El aula olía a papel viejo y café recalentado. Las ventanas, altas y polvorientas, dejaban entrar una luz pálida sobre algunos pupitres. Era martes por la mañana, y el profesor Elías caminaba lentamente entre los estudiantes, con ese aire de quien carga siglos de lecturas en la espalda.
Se detuvo frente al escritorio, dejó el maletín con un suspiro que parecía querer conversar antes que mandar.
—Buenos días a todos —dijo con voz calma.
—Espero que hayan dormido poco, leído mucho y sentido al menos una contradicción sincera esta semana. Si no lo han hecho, no se preocupen.
—La escritura está hecha de cosas imperceptibles, códigos y grietas. De mensajes que el autor dirige a un público específico, pero que expone ante todos sabiendo que la mayoría no alcanzará el verdadero significado. Porque el mensaje no busca la comprensión masiva, sino preservar una intimidad disfrazada de universalidad. Quien lo entienda, ha sido convocado.
Elías se acercó a la pizarra, tomó el marcador negro y lo sostuvo como quien va a dibujar un paisaje.
Luego escribió: “Toda buena escritura es una fractura crítica que sangra autenticidad, aunque otros, unos más especiales, le pueden agregar alma.”
—Hoy no vamos a hablar de autores. Hoy vamos a hablar de ustedes. Y del trabajo que deberán entregarme antes de que este semestre se extinga sin haber dejado nada vivo.
Algunos se acomodaron en sus asientos. Otros, como Nazel, simplemente alzaron la mirada, atentos.
—La escritura —dijo Elías, mientras se acercaba a la pizarra— no es simplemente arte. Es un acto que nace desde lo más profundo. Aunque no todos escriben desde ahí, ese debería ser el origen. Aunque el dinero y la fama son importantes, decía, había una necesidad interior al escribir que te colocaba por encima de otros.
Los estudiantes tomaban notas en silencio. Algunos asentían con ligero interés, otros subrayaban frases como si buscaran en ellas el inicio de algo más grande. Nadie se atrevía a interrumpir.
—Para la próxima entrega —dijo Elías, escribiendo con marcador negro sobre la pizarra— quiero que cada uno de ustedes escriba un libro. No un ensayo, no un cuento. Un libro. Con principio, tránsito estructural y resolución narrativa. Puede no ser tan extenso si lo prefieren, pero debe tener una raíz auténtica y propia. Algo que brote, no desde una fórmula. Algo que nazca, que no se maquille con técnica, sino que justifique su autoría. Aunque no perfecto, algo que solo ustedes podrían haber escrito.
El ambiente se tensó, no por desinterés o dificultad de lo asignado, sino por la magnitud del reto. Las preguntas comenzaron a surgir, con la intensidad de quienes querían mostrar lo mejor de sí.
—No se trata de cantidad, sino de intención y originalidad. Recuerden que no quiero encontrar el más mínimo rastro de inteligencia artificial, a menos que quieran optar por una D en su nota final. Quiero que creen algo puro, algo suyo.
—Y si me permiten un consejo antes de que se lancen a escribir —agregó con voz suave pero firme—. No preconceptualicen sus ideas, no piensen algo predeterminado en el género que más se ajusta a su tipo de escritura. No miren videos de técnicas narrativas ni repitan estructuras ya aprendidas. Antes de escribir, vivan.
Los estudiantes prestaron atención con un silencio más profundo que el anterior.
—Caminen por jardines donde la luz se cuela como si fuera curiosidad. Suban montañas, no solo con el fin de llegar a la cima, sino para notar cómo cambia el silencio con la altitud. Si tienen suerte, pasen una tarde en habitaciones llenas de vida, traten de presenciar discusiones sinceras, miradas ocultas, sonidos lejanos. Vayan a bibliotecas antiguas, busquen cartas de escritores rotos, sus dudas, sus confesiones. Lean sus motivos, no sus métodos.
Se acercó a la pizarra y escribió tres palabras: vida, experiencia, percepción.
—Observen los parques como cazador a su presa, sutilezas que lo cambian todo. Miren la rutina como si fuera un teatro que nadie dirige. Piensen en lo filosófico, en lo absurdo, en lo invisible. Deténganse ante una vaca quieta en el campo, pregúntense por qué esa imagen los tranquiliza más que cien poemas. Las ideas más potentes no vienen del esfuerzo por tenerlas, sino del abandono necesario para encontrarlas.
Sumergidos en las palabras de Elías, pensaban profundamente en nuevas ideas, tratando de percibir el aroma fresco de una enseñanza doblemente bifurcada y abstracta.
Nazel seguía escuchando las palabras de Elías, pero algo dentro de él se quebraba. La clase, los pupitres, la luz. Todo parecía demasiado perfecto, como una obra, como un relato. Entonces recordó haber visto recientemente una nota, la cual pensaba que algún compañero había escrito de broma en su cuaderno: pistas de la realidad misma.
Las palabras de Elías parecían resonar más allá del aula, como si no fueran solo consejos, sino claves ocultas. Vida, experiencia, percepción. Tres palabras que vibraban en su mente con una intensidad extraña.
De pronto, algo cambió..
…
Todo a lo que nunca le prestó atención ahora le parecía inusual. Nazel tomó su lápiz, lo miraba de cerca, muy fijamente, detalles que faltaban, que no tenía. Dejó caer su cuaderno, lo recogía, y lo volvía a dejar caer. Se mordía la mano una y otra vez, con ojos escépticos hasta del mismo pupitre en el que estaba sentado. Comenzaba a realizar un guión que no era suyo, creó un quiebre. En ese instante comprendió que no era un estudiante más, ni siquiera un joven que buscaba escribir. Era un personaje. Un fragmento. Una voz atrapada en una historia.
Elías seguía hablando, pero Nazel apenas lo escuchaba. Había creado una grieta. Una revelación que no podía compartirla con nadie: solo él había sido convocado para crear este quiebre, un fragmento de entrelazamiento cuántico que le permitía tener un despertar.
Comprendió que no era libre, que su mundo era apenas una pequeña historia. Justo en ese momento comenzó a tener consciencia propia, le caín mil preguntas: ¿Por qué había sido creado? ¿Por que había sido elegido? ¿Qué propósito tenía más allá de entretener a un lector?
Nazel desper…. ..
Hola?

Cuánto cuento cuántico
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