Crucé el recibidor de mi casa, traspasé la puerta y pisé la calle. No había salido preparado para el frío que hacía aquella noche en que la primavera se disfrazó de invierno. Pensé en volver a subir hasta mi casa por las escaleras que tantas veces habían besado las suelas de mis bambas aquel día, pero creí que podría aguantarlo. Además, por alguna extraña razón sentía algo de prisa.

Saqué el móvil, pulsé la pantalla y dejé que la música sonara. Era algo de jazz, recuerdo el sonido metálico de un soprano como el de Bechet o Artie Shaw, muy apropiado. Al salir del portal giré a la derecha sin pensarlo siquiera, había recorrido tantas veces ese trayecto que a penas me paraba en los semáforos. Parece mentira cómo esa calle puede ser de las más hacinadas de la ciudad cada mañana y a la vez algo tan tranquilo horas más tarde, como la avenida principal de un pueblo fantasma en que el tiempo hubiera acabado con todo atisbo de vida. Cruzo en rojo el siguiente semáforo y me doy cuenta de que alguien camina por detrás mío, también cruza. Estoy comandando una pequeña revolución, fundo mi propia iniciativa en la cabeza: «vamos a tomar la ciudad, compañero. Nadie podrá pararnos». Sonrío discretamente, me divierten mis propias tonterías. «Tiene que ser el frío» —pienso.

Mi compañero de batalla gira a la izquierda. «Cobarde, no me abandones ahora, no podré con ellos solo». Ya está bien, vuelvo a la realidad. Estoy solo, sigue haciendo frío, me siento a gusto. Mecanizo mis pasos como un autómata realizando la tarea para la que fue diseñado. No he caminado ni siquiera cuatro calles, pero siento que llevo un año con la mente en blanco. Ya no oigo ningún saxo, ahora es el piano de Mingus. Se me aceleran los pies con el ritmo del bebop. «La música ya no es lo que era» —pienso, teniendo el móvil lleno de música actual que no dejo de escuchar, pero qué bien sienta decir que ya nada es lo mismo de lo que era antes.

Llego a la plaza. Otra vez allí, tantos días de mi vida cruzándola y nunca me mira con los mismos ojos, siempre tiene algo para mí que me hace querer volver. Tocando a la boca del metro giro a la izquierda, esa pequeña calle en la que hay un colegio. Esas obras nunca quedaron bien. Paso por los pequeños grupos de gente que se han formado en torno a los bancos de ese minúsculo pedacito de mundo, esa triste calle que parece no tener nada pero en la que sigue habiendo gente cuando las de al rededor están completamente vacías. Llego a unos ultramarinos, abro la nevera y cojo una litrona. El responsable me mira, la mira, me mira, la miro, le miro, silencio. Se acerca a la calle, echa un vistazo rápido a derecha e izquierda y sentencia: «uno con cincuenta, amigo». Estamos quebrantando la ley, «seamos dos prófugos en busca de aventuras, podrás sustituir a mi antiguo oficial». Sigo pensando tonterías, nunca he podido evitar permitirme ciertos momentos de absurdo como vía de escape de un mundo que me aburre en la mayoría de sus aspectos.

Me abro paso entre los alaridos de algunos eslabones de la estulticia que están transmitiendo su filosofía a sus discípulos, que les miran con ojos vacíos, carentes de todo espíritu crítico, como una polilla mira una bombilla. Encuentro dos bancos vacíos. Son individuales pero anchos, cabemos tres si dos se aprietan, me vale. Callo a Mingus y me quito los cascos, mis amigos llegarán tarde o temprano. Me llegan los vestigios de las conversaciones que circunvalan mis coordenadas exactas. Estoy solo, he venido solo y me acabaré yendo solo, lo sé. Sin embargo, ese bullicio discreto, ese remanente verbal casi incomprensible pero claramente perceptible me hace sentir arropado. Me transmite cierta sensación de compañía elíptica, de cercanía distante por parte de todos los integrantes de esa pequeña calle. Quizá todos ellos sean los soldados de la revolución que he comenzado, soldados rasos que no conocen a su general, pero están dispuestos a luchar por él y sus ideales.

«Seguid, valientes, seguid. Que nadie os obligue a cumplir las reglas. Cruzad en rojo cualquier semáforo, comprad alcohol pasadas las once, caminad por en medio de la calle, mead en alguna esquina vacía, tirad cáscaras de pipas al suelo… el mundo es vuestro y no debéis dejar que nadie os lo arrebate. No seamos víctimas del orden, rompamos los márgenes de la sociedad y hagamos historia como aquellos pequeños peones que reventaron el tablero y acabaron con ambos reyes y reinas. Vivamos, amigos, vivamos como si realmente estuviéramos vivos y que nadie nos haga olvidar que, en efecto, sí lo estamos».

Llegan mis dos amigos y despierto de mi ensimismamiento.

—Ey, tío. ¿Qué hacías?

—Nada, pensaba en mis tonterías.

—Vamos a pillar una birra.

—Hasta ahora.

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