No me agrada mucho mi situación.

Lo único que sé es que llevo un mes en este hospital sufriendo pruebas constantemente.

Me han detectado una enfermedad muy parecida al Alzhéimer a la que aún están buscando cura. No sé ni quién soy ni dónde nací. No sé cuántos años tengo, quién es aquel hombre que ha pasado los treinta días del mes a mi lado, ni quiénes son los niños que vienen cada semana a verme.

Solo sé que no estoy en casa.

En la habitación en la que me encuentro tumbada entra un médico con bata blanca. Habla algo con el hombre que me acompaña y se dirige a mí. Toma una jeringuilla, coge mi muñeca y me inyecta un suero incoloro.

Pierdo el conocimiento.

***

Me despierto sobresaltada.

Estoy en la maternidad de otro hospital.

Mi mirada está fija en un recién nacido que descansa en una cunita. Es un niño y se llama Jack. Puede que sea mi nieto. En la habitación hay una chica que se parece a mí y al bebé. Me llama mamá y acudo a ella. Sospecho que será mi hija. Ha cogido en brazos al bebé. Se acerca a mí y me lo tiende. Lo acuno pegándolo a mi cuerpo y sonrió sabiendo que soy la abuela más feliz del mundo.

Meciendo a otro recién nacido aparece otra vez ese hombre, el del primer hospital. Besa su frente y mientras le acaricia la nuca pronuncia su nombre: Stephanie. En sus ojos, oscuros como el café, veo pinceladas de felicidad enmarcadas por una gran sonrisa.

Cierro los ojos sintiendo el calor de las manitas del pequeño atrapadas entre mis dedos.

***

Me siento más joven.

Estoy sentada en un banco cerca del altar de una iglesia. Veo cómo mi hija, de blanco y con un precioso ramo de flores, atraviesa el portón de entrada. Va agarrada del brazo de un hombre. El mismo, el de siempre. Lo veo emocionado.

Frente al sacerdote está el futuro esposo y mi futuro yerno. Una boda perfecta y preciosa. Pestañeo sintiendo que pronto resbalarán lágrimas de felicidad.

No entiendo por qué estoy empezando a revivir esos momentos.

Recuerdo todo, pero… ¿Quién es ese hombre?

***

  • Papá. Mamá. Éste es David, mi novio.

Así es como nuestra hija Abril nos presenta a su primer novio. Ambos tienen sólo diecisiete años. Se les ve muy felices cuando tontean delante de nosotros. Sin embargo, yo no dejo de observar al hombre al que ha llamado padre.

  • ¿No te recuerda a algo? – me pregunta mientras me regala una sonrisa lateral en el rostro.

Es su voz lo que más me inquieta.

Siempre es igual. Cada vez más joven, pero siempre con esa mirada y ese pelo que acaricio suavemente con la palma de la mano. Lo beso y disfruto de unos labios que me hacen suspirar. Cierro los ojos para sentir nuestra conexión.

¿Se puede alguien enamorar sólo con recuerdos?

***

  • ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Hay un montón de regalos en el salón! ¡Han venido los Reyes Magos! ¡Rápido, levantad! – grita Abril mientras salta sobre nuestra cama.

Son las siete de la mañana y la nieve está cubriendo el jardín. Pero no importa. No puedo describir la cara de ilusión de una niña de diez años al desenvolver los juguetes. Tras jugar con ella un buen rato, me acurruco sobre el pecho de mi enamorado que me abraza y regala besos en la frente. Desea con todas sus fuerzas poder celebrar este día durante muchos más años.

***

  • ¡Ya sale! ¡Ya está aquí! – informa el doctor.

Nunca pensé que dar a luz fuera tan difícil. Un velo de sudor y sufrimiento me recorre todo el cuerpo. Él está ahí, sujetándome la mano con fuerza.

  • Aguanta cariño – susurra en mi oído -. Solo un poco más… – me anima mientras besa la mano que me ha cogido.

Una niña sale de mi vientre. Envuelta en varias toallas, me la apoyan sobre el pecho. Es preciosa, más que nada en el mundo.

Sé que la querré siempre.

  • Te llamarás Abril.

***

  • Señores pasajeros, les informamos que en breves momentos iniciaremos la maniobra de despegue de nuestro vuelo con destino Madrid. Estamos a la espera de que la torre de control nos conceda espacio aéreo…- informaba el piloto del avión con voz metálica.

La espera, sinceramente, me da igual. Estoy sentada junto al hombre del hospital y de la iglesia. Siento que es “mi hombre”. Sobre mi dedo anular luce una vistosa alianza. Acabo de pasar las dos semanas más locas y románticas de mi vida.

  • ¡Bienvenida a Green Island, amor!

Así fue cómo empezaron aquellos días donde hice realidad mi sueño de bucear en el arrecife de coral de Australia.

  • Yo…- empezaba a balbucear la palabra amor cuando me interrumpió con su mirada intensa, ésa de color café y trazos de avellana.
  • Tal vez sea precipitado… – me dijo clavando una de sus rodillas en el suelo. De su bolsillo sacó una cajita de terciopelo negro -. ¿Quieres casarte conmigo, princesa?

***

Oigo un estornudo que proviene de un extraño bulto sobre la cama. Está cubierto por una manta gruesa y un revoltijo de sábanas. Estoy en una habitación azul decorada con un montón de fotos, recuerdos de viajes, murales, etc.… Dejo una bandeja sobre la mesa de estudio. Sobre la cama asoma un joven universitario de apenas veinte años que duerme profundamente. Parece constipado y esparce sus pañuelos alrededor de ese desordenado lecho.

Apoyo mis labios sobre su frente. Con ese beso logro dibujar en su cara una sonrisa que finalmente le despierta. Asoma una mano que tira de mí y me hace acabar entre sus brazos.

  • Gracias por ser parte de mi mundo.

Y apoyando su cabeza en mi pecho, se vuelve a dormir.

***

  • ¡¡Feliz cumpleaños!!

Siento el flash de varias cámaras intentando sacar una instantánea para el álbum de fotos de la familia. En la tarta hay un gran número dieciocho. ¡Oh, los dieciocho! Podré conducir, independizarme, entrar en discotecas… ¡ser legalmente mayor de edad!

Voy abriendo los regalos que han traído mis primos, mis amigos, la familia… La gente que me quiere.

Al acabar, el hombre de siempre pero con menos años, se pone en pie. Camina decidido hacia mí y cuando estamos muy cerca el uno del otro se lanza al vacío.

  • Katie, me gustaría que cumpliéramos años juntos el resto de nuestras vidas…

Siento cómo el corazón se me acelera. Miles de mariposas revolotean dentro de mi estómago y quiero atraparlas a todas. Me lanzo a sus brazos y comparto su idea.

***

Salto con todas mis fuerzas para ver algo entre la multitud de fans
que nos rodean. Hay miles de cabezas tapándome la visión. ¡Oh, no! ¡No puede ser verdad! ¡Tengo que verle!

Se empiezan a escuchar los acordes de una guitarra eléctrica y sale al escenario mi cantante favorito. No me puedo creer que éste sea mi primer concierto.

Siento cómo una mano intenta entrelazar delicadamente sus dedos suaves con los míos. Sigo el movimiento con la mirada hasta llegar a esos preciosos ojos que me miran de una forma que no lo hace nadie.

Siento cómo se me acelera la respiración y pienso en lo que ocurriría si me acerco un poco más a él.

En un abrir y cerrar de ojos nuestros pechos están pegados. Su dedo pulgar hace círculos en el dorso de mi mano. Desvío la mirada hacia el suelo con timidez. Las yemas de sus dedos pasean por mi cara produciéndome escalofríos. Lo miro y una sonrisa se forma en sus labios. Sus pupilas desprenden una luz que me invade y me transmite confianza. Quiero perderme en ese iris que me enamora cada vez más…

Giro mi cabeza hacia la derecha mientras veo cómo su boca entreabierta se acerca a la mía con deseo. Cuando se juntan nuestros labios siento cómo mi cuerpo se derrite. Ya no responde a las órdenes que manda el cerebro.

Dejo que mi corazón lleve las riendas de mis sentimientos. Olvido todos los problemas, preocupaciones y miedos que pasan por mi cabeza. Me dejo arrastrar por las miles de sensaciones que me invaden. Mis manos se enredan por su pelo revolviéndolo aún más. Cuando nos separamos es como si todo este tiempo hubiéramos estado solos.

  • Te quiero …

Casi se me olvida respirar al oír aquellas dos palabras. Una gran sonrisa se forma en su cara al escuchar mi respuesta.

  • Yo también te quiero.

***

Paseo por la calle con mis amigas. Es enero, hace frío y algunos árboles tienen sus copas blanqueadas. A lo lejos veo cómo una cuadrilla de chicos de nuestra edad se acerca hacia nosotras. El más alto del grupo agita sus brazos saludándome desde la distancia.

  • ¡Katie! – grita mi nombre ese compañero de clase.

Les presento a mis amigas y después él hace lo mismo. Uno de los muchachos de la pandilla me miraba de reojo. Su pelo está revuelto. Es el más bajo del grupo, pero parece no importarle. Debajo de su abrigo viste una sudadera azul con motivos roqueros y unos vaqueros negros que le dejan los tobillos al descubierto. Sus ojos no se separan de los míos en ningún momento de la conversación.

“No creo en las casualidades”.

“No creo en el destino”.

“No creo en el amor a primera vista”.

“No creo en el amor verdadero”.

“No creo que existan las mariposas en el estómago”.

Me lo repito una y otra vez. Pero no puedo evitar pensarlo.

No me creo que, con solo una mirada, con esa sonrisa y esas mejillas sonrojadas, un chico que acabo de conocer se haya llevado mi corazón.

***

Me despierto sobresaltada.

Veo a la derecha cómo una pantalla indica mis pulsaciones. Al otro lado de la cama de hospital hay un hombre de unos setenta años. Pocas son ya las canas que pueblan su cabeza. Miles de arrugas se forman en su frente al sonreír por verme despierta. Se inclina sobre el colchón y posa su mano sobre mi mejilla. Veo cómo una lágrima de alegría cae por su rostro.

Fijo mi mirada en ese iris chocolate que tanto me gusta. Siento cómo todo mi cuerpo vuelve a la vida. Miles de recuerdos regresan a mi mente. Comprendo que aquel hombre es todo lo que necesito para vivir.

Su amor, sus gestos, nuestro mundo. El que hemos creado juntos y el que falta por crear.

Le miro. Le sonrío.

Le doy mi amor y él me da la vida.

Es mi todo. Lo sabe. Le amo. Me ama.

Y pronuncio mi nombre. Ése que ahora tienes en la cabeza.

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