La casa de los deseos ocultos.

La casa de los deseos ocultos.

Keo C.

04/05/2020

El tren me recibió con una brisa gélida, recorrió desde mi piel hasta mis huesos, como si me dijera “esta es una pésima idea”. Sin embargo no tenía más opciones; o era subir al tren y alejarme, o morir de hambre junto con mi madre.

Mi maleta era demasiado ligera, denotando las pocas cosas que tenía y traía conmigo; el único conjunto que mi mamá me había regalado al cumplir quince, el pijama que me regaló la señora del mercado la navidad pasada y esos horribles zapatos que mi abuela me arrojó la última vez que fui a su casa.

Si era de día o no, las nubes y la neblina no permitían averiguarlo. El pálido suéter tejido no cubría ni un poco esa molesta brisa. Gracias al cielo que apenas era otoño, sino moriría congelada en ese asiento del tren.

Probablemente fue mala idea escoger viajar en pleno inicio de tormenta, puesto que el vagón estaba más que solo.

A pesar de que irme a trabajar lejos de mi casa fue totalmente idea mía, no dejaba de aterrarme partir a un lugar del que nunca había hablado. El empleo solo decía la ubicación; en las orillas de un pueblo cuyo nombre no se me quedó ni cinco segundos en la cabeza; el buen salario y que me dedicaría a limpiar una casa, donde se me daría hospedaje y alimento si lo necesitaba.

Demasiado bueno para ser verdad pero mi madre insistió en que si no venía, me echaría a la calle. Así que de todas formas, daba lo mismo.

Siempre intenté decirme, “no es que sea mala, es que no quería hijos”. Aunque casi nunca ayuda.

El tren partió, haciendo que el viento fuera más frio y rápido, pronto me di cuenta de que tenía la ventanilla abierta y por eso se colaba todo aire.

Lo malo de los viajes largos es que tienes mucho tiempo para pensar, y siendo una persona tan callada, pensar era lo que mejor se me daba.

¿Cómo sería mi jefe? ¿Intentaría hacerme algo? Lo más seguro era que sí. En mi mente planteé rutas de escape, tácticas de defensa, me preparé para cualquier situación que creí posible.

Asesinatos, violaciones, maltratos, engaños, casi tenía todo con un plan de contingencia. No deparé en situaciones ajenas a las realistas, puesto que ser escéptica era mi mayor don desde que tengo memoria.

Ahora bien, viendo las posibles amenazas, era necesario también saber cómo reaccionar si todo estaba bien. Observé una solitaria gota que se deslizaba por el cristal, pronto fue alcanzada por cientos y cientos de más de ellas, y en algún punto fue vencida por ser más lenta que las otras.

Decepcionada de que mi gotita no ganara, decidí volver a mis pensamientos. Mi escenario perfecto seria tener un jefe que trabaje todo el día y nunca este en su casa, así tendría tiempo para limpiar sin que estuviera vigilando todos mis movimientos. Si es un lugar más cálido que mi hogar, también me vendría bien.

Si no hay niños que rompan todo lo que voy acomodando, eso, sería realmente bueno. Me conformaría con poco mientras fuera mejor que mi vida normal, aunque eso era fácil de conseguir.

El tren dio un giro enseguida de un árbol de esos cuyas ramas casi tocan el suelo, ¿sauce llorón, les dicen? Pues uno de esos. Tenía un par de partes muy secas de un lado, como si le pegara más la sequedad y el sol del que era mi destino, y muy verdes del otro, contrastando con la humedad y lluvia del ambiente de donde venía.

De ahí en adelante poco tardé en llegar a mi destino. Pensar había hecho que el tiempo se fuera realmente rápido. Al salir de la estación tomé un bus que rechinaba más que la puerta vieja de mi habitación.

Ni siquiera quiso acercarme mucho a la casa, así que tuve que caminar. Divisé un hermoso bosque de altos pinos no muy lejos, ahí iría a pasar los ratos que tuviera libres.

Conformé avanzaba, más tarde se hacía, la noche había alcanzado su punto más oscuro. Y frente al bello bosque se alzaba esa terrorífica casa. Mis pasos fueron disminuyendo en velocidad conforme la vi mejor. De altos muros; oscuros, rotos y sucios ventanales, por dentro podía verse que las cortinas estaban rasgadas; pálido color de las paredes que se veían verdosas por el moho. Lo único lindo era la puerta de color crema aunque bien podría ser de ese tono por la suciedad, quizá en un principio era blanca.

Pensar que mi trabajo era limpiar este lugar, me espantó más que cualquier descabellada idea que cruzó mi mente. ¿Qué clase de persona podía vivir en estas condiciones?

Para mi sorpresa el timbre funcionaba, escuché los tacones de una mujer y luego la puerta se abrió con lentitud. La poca luz que emitía la luna, dejaba ver una alfombra que parecía haber sido pintada con sangre, aunque bien podía ser mi imaginación y paranoia.

-¿Leah, verdad?- su femenina y grave voz brotó desde el fondo de la estancia, podía ver muy a penas la silueta de un sillón antiguo, alto y redondo de arriba, también veía el brillo de unos pálidos dedos sosteniendo una copa del mismo color que la alfombra-, cierra esa puerta- ordenó, no sé si mi decisión de obedecer fue lo correcto-, soy Luisa, de aquí en adelante trabajarás bajo mis órdenes, puedes comer y tomar lo que quieras, salir a la hora que quieras, la única regla es jamás encender las luces-esto se volvía cada vez más extraño-, mi esposo tiene una enfermedad-explicó-, ah, otra cosa, te recomiendo limpiar durante el día, mi hija ama jugar en la noche y ella, bueno, es el motivo por el cual necesito una nueva empleada.

<<Tu habitación está al fondo del lado derecho, puedes instalarte ahí-traté de calmarme, esto no era más de lo que esa mujer decía. Era todo.

-Sólo limpiarás la casa-me dije, intentando convencerme-, sólo limpiarás la casa-susurré.

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