Estamos en el último día del 2025. Un día en que la mayor parte de la gente hace una retrospectiva sobre los doce meses que transcurrieron; visualizamos y repensamos en los triunfos, los días favoritos, las mejores fotos, las mejores convivencias, logros, y claro, las pérdidas y los fracasos.
Durante 365 días fui parte de diferentes acontecimientos, algunos más agradables que otros, pero sin duda, el más difícil ha sido dejar junto a mi familia el hogar/la casa que me vio crecer durante veinticinco años.
La razón que nos ha obligado a buscar un nuevo hogar no se ha debido a nuevas oportunidades laborales, profesionales o económicas. Esta vez los desastres naturales nos alcanzaron al grado de dejar inhabitable nuestra vivienda. Con ello se han ido sueños y deseos colectivos.
Según la Secretaría de Gestión Integral del Agua en 2025 se registró en Ciudad de México y el Estado de México un acumulado de mil 600 millones de metros cúbicos de lluvia, provocando diversas inundaciones en distintas localidades que contemplan ambas áreas geográficas. Esta cifra es asombrosa ya que desde 1941 en México no se habían desembocado lluvias con tanta intensidad pluvial.
Confieso que la lluvia es algo natural que está en nuestro diario vivir, pero durante mi corta vida siempre le he temido, ya que desde que tengo memoria las inundaciones han afectado inimaginablemente el lugar que habitaba. Escribí “inimaginablemente” porque cuando compartía anécdotas con la gente que me rodeaba sobre la magnitud de cómo me afectaba la lluvia me sentía tonta, porque a ellos les parecía irreal y reaccionaban de forma desapercibida ¿Estaba yo exagerando?
Durante mis veinticinco años las inundaciones de mi localidad nunca nos habían afectado de la manera que lo hicieron durante este 2025. Siempre había prevalecido la esperanza en que en algún momento todo cambiaría. Nuestra ilusión siempre estuvo en que tal vez las promesas del gobierno sobre arreglar la problemática se harían realidad, cada inicio de año deseábamos con todas nuestras fuerzas que las lluvias fueran leves. Hacer arreglos y cambios en la casa nunca fue suficiente, sino era la coladera del baño, era la del patío, pero si podíamos combatir ambas, el agua de la calle no perdonaba. Nuestra última esperanza era la asesoría de un arquitecto, pero era abrir y cerrar entradas que al final provocarían que la casa dejara de parecer casa.
Nuestra esperanza se agotó en las mil y un “posibilidades”. El agua provocada por las lluvias del 2025 determinó la decisión. Los comentarios ajenos sobre nuestra decisión brotaban por todas partes: que esperáramos más tiempo, que buscáramos más alternativas que nos hicieran conservar la casa, que la casa estaba en una “buena ubicación”, pero al final nadie experimentó la gravedad de lo que inundó nuestras vidas.
No merecíamos seguir viviendo entre la humedad, en medio de la incertidumbre, en salir de casa sin poder entrar, en el temor de saber la cantidad de precipitación que caería por día…en fin, no merecíamos acostumbrarnos a lo contranatural.
Más allá de las pérdidas materiales, pienso en el lugar que me vio crecer: los recuerdos, las vivencias, la experiencia, la costumbre, el vecindario y por ello digo que no dejamos una casa (un lugar), dejamos identidad(es) construida por un linaje familiar de tres generaciones.
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