La conjura del coraje

La conjura del coraje

Inspirado en una historia real.


‘Es posible que mi mundo esté en una dimensión que no entiendes, que nunca sepas por qué asoman mis lágrimas o qué es lo que motiva que brille mi sonrisa.

Quiero imaginar que lo intentas, que de verdad te esfuerzas.’


Mi padre se llama Andrés y mi madre Carmen.

Llevo la vida entera oyendo sus voces sin poder responderles con la mía, aprendiendo de ellos día tras día el valor de la vida, sin rehuir el esfuerzo. Es hora de agradecérselo.

Mi nombre es Miguel y padezco parálisis cerebral.

Tuve la mala suerte de que, al nacer, el cordón umbilical se enredara en mi cuello e impidiera que el oxígeno llegara a mi cerebro. Tuve la buena suerte de que mis padres no se rindieran ante el cruel dictamen de los médicos. No se resignaron, y les doy las gracias por ello.

Determinaron que yo, a pesar de todo, debía tener una vida lo más normal posible. Me dieron dos hermanos, Javier y Adrián, y me enseñaron el abecedario.

Se empeñaron en que pudiera comunicarme y, gracias a la ciencia informática, tengo este notificador que manejo con el lateral de mi cabeza. Con mis primeras palabras les revelé que me encantaba el deporte. Para entonces, yo tenía doce años.

Tiempo después, mi padre consiguió que me aceptaran en un colegio público de la ciudad. Entre tanto, fabricó una silla de ruedas especial y empezó a llevarme con él mientras corría. De ese modo, veía el mundo que él veía.

Cuando estuvo preparado, corrimos nuestra primera maratón amateur. No fue muy bien; acabamos de la mano del último clasificado. Mi padre sabía que yo gozaba cuando el aire golpeaba mi cara, que ese era un modo de no sentir mi discapacidad, y él entrenaba duro para llevarme cada vez más lejos.

Javier y Adrián se convirtieron en mis mejores aliados. Mamá, mamá sostenía siempre mi sonrisa.

Recuerdo el día en el que comenzamos a competir. Sentimos el rechazo del resto de atletas. Nadie nos saludaba. Nos huían. Finalmente, el coraje de mi padre consiguió que nos respetaran.

Encaneció marcándose nuevos retos hacia los que me arrastraba y, un buen día, llegó nuestro primer triatlón; corrimos, nadamos y pedaleamos juntos.

Hace unos meses tuvo un infarto. Cuando le ingresaron en el hospital, lloraba. Ví la desolación en el rostro de mi madre y mis hermanos. Yo sabía que él pelearía duro.

Dos días tardó en recuperarse.

—Tantos años de ejercicio le han salvado la vida —concluyeron los especialistas.

Hoy vivo solo en un apartamento, logré terminar un grado de Educación Especial en la universidad y cada fin de semana voy a visitarles a su casa.

Cuando recibo alguna invitación para dar una conferencia y hablar de la motivación personal, me hago acompañar de mi padre; sueño con que un día pueda ser capaz de hacerle sentir lo mismo que él me hizo vivir durante tantos días sobre la silla de ruedas, aunque sólo sea por un instante.

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