idioma—. Dicen que no pueden esperar. Que la chica está inquieta.
Esa palabra —inquieta— se le quedó pegada a Lucía todo el día. Caminó por la aldea con el cuaderno en la mano, apuntando gestos mínimos: la forma en que la madre seguía arreglando la choza, doblando mantas, guardando objetos de la hija en una cesta de palma; el modo en que el padre afilaba el machete una y otra vez sin usarlo, solo escuchando el roce del metal.
—Hoy no deberíamos estar —dijo Marcos al caer la tarde—. Es demasiado pronto. Para ellos. Para nosotros.
—La otra vez también fue pronto —respondió Lucía—. Y aun así…
No terminó la frase. No hacía falta. Ambos sabían lo que había visto: el antes y el después, el nudo en las manos del anciano que se aflojaba después del banquete.
Esa noche no los dejaron en el margen.
Un grupo de hombres fue a buscarlos a su cabaña. No llevaban armas visibles, solo antorchas.
—Dicen que ustedes escuchan a los muertos —dijo el traductor, incómodo—. Que los escriben. Quieren que estén allí. Que vean que la chica se va tranquila.
Marcos dudó. Nunca, en ningún protocolo, se hablaba de ser invitados como testigos de honor.
—Solo observar —murmuró—. No intervenimos en nada. ¿Entendido?
Lucía asintió, pero algo en su estómago ya sabía que esa línea se estaba borrando.
Dentro de la casa grande, el aire olía a humo, hierbas y sudor. El cuerpo de la muchacha estaba cubierto con una tela tejida, solo los pies descalzos se asomaban. A un lado, la madre se aferraba a un collar de cuentas, girándolo entre los dedos hasta lastimarse la piel. No lloraba. Ni siquiera parpadeaba.
Cuando trajeron al forastero —un hombre delgado, de otra comunidad, con la mirada perdida de quien no entiende del todo qué hace allí—, Lucía sintió que algo se le contraía en el pecho. Pensó, por un segundo absurdo, que debía decirle que corriera. Que todo aquello era una locura, un crimen, una aberración.
Pero el padre de la muchacha la miró justo en ese instante.
No era una mirada de súplica ni de amenaza. Era otra cosa: una especie de petición muda de que entendiera, de que viera completo el gesto, no solo el cuchillo.
Cuando el ritual terminó, cuando la carne fue repartida y las voces se hicieron más bajas, Lucía volvió a fijarse en el padre. Sus manos ya no temblaban sobre el machete. La mandíbula se le había relajado. En un momento, incluso, se permitió un suspiro largo, casi un gemido, que se fue apagando en el pecho de la viuda, apoyada ahora sobre él.
Aquella noche, de vuelta en la cabaña, Lucía no escribió nada. Se limitó a escuchar su propia respiración, entrecortada, y la de Marcos, que sonaba irregular en la hamaca de al lado.
—Él también estaba asustado —dijo de pronto, sin presentaciones.
—¿Quién? —preguntó Marcos, aunque sabía la respuesta.
—El hombre que trajeron. No entendía. No sabía por qué le tocaba a él. Pero… —Lucía cerró los ojos— …ellos sí sabían por qué lo necesitaban.
Hubo un largo silencio.
—No podemos permitir que eso se normalice en nuestra cabeza —dijo Marcos al fin—. Es parte del trabajo mantener una distancia. Si empezamos a encontrarle sentido, estamos perdidos.
Lucía no contestó. Porque, en lo más profundo de su estómago, un pensamiento la había atravesado con la claridad brutal de un relámpago: si mi padre hubiera tenido algo así…
No era un pensamiento que pudiera escribir en ningún informe.
La fiebre llegó unos días después, sin anuncio.
Al principio fue solo un brillo raro en los ojos de Marcos, un cansancio que atribuían al calor y a las caminatas largas. Él mismo se reía, se tocaba la frente con el dorso de la mano y decía que estaba “un poco cocido, nada más”.
—Te estás deshidratando —le insistió Lucía—. Toma más agua, descansa un día, no pasa nada si hoy no salimos.
Pero la fiebre no bajó. Por la noche, el cuerpo de Marcos ardía tanto que la hamaca crujía con cada pequeño espasmo. Murmuraba palabras sueltas en castellano y en la lengua de la tribu, mezclando nombres de autores con el de los ancianos, como si estuviera corrigiendo un texto invisible.
—Es solo una infección —repetía Lucía, más para sí misma—. En la ciudad serían antibióticos y reposo. Nada más.
Buscó entre las medicinas que traían en la mochila: unas cuantas pastillas para el dolor, suero oral, un antibiótico de espectro amplio que decidió racionar como si pudiera estirar su efecto con pura voluntad. Se lo dio puntual, lo obligó a beber, le cambió las camisetas empapadas de sudor.
La fiebre siguió subiendo.
Una madrugada, Marcos abrió los ojos de golpe y la miró como si acabara de recordar algo importantísimo.
—No dejes… —murmuró— no dejes que me quede… aquí.
Lucía se inclinó sobre él.
—No hables, Marcos. Respira. Estoy aquí.
Él sonrió, una mueca breve que le torció la boca.
—Si me muero, descríbeme bien —susurró—. No me hagas un mal trabajo de campo.
El chiste, que otro día le habría sacado una carcajada, le cayó en el pecho como una piedra. Intentó responderle con algo inteligente, pero las palabras se quedaron atoradas.
La mañana que él dejó de respirar, no hubo anuncio. No hubo estertores dramáticos ni gritos. Solo un momento exacto en que la cabaña se llenó de un silencio distinto, como si alguien hubiera cerrado una puerta por dentro.
Lucía tardó varios segundos en entender que el silencio venía de la hamaca de al lado.
Lo llamó por su nombre tres veces. Lo tocó en el hombro, en la mejilla, en el cuello. El cuerpo ya estaba demasiado quieto, demasiado pesado. El cuaderno que Marcos solía abrazar se le había resbalado al suelo, abierto en una página en blanco.
Lucía lo recogió y lo apretó contra su propio pecho, como si así pudiera sostener también el cuerpo que, sin embargo, empezó a alejarse de ella con una rapidez que la dejó sin aire.
No lloró. No supo cómo.
Solo se quedó allí, sentada en el suelo de tierra, con el cuaderno entre las manos y la boca llena de un gusto metálico que no venía de ninguna herida.
La noticia se extendió por la aldea con la misma velocidad con que se esparce el humo: silenciosa, persistente, inevitable.
Las mujeres llegaron primero, en grupo, con los ojos bajos. Una de ellas se acercó al cuerpo de Marcos y le acomodó los brazos sobre el pecho con una delicadeza que a Lucía le recordó a la madre de la muchacha muerta junto al río.
Los hombres se quedaron en la puerta, murmurando entre ellos. El anciano padre del primer difunto —el que ahora caminaba erguido— empuñaba el bastón como si fuera una ofrenda.
Nadie tocó a Lucía. Nadie la abrazó. Pero todos se quedaron allí, rodeándola, respirando con ella en esa cabaña que de pronto se sentía demasiado pequeña para tanto cuerpo vivo y uno muerto.
Al rato llegó el traductor.
—Dicen que tu hombre está inquieto —dijo, sin rodeos—. Que su espíritu no sabe a dónde ir.
Lucía clavó la mirada en el rostro de Marcos. Le parecía imposible que algo suyo pudiera estar haciendo ruido en otra parte.
—No entienden que él no es de aquí —respondió, con la voz más áspera de lo que pretendía—. En su casa no se hace esto. No lo… no lo necesitan.
El traductor tragó saliva. Miró al anciano, que no apartaba los ojos del cadáver.
—Dicen… —continuó, eligiendo las palabras— que el cuerpo no entiende de casas. Que el dolor es el mismo en todos los pueblos. Y que, si tú no duermes, él tampoco.
Lucía abrió la boca para protestar, pero se detuvo. No recordaba la última vez que había dormido de verdad. Desde la fiebre de Marcos, cada noche había sido una guardia interminable junto a su respiración, como si el simple hecho de escucharlo la mantuviera a ella del lado de los vivos.
—Podemos velarlo como en mi país —dijo, aferrándose a la idea como a una tabla en el río—. Rezar, cantar, escribir su nombre… existen otras formas.
El anciano se adelantó un paso, apoyado en el bastón. Habló despacio, con una voz que el traductor siguió, frase por frase.
—Dice: ya has visto cómo quedamos nosotros cuando no hay carne.
Dice: recuerdas a la familia que no pudo hacer el banquete hace años.
Dice: ¿quieres que eso te pase? ¿Quieres que tu hombre se te quede pegado aquí —el traductor se señaló el pecho—, apretando, apretando, hasta que no puedas respirar?
Lucía pensó en el padre de la muchacha muerta, afilando el machete hasta casi romperlo. En su propio padre, disolviéndose lento en la cama del hospital. Pensó en sí misma ahora, con el pecho lleno de algo que no encontraba salida.
—No puedo permitir… —empezó.
—No se trata de permitir —la interrumpió el traductor, con una dureza que no le había escuchado antes—. Se trata de dejar ir.
Las palabras la golpearon con una familiaridad incómoda. “Dejar ir” era lo que repetían los psicólogos, los curas, los amigos bienintencionados en la ciudad. Aquí, esas mismas palabras venían envueltas en humo, cuchillos y carne ajena. Pasaron dos noches sin que Lucía pegara los ojos.
El cuerpo de Marcos, cubierto ahora con una tela limpia, empezaba a oler distinto, un dulzor agrio que se mezclaba con la humedad de la selva. Cada vez que Lucía cerraba los párpados, veía su rostro tal como había quedado al final: la boca entreabierta, una arruga nueva entre las cejas, como si se hubiera quedado a mitad de una pregunta.
No rezó. No cantó. No encontró ninguna de las palabras que conocía en su lengua para hablarle a un muerto.
El tercer día, el anciano volvió, esta vez acompañado por dos hombres jóvenes y el traductor. Traían antorchas, aunque el sol seguía alto.
—Dicen que no pueden esperar más —anunció el traductor—. Tu hombre está haciendo ruido.
Lucía se dio cuenta de que también ella estaba haciendo ruido: su respiración entrecortada, el temblor constante en las manos, el crujido de sus dientes al apretarlos por las noches. Todo su cuerpo era un instrumento desafinado tocando la misma nota.
—¿Qué quieren que haga? —preguntó, cansada. No era una rendición, pero se le parecía.
El anciano habló largo rato. El traductor resumió:
—Quieren hacerle un Banquete de Tránsito como a los suyos. Pero necesitan… —vaciló— necesitan al que camina sin nombre.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
El joven señaló hacia el río.
—El que llega y se va. El que no es de nadie. A veces es un comerciante. A veces alguien que viene a buscar trabajo. A veces solo pasa. Dicen que hoy vendrá uno. Lo han soñado.
La idea de un hombre desconocido, probablemente cansado y confiado, navegando hacia allí sin saber lo que lo esperaba, le dio náuseas. Pero, junto con el asco, sintió otra cosa: una punzada de esperanza tan violenta que casi le dio vergüenza.
Si lo hacen, pensó, si lo hacen, quizás esto pare. Quizá Marcos deje de… qudárseme aquí dentro.
—Yo… —dijo, y la voz le salió rota— yo no puedo decidir eso por él.
El anciano la miró largo rato, sin parpadear. Volvió a hablar.
—Dice que ya decidiste al venir —tradujo el joven—. Que los que cruzan el río aceptan las reglas del suelo en el que pisan. Y que tu hombre ya está de este lado.
Lucía sintió que el piso se le movía bajo los pies. Recordó su llegada meses atrás: la lancha, la emoción, los discursos sobre respeto cultural, sobre aprender sin juzgar. Recordó la primera frase que había escrito en su diario de campo:
“Estamos aquí para mirar”.
Ahora el pueblo entero parecía mirarla a ella, esperando una respuesta que los autorizara a hacer lo que de todas formas iban a hacer.
Lucía salió de la cabaña con el cuaderno apretado contra el pecho. El pueblo entero la miraba como si esperara una señal. El anciano levantó el bastón y señaló hacia el río. Allí, entre la bruma, se acercaba una canoa con un hombre delgado, cargando un saco de provisiones. No parecía un enemigo ni un criminal, solo alguien que había tomado el camino equivocado.
El traductor murmuró: —Dicen que es el que camina sin nombre. El que llegó para que tu hombre se vaya en paz.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Pensó en Marcos, en la fiebre, en la última sonrisa torcida, en la súplica de no dejarlo “quedarse aquí”. Pensó en su padre, en la cama de hospital, en el peso interminable de un duelo sin salida. El cuchillo que le ofrecieron estaba frío, pero su pecho ardía como si llevara dentro una hoguera.
El forastero la miró con desconcierto, sin comprender el idioma ni el murmullo grave que lo rodeaba. Lucía dio un paso hacia él, y el círculo se cerró detrás. Nadie lo sujetó. Nadie lo detuvo. Era como si todo el pueblo supiera que la decisión debía ser suya.
Cuando hundió el cuchillo, el grito se mezcló con el canto. El cuerpo cayó, y las manos de los hombres lo levantaron con rapidez, como si temieran que el espíritu escapara. La sangre corrió por sus dedos, tibia, metálica, y ella no apartó la mirada.
El banquete comenzó, toda la tribu reunida para el ritual y Lucía observando como el anciano desollando el cuerpo inerte del forastero. Lucía alargo la mano tomando el pedazo de carne que el anciano le acercaba, su respiración agitada se iba calmando cada vez un poco más.
La selva entera parecía contener el aliento. El anciano se inclinó hacia ella y dijo, a través del traductor: —Ahora tu hombre duerme.
Lucía cerró los ojos. El sabor metálico seguía en su boca, pero por primera vez en semanas, el silencio no le pesaba. El cuaderno permaneció en blanco, como si las palabras ya no fueran necesarias.
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