Una noche más

Una noche más

M.R

08/03/2023

—Otra noche monótona. —Dejó escapar en medio a la velada.

La luz de la luna entraba por los ventanales, iluminando la extensa biblioteca de la mansión. Sobre la pequeña mesa a su lado, la botella de vino casi vacía acompañaba al libro que acababa de terminar por vigésima vez. La copa de cristal bailaba entre sus dedos, haciendo girar el elíxir carmesí que contrastaba con su piel pálida.

Sus largas ondas plateadas caían por sobre su traje victoriano, trazando un sendero hasta sus piernas, donde sus largas botas negras casi no dejaban apreciar el realce que la malla blanca le proporcionaba a sus firmes músculos, mientras que el chaleco negro ajustaba su cintura bajo el largo saco azul marino.

Una vez más cuestionaba su despertar, pues nada había logrado captar la atención de sus ojos azules.

Se mantuvo inmóvil en el sillón, en completo silencio, atento a cualquier movimiento. Un llamado, una carta, un golpe, un grito. Necesitaba algo que lo hiciera salir de allí, de seguir siendo prisionero de su propio hogar, de sus pensamientos, de su rutina, de su culpa.

Sus oídos no captaron nada más que los pasos de la joven que iba de un lado a otro en la habitación de abajo.

—Anna —susurró, haciendo que los pasos cesaran. En su lugar, un leve toque a la puerta respondió su llamado. La madera crujió, revelando a una muchacha de rulos castaños, vestida con un uniforme blanco y negro.

No sabía por qué lo había hecho, un reflejo quizá, o un acto inconsciente, sentía que si pasaba una noche más encerrado se volvería loco, aún más loco, tal vez por eso sus labios ordenaron su presencia. Arrodillada a su lado, extendiendo entre sus manos su mejor capa, la joven esperaba en silencio la siguiente orden de su amo.

Su mirada se perdió en el vino, al cual hizo bailar una vez más. Quería volver a tener el control, tener de nuevo su libertad, su poder, no solo en su territorio, quería poder llevarlo consigo donde quiera que fuese.

Dejó suavemente la copa sobre la mesa antes de levantarse. Sacó de su bolsillo interno sus guantes negros y, mientras se los colocaba, la pequeña sirvienta arreglaba, en puntillas, el largo lazo azul que sujetaba parte del cabello de su amo hacia atrás, mientras que dos largos mechones se extendían frente a su pecho. Extendió una vez más su capa ante él, la cual colocó por sobre sus hombros, abotonándola en su cuello.

Caminó hacia el gran ventanal, el cual se abrió de par en par, dejando entrar una brisa fría y, sin mirar atrás, se perdió entre los árboles.

Envuelto en su manto, se abría paso llevándose consigo algunas hojas, las cuales no habían sido lo suficientemente fuertes como para resistir la violenta ráfaga que provocaba al pasar. Finalmente algo llamó su atención. Pequeñas esferas de luz luchaban por distinguirse entre los árboles.

Con un leve impulso, se elevó en medio al cielo estrellado.

Bajo sus pies, un pequeño pueblo dormía tranquilamente, sin sospechar que estaba siendo observado por el más temible de los predadores.

Posó lentamente sobre el gran reloj, ubicado frente a la plaza central. No le sorprendió ver que nada había cambiado desde la última vez que había visitado el pueblo. Pese a que pasaran los años, así como para él, el tiempo parecía no afectar aquel pequeño y aburrido lugar.

Las casitas de madera tenían sus puertas y ventanas firmemente cerradas, impidiendo la visita de aquellos que se aventuraran a jugar bromas en medio de la noche.

En cambio, las pocas tiendas parecían no temerles, ya que sus ventanas y puertas de vidrio dejaban ver por entre las sombras, bultos de los objetos que no habían sido vendidos durante el día.

—Que pérdida de tiempo —pronunció observando por última vez el lugar, antes de voltearse.

Sin embargo, algo no lo dejó emprender su viaje de regreso. Era como si alguien hubiese presentido su decepción al depararse con un pueblo muerto, decidiendo así, proporcionarle un poco de entretenimiento a su visitante nocturno.

Las voces provenían de un lugar apartado, lejos del centro. Sus ojos siguiendo los susurros hasta localizar su escondite: la parte trasera de una farmacia, a unas cuantas cuadras de allí. Decidió esperar, pues la verdadera diversión aun no comenzaba.

Los susurros cesaron cuando el dueño de la voz más grave ordenó a los otros dos que callaran.

Uno tras otro, sus pasos interrumpían el silencio de la noche, paseando despreocupados por el asfalto. Tarareaba una canción que solo ella conocía, seguramente de alguna de las bandas que solían tocar en el pequeño bar que frecuentaba en su ciudad. Nunca había estado en un lugar tan tranquilo, lejos de todo, un lugar simple pero misterioso a la vez.

No acostumbraba a dar largos paseos por la noche, pero el pequeño pueblo le transmitía una sensación de seguridad, como si alguien acompañara sus pasos, cuidando su regreso a la pequeña casita al final del camino.

La historia comenzaba a perder su interés cuando de pronto, escucho como los jóvenes dejaban su escondite en dirección a la calle. Sorprendiendo a su víctima por detrás, arrastraron su cuerpo lo más lejos posible de las luces, escondiéndose nuevamente detrás de la farmacia.

Luchaba intentando soltarse, pero además de ser superada por número, lo era por fuerza. Intentó morder la mano que no la dejaba gritar, pero no tuvo tiempo de intentarlo, ya que el encargado de callar sus gritos silenció su voz una vez más, pero ahora con un pañuelo.

Al tener dos manos más que los ayudaran, lograron derribar a la chica al suelo y retener sus brazos y piernas, de manera que no les fueran una molestia. El dueño de la voz grave le dedicó una sonrisa siniestra mientras sacaba algo de su bolsillo trasero.

Su mirada se concentró en el objeto que sujetaba frente a su rostro y al percatarse de lo que se trataba, su cuerpo dejó de moverse. Deseó volver, volver a cuando caminaba tranquilamente bajo la protección de la luna, tarareando su canción favorita, pero el único sonido que podía oír eran las risas enfermizas de los tres hombres.

Inaudibles al oído humano, sus gritos, contenidos por la tela, llegaban a él uno tras otro en un pedido desesperado de auxilio.

Nunca fue un buen hombre, mucho menos un salvador, no estaba en él acudir a nadie, por eso no se inmutó, aun no era el momento de hacerse presente, de lo contrario la función terminaría demasiado pronto.

—Que les parece —dijo el mayor, observando el cuerpo de la chica— si vemos qué tiene dentro —Completó, clavándole el cuchillo en el estómago.

Su cuerpo reaccionó ante la violenta acción, recordándole que por desgracia continuaba con vida.

Sus risas diabólicas crecían cada que la lámina penetraba un poco más la carne cubierta por la fina blusa blanca, tiñéndola de rojo. Insatisfecho con su obra, retiró el cuchillo bruscamente, sabía que podía hacerlo mejor, más profundo, y de un solo intento. Alzó su mano sin perder de vista la herida, pero antes de poder usar toda su fuerza para despertar una vez más a su paciente, sintió un fuerte dolor punzante y un ardor insoportable.

Espantados, sus compañeros lo observaban pálidos. Bajó su brazo lentamente, sus ojos no podían creer lo que estaban viendo, un grito agudo escapó de su boca. Su mano ya no estaba, solo restaban la carne expuesta y una parte del hueso de su muñeca. En pánico, se levantó e intentando detener el sangrado con su otra mano, recorrió el lugar con la mirada buscando una explicación para lo que acababa de suceder.

El más pequeño del grupo no quiso arriesgarse, para él la diversión había terminado. Sin avisar, dio media vuelta y comenzó a correr lo más rápido que sus piernas le permitían, estaba decidido a no parar hasta llegar a casa.

Estaba cerca, solo debía correr un poco más, unos metros más y estaría seguro, un poco más y podría dejar atrás los sucesos de esa noche. Se permitió sonreír en medio a las lágrimas al reconocer la puerta trasera de su casa, aunque sus ojos no tardaron en captar algo extraño. Una sombra lo acompañaba. Sin dejar de correr, observó a cielo y vio descender algo oscuro sobre él. Sucedió tan rápido que no pudo gritar, solo ver sus ojos rojos, sedientos de sangre.

Aún en shock, el mayor corría buscando su mano. Su compañero había logrado hacerle un curativo improvisado con un pedazo de su camisa, pero por más que intentara, no lograba convencerlo de que no era una buena idea quedarse allí. El herido se negaba a dejar el lugar, no sin descubrir qué había pasado y quien era el maldito que le había hecho eso a su mano.

Para su suerte, o desgracia, el dueño del preciso corte no tardó en hacerse presente una vez más, pero primero decidió encargarse de quien había cometido el peor error: darle la espalda.

Sujetando su curativo, vio con espanto como la sombra cortaba la cabeza de su compañero en un solo movimiento, haciéndola rodar hacia sus pies.

Todo su cuerpo comenzó a temblar al ver como aquel hombre se acercaba sonriéndole. Quería correr pero sus piernas no respondían. Comenzó a suplicarle perdón, perdón por lo que había hecho y por los pecados aun no cometidos. Sintió algo recorrer su pierna al ver que el hombre no se detenía.

Sus ojos rojos brillaron una vez más, acompañados de su hermosa sonrisa sádica. Rápido y certero, con apenas unos movimientos de mano, cortó el cuerpo de su presa en pedacillos imposibles de recoger.

No se arrepentía de haberse aventurado en la noche, aunque debía admitir que no estaba esperanzado, no sobre aquel pueblo, pero para su sorpresa, si había logrado divertirse.

Antes de regresar a su mansión y despedirse de las sombras, dejó que aquel aroma dulce e hipnótico guiara sus pasos.

El cuerpo de la joven yacía inmóvil sobre un charco de sangre que no dejaba de crecer, su bello rostro, quien sabe por qué, era lo único que no había sido tocado por el frío filo de la lámina.

La observó por un momento, centrándose en sus ojos semi abiertos, aun llenos de lágrimas.

No era un buen hombre, nunca lo fue.

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