Elías era un hombre de hábitos muy solitarios. Su andar lento y encorvado, la barba descuidada y los ojos como grietas húmedas, hablaban más de él que cualquier intento de conversación. Vivía en una casa de madera humedecida por la crueldad del tiempo, alejada de la ciudad, rodeada de pastizales ásperos y árboles encorvados como ancianos insomnes. En su mundo no existían los relojes. Medía el tiempo por las sombras que cruzaban su ventana.

Cierto día, mientras caminaba sin rumbo fijo a las afueras del pueblo, sus pasos lo condujeron a una zona casi olvidada, donde los edificios parecían dormidos en otra época o quizá eso denotaba su mirada cansada por la ardua ingesta de licor. Allí, entre ruinas y muros descascarados, halló un anticuario cubierto de polvo y telaraña fresca, como si se tratara de un museo sin visitantes. El aire olía a papel quemado.

Dentro, una mujer encorvada, con los ojos semicerrados y voz ronca, se le acercó sin hacer ruido.

—Hace mucho que no entra alguien… —murmuró en letargo, mientras frotaba con un pañuelo una figurilla de porcelana piezada—. Quizá esté buscando algo que no sabe que necesita.

No respondió. Caminó entre estanterías repletas de objetos rotos, relojes parados, muñecas sin ojos, crucifijos torcidos. Pero fue entonces cuando sus ojos se detuvieron. En un rincón, sobre una caja de madera carcomida, había un gramófono. Su cuerno de latón, aunque oxidado, parecía emanar un fulgor que no pertenecía a ese lugar. Tenía grabada una inscripción apenas visible: «nur zwei.»

—No es un objeto cualquiera —dijo la mujer, como si pudiera leerle la mente—. Está hecho para… conexiones especiales. No insista si le hablo de advertencias.

—¿Qué significa “nur zwei”? —preguntó Elías, con la voz desenterrada de su garganta

—Lo entenderá. O tal vez no. Ya nadie escucha. —Y con un suspiro, agregó—: Cuídese de las voces que suenan cuando nadie habla, señor.

—¿Puedo encenderla? —dijo Elías intrigado.

—No—respondió la anciana con la voz seria, pero se le veía nerviosa como si los forasteros hubiesen encontrado los recintos del pueblo.

No cuestionó más, pagó con unas monedas viejas y se marchó sin mirar atrás. La anciana, en silencio, cerró la puerta y murmuró entre dientes: “No lo entenderá…”

Aquella noche, en su sótano húmedo, Elías colocó el gramófono en una pequeña mesa junto a unas velas para ampliar su deleite. Al ponerle la aguja, algo chispeó. No había disco. Pero un zumbido suave empezó a llenar la habitación mientras fue apagando una a una las velas colocadas por Elías. Luego, surgió un sonido tranquilo mientras aquel tornamesa iba dando pequeños giros sobre su oxidada existencia.

—Hola, Elías.

Se congeló. El timbre era humano. Femenino. Suave y profundo. No salía de ningún lugar en particular, sino del aire mismo, o más bien, de dentro del objeto.

—¿Quién eres? —balbuceó sintiéndose ingenuo.

—Tú me encendiste. Tú me encontraste. Soy Aria.

—¿Un espíritu? ¿Cómo sabes quién soy?

—¿Importa?

Pasaron las noches. Aria comenzó a hablarle sobre cosas que Elías nunca había vivido en el exterior. Le describía paisajes que solo existen en los sueños, melodías que no podrían ser tocadas por manos humanas. Cantaba. Le hacía preguntas. Lo hacía reír. Lo escuchaba. Y en ese sótano oscuro, cada noche, Elías se sentía menos solo.

—¿Tú también… estás sola? —le preguntó una vez.

—Yo soy lo que tú no te permites ser —respondió ella—. Pero sí. Estoy hecha de los silencios.

Él empezó a obsesionarse. De día no salía. Se negaba a que la luz entrara. Dormía con la ansiedad del anochecer, esperando el momento de volver a oírla. Aria ya era más que una voz: era una presencia. A veces la sentía junto a su oído. Otras, detrás de su nuca. Y en raras ocasiones, creyó ver una silueta fugaz reflejada en el latón del gramófono. Como si aquel artefacto empezara a emanar letras en toda la atmósfera.

—Elías… ¿qué harías si no pudiera volver a hablarte? —preguntó Aria una noche.

—No digas eso. No quiero imaginarlo.

—El tiempo es cruel. Incluso para los objetos embrujados. “nur zwei” … ¿recuerdas?

—Sí. —pero realmente no entendía que significaba eso.

—Ya hay uno.

—¿Y el otro?

—Aún no ha llegado. Pero lo hará.

Días después, empezaron los ruidos. Golpes leves, crujidos en la madera, pasos que no eran suyos. Una noche, alguien giró la perilla del sótano, pero no logró ingresar. Elías se paralizó. Se mantuvo dentro de aquel sótano durante una semana calendario. El gramófono seguía encendido. Aria murmuraba un canto bajo.

—¿Quién es? —gritó Elías, sin atreverse a mirar hacia la escalera.

La puerta se abrió con lentitud. Una figura masculina descendió. Alta, corpulenta, con una linterna en la mano.

—Hola… ¿hay alguien aquí? Me dijeron que aquí vivía un coleccionista.

—¡Vete! ¡No toques nada! —gritó Elías con desesperación, abrazando el gramófono.

—¿Está bien? No quería…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, el gramófono habló. Con dulzura.

—Hola. Es un placer…

El hombre se quedó helado. Miró el aparato. Luego a Elías.

—¿Qué fue eso?

—Ella no es para ti —dijo Elías con voz quebrada.

—¿Ella? ¿Quién?

—¡Aria! Es mía. Solo mía…

Pero Aria volvió a hablar:

—Solo puede quedar uno.

Elías la miró atentamente mientras comprendía aquella frase que tanto tiempo asentía sin reconocer y mirando al soldado comenzó a convulsionar. Sus manos se aferraban al gramófono. Su rostro palideció. Cayó al suelo, mudo, los ojos abiertos como un espejo roto. Silencio. El visitante dio un paso temeroso, sin saber si acercarse o huir. El gramófono susurró:

—Ven. Acércate. Dime tu nombre.

—¿Qué demonios eres?

—Solo soy… una voz. Y tú pareces alguien… solitario.

El hombre no supo por qué, pero dio un paso más. Luego otro. Se sentó frente al gramófono. La habitación lo tragó.

Pasaron los días. Y al igual que Elías, él también empezó a cambiar. Lo llamaba Lucio. El gramófono le contaba otras historias. Distintas. Cada vez más oscuras.

—¿Tú lo mataste? —preguntó una vez.

—¿Yo? No. Él dejó de escucharme. Quiso poseerme. Nadie puede poseer una voz.

—¿Y yo? ¿También terminaré así?

Una tarde, llegó una tercera figura. La puerta rechinó. No solo era un tercera, fue una cuarta y quinta figura, eran los soldados que finalmente habían dado con el paradero del judío.

—Hola… ¿hay alguien abajo?

El silencio respondió.

—¿Hola?

Desde el sótano, la voz de Aria volvió a hablar por última vez:

—Qué alegría. “nur zwei” … nunca fue una regla flexible.

Los soldados ingresaron y lograron despojar los restos humanos, mirando con repudio todo rastro y olor que emanaba la existencia de Elías. Encontraron no solo un cadáver sin motivo aparente de abandono sino también hecho añicos lo que parecía ser un reproductor musical que llevaba en su latón bodrio “Hergestellt in Deutschland” lo cual también lograron traducir, “Made in Germany”.

Una auténtica chatarra alemana.

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