Ella siempre espera

Ella siempre espera

Cata Lina

11/06/2026

Su nombre era Marta, se casó con Fernando al que amaba con locura. Con ese amor incondicional que no nos deja pensar en nosotros sin el otro. Era su mujer, siempre lo sería.

Pensó que su matrimonio era sólido, que estaba bendecido. Se casaron por civil y por iglesia. Ella, virgen como Dios manda. Su padre, Armando, no habría aceptado que no fuera así y ella buscaba su aprobación en cada paso que daba.

Era un hombre fuerte, de carácter firme, dominante, un padre de los que ponían un límite solo con la mirada. Integrante activo de la parroquia, catequista y ministro de la Eucaristía. Su esposa, una mujer piadosa, buena, una mamá amorosa y dedicada a su familia. Para todos los vecinos y los miembros de la parroquia, simplemente, la esposa de Armando. Muchos no sabían ni su nombre. Rosa.

Tuvieron tres hijos: Pedro, Mariana y Marta.

Pedro, el mayor de los hermanos, decidió irse a vivir a España desde muy joven. Pasaron casi treinta años. Apenas fue mayor de edad compró un pasaje de ida y se fue a probar suerte, necesitaba distancia de ese padre que lo asfixiaba. No tenía intenciones de casarse, no quería compromisos, no quería la responsabilidad de un hijo, no compartía la fe de su padre. No así, con tanto compromiso y fervor. Un amigo y compañero de su promoción se iba a Madrid donde lo recibía su hermano que había emigrado unos años antes. Se fueron juntos. Tiempo después Pedro probó suerte en Valencia, y ahí se quedó. Era su lugar en el mundo. Nunca extrañó a nadie, solo un poco a su madre.

Mariana, la hija del medio. La preferida de papá. Armando no hacía ningún esfuerzo para disimular eso. Era maestra. Su marido era empleado en una ferretería. Trabajador y honesto. No pudieron comprar una casa, alquilan. Su papá la ayudaba siempre que lo necesitaba. Tuvieron tres hijos varones. Los nietos que le aseguraban la continuidad familiar a Armando. Se lamentaba porque su apellido terminaba con él, no podía esperar nada de Pedro. Mariana inscribió a sus hijos con los dos apellidos: el de su esposo y el de su padre. Una vez más, su preferida, le hacía un regalo que el patriarca de la familia recibía con emoción. Era la única que podía lograr que ese hombre fuerte, gigante para todos, bajara la guardia. Solo ante Mariana. Marta siempre se celó de su hermana, siempre buscando la aprobación de papá. Y no lo conseguía.

Por eso cuando se casó, sintió que comenzaba su vida. Cambió la aprobación de Armando por la aprobación de Fernando, su esposo. Se sentía segura de la familia que formó junto a su hombre de siempre. Estaban juntos desde el colegio, casarse fue casi una consecuencia natural por el paso del tiempo.

Marta trabajaba en la sucursal de un banco importante, en un barrio alejado de su casa. Tenía que viajar más de una hora para ir y volver cada día a su hogar. Era una empleada destacada, de confianza. No logró hacer carrera, siempre detrás de un ascenso que no llegaba. Una de sus amigas, compañera de trabajo, le dice que su problema era ser muy eficiente. Para el gerente era cómodo contar con ella, siempre disponible, efectiva. No veía a alguien que ocupara con solvencia su lugar. Y así, Marta, vio cómo promovían a otro, que dependía de ella. Le pidieron que lo ayudara, que no lo dejara solo, que lo preparara para el rol.

—Entonces yo estoy preparada. ¿Por qué no puedo ser yo quien ocupe ese lugar?

—Tal vez en casa central, pero aquí, en una sucursal, es mejor así. Él tiene otra presencia ante los clientes. —explicó el gerente.

¿Otra presencia? Era varón, era su diferencial para tener un trabajo que naturalmente era de ella. ¡Qué ganas de dar un portazo!

Imposible hacerlo. Era el sostén de su casa. El ingreso más fuerte, muchas veces, el único.

Fernando era un hombre amargado, nunca tuvo una vocación definida, no estudió después del secundario, siempre perdía el trabajo, siempre todos son inferiores a él y no soportaba que le dieran órdenes cuando él no los respetaba ni profesional ni intelectualmente. Era el típico hombre que sabía todo: fútbol, él sabía la mejor formación. Política, él sabía cómo sacar el país adelante. Economía, él sabía cómo terminar con la inflación. Así con todo. Quería trabajar por su cuenta, intentaba negocios, su mujer siempre era la garantía. Siempre fracasaba y se fundía, ella pagaba las deudas.

Sólo con su sueldo no fue posible comprar ni alquilar. Como fue la última en casarse se quedó en la casa de sus padres. La habitación que había compartido siempre con su hermana y la que Pedro dejó hace tantos años se convirtieron en su hogar dentro del hogar de sus padres.

Tuvieron una hija: Florencia. Alguna vez Marta pensó que no podría amar a nadie más que a su marido y cuando su hija llegó entendió que el corazón siempre tiene un lugar más, más amor para dar. Y en este caso, como nunca en su vida, un amor realmente incondicional. Un amor recíproco, como nunca había vivido antes.

Después del cumpleaños número cuatro de Florencia, mientras limpiaban el patio de guirnaldas y globos, Fernando le dijo que quería separarse.

—Necesito tomarme un tiempo.

Se paralizó, no entendía qué pasaba. Sintió que le habían dado una trompada en la boca del estómago.

—No entiendo Fernando, ¿qué pasó? ¡Estamos bien! ¿Qué pasa?

—Necesito pensar.

—¿Tenés otra mujer? ¿Es eso? —le dijo con la voz quebrada.

—No Marta, sólo estás vos. Vos y la nena. Soy yo. Voy a estar con mi mamá por unos días. Es lo mejor.

Esos días se prolongaron, mucho más que lo que Marta podía soportar. Decidió seguirlo, tenía que existir otra mujer. Era eso. Otra. Pero no. Le dijo la verdad: se fue a casa de su madre, no hay otra.

Habló con su suegra y le confirmó que estaba solo, que salía poco, que estaba intentando emprender un nuevo negocio. Otro más.

Tal vez lo más doloroso fue entender que no se fue detrás de otra mujer que, en realidad, no quería estar con ella. No soportaba la idea de perder su matrimonio. Ella era católica, practicante, rosario diario. Nunca podría estar con otro hombre, él lo sabía. Y sabía que podía volver a ella cuántas veces quisiera.

El tiempo pasaba. Iban y venían, varias veces. Florencia no podía sentirse apegada a ese papá que a veces estaba y a veces no estaba. Que cuando se iba no tenía tiempo para ella. Rosa la cuidaba, la esperaba a la salida del colegio, le preparaba la comida, se ocupaba de la ropa de su hija y de su nieta. Quería darle a Marta un respiro de tanto dolor, de tanto trabajo, de tanto desamor.

Cada vez que Fernando volvía, tenía una idea para un negocio o una deuda nueva que no podía afrontar, otro fracaso. Y allí estaba su esposa.

Un día Florencia le dijo:

—Mamá, no te ilusiones. Ya sabés como es papá.

Tendría doce años. ¿Cuándo había crecido tanto? ¿Cómo no pudo ver que su hija ya no era esa pequeñita festejando sus cuatro años? Se dio cuenta de que estuvo siempre junto a ella y para ella, pero dejó de mirarla. Tenía todos sus sentidos puestos en recuperar a un hombre que solo la usaba. Rosa y Mariana lo veían. Florencia lo veía. Ella no. No quería aceptarlo, no podía.

Mariana la quería, eran su hermana y su sobrinita, no le gustaba ver cómo Marta hipotecaba su vida por un hombre que estaba muy lejos de valorarla, de cuidarla, de estar presente para su hija.

Un día Marta lloraba, se sinceró con su hermana. Los celos por su papá pasaron a un segundo plano. Después de todo, no era culpa de Mariana la preferencia de Armando y su hermana la quería y la apoyaba durante cada abandono de Fernando.

Su esposo volvió, se acercó una vez más, le dijo que la extrañaba, que la necesitaba. Se besaron y Marta sintió que el piso se disolvía bajo sus pies, se abrazó fuerte a él porque sentía que perdía el equilibrio. En medio de ese abrazo, esperado, soñado, le dijo:

—Tengo un amigo que va a poner una remisería, si puedo entrar por lo menos con un auto para empezar…

Ella no lo miró, siguió abrazada a él, sintió que debía pagar para tenerlo. Por un momento sintió que era lo más parecido a pagar los servicios de un gigoló. Sacudió su cabeza, queriendo borrar ese pensamiento. Era su esposo, una vez más la necesitaba y ella no quería fallarle.

Cuando le contó a Mariana ella le dijo:

—Si para vos es tan importante el matrimonio religioso y es el único que tiene valor, divorciate. Siempre será tu marido ante Dios. Cuidá tu patrimonio y el de tu hija, porque va a terminar fundiéndote. Si de verdad te quiere, vendrá igual pero no por plata.

Lo pensó mucho. Sería la primera divorciada de la familia. ¿Qué pensaría su papá? Para su sorpresa Armando estuvo de acuerdo, Mariana le habló, le explicó lo que estaba pasando. Y por primera vez decidió apoyar a Marta:

—Esta es tu casa, siempre lo será. Tu madre y yo estaremos con vos en lo que decidas. No estás sola. —le dijo durante el desayuno, como al pasar, sin darle mayor importancia a sus palabras.

Marta lo abrazó y lloró en el hombro de su padre, no recordaba la última vez que sintió su protección y apoyo. Él palmeó su espalda, la alejó rápidamente y le dijo:

—Lavate la cara, se te hace tarde para ir a trabajar.

Con mucho dolor se divorció. Ya no era su esposa. Ya no debía ocuparse de darle dinero ni de sostenerlo en sus fracasos. Desapareció por varios años, no volvió. Nunca le reclamó nada. Siempre ilusionada de que tal vez, algún día volvería junto a ella.

Mejoró su situación económica. Pudo ahorrar, viajar con su hija en vacaciones para disfrutar de la playa. Le pagó un buen colegio. Florencia crecía, alejada de su papá al que casi nunca veía. Marta estaba orgullosa de ella.

Abanderada. Cursando su último año en el colegio y proyectando estudiar medicina. Dos años atrás, cuando su abuela Rosa enfermó entre todas la cuidaban, se turnaban entre sus hijas y su nieta. Los hijos de Mariana venían a verla cada tanto. Pedro enviaba dinero para que no le faltara nada y hacía videollamadas para ella. La abuela murió tranquila, en su cama, junto a los suyos.

Todos menos Pedro, que desde lejos lloró la muerte de la única persona que amaba realmente en su familia. Desde ese día se desentendió para siempre de Argentina y su gente, tan lejanos, tan extraños para él.

Florencia sintió que su vocación despertó junto a la cama de Rosa. Por ella eligió su carrera.

Después de tantos años, su ex suegra la llamó. Fernando estaba enfermo, no era nada bueno. Necesitaba remedios y atenciones costosas, su madre, jubilada, apenas podía con sus gastos. Le pidió ayuda a Marta y ella no lo dudó. En el fondo siempre lo estuvo esperando, no imaginó que sería por una razón tan triste.

Lo llevó a su casa, a su dormitorio, el que habían compartido desde que se casaron hace casi veinte años. El diagnóstico era terminal. Por el tiempo que quedara él era suyo, su hombre, con ella hasta el final. Fueron casi dos años con varias internaciones, tratamientos ambulatorios y Marta siempre con él.

Llegó el día en que los médicos ya no podían hacer más que hacerlo sentir confortable. Ella esperaba, un poco más de tiempo, otra Navidad, otro cumpleaños, no podía ni quería dejarlo ir. Él tenía miedo, se lo dijo. Tal vez su conciencia haciendo ruido a las puertas del final inevitable.

Una nueva internación. Costosa, extensa, buscando la mejor estrategia para que Fernando pasara sus últimos días o semanas o meses lo mejor posible. Marta esperaba llevarlo a su casa. Tenía la esperanza de tenerlo con ella, para continuar sus cuidados paliativos en la calidez de su hogar, en su cama matrimonial, para descansar junto a él.

Su hija iba al sanatorio por su mamá, no por él. Siempre tuvo claro, en sus 19 años de vida, que no era un mal hombre, pero no podía ser esposo y padre, era, casi una discapacidad. No podía. Siempre sintió que le fue impuesta para retenerlo, que su madre sintió que una hija le aseguraba la presencia de ese hombre para siempre.

Florencia le dijo a su madre que ella se quedaría, que se fuera a descansar. No quiso, no podía separarse de él, se quedó dormida en un pequeño sillón de la habitación.

Fernando estaba lúcido, pero no podía hablar. Tenía una bigotera para el oxígeno y una vía para pasarle el suero.

Su hija se acercó a su papá, le sonrió, lo besó en la frente. Los ojos de él se llenaron de lágrimas, le susurró al oído: “No es por piedad”

Sacó una jeringa de su mochila, la más grande que pudo comprar en la farmacia antes de llegar al sanatorio. Sabía que no alcanzaría una inyección de aire, lo tenía claro, lo estudió especialmente en los últimos días.

Se sentó junto a él, en su cama. No hablaron, se miraron. Pensó qué decían los ojos de su padre. Cómo saberlo realmente. Casi no lo conocía, más que por las lágrimas de su madre.

Clavó la aguja en la gomita de la vía, movió el émbolo para llenar de aire la jeringa, la puso en la aguja y empujó fuerte. Sacó la jeringa y lo volvió a hacer. Varias veces. No contó cuántas. No dejaron de mirarse.

Sacó la aguja y la jeringa y las guardó en el bolsillo de su campera. Se levantó y caminó hacia atrás lentamente sin dejar de mirarlo. Las alarmas sonaron.

Su madre se despertó y se arrojó sobre él:

—No Fernando, no… todavía no. Por favor, no te vayas. Por favor no me dejes otra vez.

Entraron los médicos y los enfermeros del piso. Todos estaban esperando el desenlace en cualquier momento. No fue sorpresivo para nadie.

El médico miró el reloj y dijo:

—Hora de la muerte 13:15 hs.

Lo desconectaron, le quitaron el suero. Nadie notó un pinchazo más en la vía.

Su madre era libre por fin, aunque ahora no pudiera verlo. Su padre también era libre.

Florencia viviría por siempre con ese sentimiento ambiguo de alivio y culpa. Lo que tenía muy claro era que no fue por piedad.

© 2026 – Cata Lina
Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS