NOTA DEL AUTOR: Me he permitido publicar una pequeña pieza de música de creación propia. Disculpen las posibles imperfecciones, ya que no soy músico profesional, ahora me estoy interesando por el maravilloso mundo musical, pero tengo que aprender mucho todavía. Pero no me he resistido a compartir la pequeña obra que publico aquí como acompañamiento del cuento. La música que les ofrezco se titula «Esperanza», como la que posee la protagonista del relato y la conduce al final que he elaborado.

Espero que comprendan estas circunstancias que rodean la música. Muchas gracias.

El lobo no teme la soledad, porque en ella encuentra su fuerza.

LUNA NUEVA

Ahora soy el novilunio y la luna negra. Me encuentro entre la Tierra y el Sol y mi cara iluminada no es visible desde la Tierra. Y, aunque parezco estar oscura, estoy rebosante de dicha y satisfacción, pues doy paso al inicio de un nuevo ciclo. En esta fase de la luna nueva mi poder surge con fuerza sobre todas las criaturas de la naturaleza en su proceso de renovación. ¿Me escuchas, joven Cielan? ¿Sientes mi fuerza y mi energía empujar a todo tu ser? ¿Estás preparada para lo que te deparará el destino a partir de ahora? Sí. Porque es ahora cuando comienza todo”.

—Papá, la Luna me ha vuelto a hablar, como otras veces. Aunque no entiendo lo que me quiere decir. Solo recuerdo que me ha dicho que ahora comienza todo. ¿Qué crees que significa eso, papá?

—Cariño, eres todavía muy pequeña para comprender. Quizá más adelante… Pero… hija. Ahora no hay tiempo.

—¿Tiempo para qué, papá?

—Cielan… no olvides que tus padres te quieren, y siempre te querrán. No lo olvides.

—Papá, no sé qué quieres decir…

—Hija, aunque no lo logres entender todo, aunque solo tengas siete años, debes saber que la Luna tiene razón. Hoy comienza todo.

—Oh, papá… ¡Me estás asustando!

—Adiós, Cielan. Debo irme ahora. Con mamá. Ella me está esperando.

—¿Adónde? ¡No! ¡No me dejes!

—Mi vida… la abuela cuidará de ti.

Lágrimas de pena cruzan las mejillas del padre. También la niña llora.

—¡No quiero que te vayas!

Lentamente, una capa de niebla cada vez más espesa se interpone entre padre e hija. Los separa. Lo aleja a él progresivamente de Cielan. Hasta que la silueta del hombre desaparece definitivamente de su vista.

—¡Papá! —grita la niña con desesperación. Ella solo sabe que aquella extraña bruma, que ha nacido en plena calle cerca de casa durante el atardecer, se ha llevado a su padre.

Todo es confuso para Cielan. Entonces se ve a sí misma correr en medio de bosques profundos, como si fuera un animal salvaje. Y, a pesar de la tristeza que anida en su corazón, cree saber lo que es al fin la libertad y la felicidad, tras una vida de soledad e incomprensión. Galopa como aquellas manadas que se esconden en la profundidad forestal, sus cuatro patas la hacen avanzar y continuar hacia delante, sin desear detenerse, sintiendo el viento rozar su cara libre y dichosa. No sabe adónde la llevan sus pies. Solo sabe que debe correr y correr, que no debe detenerse, pues el mundo la acompaña en su camino.

“¡Sigue!¡Sigue, Cielan! Quizá ahora no lo entiendas. Pero llegará un día que comprenderás… y a mí, tu querida luna, me tendrás a tu lado”.

—¡Abuela!

—¡Ya voy, mi pequeña! ¡Ya voy!

—Abuelita, ¡ayúdame!

La anciana se apresura a caminar por el pasillo de la casa en dirección a la habitación de la joven. Con gran determinación abre la puerta y corre hacia la cama de su nieta.

—Ya estoy aquí, Cielan. No temas. Ha sido otra vez el mismo sueño. El que se repite una y otra vez a pesar del tiempo que ha pasado desde que…

—Desde que papá y mamá se fueron —las palabras de la muchacha denotaban un profundo dolor, no exento de incomprensión.

—Mi niña. No olvides que tus padres te querían y nunca dejarían de quererte.

La joven miraba a su abuela con incredulidad.

—Si me quisieran realmente, no me habrían abandonado.

—Cielo mío… En verdad hay ciertas cosas que no son tan fáciles de explicar. Quizá el tiempo te acabe dando las respuestas a tus interrogantes.

De repente, la anciana sonrió y le dijo así a su nieta:

—Ya sabes que queda poco para el festival de temporada, la Fiesta del Otoño de Silent, nuestra querida ciudad. Ese día será luna nueva. Y, a pesar de ser la misma fase lunar que acompañó a tu padre el día de su despedida, debes ir, Cielan, te lo pasarás bien. Recuerda que es el inicio de una nueva etapa. Te olvidarás de los sinsabores de nuestra vida. Tienes catorce años. Eres… una muchacha demasiado solitaria. Tendrías que hacer amigos. Haz un esfuerzo, mi pequeña. Hazlo por tu abuela.

—Está bien, abuela Fiona. Si eso te hace feliz, iré a la Fiesta del Otoño.

LA FIESTA DEL OTOÑO

Silent estaba a rebosar de gente. Además de gran parte de los habitantes de la pequeña ciudad, generalmente poco cálida y acogedora, muchos eran los viajeros que habían acudido hasta allí, atraídos por el ambiente de alegría y jolgorio que ahora rodeaba aquellas celebraciones del cambio de estación. En efecto, el otoño, con su mezcla de colores marrones, amarillentos y rojizos debido a la caída de las hojas de los árboles y a las encarnadas puestas de sol, había hecho su aparición, cual dios poderoso que lo cambiaba todo a su paso. Era la época del renacimiento y de los comienzos de una nueva etapa bajo la influencia de la luna nueva.

El hogar de la abuela Fiona y su nieta estaba un tanto alejado de la ciudad, en torno a las afueras de esta. La venerable anciana, cuyo rostro reflejaba no solo la alegría de ver cumplido su deseo de que la muchacha se divirtiese en la fiesta, sino también su preocupación ante los peligros y amenazas que en ocasiones rodean la vida de las personas, no había olvidado dar a la joven uno de sus sabios consejos: “Querida, abre bien los ojos, no todas las personas albergan dentro de sí buenas intenciones. No hay que fiarse nunca de las apariencias. Sobre todo, no te alejes del sendero que conduce a casa.”, le había dicho la buena mujer.

La joven estaba feliz y radiante con su vestido nuevo y la caperuza roja que su abuela le había confeccionado. “Ten cuidado, mi niña, no sea que tu deslumbrante luz atraiga los corazones de otros jóvenes de tu edad”, le había dicho medio en broma, medio en serio. La respuesta de la joven, siguiendo el buen humor que despedía la conversación, no podía ser más contundente: “Abuela, eres una exagerada”.

Cielan se adentró en Silent y quedó maravillada con el ambiente totalmente festivo que desprendía la ciudad. Tuvo que detenerse casi de inmediato en una de las calles, ya que se estaba produciendo un desfile de gente y soldados que había cortado el paso al resto de los participantes en las celebraciones. La joven pudo observar fascinada el redoble de sonidos de los tamborileros, realmente atronador, y la elegancia de los uniformes militares. Algunos soldados iban a caballo, mientras que la mayoría se desplazaban junto al resto de los integrantes de la marcha.

Cuando finalmente pudo cruzar hacia las otras calles, el espectáculo era impresionante para un alma solitaria como la de la joven, poco acostumbrada a las celebraciones: banquetes al exterior con abundante comida y bebida en interminables mesas, espectáculos diversos, de malabares, acróbatas, cuentacuentos populares, y, lo que era más atrayente para todos, bailes al son de la música.

Aquella algarabía hacía que la muchacha se moviera con dificultad entre el gentío. Al fin, halló un hueco en una esquina y espero allí, con ojos escrutadores que lo miraban todo con fascinación. Aunque hubo algo que la impactó profundamente y que no creía haber contemplado nunca: el suelo de la mayoría de las calles estaba repleto de hojas secas supuestamente caídas de los árboles, de tonos diversos: verdes, amarillas, rojas, marrones… Era una visión bellísima que se clavaba en la retina de los que lo observaban, siendo realmente complicado apartar la vista de semejantes imágenes.

La muchacha pensó que no había tantos árboles en la ciudad como para haber provocado esta acumulación de hojas. Pero pronto se disiparon en ella tales pensamientos, influida por la atmósfera festiva que también lo invadía todo.

—Hola, pequeña. ¿Acaso me estás esperando a mí? Pues aquí he llegado, justo en el momento preciso.

Una potente y grave voz resonó al lado de la joven como un pesado trueno en la tormenta. Cielan se giró y fue entonces cuando vio a aquel joven, cuyo primer contacto le había parecido un tanto arrogante.

—¿Es a mí, señor?

—¿Señor? Jajaja, ojalá lo fuera, pero me temo que debo ser algo aun peor.

—¿Cómo dice? —se le ocurrió preguntar la joven totalmente confusa.

—Por favor, cariño mío, no me hables de usted. Suena demasiado… formal.

Cielan lo miraba sin saben qué responder. Por fin, el arrollador muchacho le dijo así:

—Oh, discúlpame. Me presento. Me llamo Doruk. Pero puedes llamarme Loboferoz. Normalmente no acostumbro a perseguir a hermosas jovencitas, pero… tu presencia, realmente, ha enamorado mi alma —dijo él entre una mezcla de desinhibición y cortesía barata.

—Perdone… pero tengo prisa. Me están esperando —dijo ella por toda respuesta, y se alejó del joven apresuradamente.

—¡Eh, espera! ¡Todavía no sé tu nombre, jovencita!

Pero Cielan ya había doblado la esquina en busca de un lugar màs seguro. La joven siguió caminando entre el tumulto de gente que se expandía prácticamente por toda la ciudad de Silent. Pero esta vez estaba triste. Su semblante estaba marcado por el recuerdo negativo del encuentro anterior con el joven arrogante. Ahora sentía de nuevo la soledad, ese estado de introspección y aislamiento que la había acompañado desde la infancia y esa penosa sensación de que realmente no pertenecía a este mundo, a un lugar del que parecía que era totalmente prescindible, del que no solía participar en eventos sociales, en el que apenas tenía amigos. Qué tonta e ingenua había sido al pensar que en la fiesta podría conocer gente nueva, que su suerte podría cambiar y un nuevo comienzo transformaría una vida sin esperanza en un nuevo amanecer. De repente, en un arrebato de rabia y desesperación se quitó de sus manos los bonitos guantes blancos.

—Señorita, se le ha caído uno de sus guantes.

Una voz, esta vez serena y atrayente, había pronunciado tales palabras. A pesar de ello, la reacción de Cielan fue furibunda.

—¡Oh! ¡Deja ya de perseguirme, joven odioso! ¿Es que no sabes que no quiero saber de ti?

—Lo siento, yo…

Entonces la muchacha alzó la vista y se dio cuenta del error.

—¡Oh! ¡Mis excusas! No quise hablarte así. Pensaba que eras otra persona.

Ambos se miraron y fue en aquellos momentos cuando la joven creyó que algo muy poderoso había penetrado en su apenado corazón, un sentimiento desconocido por ella durante toda su vida, pero que ahora cobraba fuerza. La solitaria joven no sabía que tal forma de sentir era llamada por todos “amor”, algo que también había impactado en aquel joven amable que le había hablado.

—Me llamo Endian. Pero todos los que me quieren de verdad me conocen como Lobodeluz. Y tú, ¿cuál es tu nombre?

—Soy Cielan. Y tengo que decir que nunca había escuchado un sobrenombre tan curioso, Lobodeluz —respondio la muchacha.

—En realidad, no es un sobrenombre, sino mi verdadero nombre —dijo él.

—¿Y eres de por aquí? Jamás te he visto en la ciudad —quiso saber Cielan.

—En realidad, mi hogar no está muy lejos. Me refiero a mi verdadero hogar.

La joven continuaba sorprendiéndose con cada información que daba aquel apuesto joven.

—¿Tu… verdadero hogar?

Pero el extraño interlocutor se apresuró a cambiar de tema.

—Debes tener cuidado con algunas… personas con las que te encuentras. No todo el mundo tiene buenas intenciones.

—Eso es algo que siempre me dice mi abuela.

Semejantes palabras despertaron una sonrisa en ambos jóvenes. Los dos eran conscientes del momento tan lúdico que compartían.

La noche estaba pronta a surgir y Cielan pensaba que había llegado el momento de abandonar la fiesta.

—Lo siento, Endian… Lobodeluz, debo marcharme ya. ¿Nos volveremos a ver?

—Quiero pensar que sí —respondió el muchacho.

—Espera un momento, escríbeme tu dirección en este papel que…

Pero, cuando ella alzó la vista de nuevo, el misterioso joven había desaparecido.

EL SENDERO DE LAS HOJAS DE OTOÑO

Cielan caminaba por el sendero que la conduciría a casa, donde su abuela Fiona de seguro que la estaría esperando con ansia y preocupación. De nuevo las hojas de diversos colores otoñales cubrían todo a su paso, como un pacífico ejército invasor que pretendiera engalanar el viaje de un atardecer hermoso.

—¡Cuántas hojas marcan mi camino! —se vio ella pronunciando tales palabras en voz alta.

Son las hojas que el otoño, la nueva estación que acaba de emerger, ha dispuesto en el mundo exterior para que todos celebremos su llegada. ¿No son realmente hermosas?”

Cielan se dio cuenta de que esa voz interior era la de la Luna, que nuevamente le hablaba.

—La Luna me habla de nuevo. Quizá sea el momento de que…

“… sucedan cosas mágicas, tanto peculiares y caóticas, como maravillosas”.

Otra vez resonaban en el aire las palabras de la Luna, quien terminó de decir lo que primero había empezado a mencionar la joven, como si fuera conocedora de sus más profundos pensamientos.

Sin embargo, la muchacha daba por hecho de manera insólita que aquello que estaba pasando con la Luna era algo completamente normal, con lo que proseguía su camino con total tranquilidad.

Cuando llevaba andando unos cuantos minutos, le pareció observar una claridad y un brillo extraños en una parte delantera del sendero. Al acercarse un poco más hacia aquella especie de luz, fue consciente de que provenía del interior de las hojas caídas del otoño. Con toda la precaución que le permitía su intrigado y curioso espíritu, escarbó con sus manos por debajo de las hojas hasta dar con algo sólido que allí se escondía. La joven las fue apartando poco a poco y entonces lo vio, un artefacto fascinante, majestuoso… una visión impactante que hacía relucir gran parte de la senda. Se trataba de una linterna antigua, una lámpara portátil de queroseno cubierta de vidrio, que ella sabía que se había originado medio siglo antes, en torno a 1860 (en la actualidad se hallaban en el año 1910, donde ya funcionaban de manera generalizada las lámparas eléctricas). Cielan recordaba que en su niñez su abuela todavía conservaba una de aquellas lámparas. Pero, ciertamente, nunca había visto una con una luz tan potente, extraña y misteriosa como la que acababa de encontrar.

Yendo en sentido contrario al de ella, Cielan observó de lejos a un individuo que llevaba el rostro cubierto con una vieja bufanda, como si no deseara ser reconocido o visto. Sus ropas eran viejas y estaban raídas en algunas partes, dándole un aspecto de mendigo o vagabundo. La joven, aunque pasó por su lado con cierta aprensión, lo saludó cortésmente, como era costumbre por aquellas tierras:

—Buenas tardes le dé Dios, señor.

El caballero desaliñado se detuvo entonces. La joven pudo percibir en la oscuridad que su inquietante mirada solo mostraba uno de sus ojos. El extraño observó la linterna antigua y le habló así:

—¿Sabes? Yo poseí hace tiempo la misma lámpara que tú llevas ahora en tu mano. Solo un consejo te daré: No hagas un mal uso de ella, o su incalculable poder se volverá contra ti”.

Acercó entonces Cielan la linterna al rostro de aquel misterioso personaje y, al iluminarse su cara, percibió con horror que le faltaba un ojo y el otro que conservaba no parecía humano, sino de fiera salvaje. La muchacha, asustada, quiso saber:

—¿Qué eres? ¿De dónde eres?

—Provengo de un mundo cercano, pero muy diferente a este, querida Lobadeluna —contestó de manera enigmática el insólito ser.

—¿Lobadeluna? —se extrañó la joven al oír cómo la había llamado.

—Pronto comprenderás. ¡En verdad cuán ignorantes parecemos a veces, que nos sorprendemos de muchas cosas que nos dan miedo, pero no nos asustamos de nosotros mismos cuando vemos realmente lo que somos!

Y diciendo esto, el hombre continuó su camino, del que parecía que era un peregrino infatigable, alborozando las hojas secas con sus renqueantes pasos y recorriendo los senderos del mundo sin poder hallar el ansiado descanso.

NO TE APARTES DEL SENDERO O…

Cielan estaba inquieta. Le preocupaba no llegar a su casa antes de que anocheciera.

—Está oscureciendo. Debí haberme ido antes de la fiesta —pensaba con nerviosismo.

Entonces hizo algo que la prudencia desaconsejaría, apartarse del sendero y coger un atajo para volver a su hogar cuanto antes. Durante su viaje de retorno se extrañó de no ver en el suelo ninguna de las hojas caídas del otoño. a pesar de las ramas desnudas de los árboles. Pero no dio importancia a ese detalle y prosiguió su camino.

Pero la Luna, conocedora del error que la muchacha estaba a punto de cometer, pronunció las siguientes palabras:

“¿Estás segura de lo que vas a hacer, mi querida Lobadeluna? La prudencia es una virtud que también deberías cumplir. Ten cuidado, mi estimada. No te separes de tu madre la Luna. Yo te daré la energía que necesitas, yo te mantendré a salvo”.

Una silueta la sorprendió por detrás.

—Tengo el gusto de verte de nuevo, jovencita. Pero ten por seguro que no me iré de aquí sin saber antes tu nombre.

El rostro disgustado de la muchacha lo decía todo.

—¡Me llamo Cielan! ¿Contento? —dijo con cara de fastidio. — ¿Por qué me sigues? Debes saber que no me agradas.

—Eso tiene fácil solución. Tomémonos nuestro tiempo para conocernos mejor —propuso él sin disimular su entrenada galantería.

—Me refería solamente a que no me caes bien —le aclaró la joven.

Loboferoz cambió de estrategia con intención de engañarla.

—En verdad, tienes toda la razón en estar enfadada conmigo. He sido una persona poco galante. Pero permíteme demostrarte que puedo ser alguien respetuoso y educado. ¿Me podrás perdonar?

Aquellas palabras la desarmaron. Pronto su antipatía hacia el joven fue apaciguándose. Ella lo miraba un tanto dudosa, pero finalmente se convenció de que sus intenciones no podían ser malas.

—Está… bien. Acepto tus disculpas.

—Te lo agradezco enormemente, amable joven.

Mirándola el hombre con ojos de una intensidad que no parecían de este mundo y como si adivinara insólitamente sus pensamientos, le dijo así:

—¿Necesitas ayuda, mi estimada amiga? ¿Acaso te has perdido y no sabes el camino de vuelta?

—Oh, así es, ciertamente. No debí coger este atajo. Me dirijo a mi casa, donde me espera mi querida abuela —le respondió ella sin sospechar sus verdaderas intenciones.

—No tienes nada de qué preocuparte. ¿Para qué están los amigos? Mira, si tomas aquella senda de allá —dijo señalándole otro camino— llegarás muy pronto a tu hogar. Yo, por mi parte, me iré al mío a descansar, que ya se está haciendo hora. Encantado de verte de nuevo y de ayudarte, señorita.

—Ten por seguro que vas a descansar pronto, fiera inmunda. ¡Pero en la otra vida!

Así había hablado Fiona, la abuela de Cielan, al tiempo que apuntaba al siniestro muchacho con una escopeta de caza.

—¡Abuela! ¡No! ¿Qué haces aquí? ¡No es lo que crees! Loboferoz es una buena persona —gritó su nieta mostrando su cara más ingenua.

—¡Con semejante nombre no creo que vaya a dar misa! Al ver que tardabas, he venido a buscarte. Cielan, ¡Apártate de ese monstruo!

—¡Vaya, ancianitas a mí! Ahora que has venido hasta aquí, acabaré lo que iba a empezar—dijo el hombre amenazante y riendo a carcajadas.

Entonces Cielan, como despertando de un profundo sueño, acercó la linterna antigua sobre el rostro del malhechor.

—¡Nooo! ¡Aleja eso de mí! —vociferaba la fiera, mientras adoptaba su genuina naturaleza de lobo hambriento.

Pero era demasiado tarde. Una luz más poderosa que mil soles empezó a quemar lenta pero firmemente el cuerpo de aquella siniestra criatura, hasta reducirla a cenizas.

—¡Uf, querida mía, la providencia divina ha actuado, pues tengo que admitir que esta vieja escopeta de caza carecía de balas! —repuso la anciana, ante la mirada de espanto de su nieta.

De repente, la linterna de luz iluminó una entrada al interior de la tierra.

—¡Oh! ¿qué es esto, abuela? —preguntaba desconcertada la muchacha.

—Son las respuestas a tus eternas preguntas del pasado. Ve allí abajo. Y llévate contigo la lámpara de la luz sagrada —le instaba la anciana.

—¿La lámpara de la luz sagrada? —repetía su nieta sin comprender.

Hasta que de repente, una poderosa energía interior empezó a revelarle quién era ella realmente.

—¡Abuela, tú… lo sabías todo!

—Sí. La lámpara que llevas contigo fue un regalo de tu madre la Luna a sus hijos. Todos sus descendientes, cuya naturaleza es la de lobos salvajes y libres, son atraídos por la luz sagrada de la linterna antigua y son llamados a vivir en las profundidades de este planeta, incluidos tu padre, Anochecerdeluna, y tu madre, Ojosdeluna, sus verdaderos nombres. Y… ahora tú…

—Sí. Yo… mi nombre real es Lobadeluna —admitió Cielan.

—Así es, mi vida. Tierradeluna es tu verdadero hogar, tu querida patria, un paraíso de luz y fulgor, adonde la lámpara pertenece. Este es un mundo que necesita luz, habitado por lobos buenos que luchan contra el mal, los lobos malos, llamados las Sombrasdelobo. Con cada claridad aportada por los lobos de luz podéis mantener todas las cosas buenas de la naturaleza y arrinconar a las Sombras. Para ello, vosotros los lobos buenos debéis captar nuevos seres cuya alma sea clara y luminosa, convirtiéndose en lobos de luz cuando se introducen en el mundo subterráneo. La linterna es el reclamo sagrado, aquello que los lobos captan en la superficie y que los conduce al mundo interior.

Este es el secreto que solo unos pocos conocen acerca de este mundo para proteger su futuro, pues de todos es sabido la capacidad de destrucción que alberga el ser humano. La Luna, que gobierna estas tierras, decidió un día que uno de sus hijos sería el lobo, un animal noble y lleno de libertad, aunque conocedor también de la soledad y la incomprensión de los hombres.

La abuela Fiona, con lágrimas en los ojos y con un gran pesar en su corazón, se despidió de Cielan, de nombre real, Lobadeluna.

—Adiós, Lobadeluna. Adiós, mi pequeña. El destino nos separa. Espero que no para siempre. Solo deseo que a partir de ahora seas feliz y que sientas que por fin perteneces a tu nuevo mundo, que te espera con los brazos abiertos.

Intervino entonces la luna, diciendo lo siguiente:

Bienvenida a Tierradeluna. Aquí te esperan tus padres, tus verdaderos amigos, todos aquellos que te respetan y te quieren. Lobadeluna, ayúdanos a traer la luz que transforma las cosas malas en buenas y que destierra la oscuridad y las sombras”.

La joven, antes de descender a su nuevo hogar subterráneo, depositó de nuevo en el suelo la antigua linterna segrada, esperando que algún ser de luz la recogiera para que actuara su mágico impulso benefactor. Luego, allí abajo, ya convertida en lobo, se reunió con su familia y todos aquellos que la estaban esperando.

Un reencuentro muy especial se sucede en aquellas tierras. Pues aparece ante ella Lobodeluz, el joven al que conoció en la fiesta y bajo apariencia humana. Y como en el pasado, sus ojos se miran con idéntica pasión, demostrando que su amor pervive más allá del dolor y del sufrimiento, más allá de la pena y la soledad.

—Estaba segura de que nos volveríamos a ver —le susurró delicadamente Lobaleluna.

—Yo también lo estaba —repuso él mostrando su alegría. Y dijo Lobodeluz finalmente:

—Ven conmigo. Recorramos junto a nuestra manada estas tierras de libertad.

Desde entonces se dice que solo los niños pequeños pueden ver en sus sueños a los lobos del reino de la Luna. Y, entre ellos, Lobadeluna transita por los bosques profundos y las elevadas montañas, en medio de verdes y frondosos paisajes, feliz en el mundo que la acoge y la protege, corriendo en libertad, en compañía de sus congéneres. Y mientras, la antigua linterna sagrada es un reclamo, un símbolo del poder de la luz, que absorbe en este mágico mundo subterráneo a los lobos buenos, los lobos de luz.

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