3000 metros.

El aire de mis pulmones se evapora como un suspiro.

4512 metros.

Me arreglo con una de mis manos para alcanzar el oxígeno embotellado; con la otra, mantengo el piolet incrustado en el interior de la nieve.

7250 metros.

Intento atravesar con el pie la blancura, pero uno de los crampones no consigue clavarse. Zamarreo la pierna con fuerza buscando un lugar donde posicionar de nuevo mi pie.

7115 metros

Estoy desmadejado en la nieve, no siento las piernas, la bandera ha caído.

He despertado. El centelleo del flexo de este habitáculo de hospital me fastidia, aunque estaba acostumbrado a que el sol me vapuleara de cerca en el Monte Everest. Otro día pasa en esta atormentada habitación, la que me trae de venida a la existencia cada mañana. No siento nada, no siento las piernas, ya no están ahí.

Mi mujer arrastra mi silla de ruedas. Me anima, pero yo estoy ido, yo estoy en Nepal, en el Himalaya, abstraído aún, ¿qué pudo fallar?

Estamos cenando en Lamucca, en Serrano 91, mi restaurante favorito de Madrid, o eso dicen, porque ya no consigo recordar. Corto un rollo vietnamita, que me saben a fideos y arroz, lo que habituaba a comer en mis descansos hacia la cima.

—El Kilimanjaro es impresionante, nos dijeron que era la segunda montaña más alta del mundo. —Dijo mi cuñada excitada por su último viaje a África.

—Es la cuarta. —Sentencié, y todos me miraron.

— Nos dijeron que era la segunda. —Respondió mi hermano con cautela.

—Es la cuarta: Monte Everest, Monte Aconcagua, Monte k2 y Monte Kilimanjaro, ese es el orden. —Apuñalé un trozo de carne bañada en salsa de curry y me lo llevé a la boca.

Nadie me contradijo, cómo iban a dudar de mí si yo había conseguido llegar a la cúspide de todas ellas, excepto de Chomolungma, como oí que la llamaban en Nepal, por mi ruta del sur.

Desde que desperté en aquel hospital, mi hijo ahora sentado frente a mí me miraba compadeciéndome, sin hablar con palabras, pero ahí estaban sus ojos brillosos, con el clamor asilado en las aberturas del iris. A veces, solo a veces, me coge la mano, yo me dejo, simplemente por volver a sentir algo.

Mi mujer desvió el tema, no quería presenciar un nuevo ataque postraumático en este lugar pintoresco abarrotado de clientes.

3000 metros.

La respiración es constante.

4850 metros.

La estaca obedece y se marca en la nieve como un sello en una carta.

7250 metros.

El cuerpo implora aireo para persistir la escalada, urge oxígeno extra.

8300 metros.

Los músculos de los brazos se estrangulan por el frío.

8848,43 metros.

La cima. La bandera clavada.

Nunca tendré tiempo de agradecerte lo que hiciste por mí. Tus ojos los míos, tu fuerza heredada, tú valentía sudorosa, tu constancia mi lección, tu esperanza mi maestro. Elegiste el norte y la conquista robaste.

Gracias hijo, gracias por devolverme al Everest.

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