El Sacamantecas y La Rompepeines

El Sacamantecas y La Rompepeines

Marga Montes

07/03/2017

Nos gustaba quedarnos sentadas en el escalón del portal y comer pipas, sin más. Esparcíamos las muñecas y los cacharritos por la acera de la calle Jaime Tercero o jugábamos a la raya o a la comba debajo del emparrado que se escapaba por la verja del patio del Señor Ángel; allí daba la sombra y se estaba fresco. Sobre todo cuando llegaba el buen tiempo y terminaba el colegio, la vida transcurría fuera de casa. En la calle era donde pasaban las cosas.

Lo que más nos gustaba era ir a “Los Pinos”, y corretear por ahí. A veces, nos juntábamos con los chicos para echar un rescate, o un pañuelo, o un escondite. Ellos, mis hermanos y los otros, jugaban al fútbol o se liaban a pedradas y peleaban con los quinquis que querían quitarles el balón. Solo de vez en cuando, nos admitían a las chicas.

Mi madre nos tenía prohibido acercarnos al basurero pequeño, el que estaba enfrente de mi casa, pegado a los pinos. “Eso es para chamarileros y gitanos”, decía. Allí se iba, cada día, al caer la tarde, a tirar la basura. Algunos días, nos escapábamos hasta el fondo del pinar, hasta las ruinas del fortín de la guerra civil o, incluso, bajábamos la cuesta que llevaba a las vías del tren, donde estuvo la estación de Goya y”La Quinta del Sordo”, de la que solo quedaban ruinas. Era como visitar parajes inexplorados, salvajes; era como ir a correr aventuras.

Nunca nos atrevíamos a seguir bajando más allá del terraplén, donde empezaba el barrio Goya, plagado de chabolas y de miseria y rodeado por el basurero grande. Lo miraba con curiosidad cada vez que acompañaba a mi padre a comprar la leche en la vaquería de Magín.

En aquel lugar vivían El Sacamantecas y la Rompepeines, un par de traperos asiduos al vertedero. Los niños pequeños huían, muertos de miedo, cada vez que aparecían con aquel saco al hombro y llenos de mugre. Merceditas, la nieta de la señora María, la del primero, vivía atemorizada con los” Mira que llamo al sacamantecas”, o “tú verás pero ahí viene la Rompepeines”, con que intentaban reprimirla; Merceditas nunca salía a la calle sola, no como el resto de la chusma del barrio, decía su engreída abuela.

Cuando se perdía el respeto al sacamantecas, uno se había hecho mayor. Entonces, siempre arropados en el grupo, nos atrevíamos a acercarnos riendo a carcajadas mientras el Pepón, saltaba como un mono y hacía burlas “Sacamantecas, Sacamantecas, estoy aquí, ven a por mí”, decía; por supuesto, al menor movimiento de la pareja echábamos a correr.

Aquello no dejaba de ser una temeridad, porque el Sacamantecas era un tipo peligroso y tenía fama de tirar de navaja a la mínima ocasión. Estábamos seguros de que la Rompepeines era una bruja de verdad, el pelo, como de esparto, le caía hasta los hombros y abría tanto la boca al reírse, que dejaba ver el hueco de varios dientes. Siempre estaban discutiendo y él la golpeaba, a veces la tiraba al suelo y ella, se hacía un ovillo y le maldecía.

Un día cuando descubrí a mi vecina, la señora Carmen, hablando con la Rompepeines y diciendo “anda Matilde, ve al médico”, pensé, que si aquella mujer tenía un nombre como ese, y necesitaba ir al médico, quizá no fuera tan terrible. La señora Carmen, mi vecina de enfrente, lo sabía todo y conocía a todo el mundo en el barrio.

Los vertederos desaparecieron con las obras de la calle Caramuel. La basura se llevó los malos olores, las ratas, y a los traperos. Según supimos, la Rompepeines, Matilde, murió de un ataque al corazón. Una noche, poco después, ardió la chabola y el Sacamantecas no se despertó. Contaron que, entre las ruinas, se había encontrado una caja de metal con varios millones de las antiguas pesetas. Nunca supimos lo que había de cierto, pero aquello quedó como una leyenda.

Las obras duraron varios años, toda la infancia. Durante el verano en el que abrieron al tráfico la calle Caramuel, se produjeron cambios en mi cuerpo y en mi ánimo; hasta que una mañana de principios de otoño, un dolor agudo en el vientre me explicó la razón. Después, por la tarde, jugaba en la calle como cada día, montando de paquete en la bicicleta del Tono, agarrada a su cintura, cuando mi padre, con un enfado incomprensible, me llamó y me obligó a entrar en casa: «para que sepas que, a partir de ahora, hay cosas que ya no puedes hacer», me abroncó. Nunca, como en ese momento, sentí tan cerca la sombra del Sacamantecas.

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