Cuando calles, quizá entre las umbrías
de una tarde sin trinos ni azucenas,
mi nombre, cual reminiscencia vaga,
se deslice en tus labios por las nieblas.

Quizá alces hacia el éter la mirada
y en la luna, de pálidos fulgores,
reconozcas aquella lumbre extinta
que otrora floreció entre nuestros soles.

Y alguna vez, al borde de tus sueños,
cuando el nocturno velo al mundo encubra,
percibas un latido entre la bruma
que a tu soledad furtivo acuda,

No te turbes: no es la muerte que te llama,
ni el viento que solloza entre la hiedra;
es mi amor, que, negándose al sepulcro,
en pálida reminiscencia queda.

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