Alguien —tal vez un bibliotecario, tal vez Dios en una de sus tardes ociosas— dispuso una mesa redonda en una sala sin relojes. No era el Paraíso ni el Infierno. Era una biblioteca donde el tiempo había renunciado a su antigua tiranía. Fueron llegando, sin sorpresa, quienes jamás pudieron haberse encontrado. Homero ocupó el primer...
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