Carta en un punto del infinito
(Homenaje cuántico a Jorge Luis Borges)
Estimado Maestro:
No sé en qué instante exacto de todos los posibles esta carta llegará a usted. Tal vez ya la ha leído antes de que yo la escriba, o quizá la está imaginando en este mismo momento, corrigiendo mis palabras desde algún rincón del tiempo que no obedece a relojes.
Le escribo desde una realidad donde aún creemos que las cosas suceden una después de otra, aunque sospechamos —como usted ya sabía— que todo ocurre simultáneamente.
Ayer, o en otro de los ayeres posibles, encontré un libro sin título en una biblioteca que no figuraba en ningún mapa. Sus páginas no estaban numeradas, y cada vez que intentaba volver a una hoja anterior, el texto había cambiado. En una de esas versiones, usted era el autor. En otra, el lector. En una más inquietante, el libro me estaba escribiendo a mí.
Comprendí entonces que no era un libro, sino una superposición de libros: todos los libros posibles coexistiendo en un mismo objeto, esperando que una mirada —quizás la mía, quizás la suya— decidiera cuál de ellos existiría por un instante.
Recordé sus laberintos, pero este no tenía centro. O peor aún: tenía infinitos centros, y cada uno llevaba a otro distinto. Caminé por sus páginas como quien atraviesa universos paralelos. En uno, usted nunca había escrito. En otro, yo nunca había leído. En un tercero, ambos éramos personajes de alguien más.
Fue en ese punto —si es que los puntos existen en lo infinito— donde comprendí algo que me atrevo a compartirle: tal vez la realidad no es más que una lectura en voz baja del universo, y cada conciencia es un lector que, al observar, fija una versión entre infinitas.
Si esto es cierto, entonces usted no ha muerto. Simplemente se encuentra en otra de las tantas interpretaciones del tiempo, en una bifurcación donde sigue escribiendo esta misma carta… o recibiéndola.
Me pregunto, Maestro, si en alguno de esos mundos usted ya me ha respondido.
Si así fuera, tal vez esta carta no sea una carta, sino un eco.
Y si todo eco implica un origen, entonces en algún lugar —imposible pero inevitable— nos estamos encontrando.
Con admiración en todas las dimensiones posibles,
Norma Beatriz Castillo
Cuánto cuento cuántico
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