Mesa para uno

La cafetería estaba llena. El café competía con la lavanda de los perfumes, el cardamomo de las lociones y la menta de los alientos.

La gente actuaba agradable: toques en los hombros, apretones de manos, besos en las mejillas y caricias discretas. Se miraban a los ojos, y cuando no, detallaban la belleza en las pequeñas imperfecciones.

Valeria estaba sola en una de las mesas alejadas de la puerta. Decidió que no quería resaltar demasiado: una blusa crema con botones y una falda ceñida color chocolate. Los zapatos bajos equilibraban el conjunto.

En la mesa sólo había un servilletero, una cucharilla pequeña y un sobre de azúcar.

Apoyaba la cabeza en su mano izquierda. El índice golpeaba la mesa con cierto ritmo, aludiendo a alguna canción que escuchó en la radio del taxi que la trajo hasta allí.

Observaba a las personas reunidas y a los meseros corriendo de un lado a otro. Algunos platos se le antojaban, otros disminuían su apetito. Detalló a los hombres: la diversidad de sus cuerpos, de sus estaturas, de las formas en que representaban con las manos lo que decían.

De un discreto bolsillo de su falda extrajo su teléfono. Entró a Whatsapp. «Nos vemos allá» era el último mensaje recibido. Hacía una hora de eso.

La puerta del local se abrió. Guardó el teléfono a toda prisa, se enderezó en la silla y enfocó la mirada con los labios entreabiertos. Entraron más personas: tres hombres y cuatro mujeres.

Mordió su lengua. Regresó a la postura inicial. Su índice se mantuvo quieto.

Barrió el local de nuevo y ahora todos los platos lucían insípidos. Los hombres parecían más rudos a la par que dulces.

—Buenas, disculpe la tardanza —dijo un mesero con los cachetes rojizos.

Llegó, dejó el plato y se fue. Una especie de pastelito café con una bola de helado blanca encima, y un corazón hecho de salsa de chocolate que poco a poco perdía su forma. Valeria lo detalló. No era lo que había pedido.

—Eh… Disculpe, señorita —dijo, unos segundos después, una voz masculina detrás de Valeria. Al tiempo, el dueño tocaba su hombro.

Valeria rotó sobre su peso. Se encontró con una cara de ojos soñolientos y patillas canosas. El hombre, un poco inclinado desde la mesa contigua, vestía un saco gris con una camisa blanca debajo, un pantalón de mezclilla negro a juego con la corbata, y unas zapatillas deportivas algo gastadas. Hizo un pequeño ademán con la mano y sonrió sin mostrar los dientes.

—Buenas… Eh… Creo que se equivocaron con nuestros pedidos.

Valeria levantó una ceja y miró la mesa del tipo. Un plato con varios tipos de fruta cortadas en tiras, bañadas en crema de leche y decorado con maní y pasas. Efectivamente, era su orden.

Valeria tragó saliva, tomó uno de los mechones que acariciaban su mejilla y lo puso detrás de su oreja.

—¿Está esperando a alguien? —preguntó Valeria. Su voz era como un falsete ensayado.

El hombre parpadeó. Miró hacia la puerta de la cafetería mientras rascaba su cabeza. Tomó aire.

—No… Eh… No, no. Vine aquí esperando… —El hombre aflojó un poco la corbata y carraspeó—. No, estoy solo.

Valeria asintió. Se notó las palmas húmedas y, con disimulo, las pasó sobre su pantalón. Se acomodó en su silla, tomó el plato con pastelito y helado y lo alejó al otro extremo de la mesa. Regresó la mirada al hombre y señaló la silla vacía frente a ella.

—¿Le gustaría acompañarme? —dijo Valeria. El hombre percibió la pregunta como la entonación matizada de una mezzosoprano— Yo también… Tampoco espero a nadie.

Aquella mirada de sueños interrumpidos se iluminó. Asintió, tomó el plato de frutas poniéndose de pie y lo colocó frente a Valeria, sopesando cada movimiento, casi como un baile.

Se miraron con la satisfacción propia de la llenura antes del primer bocado.

El hombre tomó asiento. Valeria, bajo la mesa, tomó su teléfono y lo apagó.

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