I

El médico se despidió con un asentimiento solemne, dejándonos con un silencio que se nos pegó a la piel y nos acompañó, pesado, por todo el pasillo hasta el aparcamiento.

Solté un suspiro que me quemó la garganta. Jamás, en toda mi vida, me había sentido tan jodidamente desamparada. ¿Por qué a él? ¿Por qué ahora? El pánico empezó a cerrárseme en el pecho, pero me obligué a reaccionar cuando recordé que esto no se trataba de mí.

Él, en cambio, derrochaba una calma irreal. Me miraba con una paciencia infinita, esperando a que mis dedos torpes acertaran a pulsar el botón para desbloquear el Cobalt azul.

—¿Estás bien? —le pregunté, con la voz a punto de quebrarse.

No hubo respuesta. Se limitó a sonreír —una de esas sonrisas suyas que pretendían proteger al mundo de sí mismo— y subió al coche en cuanto escuchó el chasquido del cerrojo.

Me deslicé tras el volante. El carro se sentía demasiado pequeño.

—¿Qué hacemos ahora?

Él tragó saliva, un gesto seco que delató su vulnerabilidad, y clavó la vista en el salpicadero.

—Pudiéramos ir a casa y dormir —dijo. Ante mi silencio, sacó un analgésico del bolsillo, se lo tragó a pelo y matizó con una suavidad que me dolió en el alma—. Deberíamos ir a casa a dormir un rato… pero creo que sería bueno ir a una tienda a la que he querido entrar desde hace tiempo.

Mi mente era un torbellino de cables cruzados; estaba en todas partes y en ninguna.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —le recriminé, incapaz de contener el reproche.

—Porque siempre se me ha dado mejor pedir disculpas que dar malas noticias.

El silencio volvió a instalarse entre los dos, estirándose como una eternidad atrapada en el metal del coche. El sol de la tarde se colaba por el parabrisas, bañándolo con una luz suave y difusa. Él siempre me había parecido insultantemente atractivo durante la hora dorada; tenía ese aire de catálogo, de galán de cine, de ser la decisión correcta en la vida de cualquiera.

Sentí una punzada de dolor en el centro del pecho. Clavé la mirada en el frente, apreté la mandíbula e intenté ponerme la máscara de la chica fuerte, aunque por dentro sabía que estaba perdiendo la batalla.

—Te envié la ubicación al móvil —dijo él, rompiendo el hechizo—. Ya casi cierran, así que date prisa.

Encendí el motor. No quería pensar. Me aferré con desesperación a la idea de tener un buen día, a pesar de los diagnósticos y las sombras. Tenía que regalarle un buen día. Quizá unas buenas semanas, el tiempo que le quedara conmigo. ¿Qué importaba haber dejado el trabajo a medias? Ser la asistente de un dentista no iba a cambiar el mundo. Mis padres lo entenderían.

Cuando aparcamos, bajó del vehículo con una normalidad pasmosa. Lo seguí a unos pasos de distancia, fija mi mirada en su caminar, buscando ese leve balanceo torpe que ahora cobraba un significado aterrador. Intenté engañarme: tal vez el doctor se equivoca, tal vez no está tan mal. Una parte de mí levantaba muros de negación mientras él actuaba como si solo estuviéramos haciendo los recados del sábado.

Salimos de la tienda minutos después. En sus manos llevaba una cámara analógica vieja y un carrete. Iba a preguntarle para qué diablos la quería cuando, de pronto, un destello me cegó.

Entorné los ojos, parpadeando para acostumbrarme al fogonazo de luz. Al abrirlos, lo encontré justo frente a mí. Sonreía con la cámara aún alzada frente a su rostro, y sus ojos brillaban con una intensidad limpia, viva.

Lo quería tanto que me dolió el aire en los pulmones.

—¿Y ahora a dónde vamos? —pregunté, esta vez con una curiosidad genuina.

—A la playa. Esa es la única ventaja irrefutable de vivir en una ciudad costera —respondió, subiéndose de nuevo al coche—. Anda, ven, que el sol ya se está ocultando.

—¿Cuál es tu plan? —le cuestioné mientras me abrochaba el cinturón—. Parece que planeas arrastrarme por toda la ciudad sin decirme qué pasa por esa cabeza.

—Miedo.

La palabra cayó entre nosotros con la frialdad de una guillotina. La soltó con tanta naturalidad, con una crudeza tan desarmante, que me dejó helada. Me disparó a quemarropa y me quedé sin aire, sin una respuesta ensayada.

Le busqué la mano sobre la palanca de cambios y se la apreté con fuerza.

—El día aún no acaba —le dije, mirándolo a los ojos—. Y tú tampoco. Vamos a la playa y me cuentas lo que sientes, ¿sí?

Él cerró los ojos, asintió muy despacio y dejó escapar una media sonrisa.

Tomamos la carretera. A través de la ventanilla, el mundo exterior seguía su curso indiferente: los coches pasaban de largo, los semáforos alternaban sus colores mecánicamente y las tiendas se desvanecían en la distancia. Las primeras luces de la ciudad empezaban a parpadear contra el crepúsculo, mientras mi mente escarbaba desesperadamente en el pasado, buscando algún recuerdo intacto al que aferrarme antes de que el presente se desmoronara.

Los neumáticos dejaron de rodar. El motor se apagó y mi cuerpo se sintió de repente pesado, como si la gravedad se hubiera multiplicado. Habíamos llegado, pero yo no quería bajarme; no quería enfrentarme al final del día. Él, sin embargo, bajó como un resorte y caminó hacia la arena. No me esperó, y no lo juzgué. Tenía su propio ritmo.

Al cerrar el coche, lo vi detenerse en un puesto ambulante a comprar un par de perros calientes; de esos que cuestan el triple de lo que valen y tienen pan con textura de cartón.

Una sonrisa triste me curvó los labios. Jamás habría imaginado que, con el poco dinero que ganaba, decidiría comprar algo tan insignificante y de mala calidad. Pero luego entendí. Sabía exactamente por qué lo hacía: quería saborear la normalidad.

Me tendió uno y, en el instante en que sostuve el pan entre mis manos, escuché el clic de la cámara. Me había tomado otra foto.

Nos sentamos en la arena, hombro con hombro, a ver cómo el sol se ahogaba en el océano. El rumor rítmico del mar intentaba inyectarme algo de paz, y su cercanía me daba un calor que me hacía falta para no ponerme a temblar. Lo miré de reojo; se metió otra pastilla en la boca y le dio un mordisco a la salchicha.

En mi cabeza empezó a sonar una melodía distante, el eco flotante de un piano imaginario. Su mano, tibia y un poco áspera, buscó la mía mientras terminaba de masticar.

Cuando acabamos de comer, nos quedamos allí, estáticos, hipnotizados por el horizonte. El naranja encendido de la tarde comenzó a diluirse en una paleta de tonos fríos, virando hacia un púrpura espeso hasta que, finalmente, la oscuridad se tragó el paisaje.

Giré la cabeza hacia él. Ya me estaba mirando.

—¿Lista? —me preguntó de la nada.

Antes de que pudiera responder, otro destello de la cámara rasgó la penumbra frente a nosotros.

—Aún tenemos cosas que hacer —añadió, su voz apenas un susurro sobre las olas.

—¿A dónde vamos ahora?

Me tomó de la mano y tiró de mí para ayudarme a levantar. Nos sacudimos la arena de los pantalones en silencio y caminamos, con los dedos entrelazados, de vuelta hacia el sedán azul.

—Quiero ir a un lugar donde hayamos sido felices —dijo mientras abríamos las puertas.

Y en ese instante, una ráfaga de recuerdos inundó mi mente, trayendo consigo cientos de lugares. Lo conocía desde la escuela y casi nunca sabía lo que estaba pensando, pero mientras encendía el motor, conduje directo hacia aquel viejo parque. El lugar donde, hacía años, él se limitaba a esperarme y acompañarme, sin pedir absolutamente nada a cambio.

II

El parque estaba desierto. A esa hora de la noche era lo previsible, aunque de vez en cuando los faros de un coche aislado cortaban la penumbra de las avenidas cercanas. Teníamos todo el espacio para nosotros: un escenario extrañamente iluminado, limpio y gélido.

Nos sentamos en un par de columpios cuyas cadenas chirriaron con un lamento metálico. Enfrente, los bloques de edificios residenciales de ladrillo nos miraban con sus ventanas apagadas, flanqueados por una hilera de coches durmientes.

Escuché el clic. Él nos tomó otra foto y, de inmediato, se bajó del columpio para recoger la cámara del suelo.

—¿Qué piensas hacer con todas esas fotos? —pregunté, observando sus movimientos.

—Serían un bonito regalo de Navidad, ¿no? —respondió. Su expresión permaneció intacta, blindada.

—Acabamos de salir de diciembre, idiota —repliqué, intentando sonar ligera.

Pero entonces, la implicación oculta de sus palabras me golpeó en el pecho. Mi sonrisa se evaporó; el rostro se me apagó por completo al entender a qué Navidad se refería. A una en la que él ya no estaría.

—No hay mejor regalo que algo lindo de tu pasado que creías olvidado —continuó él. La convicción en su voz era tan aplastante que amenazó con abrumarme. Desesperada por alivianar el ambiente, busqué un salvavidas superficial.

—Bueno… creo que una casa nueva lo supera con creces —dije, forzando una sonrisa.

—Las casas se llenan con recuerdos —sentenció, mirándome—. No con un sofá y platos nuevos.

Me quedé atrapada en el eco de sus palabras. Mientras el columpio se mecía imperceptiblemente, pensé en la cantidad de cosas que ya extrañaba de mi infancia, de mi adolescencia e incluso de esta adultez que apenas estaba estrenando. Desearía haber recibido más felicitaciones de cumpleaños, más cartas de amor escritas a mano; pero, sobre todo, desearía recuperar las cosas que perdí simplemente porque alguien más decidió arrebatármelas.

Sus ojos reflejaban un cansancio ancestral, pero su cuerpo se empeñaba en demostrar una energía eléctrica, casi febril. Impulsó el columpio con fuerza, rozando el límite de dar una vuelta completa en el aire, y luego clavó los pies en la tierra, deteniéndose en seco. Se puso de pie y comenzó a deambular sin rumbo entre los arbustos y los macizos de flores marchitas.

Lo seguí a una distancia prudente, en silencio, midiendo mis pasos sobre la hojarasca, esperando a que soltara lo que sea que le quemara por dentro.

—Siempre he pensado que el dolor más grande es el de la pérdida —dijo al fin, sin volverse—. El ser humano todavía no ha aprendido el mecanismo adecuado para procesar lo que ha perdido y continuar viviendo sin que la ausencia le carcoma.

No interrumpí; me limité a ser su testigo.

—Hablo del amor, del trabajo, de la familia… incluso de lo material. Ojalá pudiera conocer a alguien que me diera la fórmula secreta para abrazar el recuerdo de lo perdido y seguir caminando con la frente en alto.

—La nostalgia es más fuerte que el deseo de continuar, ¿no crees? —sugerí en voz baja.

—Tal vez para algunos. —Se agachó frente a unas flores amarillas que languidecían bajo la luz de la farola—. La nostalgia es solo el producto de los recuerdos endulzados por la percepción. Depende del estado y del momento exacto en el que decides mirar atrás. Así lo veo yo.

En otro momento me habría parecido una reflexión exagerada, casi poética de más. Pero entonces recordé la lejanía que solía separarnos; ese espacio sin palabras, ese silencio jamás contado que nos llevó a tomar caminos distintos. Y cómo, de la nada, una llamada telefónica de diez horas nos había devuelto la cercanía entre sollozos mudos.

—No estaríamos aquí de no ser por la nostalgia —dije, hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón de mi pijama quirúrgica.

Él se puso de pie lentamente.

—No estaríamos aquí de no ser por la pérdida. Por la muerte.

La cruda verdad. Mi gata había sido el puente; su muerte me obligó a buscarlo. Me dolió admitir que debí ser más honesta con él mientras el tiempo no jugaba en nuestra contra. Debí decirle lo que sentía sin necesidad de escudarme en la excusa de un luto doméstico.

—Todos perdemos algo en algún momento —le dije, acortando la distancia entre los dos—. La cuestión es cómo reaccionamos ante ese vacío, y cómo aprendemos a vivir con él.

Me acerqué y lo abracé desde atrás, rodeando su cintura, buscando su calor contra el frío de la noche.

—¿Qué opinas? —susurré contra su hombro.

—Yo aún no me acostumbro a mi propia ausencia.

Abismo.

Sentí un agujero negro abrirse de golpe entre los dos. Sus palabras sonaron como un papel en blanco: planas, desprovistas de cualquier emoción, con esa anestesia psíquica que deja el dolor cuando cruza el límite de lo soportable. Los ojos se me inundaron de lágrimas de inmediato. Lo apreté con más fuerza, hundiendo la cara en la tela de su chaqueta verde olivo, intentando ahogar los sollozos para que no me escuchara llorar.

Sentí su mano izquierda buscar la mía. Me acarició los dedos con una suavidad pausada.

—Aún estás aquí —le rogué, con la voz amortiguada y rota contra su espalda—. Podemos tratar de disfrutar lo que nos queda, ¿no es así?

Él se tensó un segundo, tomó mis manos y las desplazó suavemente hacia su abdomen para darse la vuelta. Me miró fijamente a los ojos.

—¿No tienes ganas de una malteada? —preguntó, cambiando de tercio con una soltura que me partió el alma—. Creo que sería mejor un frappé de caramelo. Conozco una cafetería cerca; hacen los mejores batidos de la ciudad.

Mi mirada perdió brillo al ver el esfuerzo sobrehumano que hacía por seguir adelante. Estaba forzándose a concentrarse en los pequeños placeres, empeñado en construir un día perfecto para mí, aunque por dentro apenas pudiera sostenerse en pie.

Lo seguí hasta el local. Al cruzar la puerta, una oleada de calor y el aroma a grano tostado nos envolvieron. El lugar era pequeño, acogedor, con esa luz cálida que te hace olvidar lo que pasa afuera. Nos acercamos al mostrador; pedí una malteada de chocolate, él encargó su frappé de caramelo y nos acomodamos en una mesa para dos junto a la ventana.

Mientras esperábamos, sacó el teléfono y comenzó a teclear en la aplicación de notas. Me resultó extraño. En esos momentos muertos, la gente suele revisar redes, contestar mensajes o ponerse al día, pero él escribía con una concentración casi enfermiza.

El camarero llevó los pedidos a la mesa. Él guardó el móvil en el bolsillo izquierdo de sus vaqueros, me dedicó una sonrisa rápida y tomó el vaso. Yo hice lo mismo. Noté que bebía demasiado rápido, con una urgencia casi infantil, hasta que de pronto soltó el sorbete, plantó el vaso en la mesa y se quedó rígido, mirándome con los ojos abiertos de par en par.

Lo observé, alarmada. En cuestión de segundos, sus facciones comenzaron a contraerse, arrugando la frente y apretando los dientes como si estuviera realizando un cálculo matemático mental de extrema dificultad.

—¿Estás bien? —pregúnté, con el corazón en un puño.

—Se me congeló el cerebro —logró articular, manteniendo la mueca de dolor.

La tensión acumulada en mi pecho estalló en una carcajada limpia. Me pareció tan adorable y tan humano verlo con esa expresión de constipado que no pude contenerme.

—No te lo bebas tan rápido, que no tenemos prisa —le dije, estirando el brazo para cubrir su mano izquierda, que se había cerrado en un puño sobre la madera.

—Yo sí tengo prisa —soltó, y la ligereza del momento se evaporó—. Quiero disfrutar de lo que queda del día lo más que pueda. No sé cuánto más voy a aguantar despierto, pero ni siquiera quiero quedarme dormido.

—Eso no suena nada sano —le reñí, suavizando el tono—, considerando que tus dolores de cabeza están empeorando y apenas te dejan descansar.

Su mirada se desvió hacia la ventana, perdiéndose en el reflejo del cristal.

—Pero efectivamente… —añadió, regresando de su letargo con una sonrisa tenue—, esta bebida es increíble.

—Te lo dije. Es uno de esos lugares ocultos que hacen las cosas mil veces mejor que las grandes franquicias. —Dio otro sorbo largo—. Excepto los pastelillos. Los de aquí son horribles.

Uno de los empleados, que pasaba cerca con una bandeja, lo escuchó claramente; se señaló los ojos con dos dedos y luego nos apuntó a nosotros en una advertencia cómica. No pude evitar sonreír.

Pasamos el resto del tiempo flotando en una burbuja de trivialidades, saltando de películas a música y discutiendo sobre videojuegos, como si fuéramos dos adolescentes normales en una cita cualquiera. Cuando terminamos, dejé el billete sobre la cuenta antes de que él pudiera protestar, y salimos del local con los dedos entrelazados.

El aire frío de la noche nos recibió de golpe.

—¿Cuál es el siguiente objetivo, capitán? —pregunté en un tono de broma, impostando una voz grave y militar.

—Infiltrarnos en el departamento de tu propiedad —respondió él, contagiándome la sonrisa—. Pero antes, la azotea nos depara una sorpresa.

—¡Señor, sí, señor! —exclamé, llevándome la mano a la sien en un saludo militar rígido mientras nos acercábamos al Cobalt azul.

Nos subimos, el motor cobró vida y nos incorporamos de nuevo a la carretera vacía, persiguiendo las luces de la ciudad.

III

Cuatro pisos de escaleras. Luego, la azotea.

Llegué al techo con el aire arañándome los pulmones; las seis botellas de cristal que tintineaban en mis manos hicieron que cada peldaño pesara el doble. Él, en cambio, ya estaba arriba. Esperaba de pie, recortado contra el horizonte de la ciudad, sosteniendo dos sillas plegables mientras me dedicaba una sonrisa limpia, ajena al esfuerzo.

No respiraba fuerte. Solo soltó un suspiro suave y me lanzó una mirada que fue una invitación silenciosa a compartir su espacio. Nos sentamos. Destapamos aquellas «cervezas» baratas a base de vodka y, casi por inercia, empezamos a quejarnos de la contaminación visual de la ciudad. Dijimos que sería genial apagar los edificios para ver las estrellas; le confesé que me gustaría poder observar los detalles de la luna de cerca. Lo que no le dije fue que, en ese instante, el único cielo que me importaba era el que se reflejaba en sus ojos.

—¿Estás durmiendo bien? —le pregunté, rota por la preocupación—. Tienes los ojos inyectados en sangre.

—¿Otra vez con eso? —Resopló por la nariz, aunque la sonrisa no se le borró del rostro—. Obviamente no estoy durmiendo bien. Casi no duermo. Mis ojeras me delatan, ¿no?

—Te delata la cara que se te queda cuando dejas de hablarme.

—Entonces deberíamos hablar más seguido, ¿no crees? —propuso, elevando su botella—. Salud por eso.

—Salud.

Chocamos los cristales y dejamos que el trago amargo nos quemara la garganta.

—Aunque sean molestas, las luces de la ciudad son hermosas… ¿Tú qué dices? —murmuré, perdiéndome en el parpadeo de los edificios.

Un destello blanco me golpeó de reojo. Clic. Me había tomado otra foto mientras yo miraba al vacío. Sonreí de lado, con la certeza flotando en el aire de que aquella habría sido una buena toma.

—Espero ver esas fotos cuando estén listas.

—Serán todas tuyas —prometió.

Para cuando íbamos por la segunda botella, una calidez extraña, mezcla del alcohol y la desesperación, empezó a embriagarme. Me invadió el impulso casi salvaje de regalarle una noche perfecta; la dolorosa intuición de que tal vez sería una de las últimas veces que el mundo nos concedería esa clase de intimidad. Así que, apartando los miedos, le susurré al oído lo que tenía en mente. Él sonrió, asintió despacio y, sin mediar palabra, recogimos las sillas y bajamos las escaleras hacia mi apartamento en el tercer piso.

Nos recibió el ladrido agudo de mi pequeño poodle, que se aplacó en cuanto sintió las manos de él sobre su lomo. Me deslicé hacia el baño. Dejé que el agua caliente de la ducha me borrara el rastro del hospital y de la calle, me puse la pijama y me miré al espejo. Sabía, con una madurez amarga, que la noche tenía fecha de caducidad.

No me dio tiempo ni de reaccionar al salir del dormitorio. Se abalanzó sobre mí en el pasillo, tomándome la nuca con ambas manos, y me besó con una urgencia contenida. No le importó mi pelo empapado ni esperó a que yo tomara la iniciativa.

Lo que sucedió después en la cama no necesita grandes adornos. No fue un encuentro de película; ambos estábamos exhaustos, arrastrando el peso de nuestros propios cuerpos y el cansancio acumulado de los últimos meses. Fue real, torpe y urgente. Cuando nos dejamos caer el uno al lado del otro, exhaustos, él estiró los dedos para apartarme los mechones húmedos de la frente.

—Te amo —dijo.

El corazón se me encogió tanto que dolió. Sentí el calor subiendo por mis mejillas.

—Yo te amo más —le respondí, y entre bostezos, le confesé lo mucho que había extrañado tenerlo así, pegado a mí.

Él se incorporó de la cama, anduvo unos pasos en la penumbra y el destello de la cámara volvió a inundar la habitación antes de que regresara a mi lado. Me abrazó por la espalda, pegando su pecho a mis omóplatos.

—Aún no quiero que termine la noche.

—No tiene por qué terminar —respondí, con los ojos ya pesados—. Puedo levantarme y preparar café… O puedo quedarme aquí hasta que te duermas.

—Yo iré a hacerlo —dijo él contra mi cuello—. Trata de no quedarte dormida.

Sé que él cumplió su parte. Sé que lo primero que hizo al salir del cuarto fue encender la cocina, porque el aroma denso y tostado del café llegó a colarse por la rendija de la puerta minutos después. Pero el cansancio me ganó. Mis párpados se cerraron y el mundo se apagó.

No desperté hasta la mañana siguiente. Él no había vuelto a la cama, ni me había llamado cuando el café estuvo listo.

Mi alarma rasgó el silencio a las seis y media de la mañana. Me incorporé de golpe, con una extraña rigidez erizándome los vellos de los brazos. Salí a la cocina. Lo vi de inmediato: estaba inclinado sobre la mesa del comedor, con la cabeza apoyada en la madera, como si el sueño lo hubiera vencido a mitad de una frase.

La cafetera eléctrica seguía encendida, emitiendo un zumbido sordo y un olor a café quemado que flotaba en el ambiente. El estómago se me hizo un nudo. Caminé hacia la encimera, apagué el aparato y luego me giré hacia él.

—¿Ey? —susurré.

Mis pasos fueron lentos, amortiguados. Al acercarme, distinguí una hoja de papel bajo su brazo y un bolígrafo tirado en el suelo. Le toqué el cabello, acariciando la melena suave que tantas veces había enredado en mis dedos.

Y entonces lo supe.

La temperatura de su piel me devolvió a la realidad a golpes. Los ojos se me llenaron de una capa de agua que distorsionó las paredes de la cocina. Con los dedos temblorosos, deslicé el papel que yacía bajo su pecho y comencé a leer la caligrafía apresurada, torcida al final:

«La Navidad nunca volvió a ser la misma después de haberme perdido dentro de mi propia mente. Dejé de disfrutar las festividades tras perder de vista el objetivo de mi vida; no fue hasta que regresaste a ella que pude volver a mirar más allá del horizonte. Me alegré tanto cuando terminaste la carrera y empezaste a trabajar como la ayudante de tu padre, aguantando el tirón hasta que pudieras abrir tu propio consultorio de dentista…

Me tocó ver cómo los demás triunfaban mientras yo me hundía en mi propia miseria. Terminé los estudios solo porque era lo que se esperaba de mí, y no tienes idea de la rendición y la paz que sentí cuando supe que mi final estaba cerca. Sin embargo, una parte de mí se rompió al pensar que ya no volverías a verme, ni yo volvería a sentir esa sonrisa tuya tan hermosa sobre mi piel. Desearía poder despedirme de tu nuevo perro, de la vieja gata de tus padres que nos unió, de mis amigos… pero sé que todo tiene su momento.

Fuiste la persona más importante de mi existencia. Fuiste la única razón por la que tuve ganas de respirar de nuevo. Quise que pasaras el mejor día que hubiéramos tenido juntos; quería dejarte trozos de tiempo guardados en papel para cuando quisieras revivirnos. Sé que me voy dejándote un sabor amargo. Cuando las fotos se revelen en tu cumpleaños, sé que será el regalo más agridulce que nadie te habrá dado jamás… sobre todo porque el pronóstico menos pesimista del médico se habrá cumplido.

No puedo sacarme de la cabeza el color de tus ojos ni el olor de tu pelo. A pesar de este dolor de cabeza maldito que no me deja vivir en paz, tu presencia es lo único que me hace sentir a salvo.

Yo te

Cuando ello — yo».

El resto de la página solo albergaba líneas caóticas, trazos mudos donde el bolígrafo había resbalado sin control sobre el papel. El mapa de un cerebro que se apagaba.

Ese fue el último segundo en que lo vi siendo él. Paralizado para siempre frente a la mesa del comedor, con el bolígrafo descansando en el suelo tras haber rodado de sus dedos.

No supe cómo gritar. No supe cómo reaccionar. Las piernas me fallaron y me desplomé sobre las baldosas de la cocina, rota en un llanto sordo, después de poner dos dedos sobre su cuello y confirmar que la frialdad ya le había ganado la partida.

Días después, los resultados de la autopsia le pusieron nombres médicos a nuestra tragedia: un aneurisma masivo provocado por el tumor cerebral, que a su vez desencadenó un accidente cerebrovascular definitivo.

Cuando sus amigos me entregaron los carretes revelados semanas más tarde, pasé días enteros sepultada en la cama, devorando cada imagen. Lloré hasta quedarme seca. Viéndome a través de su lente, entendí el calvario silencioso que había arrastrado: se había esforzado por regalarme un día perfecto mientras el dolor le partía el cráneo, mientras la depresión le devoraba las ganas de hablar. Recordé mis quejas cotidianas, mi ceguera, y me sentí la persona más insensible del mundo. Qué tonta fui. Qué pequeña.

Murió casi al instante. Ese es el único clavo ardiendo al que logro aferrarme.

Quiero creer que ahora camina por una playa eterna. Que está en paz. Que, por fin, ha dejado de dolerle la cabeza.

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