Ella trabajaba en una de las bibliotecas de Viena, la ciudad donde había nacido. Él había aceptado una oferta de la famosa orquesta de la ciudad y se acababa de instalar allí. Dos jóvenes más en la Europa de entreguerras, enfrentando la vida con ilusión, con la confianza que se sentía por todas partes en que el Mundo había aprendido la lección y una tragedia como la de la Gran Guerra nunca más podría tener lugar.
Los presentó en una fiesta un amigo común, y enseguida sintieron que entre ambos existía eso que solemos llamar química: desde el momento en que se conocieron fue como si estuviesen los dos solos, como si no hubiese nadie más en aquella fiesta. Esa noche acabaron paseando por la ciudad, cogidos de la mano, mientras él la acompañaba a casa. Sin hablar, estuvieron de acuerdo en que era mejor que no subiera: se acababan de conocer y aquella relación se merecía algo especial.
En la soledad de sus cuartos, cada uno se excitó pensando en el otro y el destino ―o la famosa química― quiso que los dos alcanzaran el orgasmo a la vez, como si de dos amantes avezados se tratara. Esa noche durmieron con una sensación de plenitud que raras veces se alcanza.
El tiempo fue pasando. La amistad se convirtió en noviazgo y ella se mudó al piso de él, donde desde entonces vivieron juntos, aunque nunca llegaron a mantener relaciones. ―Ni ellos ni nosotros sabemos por qué, aunque sospechamos que temían sufrir una decepción si no conseguían alcanzar el clímax de aquella primera noche―. Sin embargo, entre ellos siempre siguió existiendo una relación tan especial que, cuando descubrieron que ella estaba embarazada, él no tuvo ninguna duda de que el hijo que esperaban era suyo.
El pequeño Paulsen nació a los nueve meses de la noche en que se conocieron, 48 días después de la boda que celebraron para legalizar la situación —pensando sobre todo en el futuro del niño—, una boda sencilla, en la intimidad, en la que solo quisieron que les acompañasen los padres de ambos y el amigo común —ya conocido entre nosotros—, que desde ese momento pasó oficialmente a ser el tío Alexander.
Antes incluso de empezar a andar, el nuevo miembro de la familia ya dio muestras de poseer una inusitada curiosidad científica: lo mismo se interesaba por la naturaleza de la luz ―que intentaba descubrir metiendo sus pequeños dedos en los enchufes―, como por la teoría de la gravedad ―cuyos efectos observaba dejando caer desde lo alto de su trona el plato de la papilla o el biberón―. Desde los primeros años en el colegio sorprendió a sus profesores por su inteligencia y capacidad de raciocinio, aunque tampoco les pasó desapercibida una determinación rayana en la obsesión: cuando algo no funcionaba como él esperaba o no conseguía lo que pretendía, solía reaccionar de una forma demasiado radical, sin pararse a considerar las consecuencias.
Durante su estancia en la universidad confirmó su veneración absoluta hacia Albert Einstein y su famosa Teoría de la Relatividad. Gracias a su expediente académico, brillante como pocos, le ofrecieron una beca para viajar a Oxford, al departamento de uno de los físicos más brillantes de la época —y de todos los tiempos—, que era además amigo personal del ídolo de nuestro protagonista, con el que mantenía una intensa correspondencia de la que surgirían algunos de los momentos más brillantes de la ciencia.
A pesar de la ilusión con la que se incorporó a su puesto, después de cuatro meses trabajando como ayudante en aquel laboratorio la indeterminación empezaba a hacer mella en él. Todo el día oyendo hablar de conceptos que desafiaban cualquier lógica inteligible, hasta para una mente privilegiada como la suya: superposición cuántica, entrelazamiento, colapso del sistema… Sin certezas a las que aferrarse, su raciocinio peligraba en medio de tanta incertidumbre, hasta que al fin se decidió a actuar. Aprovechando una ausencia del doctor Schrödinger ―y que en ese momento ningún observador podía interferir― se acercó en silencio a la caja negra alrededor de la que, día tras día, pasaban las horas discutiendo los afamados científicos del laboratorio, y le prendió fuego. Ahora ya nunca sabrían si el gato estaba vivo o muerto. Justo en ese momento regresaba el insigne doctor, que despidió a nuestro Paulsen antes incluso de que sus otros ayudantes hubiesen terminado de apagar el incendio, y sin molestarse siquiera en explicarle que nunca hubo ningún gato dentro de la caja: simplemente era parte del experimento mental, el planteamiento de la famosa paradoja.
Cuánto cuento cuántico
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