𝗛𝗼𝘆 𝗿𝗲𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼 𝗮 𝗠𝗮𝗿𝗰𝗼 𝟵𝟳 𝘆 𝗮 𝗹𝗮 𝗯𝗲𝗻𝗱𝗶𝘁𝗮 𝗽𝗮𝗹𝗺𝗲𝗿𝗶𝘁𝗮
Recuerdo que por un breve tiempo coincidimos como descanseros, encargados de cubrir los fines de semana a los porteros regulares de un bonito edificio en el distrito limeño de San Isidro. Eran jornadas de 12 horas de intenso aburrimiento. A veces se volvían 24 interminables horas si el relevo no llegaba porque se enfermó, se accidentó, le ocurrió algo a un familiar o porque se le pasó la mano con los tragos el Día de la Madre, el Día del Padre, en su Cumpleaños, en Año Nuevo o en alguna fiesta ocasional. Recuerdo el escaso movimiento de las tardes de domingo, el frío del invierno en la estancia de mármol… pero sobre todo el silencio y el sueño. Daba mucho sueño. Podías pasar horas con los ojos de huevo sin que nada pasara y, justo cuando te dormías, aparecían propietarios malhumorados tras la puerta de vidrio, por delante, o por detrás saliendo de los ascensores, molestísimos porque tenían que usar su llave y empujar por sí mismos la puerta, y claro, el hijoeputa portero, por más que corría, quedaba a mitad de camino y hacía el ridículo frente al señor o la dama que pasaban serios, muy serios. Podría decir que con una mirada de desprecio, pero no: ni nos miraban.
Aunque no eran todos así, la mayoría lo eran, especialmente hijos y nietos de padres o abuelos adinerados que heredaron todo menos la bondad y los buenos modales de sus patriarcas. Recuerdo que el final del turno era glorioso. Recuerdo que cuando ya faltaba poco, empezaba a entonar en mi cabeza: «liiiibre, como el sol cuando amanece yo soy liiiibre, como el maaaar…». Y así seguía, hasta firmar el cuaderno de ocurrencias, entregar el cargo y emprender las 10 cuadras de Camino Real hasta la Javier Prado, desde donde solo una hora más de viaje apretado en microbús me separaba de casa.
Por ese entonces mi relevo era Marco. Juntos cumplíamos ese ritual silencioso del cambio de guardia entre dos descanseros cansados. Recuerdo que en el cuaderno de ocurrencias, cada uno dejaba constancia de lo mínimo indispensable. Allí aprendí a reconocer su firma y nunca leí nada más suyo, hasta que encontré su nombre en la palmera. Imagino que el mismo tedio que me invadía un aburridísimo sábado o domingo de portería, lo dominaba también a él, sin las ventajas que brindan los celulares hoy en día para distraer el ojo y las ideas. Imagino también que se sentía solo o demasiado lleno de su presencia el día que quiso inmortalizar su nombre en la pequeña palmera que adornaba el impecable lobby de aquel edificio pituco. Lo imagino parado con la mirada perdida en los ventanales, contemplando la calle o llenándose del vacío y del silencio, cuando una pretérita razón o un pensamiento ulterior lo impulsó a querer perennizar su paso por ese mundo de blancos y blanqueados y no encontró mejor forma que escribir «Marco 97» en la bendita palmerita, con lapicero azul, como cuando rayábamos nuestro nombre en las carpetas del cole para decir: «ey, estuve aquí», sin miedo a ser vistos.
Sea como fuere, Marco quiso dejar huella en este mundo como un hombre de las cavernas, y así mismo lo trataron los moradores de aquella torre con nombre de estrella y de porteros estrellados, a donde no volvió y no volví.
Y fuimos libres para nombrar palmeras, por siempre jamás.
𝗗𝗲: 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼
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