En los pasajes ocultos, donde el torneo se decide antes, Remy
enfrentó a su maestro: Caín, la sombra perfecta. Cada prueba era una trampa,
cada decisión un filo invisible. Remy aprendió a leer la mente de un asesino, a
prever el instante en que alguien decide cruzar el abismo.
—“Demuestra que entiendes” —ordenó Caín, señalando a un rehén.
Remy no se movió.
El silencio pesó más que cualquier golpe.
Caín bajó su arma.
—“Entonces eres inútil… o libre”.
Remy respiró hondo.
En ese mundo, negarse era la única forma de no desaparecer.
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