Lo recuerdo incansablemente, caminaba junto a otros cuatro pies, los míos guiaban los suyos. Era un par de horas antes del ocaso, el sol se escabullía entre los pinos jóvenes y viejos y daba una increíble luminosidad a aquel sendero. Aunque tal sendero estaba bien marcado por las huellas de caballos y de personas que subían (sí, una pendiente no muy inclinada camino a lo alto de una montaña), hacíamos nuestro camino dentro del sendero mismo, cuidando que nuestros zapatos no se ensuciaran mucho.
Lo más increíble de tal camino era su índole inacabable, cada paso nos adentraba más en un verde-amarillo, en conjunto con sepia y un azul cerúleo; cada hálito de nuestras bocas se mezclaba con el aire puro de la atmósfera inmediata; nuestros ojos observaban las bifurcaciones del sendero, como las arterias que se alejan del corazón, y que luego, senderos más pequeños, encaminaban de regreso al lugar de partida, como las camas capilares y las venas.
Era un hecho, comenzamos en el corazón y nos adentrábamos en el cuerpo de un hermoso bosque. Nuestras manos sentían los leves golpes de las ramas que trataban de impedir nuestro paso, como si la belleza de tal lugar tuviera que permanecer escondida a los iris de grandes animales.
A unos cuantos metros de allí, nuestros oídos percibían la vibración constante que producía un arroyo. Cristalino y neutro, impasible y sinuoso, guiaba su camino en sentido contrario al nuestro. Aquél arroyo era así mismo un sendero para los seres que en él y por él habitan, un mundo suficiente y gigantesco a ojos de un entomólogo, o de un fotógrafo. En algunas ocasiones los dos senderos se cruzaban, y así mismo, los que los recorren, impregnándose cada uno de lo que el otro tiene, así: nosotros nos llevábamos rastros de agua y ellos rastros de tierra.
Seguíamos pues caminando, avanzando en el tiempo como Zenón y su flecha; saludando a cada árbol con nuestra presencia; escuchando por única vez a algunos insectos, el movimiento que el viento produce en algunos árboles (tal vez así se comunican los árboles), el crujir de las ramas que pisamos, y la fatiga en nuestros pulmones.
Se puede decir que la belleza de tal lugar reside en quien la admira y en quien se deja admirar. Nuestros sentidos prestaron toda su atención a cada estímulo que el sendero nos producía: un olor con tonalidad húmeda, sonidos claros u oscuros, verdes ácidos o azules dulces. La inefabilidad del lugar permanece en cierta medida (pequeñísima medida), en nuestra memoria y nosotros quizá, en los rastros que dejamos en aquel sendero insondable.

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