Les recuerdo muy bien, casi podría decir que estoy allí aun supervisando su trabajo.

Supieron de diferentes etapas de la empresa en que trabajaban.

Fue una empresa unipersonal, luego una “ayudada” por medio de la intervención del Estado y por un último en una Cooperativa de Trabajo.

Les pondré nombres para identificarlos mejor. Eran tres, Pedro el más alto, Juan el de medio, y José el más bajo.

Su tarea diaria estaba en un sector de la fábrica cercano al horno de fundición, dónde los lingotes de aluminio se licuaban bajo un fuego a más de setecientos grados. El calor era permanente, fuese verano o invierno, era tal como si viviesen en las puertas del infierno.

Ocho horas más una para comer, era la jornada endemoniada a los lados de la laminadora que bufaba con cada paso de la placa gris reluciente, que iba y venía hasta que quedaba hecha un rollo de no más de diez milímetros. Para que el proceso fuese completo, cada placa debía llegar a la máquina con más de trescientos grados de temperatura. Recién entonces el aluminio era lo suficientemente maleable para que se le aplastara entre los rodillos laminadores.

José el más bajo medía 1,75 m de altura, Juan 1,80 y Pedro 1,90. Cada uno tenía desarrollados brazos, espaldas y torso como los personajes de Jacobo Bassano en el famoso cuadro que hoy descansa en El Prado. Sus pieles lucían el bronceado característico del que se pasa más de un cuarto de su vida al lado del fuego abrasador de la fundición. Cada uno en el trio tenía una tarea específica; el más alto, Pedro, de levantar en los aires la placa de 70 kg. desde el horno hasta la máquina; le seguía Juan que con fuerza hercúlea dominaba el material para que saliese recto de los cilindros ardientes y al final estaba José que con maña hacía que la placa laminada fuese nuevamente al comienzo del proceso, así entre cinco y seis veces hasta que terminaba en un rollo de 10 m de largo.

El tiempo es cruel en la mayoría de los casos, ya que su paso por las vidas va marcando un único final, la despedida.

Ellos, tan orgullosos de sus fuerzas y destrezas en el manejo del indomable metal calcinante, tan hábiles en la primera fase de transformación, admirados por el resto de la fábrica por sus cuerpos de semi dioses olímpicos, un día les llegó la aplastante noticia. La Laminadora 1 sería reemplazada por una de última generación, operada por un solo hombre con solo apretar una decena de botones, sin mayor esfuerzo físico, sin más que el conocimiento rutinario de seguir un procedimiento escrito en una planilla, sin sudores, sin humores, sin la música del metal crepitante, solo el monótono chirriar de los sistemas hidráulicos y los escapes de gas por la chimenea.

Esa mañana terrible para estos héroes del fuego, estos hijos dilectos de Vulcano, estaban a un costado de la maquinaria a medio desarmar, con sus delantales de cuero puestos y sus músculos flácidos, desolados, desorientados, apagados.

La llama ígnea que cada día, que durante más de veinte años había ardido en sus ojos al abrir la boca del horno, se había extinguido para siempre; la modernidad les apagó el motivo de sus existencias, les aplastó su merecido orgullo, les dejó a un costado en su abrumador avance.

Aseguro que pocas veces he visto el rostro del desánimo tan bien pintado como lo estaba en esos hombres.

Ya no habría un final de jornada en la ducha vanagloriándose del número de placas laminadas, ni de las veces que se habían salvado de un accidente, ni de los grados de calor soportados con alegría; ahora la sirena que sonara a gloria cada mañana, tocaba a retirada, a exilio obligado.

Su destino serían otras máquinas menores, que denigraban sus encarnaduras, sus vigores masculinos.

Estaban literalmente castrados, unos eunucos del remozado plantel de la factoría.

Les habían arrebatado su varonil figura.

Los olores acidificados que desprendía el mineral hecho lingote ya no se esparciría por la zona, los sudores a mares no tendrían lugar gracias a la refrigeración que habría, los estertores en cada movimiento del material serían suplantados por suaves silbidos y ronroneos de los motores del sistema.

Todo cambiaba de un día para el otro, sin que pudiesen hacer nada, la voluntad de modernización de la cooperativa pesaba más que sus tristezas y depresiones ante lo inevitable: eran prescindibles.

Ninguno de los tres tenía conocimientos técnicos, dos de ellos ni siquiera sabía escribir correctamente, solo habían aprendido a desarrollar fuerza para el trabajo de más de dos décadas y no eran aptos para el manejo de la novedosa tecnología.

Pasaron los meses y en mis rondas de inspección y supervisión, les veía cada día más decepcionados; lo que fue al comienzo incertidumbre, ahora era abatimiento, desgano, abulia.

No querían la conmiseración de los demás, solo que les regresaran a trabajar en equipo y dando todas sus fuerzas en la tarea.

El primero fue Pedro, abandonó la fábrica con una jubilación adelantada; le siguió José que renunció a su condición de asociado a la cooperativa y buscó trabajo en una fundición. Por último quedó Juan, que resignado optó por quedarse en tareas de mantenimiento de una sucursal de la fábrica.

Fue en aquellos días en que comprendí plenamente la frase que luego me acompañaría siempre: “El trabajo en el ser humano, le dignifica y le provee a su estima, los valores de la autosuficiencia”.

Ellos con sus actos y resoluciones al final del camino, me dieron la lección clara de lo que se siente cuando no estás preparado para afrontar los tiempos cambiantes en que vivimos.

Vaya mi homenaje a ellos, que les debo conocer como el ser humano ha avanzado en las ciencias y la tecnología, dejando a su paso decepciones, costumbres, orgullos, vidas completas sacrificadas como valientes soldados.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS