La primera vez
que pensé en el infinito fue cuando tenía unos ocho años. No hacía
tanto que había aprendido a contar y en pocos años había sentido
el goce de pasar de poder llegar hasta cinco a luego alcanzar a
contar hasta diez y, luego, pasar de diez a veinte para, luego, una
vez adquirida la rutinaria mecánica, poder contar primero hasta
cien, luego hasta mil y desde ahí hasta donde la capacidad de los
nuevos nombres de números me pudieran abastecer.
En cualquier
caso, a medida que fui añadiendo números me di cuenta de una cosa:
aquella enumeración no tenía fin. Podía estar toda la vida
avanzando en la constante cuenta de números y no terminar jamás de
alcanzar el cómputo total. Es más, fui consciente de que el número
que dijera en el último instante de esa existencia dedicada
solamente a contabilizar sería un número ínfimo e irrisorio
comparado con el inalcanzable concepto de infinito.
Algo de esto
intenté transmitir a los demás niños de la escuela y nadie quiso
prestarme atención enardecidos como estaban en jugar a absurdos
juegos de canicas, en saltar a la comba o perseguirse incesantemente
entre ellos.
Yo también
jugaba a esas cosas, no sé si por pura inercia de la infancia o
gusto satisfactorio o, tal vez y en parte, por no desencajar. Pero
algunas noches cuando me acostaba y no podía dormir, ejecutando
cierto ritual que se proponía para ayudar a la somnolencia
consistente en contar ovejas imaginarias, de nuevo me veía abrumado
por la presencia del infinito en la posibilidad de que ese rebaño
delirado, si yo no me quedara dormido, podría con el tiempo llenar
el universo entero.
Ese orbe relleno
de ovejas en toda su extensión tal que ovejas abarrotando las
superficies de todos los planetas del mundo aplastadas en montañas,
ovejas superpuestas que alcanzaban a desbordar las atmósferas y que
continuaban sin dejar lugar a nada acaparando todo el espacio
sideral. También ovejas ardiendo por su cercanía al sol y demás
estrellas que dejaban un olor nauseabundo a carne y lana quemadas.
Ovejas dispersando los arabescos de nebulosas cósmicas, saliendo
impulsadas en cada jet de cuásar y ovejas siendo absorbidas por
agujeros negros que tragarían incesantemente todas las nuevas ovejas
en pugna con el ritmo en que yo las creaba en mi imaginación.
Esa imagen, unas
noches me impedía dormir y otras me dejaba tan exhausto que
alcanzaba prontamente el sueño. Y es que el infinito para mí
siempre fue una carga y a la vez una escapatoria.
Así, cuando nos
hablaron en clase de religión de las opciones vitales de un paraíso
eterno o una eternidad de sufrimiento en el infierno, mientras las
demás personitas de mi edad quizás miraban esa primera metáfora
con agrado y la segunda con terror, a mi (mediatizado por mi noción
de lo que era verdaderamente indefinido) no me quedaba más que no
poder ver menos horrorosa la primera que la segunda.
A pesar de todo,
con el tiempo crecí llevando a cabo una vida más o menos como la de
todo el mundo. Dentro de esta, una de mis aficiones fue la literatura
y entre la basta extensión de autores conocí a Borges y sus
múltiples metáforas del infinito.
Me perdí entre
los inconmensurables pasillos y anaqueles de su Biblioteca de Babel,
me vi en la prodigiosa retentiva de Funnes el memorioso, intenté
agotar las páginas del libro de arena, caminé por su jardín de
senderos que se bifurcan y habite el vasto e inconcebible espacio
total de su milagroso Aleph.
Todo eso no hizo
sino corroborar mi obsesión con ese concepto inhumano. Más aún
cuando en las páginas de ese otro escritor llamado George Sterne,
leí la disertación de que si alguien quisiera alcanzar a leer toda
lo que está escrito debería emplear varias de sus vidas. Y, de
hecho, teniendo en cuenta de que puedan publicarse cada día una
media de pongamos 1000 libros al día y teniendo en cuenta de que una
persona pudiera leer si usara todo el tiempo del que dispone quizás
unos diez libros diarios, esto haría que al día siguiente a los mil
libros que debiera leer le quedarían 990 y a ese número se le
acumularían los mil libros del día siguiente. Y, este mecanismo
acumulativo sucedería a cada nueva jornada cosa que haría que no
solo no lograría leer jamás toda la creciente literatura existente,
sino que además el cómputo de libros que le faltarían leer también
tendería de nuevo infinito.
Por las noches,
debido a esto o a pesar de esto, he intentado leer lo máximo posible
en los intervalos de mi insomnio de ovejas cósmicas.
Después por la
mañana, redimido, he regresado a la calle y de nuevo he visto los
vastos puntos de fuga en las bifurcaciones. He seguido viviendo, he
sufrido algunas alegrías y algunas tristezas, he hecho y he recibido
alguna traición, he conocido a muchas personas y olvidado a otras
tantas. He viajado un poco, he seguido leyendo, he realizado nuevos
proyectos y, luego, he envejecido, aunque siempre he mantenido mi
pequeña obsesión con el infinito, hasta que, finalmente, he muerto.
Y, sin embargo,
el tiempo ha continuado hacia adelante sin mí. Han desaparecido
nuevas estrellas, han nacido nuevos cuásares y agujeros negros
(ahora ya absueltos de mi delirio insomne de ovejas). Se ha esfumado
nuestro planeta Tierra tiempo después devorado por el sol. Y este,
posteriormente, se ha extinguido y definitivamente también todas las
estrellas del universo que quedaban.
Hace tiempo que
nadie escribe más libros. Especulo que en breve sería posible,
teniendo en cuenta que según mis cálculos todavía no habría
terminado de contar números el niño que un día fui, empezar a
alcanzar a haber leído toda la literatura que hubiera sido creada en
toda la historia de la humanidad.
Cuánto cuento cuántico
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