• ¿Quieren ir por un helado? – dijo mi abuelo con una sonrisa mientras sacaba unas monedas para comprarnos un frío rico a mi y a mi primo.

Subimos calle arriba a la tienda de la señora Cáceres de la mano de mi abuelo. Nuestra ciudad es bastante pequeña, olvidada por el gobierno. Las pistas estaban deterioradas por el pasar de la gente. El sol, en la punta del cielo, irradiaba calurosamente a tal punto de querer derretir en la vieja acera mis crocs. Llegamos a la tienda, donde Beto, el hijo de la señora Cáceres, estaba en el mostrador y nos esperaba con una sonrisa dibujada de mejilla a mejilla al vernos venir.

  • Señor Gómez ¿Qué tal? ¿Cómo está? ¿En que le puedo servir hoy día? – Bombardeó de preguntas el chico de apenas dieciséis años.
  • Pues me encuentro muy bien Beto, gracias por preguntar. Vengo por 3 helados para matar el calor que hace hoy ¿Me podrías dar la llave para sacarlos de la heladera?
  • Por supuesto Don Gómez. No se moleste usted que yo se los sirvo, de paso me cae algo de aire de la nevera, que aquí la brisa no pasa ni aunque le pagues.

Esperamos pacientemente en las mesas bajo las sombrillas que colocaron afuera. Alrededor de cinco minutos después vino Beto con los helados en la mano.

  • Disculpe la demora, es que el frío rico estaba más escondido que muy muy
    en playa.
  • Ya veo – Contestó mi abuelo comprensivo a la situación – Por cierto ¿Cuánto te debo?
  • ¡Ma! – Gritó Beto a su madre quien estaba en la trastienda – ¡¿Cuánto estaban el frío rico?! – Al no haber respuesta hizo señal de retirada y se dirigió adentro del local.

Vino casi al instante y se disculpó por la demora de nuevo y prosiguió.

  • Dice mi madre que la casa invita por esta ocasión.
  • Oh que amable, pero no hace falta
  • No, enserio la casa invita – insistió Beto.
  • Bueno, igualmente aquí tienes unas monedas como propina – Dijo mi abuelo mientras le entregaba unos cinco soles.

Camino a casa pasamos por un parque cerca a la casa. Los inmensos arboles nos cubrían con sus hojas de la sofocante presencia del sol. Nos sentamos junto a un árbol en el fresco pasto a comer nuestro helado, que por el calor ya se empezaba a derretir. Luego de saborearlo y acabarlo hasta el cono. Mi primo y yo nos pusimos a correr por el parque, jugando todo tipo de cosa que se nos ocurría.

De repente, salimos del otro lado de la inmensidad de aquella área verde, lejos de la vista de mi abuelo. Encontramos una casa que se dejó en mitad de construcción. Parecía abandonada.

  • ¿Entramos? – Preguntó mi primo con ganas de jugar en ella.

Accedí, pero un paso antes de entrar me entró un escalofrío que recorrió todas y cada una de mis vértebras. Y, mientras jugábamos, tenía la sensación de que alguien me observaba. De pronto ya no escuché a mi primo, ni sus pasos. Lo empecé a llamar, sin respuesta alguna. Recorrí la casa de arriba abajo, pensando que él ya se había marchado y sin avisarme. Que a lo mejor el perdido era yo.

Cuando estaba en la tercera planta de la construcción, ya dando por concluida la búsqueda. Escucho dos ruidos ensordecedores provenientes de todos lados obligándome a tapar mis oídos con todas mis fuerzas y cerrar los ojos. Cuando me pude recomponer, vi cómo en frente mío salen de la gravilla del piso tres esqueletos hechos de restos y polvo. Uno de ellos toma forma de un hombre algo obeso. Poco a poco la arenilla se va convirtiendo en carne humana, algo podrida y ensangrentada. Sus ojos eran blancos y luminosos y babeaba un líquido viscoso. Me quedé paralítico y cuando menos me lo esperé, me oriné en los pantalones del miedo. Al rato los tres seres nacidos de la gravilla se me quedaron mirando hasta que el de aspecto humano chasqueó los dedos y mandó a los dos esqueletos a atraparme. Yo solo pensé en correr despavorido. Logré escapar del cuarto y bajar las escaleras a toda prisa mientras escuchaba como esos dos seres me seguían. Mientras corría, miraba de reojo las habitaciones por las cuales pasaba, en cada una me pareció ver al ser de aspecto humano mirándome fijamente con la cabeza ladeando del lado derecho mientras la viscosidad de su boca embarraban sus prendas. Ya cerca de la salida, se escucharon de nuevo esos dos estruendos que me dejaron sordo por unos instantes y a la vez sentí como en mi piel impactaban dos cuchillas en mi brazo y abdomen.

Después de eso, me desmayé.

Desperté en el hospital tres días luego de estar en estado crítico. Ningún médico sabía que me había pasado. Cuando mi abuelo me encontró había charcos de sangre, pero luego de revisarme de pies a cabeza solo notó que ardía en fiebre, pero no había ninguna herida superficial. Ya en el hospital notaron que se habían perforado algunos músculos y algunos órganos. Felizmente me lograron curar a tiempo.

Todos, al despertar, querían saber que es lo que me había pasado. Al contarles sobre los esqueletos y el señor con ojos blancos, enmudecieron. Nadie habló más del tema.

Pasaron diez años desde aquel incidente. Y hoy descubrí la verdad de toda esa historia, que para mi parecía un sueño.

Hace mucho tiempo, cuando el pueblo recién estaba en sus primeras etapas, había bastantes construcciones que frecuentemente eran retrasadas por el robo del material. Por ello un vecino llamado Jorge Bravo se ofreció a hacer la guardia nocturna. Él era un hombre de cuarenta y nueve años, obeso, de buen corazón. Cuando él se encontraba en su guardia ninguno se le escapaba, a pesar de su obesidad era alguien bastante ágil y generalmente atrapaba a todo aquel que intentaba saquear algo y lo mandaba a comisaría. A veces algunos niños intentaban burlar la guardia de Bravo, pero él siempre los atrapaba. Sin embargo, era piadoso con ellos y solo les llamaba la atención.

Todo iba bien hasta que una noche, dos sujetos quienes ya antes Don Bravo los mandó a comisaría, llevaron dos réplicas de unas whalter y dispararon a quema ropa dos veces al pobre de Jorge. Encontraron el cadáver del héroe aquella mañana, y lo enterraron en el alba de la siguiente.

Desde entonces se dice que él protege cada casa en construcción del pueblo, también se escuchó que lo vieron en otras ciudades. Teniendo a dos víctimas, dos chicos de 19 años quienes querían robar algunas pertenencias ajenas. Luego de aquel suceso se afirma ver los esqueletos de los chicos cada que aparece. Siendo su primera señal el pavor que se siente al ver la casa abandonada o la sensación de que te estén observando ya adentro. Si tú sientes alguna de ellas, significa que Jorge Bravo te tiene en la mira.

Carax

José Carlos Edmundo Grados Pinto

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