El peso de la omnipresencia

El peso de la omnipresencia

Eme Riu

24/04/2026

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El vacío sustancial habitaba en la armonía cuántica, permitiendo que todas las partículas del universo se bañaran en su esencia.

​El Campo de Higgs —omnipresente, trascendente e inmanente; efímero y eterno; invisible a las miradas pero siempre presente— reinaba en ese «no vacío». El bosón lo excitaba como una gota de agua salpica un vasto océano revuelto, y todas las partículas, al atravesarlo, se veían afectadas por el poder del Dios.

Algunas, como el Quark Cima o los Bosones Z y W, se demoraban charlando con él, ansiosas de adquirir notoriedad y masa. Otras, como el Quark Encanto o los Muones, se frenaban apenas para intercambiar un cordial saludo, temerosas de cargar con más peso del que podían soportar. Los Quarks Arriba y Abajo y los Electrones pasaban raudos, con un ligero ademán, como si quisieran conservar su ligereza y emular a los Neutrinos, aún más etéreos que ellos. Por último, los Fotones cruzaban el Campo a la velocidad de la luz, ignorando la invitación de la masa para seguir siendo solo un destello en el infinito.

Toda la masa del Universo existía gracias al Dios, gracias al Bosón. O eso creía él.

Un fotón, desviado por la curvatura de un espacio que empezaba a agonizar, le trajo un mensaje desde los lindes del infinito. Le dijo a él, ser omnisciente, algo que sus fluctuaciones ya habían detectado: una porción de materia extraña estaba devorando una galaxia dentro de su dominio.

Todo empezó con un minúsculo strangelet, no mayor que un átomo. Al chocar con un planeta, lo devoró hasta convertirlo en una esfera de cien metros de diámetro que conservaba, intacta, toda la masa original. De allí pasó al siguiente mundo, iniciando una reacción en cadena que transformó planetas y soles en la misma esencia densa y letal.

​Y las estrellas dejaron de brillar.

La galaxia entera se convirtió en una sopa compuesta por el estado fundamental de la materia: más estable, densa y resistente que la materia ordinaria. Aquella mancha oscura y voraz avanzaba imparable, y lo hacía gracias al Dios, gracias al Campo de Higgs. Pues sin su don, ninguna materia —ni la ordinaria ni la extraña— tendría la masa necesaria para ejercer su tiranía.

​El Diablo solo existe porque Dios le dio la sustancia para ser real.

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