Nadie juega para desaparecer: las escondidas son una forma de pedir que nos encuentren.

Nadie juega para desaparecer: las escondidas son una forma de pedir que nos encuentren.

Jugar a las escondidas parece una de esas cosas que los adultos abandonan sin darse cuenta. Un día dejan de correr por los patios, de esconderse detrás de una puerta y de contener la respiración para que nadie los encuentre. Después crecen y empiezan a llamar «cosas de chicos» a todo aquello que alguna vez les enseñó, sin que lo supieran, algo importante acerca de la vida. Sin embargo, si uno mira bien, las escondidas son un juego bastante serio: alguien cierra los ojos, los demás desaparecen y, durante un rato, todos aceptan la posibilidad de no ser encontrados.

Yo tengo ocho años y creo que la parte más importante del juego no es esconderse. Es que alguien busque. Porque si uno se esconde y nadie viene, entonces no es un juego. Es otra cosa. Uno puede aguantar un rato en silencio, agachado detrás de una cortina o debajo de una mesa, tratando de no hacer ruido. Pero después empieza a escuchar los pasos y a preguntarse si todavía se acuerdan de que uno está ahí. Y creo que ahí está el secreto de las escondidas: uno no se esconde para desaparecer, sino para comprobar que alguien sería capaz de atravesar todos los escondites del mundo para encontrarlo.

Por eso los lugares donde uno se esconde nunca son tan secretos como parecen. Un chico de ocho años sabe que tiene que dejar alguna posibilidad. Una zapatilla que asoma debajo de la cama, una respiración que no pudo contener, una cortina que se mueve un poquito. Es como si uno quisiera engañar al que busca, pero también quisiera ayudarlo. Porque hay una contradicción en las escondidas: queremos que tarden en encontrarnos, pero no queremos que se olviden de buscarnos. Y quizá esa sea una de las primeras cosas que aprendemos sobre el amor sin que nadie nos la explique.

Cuando el que busca pasa cerca, uno siente miedo de que lo descubra y, al mismo tiempo, desea que se acerque un poco más. Entonces sucede algo extraño: escondido en la oscuridad, uno empieza a querer ser encontrado. Ya no importa tanto ganar. Importa escuchar que alguien pronuncia nuestro nombre. Importa saber que alguien se detuvo frente a una puerta porque sospechó que detrás de ella podía estar uno. Importa que alguien haya pensado en nosotros entre todos los lugares posibles del mundo.

Por eso me parece que las escondidas se parecen un poco a la vida. Porque durante mucho tiempo creemos que vivir consiste en ser vistos: que nos miren, que sepan quiénes somos, que nos reconozcan. Pero después uno descubre que hay momentos en que todos necesitamos escondernos. Nos escondemos cuando tenemos miedo, cuando estamos tristes, cuando no sabemos qué decir, cuando algo nos duele demasiado para contarlo. A veces hasta nos escondemos de las personas que más queremos, esperando, secretamente, que sean capaces de encontrarnos aun cuando nosotros no sepamos pedirles que lo hagan.

Y tal vez por eso duele tanto cuando alguien deja de buscarnos. No porque nos hayan encontrado demasiado tarde, sino porque un día dejamos de escuchar sus pasos. Uno puede perdonar muchas cosas, pero es difícil acostumbrarse a la ausencia de alguien que alguna vez conocía nuestros escondites. Hay personas que nos acompañaron durante años y que después desaparecieron de nuestra vida sin que nadie terminara de contar. Y uno permanece, de algún modo, en aquel rincón donde se escondía de niño, esperando todavía que una voz conocida corra la cortina y diga nuestro nombre como si el tiempo no hubiera pasado.

Quizá crecer sea descubrir que todos estamos jugando a las escondidas sin haberlo decidido. Algunos se esconden detrás de una sonrisa. Otros detrás del trabajo, del orgullo, de la costumbre de decir que están bien. Algunos consiguen esconderse tan bien que hasta ellos mismos olvidan dónde dejaron a aquel que eran. Y sin embargo, en algún lugar secreto de cada persona, permanece un niño que todavía espera escuchar los pasos de alguien que no se canse de buscar.

Por eso me parece que el verdadero perdedor de las escondidas no es el que aparece primero. Tampoco es el que tarda demasiado en encontrar un escondite. El verdadero perdedor es aquel a quien nadie busca. Porque mientras alguien nos busca, aunque no pueda encontrarnos, todavía formamos parte de su mundo. Todavía hay alguien que imagina dónde podríamos estar. Todavía alguien pronuncia nuestro nombre contra las paredes de la casa.

Y quizá por eso, cuando finalmente nos encuentran, no importa haber perdido. Uno sale de su escondite y se ríe, un poco avergonzado, un poco feliz. Porque durante unos minutos estuvimos solos en el mundo y, sin embargo, alguien vino por nosotros. Alguien abrió puertas, miró debajo de las camas, apartó cortinas y recorrió habitaciones hasta llegar al lugar exacto donde estábamos.

Ahora que soy chico, todavía puedo decirlo sin vergüenza: a mí me gusta que me encuentren. Creo que a todos nos gusta, aunque cuando somos grandes aprendamos a disimularlo. Porque quizá toda la vida no sea más que eso: encontrar un lugar donde podamos escondernos de lo que nos lastima y confiar en que, entre millones de personas, entre todas las puertas y todos los silencios, habrá alguien que todavía recuerde nuestro nombre y tenga la paciencia de venir a buscarnos.

Y cuando esa persona finalmente nos encuentre, quizá no haga falta decir nada. Bastará con que nos mire, como cuando éramos chicos, y nos diga que nos encontró. Entonces entenderemos que no habíamos estado jugando solamente a las escondidas. Estábamos aprendiendo, sin saberlo, la cosa más difícil que puede aprender un ser humano: que ser amado acaso no consista en que nunca nos dejen solos, sino en tener la certeza de que, aun cuando alguna vez necesitemos escondernos, habrá alguien que no confunda nuestro silencio con una despedida.

Piedra libre. Ya pueden salir.

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