Historia de calle y ladrón.

Historia de calle y ladrón.


No quería volver, pero volví a pasar por la calle Domeyko obligada por las escasas posibilidades de acceso a la parte alta del pueblo que había dejado el último aluvión. Ahora lucía pavimentada y altas luminarias que, seguramente, de noche debían darle un aspecto más amigable que el que yo recordaba. Aún así, remozada y todo, me parecía una serpiente. Desde ella se podía divisar la parte baja y principal del puerto, la extensa playa y caseríos más antiguos y en plenitud se observaba la calle Conchuelas, la calle bullanguera, parlanchina y promiscua; una cabrona, cuna de la bohemia y la vida nocturna…esa que antaño los mineros cerraban con boliche y todo cuando la buena fortuna les había sonreído en los cerros. Por el contrario, la calle Domeyko era una vieja beata, oscura y fea que miraba oculta el ir y venir de hombres, mujeres y niños. A pesar del tiempo y los arreglos, seguía siendo la misma. El olor a muerte y humedad aún estaba en el aire. La lluvia en los pueblos del norte es como el fuego en los pueblos del sur. Se llevó todo lo que pudo hacia el mar, personas, vehículos, barrios completos y la calle principal, esa donde los parroquianos se reunían cada día, ya con un saludo o una mirada de reconocimiento porque se sabían del pueblo. Muchos tuvieron que esperar varios días para encontrar a sus muertos bajo el lodo o en la orilla de alguna playa cercana…al mar no le gustan los muertos, eso dicen los pescadores de la caleta, es cosa de esperar, siempre los devuelve… No me quedó alternativa o tomaba la calle aquella o me enfrentaba a los metros de lodo aún blando.Respiré profundo y me dispuse a subir su empinada estatura. El agua no pudo subir por ella más que unos metros, pero destruyó todo a su alrededor: la escuelita, el consultorio de salud, la ferretería, la única tienda con su nueva arquitectura recién inaugurada, la estación de buses…todo. Resignada comencé a subir; apenas unos pasos y entre restos de ropas, neumáticos, maderos probablemente de la ferretería destruida, la vi en la berma. Los restos de un maniquí. Me pareció una mujer destruida, acabada, agobiada por el barro.. Quise recogerla, salvarla, restaurarla. No lo hice, Sabía bien que eso sería imposible, así es que seguí mi camino sin poder evitar pensar en las ironías de la vida. A lo lejos, la letra de un tango parecía darme la bienvenida “Volver con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi cien…” Sí, todos los espacios, las cosas, las piedras, el polvo, el aire sabían que yo volvía.

Recién lo había conocido. Yo venía de hacer las compras que mi madre me había encargado temprano y pasé al terminal de buses a tomarme un jugo. Pasajeros iban y venían, obviamente nadie querría quedarse en un pueblo tan insólitamente inhóspito. Todos lo decían, la cuna de la desolación, eso era mi pueblo y yo me molestaba entonces, tenían razón, pero a los diecisiete años…la vida es linda y todo a su alrededor, más aún cuando no se ha visto nada mejor. Él, estaba ahí, atractivo, varonil, un hombre guapo como no había visto. Mirando hacia la calle principal como buscando algo o a alguien. Se percató que le observaba y creo que hasta leyó en mi mirada los pensamientos que cruzaron por mi mente. Enrojecí, nerviosa, me levanté del mesón y pasé a la caja a pagar mi consumo. Salí con ganas de correr para alejarme de mis propios pecaminosos pensamientos. Quedó atrás. Enfilé hacia la calle sin luminarias y terrosa, era el camino más corto a casa. La oscuridad no nos asusta en el desierto, hemos aprendido a iluminarnos con las estrellas, somos un poco gatos los nortinos. Comencé a subir distraída pensando en el hombre aquel, soñando con casarme algún día con alguien así, todo un caballero guapo, elegante…soñadora, siempre fui soñadora. Corín Tellado era mi escritora. No sé qué me cogió por atrás tapando mi boca con tal fuerza que sentí que moría, el golpe al caer a la tierra fue mi última sensación y la bolsa con mis compras cayendo, fue lo último que vi…luego, oscuridad, una oscuridad distinta; desaparecieron las estrellas y un torbellino borró mi mente. Creí que había muerto. No sé cuánto tiempo pasó. El frío me despertó. Ahí estaba, casi desnuda, sangrante, dolorida…viva. La bolsa y mis compras desperdigadas. Miré mi cuerpo desnudo y busqué mis prendas…también estaban. Solo yo no estaba. “Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenan mi soñar” nunca, nunca más estuve…

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