Salté.
El infinito abismo me abrazó como uno de mis más viejos amigos.
En ese preciso instante, no había ninguna sensación negativa que me afligiera.
Sencillamente, me sentía, quizás por primera vez en mi existencia, realmente muy cómodo en el mundo que me rodeaba.
Incluso cuando en lo más profundo de mi inconsciente esperaba estamparme contra el final del abismo y estallar como un mero anfibio, mi caída fue recibida por una superficie esponjosa. Lanudas nubes evitaron mi trágico destino, llevándome a rebotar al tempo de la inercia, la cual fue decreciendo hasta dejar mi cuerpo firme en la superficie.
Confundido, me levanté y, antes de levantar la cabeza, pude ver dos pies arrugados frente a mí. Lentamente, alcé mi mirada, notando que sus piernas eran flacas y su postura estaba encorvada, tan solo siendo capaz de sostenerse gracias a un bastón. Su rostro tan solo evidenciaba aún más su situación: era un anciano. Su tez denotaba una cantidad innumerable de arrugas, tantas hasta el punto de que su ojo derecho era incapaz de abrirse. Su ojo izquierdo me juzgaba impasible y su severidad se acentuaba gracias a dos gruesas cejas blancas que formaban una “V”.
—Oíd tú, quien de los cielos ha descendido. Dos caminos se presentan para forjar tu destino.
Su tono era profundo y me impactó hasta el último rincón de mi interior.
—Si por tus pasos regresas, el camino de Hypnos habrás elegido, artífice del sueño eterno donde los mortales desechan la realidad y abrazan sus más profundos e irrealizables deseos.
Una ráfaga de viento azotó mi rostro y, al voltear, noté que un camino se abría por mi espalda. Era un derrotero marcado por unos pequeños seres alados, pululaban en escorzo por los cielos, como luciérnagas; sin embargo, con sus expresiones hieráticas cantaban dulces serenatas. Erizaban hasta el último de mis pelos. Una solemnidad tan perfecta como aterradora podía volverse muy cautivadora.
—Mas no desesperéis. Tras mis espaldas se ciñe el camino de Thanatos, marcando la senda de los mortales, quienes deseosos de lo etéreo anhelan su dulce abrazo.
Finalizadas sus palabras, un nuevo camino irrumpió frente a mis ojos y a las espaldas del anciano. Un grito de ultratumba azotó mi mente. Observé en todas direcciones, sin embargo no había duda: el camino de la muerte me llamaba. Repleto de naturaleza marchita, veía en la muerte un inquietante llamado que, por razones desconocidas, me atraía. Mi corazón bailaba al ritmo del temblor de mis piernas, deseosas por seguirlo.
—El sueño eterno o la dulce muerte, ¿cuál es tu elección? —el anciano me sacó del trance y me instó a responder.
Me arrodillé, cerré los ojos y suspiré profundamente. ¿Cuál era la elección correcta? ¿Había siquiera una elección correcta propiamente dicha? ¿Prefería optar por dejar que mi cuerpo se pudra por la eternidad a cambio de mantener mi alma en paz? ¿O acaso sería lo correcto la preservación de mi carne? Aún si aquello implica un alma en pena…
Pero… quizás, el cuerpo es el alma y viceversa, ¿no es acaso esa una contradicción? Tal vez sí. Tal vez… no. Si no lo fuera… la agonía sería la misma, un cuerpo derruido lleva a un alma en pena y, un alma en pena, condena a la miseria del cuerpo.
Entonces… No hay elección correcta.
Al menos no en las opciones presentadas.
La suerte está echada.
Cargado de convicción, asentí y observé su único ojo.
—Ninguno de las dos, venerable anciano. Elijo forjar mi propio camino, y mi camino será guiado por tu sabiduría. Sea el sueño eterno o la placentera muerte, tú conoces ambos caminos. Tú, y solo tú y tu conocimiento que supera ambos conceptos, serán mi guía.
Se hizo un silencio sepulcral. El anciano no me dirigió la mirada. Pude notar que asintió levemente con su cabeza y, al instante, hizo un golpe certero con su bastón, el cual, como por arte de magia, se esfumó entre sus dedos.
—Sabia elección. Ambos caminos, cargados de hedonismo, eventualmente llegan a una amarga conclusión: el final. No hay sueño eterno. No hay muerte que no traiga dolor. Levantó su mano en mi dirección, incitándome a seguirlo.
De pronto, todo el escenario que nos rodeaba desapareció.
Flotábamos por los oscuros cielos, similares al vino. El anciano, frente a mí, comenzó a cambiar. Sus arrugas desaparecieron, su carne ya no era flácida, su postura firme y ahora su rostro, bien pulido, era fácilmente visible. Dos imponentes ojos celestes, brillantes, me observaban con enjundia.
—¡Ea! Ven, hijo mío. Acepta el abrazo de Titón. A pesar de desgarrar tu carne, aun si el viaje se torna más oscuro que cualquier otro; no desesperes, pues la eternidad es lo que te espera…
Y, una vez más, el escenario que nos rodeaba se esfumó por completo. Fue solo un instante. O quizás una eternidad. Mis ojos no vieron nada, empero, mi cerebro lo procesó todo.
Lo posterior iba más allá del vocabulario, no, de la comprensión humana misma.
No había gravedad que me sostuviera. No volaba como Ícaro; tampoco flotaba. Sencillamente, estaba en el centro de todo. Una calidez, que ni siquiera el mejor día de primavera podría proveer, alcanzaba hasta la última fibra de mi cuerpo.
La mayor sonrisa de satisfacción se formó en mi rostro. Una vez más, el mundo que me rodeaba me brindaba el placer más grande que jamás había sentido.
Por fin lo comprendí.
No son los sueños.
No es la muerte.
Ni son los Dioses.
Solo soy yo.
En el principio y en el fin.
Cuánto cuento cuántico
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