No he sabido cómo empezar este mensaje. Lo he escrito y borrado tantas veces que, sinceramente, creo que ninguna combinación de palabras va a ser suficiente para decir todo lo que llevo dentro… aun así, quería intentarlo.
Primero quiero agradecerte. Porque llegaste a mi vida en un momento donde ya había empezado a olvidar muchas cosas de mí misma. Me devolviste la ambición, las ganas de crecer, de construir, de aspirar a más. Me recordaste que el amor no debería sentirse como carencia, ni como confusión constante, ni como tener que conformarse con migajas. Me enseñaste, sin siquiera intentarlo, que cuando alguien te quiere de verdad, el cuidado no pesa, la atención no cuesta y el respeto no se negocia.
Creo que una de las cosas más bonitas que tuvimos fue esa manera de entendernos sin necesidad de llenar el silencio. Poder estar juntos, simplemente existiendo en el mismo espacio, y sentir que eso ya era suficiente. No necesitábamos hacer grandes cosas para disfrutar del otro. Bastaba con tu presencia. Bastaba con mirarte. Bastaba con sentirte cerca para que todo pareciera un poco más tranquilo.
Todavía me cuesta entender cómo alguien puede abrazarte con tanta fuerza, como si el mundo entero pudiera arrebatárselo en cualquier momento, y aun así desaparecer después como si nada hubiera significado demasiado. Me cuesta entender los besos en la frente, las caricias tan suaves como si estuviera hecha de cristal, la forma en la que me mirabas cuando creías que no me daba cuenta. Porque quizá las palabras pueden fallar, quizá las acciones pueden confundirse… pero hay miradas que no se inventan. Y no quiero creer que fui la única que vio algo más cuando nuestros ojos se encontraban.
Esperé días por un mensaje tuyo. Algo pequeño. Algo que me dijera que todo estaba bien, que lo nuestro merecía una oportunidad real, que no habíamos llegado hasta aquí (después de tantos años, de tantas cosas, de tanta historia… de tantas veces que el destino pareció ponerse a nuestro favor) para convertirnos en un simple recuerdo de un mes.
Una de las cosas que más me dolió fue darme cuenta de que muchas de las razones por las que decidiste alejarte nunca las supe hasta que ya habías tomado una decisión. Nunca hablamos realmente de cómo te estabas sintiendo mientras aún estábamos dentro de la relación. Nunca me preguntaste cómo me sentía yo tampoco…
A veces siento que viviste todas esas dudas solo, llegaste solo a tus conclusiones y, cuando finalmente hablaste, ya habías decidido por los dos. Supongo que por eso todo se sintió tan repentino para mí… como enterarme demasiado tarde de una conversación que llevabas tiempo teniendo contigo mismo.
Nunca pensé que la admiración pudiera doler… Porque te admiro profundamente.
Me siento increíblemente orgullosa del hombre en el que te has convertido, de todo lo que has logrado, de la disciplina y la ambición con la que construyes tu vida. A nuestra edad, muy pocas personas tienen esa mentalidad, esa hambre de crecer, de seguir avanzando, de querer más para sí mismos. Y verte así despertó algo en mí también. Tu ambición alimentó la mía. Verte perseguir tus metas me recordó que yo también quería volver a perseguir las mías.
Supongo que por eso duele tanto. Porque no solo perdí a alguien que quería… sentí que perdía a una persona que admiraba de verdad.
Aun con todo, creo que una parte de mí siempre va a preferir recordar al hombre que eras antes de tantos silencios y promesas rotas. A mi amigo, mi confidente, mi “terapeuta”… la persona con la que podía hablar de todo y de nada al mismo tiempo. Quiero quedarme con la versión de ti que me hacía sentir paz, con las conversaciones interminables, con la manera tan nuestra de entendernos sin explicaciones. Porque, aunque ahora duela mirarte desde tan lejos, no quiero permitir que el final borre todo lo bonito que existió antes de él.
La noche en la que decidimos intentarlo prometimos darnos una oportunidad justa. Prometimos que haríamos las cosas bien, que ambos lo intentaríamos de verdad y que, incluso si no funcionaba, no íbamos a desaparecer el uno de la vida del otro. Supongo que ahí fue cuando entendí que incluso las promesas más sinceras pueden llegar a romperse de un momento a otro.
Sé que probablemente le estoy escribiendo a un fantasma. A alguien de quien quizás no vuelva a escuchar jamás. Tal vez este mensaje termine perdido entre otros silencios.
Y esto no es un reclamo. Más bien, es un agradecimiento… y, si no llegara a volver a saber de ti, con muchísimo dolor, también una despedida.
Gracias por devolverme una parte de mí que creía perdida. Gracias por recordarme que todavía soy capaz de sentir algo tan profundo, tan intenso y tan bonito.
Creo que siempre voy a guardar un espacio para lo que fuimos, para lo que pudimos haber sido… y para la versión de ti que alguna vez conocí.
Porque hay silencios que dicen cosas que yo todavía no sé explicar.
— Vera Noctis
Nota de autora
Esta carta forma parte de un proyecto epistolar en construcción. Es la primera pieza y, a diferencia de las que surgieron después, sí llegó a su destinatario. No recibió respuesta.
Me interesa especialmente conocer la experiencia de lectores que no saben nada de la historia detrás del texto. Agradezco tanto las impresiones emocionales como la crítica constructiva: ritmo, voz, intensidad, repeticiones, fragmentos que funcionan y aquellos que podrían hacerlo mejor.
Si algo permaneció contigo después de leerla, también me gustaría saber qué fue.
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