Siempre he pensado que el agua y yo estamos hechos el uno para el otro. Más allá del porcentaje distribuido en cada parte de mi cuerpo, sé que soy de agua y no de tierra ni aire. El agua es el único lugar donde puedo encontrar paz, ese ruido silencioso que necesito, la cándida perspectiva que me hace olvidar cualquier deseo humano del que soy dueño. Justo ahí soy libre de esa naturaleza por nacimiento. Porque soy solo eso: agua. Quizás ese pensamiento sea la razón por la que hoy he decidido ir a nadar a la piscina privada de mi hermano. Situada en las afueras de la ciudad, sé que estará disponible únicamente para mí, pues él se encuentra de viaje con su familia. Solo me basta con pensar en su ubicación, y luego de una ligera sacudida, mi calzado puede rozar el suelo de piedra que rodea la casa.
El aroma que me recibe es de pino fresco, apenas logro levantar la cabeza para mirar hacia el cielo, pues el sol brilla con mucha intensidad. Todo es realmente hermoso, la mezcla de elementos es perfecta, adecuada a mis gustos y expectativas; sin embargo, no me hace feliz. La tristeza que me acongoja desde anoche se ha clavado en lo profundo de mis entrañas. Más bien, ha despertado, porque siempre la he tenido clavada.
Se trata de ese tipo de tristeza indescifrable, no me permite decir <<estoy triste porque murió un ser querido>> o <<estoy triste porque me siento horriblemente solo>>, <<estoy triste porque soy un fracaso, estoy atrapado en un ciclo interminable de sucesos inapetentes>>. No es nada de eso, lo sé. Simplemente la sensación está ahí, alojada en alguna parte de mí, dormida durante instantes que me saben a gloria. Pero ante la más mínima chispa, es capaz de calcinar a fuego vivo cada una de mis fibras emocionales.
Y no soy nada. Quiero ser nada. Dejar de ser.
Me zambullo de un clavado hacia la piscina. Mis músculos se estremecen al primer contacto, aunque no tardo en acostumbrarme a la nueva temperatura. Entonces comienzo a nadar al estilo libre, puedo sentir cómo el agua me va abriendo un camino en cada brazada; es como una caricia gentil que me limpia, me sostiene. ¿Me extrañaste, amiga mía? Déjame ser parte de ti.
Cuando mi corazón se ha acelerado lo suficiente al punto de dificultarme la respiración, me gusta sostenerme del borde de la piscina mientras recupero el aliento: aquí estoy, aquí respiro. Entonces agarro una gran bocanada de aire y me sumerjo hasta el fondo con ayuda de mis piernas y brazos. Todo es tan magníficamente azul, mis oídos comienzan a sentir las represalias de la presión, pero es una sensación soportable. Con mis manos voy rozando los cuadritos de cerámica que forman el suelo, me es gracioso pensar que en verdad soy de agua por la facilidad con la que me desplazo, mas la falta de oxígeno en mis pulmones me recuerda que no es así.
Luego de robar más aire, vuelvo a sumergirme, esta vez decido permanecer muy quieto hasta el fondo en una posición fetal. Lo que mis ojos ven es increíble, hermoso. El agua tiene un efecto nítido, inmaculado, el cristalino perfecto donde mi reflejo no me puede alcanzar. Aquí abajo reina la soledad, pero es extraño, no me siento solo; al contrario, me siento más lleno que nunca. Porque afuera, en la tierra, soy un vacío perpetuo que nunca puede ser llenado debido a la cantidad de perforaciones que posee.
El sol continúa avanzando conforme el reloj marca los minutos, la luz de sus rayos traspasan el agua y aterrizan sobre la cerámica, creando figuras circulares amorfas que ejecutan una danza desconocida mientras pequeños arcoíris rodean su circunferencia. Me gusta pasar las manos debajo de ellos, es como si me acariciaran con su belleza. Aunque mis manos se sienten diferentes cuando están socorridas por el dominio del agua, en realidad todo mi cuerpo se transforma; es más lento, ligero, delicado. Se convierte en un recipiente cuya única función es contenerme.
De vez en cuando salgo a la superficie para ingerir más aire y en el transcurso me entretengo con las etéreas burbujas que acompañan mi salida. Me agrada la ligera capa de agua que me separa del mundo terrenal, es parecida a un espejo que debo atravesar con el propósito de seguir luchando por mi vida. Déjame quedarme aquí, rodeado de ti, ya no quiero volver a salir. Atrápame en una burbuja y disuelve mis lastimosas partículas. No quiero irme, por favor…
Momentos más tarde quedo suspendido sobre el agua de la piscina, flotando con los brazos abiertos. Mis ojos contemplan el cielo despejado que me resguarda como un ángel guardián, todo es tan magníficamente azul. De repente, un avión aparece volando en la inmensidad de la bóveda celeste, el estridente sonido de sus motores es una armonía muy singular. Y es en ese preciso instante que comienzo a llorar. Lloro deshaciéndome, expulsando el agua que he absorbido en el último par de horas. Las lágrimas que brotan como canicas tienen un ritmo imparable, me pregunto cuántas cosas me he guardado para provocar un llanto de esta magnitud.
Ahora que de nuevo formo parte del mundo exterior, mi cuerpo adquiere su habitual pesadumbre, por lo que me veo obligado a salir de la piscina antes determinar ahogado. Es extraño, ¿cómo algo vacío puede sentirse tan pesado? El llanto cesa mientras me encamino a la regadera para retirar cualquier resto de cloro; sin embargo, tan pronto como vuelvo a entrar en contacto con el agua, mi desconsuelo regresa con más fuerza que nunca. En esta ocasión mis lágrimas son más abrumadoras, me aprisionan la garganta con sus garras homicidas y me nublan la vista a pesar de mis esfuerzos por culminar su existencia.
Mientras el agua de la regadera resbala sobre mi espalda, continúo llorando entre lamentos que se confunden con el golpetear de la misma. Recargo la frente sobre la pared en un absurdo intento por mantenerme de pie, pero me duele el pecho como si tuviera una bomba a punto de explotar. Soy nada, soy nada. No puedo dejar de llorar, me aseguro incapaz, así como en otras cosas. Por dentro deseo transformarme en estas gotas que me envuelven para huir junto a ellas y desaparecer en el hoyo negro de este espacio material.
Sé que fracaso cuando la calidez de la toalla trata de mantener el calor en mi cuerpo. Pero no es lo mismo, estoy indefenso. Luego de buscar protección en unos tegumentos exteriores heterogéneos de mi materia física, me hago un ovillo sobre la cama, creando una especie de cueva con las mantas por encima de mi cabeza. Mi mejilla contra la almohada, el sube y baja de mi pecho en cada ciclo respiratorio, la suavidad del algodón, los colores ensombrecidos que deleitan mi vista; cada una de las cosas que me rodea comienza a anestesiarme. Mi energía existencial no se crea, solo se transforma en un suspiro que sale de mi boca. Al final acomodo la frente sobre la almohada, preguntándome cuando podré desactivar la bomba de lágrimas que habita dentro mío.
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