Aventura mensual: Super Perico y Un amo digno de su sirviente (24 de 32)

Aventura mensual: Super Perico y Un amo digno de su sirviente (24 de 32)

Arte Lancelot

15/01/2026

Las aventuras de Super Perico


Un amo digno de su sirviente

Primer movimiento


Vigésimo cuarto movimiento: Opiniones sistemáticas 

Versión en audio:

El señor González durante más de una década había acumulado anotaciones de puntos de ataque; además de toda clase de rumores e informaciones sobre los cuatreros. Aunque sus datos estaban contaminados con mucha imaginación; atesoraba para sí mismo un respetable grupo de estadísticas confiables. 

Presumió que era capaz de predecir algunos hurtos, aunque con amplios errores. Desviaciones naturales desde su punto de vista, puesto que la investigación policíaca nunca había sido una ciencia exacta. 

Señaló algunos lugares de asaltos bastante concretos para los próximos meses. Había una locación en particular de la que presumía sentirse muy seguro: la hacienda de un conocido suyo, de nombre Julio. Muy confiado aseveró a Super Perico que el robo ocurriría en cualquier fecha del próximo mes. Decía esto con mucho orgullo, como si hubiera desvelado los secretos de algún arcano importante.

La propiedad de don Julio no estaba casi vigilada. Le robaban ganado todos los años por esas fechas, en tres ocasiones ya. El dueño nunca había mostrado preocupación por atrapar a los malhechores, ni por aumentar la vigilancia. Se decía que el hacendado era de ideas extremistas y enemigo del gobierno. Por lo demás, era el mejor conversador de la montaña y tenido por inofensivo. El terreno del lugar era barato, malo para casi todo, muy irregular. Estaba ubicado en una zona favorable a los delincuentes, puesto que era fácil volverse invisible en un millar de escondites olvidados por la labranza.

González calculaba que la supermascota conseguiría atraparlos con solo un mes de vigilancia continua. Para garantizar sus pronósticos, había que tender una trampa: un pequeño grupo de animalitos perdidos por el descuido fingido de los dueños, pero conforme con su negligencia de siempre. Tales extravíos eran rutina diaria de la hacienda. Los cuatreros fácilmente cederían al engaño. 

Desde hacía mucho tiempo, aunque con planes de fantasía, Gonzáles y el propietario eligieron lo que les pareció el sitio más apropiado para su teatro y emboscada. Solo faltaba alguno, que en vez de fanfarronear se tomara el plan en serio. 

Era un sitio conocido por los malhechores que ya habían utilizado con éxito, aprovechando su poca visibilidad e interés. Nada había cambiado desde entonces, ni siquiera unas líneas grabadas en una roca cercana. Líneas que probablemente habían sido trazadas por los mismos delincuentes.

Aunque Super Perico todavía no aprendía las técnicas del combate estilo sureño; se las arreglaba con los nudos básicos, que le permitirían atar a los delincuentes sin causarles daño. Así pues, para terminar con su parte y conseguir una zona segura para los testigos, el ave inmovilizaría a los antisociales con sogas.

Alguna de las conserjes del CPAN u otro voluntario, encendería un nutrido grupo de fuegos pirotécnicos que serían la señal convenida con los campesinos para los trámites de ley. Una vez asegurados al menos unos veinte testigos del centenar que esperaban, se llamaría al sargento Joel para consolidar el arresto.

—¿Por qué le molestan al gobierno sus frases? —le preguntó Chloe a Julio, el dueño de la hacienda.

Las niñas y mucho peor aún, Super Perico, entendían bien poco de la política oscura de Haram. Chloe por sus lecturas y costumbres era como siempre la mejor informada. En cuanto a Astrid, había experimentado la amargura de la persecución en carne propia.

—No perdamos el tiempo con mis opiniones. Lo que yo haya dicho, no es importante ni para mí, ni para nadie—respondió Julio quien sonreía como si diera igual decir una cosa que otra.

—¿Y por qué?, todas las opiniones valen la pena de ser escuchadas —afirmó Super Perico.

—Sobrevaloras mi opinión. Yo soy una ficción, una mentira, utilizo siempre una máscara programada para dar siempre opiniones sistemáticas. Jamás la verdad, jamás mi corazón, jamás mi propia opinión; como si no tuviera personalidad.

—Creía que estaba defendiendo tu derecho a opinar —dijo el periquito. Ante la negativa del hombre propuso una alternativa —Por qué no nos dices entonces, tu opinión verdadera en vez de lo que hayas dicho en realidad. Además, todavía no estoy enterado sobre qué estamos hablando.

—Porque soy incoherente, amorfo y descarado. Lo incoherente que puede ser la ficción en la que me he convertido por mi propia voluntad.

Esta vez fue Melody la que intervino en un intento de traducir las palabras:

—Creo que entiendo lo que nos trata de decir. No dices tu opinión sino la de otros. Es lo que se hace en Haram para ganar el examen vial—bromeó conforme a su costumbre, pero las demás la regañaron por señas. Arrepentida, cambió de tono—. De todas maneras, defenderemos tu opinión… Hasta donde entiendo, el problema es la isla Ádulam. En resumen: no nos vas a decir lo que dijiste.

—¡Lo que dije no importa! No defiendan mi opinión sino los derechos de Haram. Mi palabra no vale la pena.

—Pues tu palabra si vale la pena. Es importante porque así es mejor el mundo—en esta ocasión fue Astrid la que intervino. Estaba molesta por frases que sentía chocaban abiertamente con sus valores.

—Les trato de explicar que yo siempre miento, solo le llevo la contraria al gobierno. Si ellos dicen blanco, yo digo negro. Cuando dicen arriba, entonces yo recomiendo que abajo. Es imposible decir nada inteligente de esa forma, solo puras incoherencias. La verdad es que no entiendo ni la mitad de las discusiones de la tele. Aunque las entienda y este de acuerdo, le llevo la contraria al gobierno. No me importa. Lo hago porque yo soy así.

—¿Y por qué es así?, me parece una actitud absurda. El libro «Etiqueta para jóvenes detectives» enseña que la contradicción abierta y descarada, es el fracaso del diálogo —sentenció Chloe.

—Los rumores de los campesinos se quejaban de la persecución del gobierno. Decían que mandaban cuatreros como estrategia para fortalecer al ejército y su diplomacia internacional. Pues si perseguían a los demás campesinos solo por abrir la boca, quería que me persiguieran a mí también. 

«No sé si me comprendan: aunque yo nunca haya entendido bien el problema de Ádulam, quería que me robaran a mí también. Si no vas a hacer nada para ayudar, por lo menos tener orgullo y dignidad. Yo soy así, prefiero ser una máscara incoherente e ignorante que renunciar a los derechos de todos. Aunque no sepa si lo que estoy diciendo tiene sentido, creía que mi obligación era hablar lo que no quieren y llevarles la contraria».

Luego de tales y otras razones similares, pasaron a los planes contra los delincuentes. Ya para entonces, el señor González se había retirado del problema, satisfecho con su papel de autor intelectual de la trama. El dueño de la hacienda, don Julio, fue mucho más colaborador con las niñas. En persona, entrenó una selección de sus propias reses para que colaborara dócilmente con el plan. En un par de días los animalitos estuvieron listos para perderse y retornar con el hato principal; posterior a pastar lo suficiente en la zona elegida.

Trampa y vigilancia comenzaron a la semana siguiente. Tal y como explicó el guarda, además de la carnada, el sitio ofrecía a los abigeos varios atractivos adicionales. 

Los delincuentes tenían experiencia en la zona. El lugar era bien solitario. Además, gozaba de un fácil acceso con poco riesgo de ser descubiertos; al menos, en una invasión supuestamente desprevenida. 

Tenía numerosas rutas de escape; fácil cubrirse y triunfar contra una emboscada de campesinos indecisos e inexpertos… Pero Super Perico presumía de sentirse muy seguro con sus habilidades. Podría contra todos ellos, sin poner en peligro a nadie.  

Para entonces, la supermascota carecía de ningún arresto que exhibir en su currículum. Las escaramuzas con serpientes y otras pestes no impresionaron a los campesinos. Pero siempre hay una primera vez para todo policía aficionado. Los demás le daban su oportunidad.

El plazo de un mes que el CPAN se otorgó a sí mismo para inscribirse en la CASPA se extendió a dos meses. Nada era seguro. Según la creencia común, era muy probable que los cuatreros quedaran libres por la corrupción generalizada. Además, la cooperativa podría no admitir la convalidación.

En su imaginación infantil, las niñas confiaban que los planes de caricatura y sus unicornios enseñaban una verdad importante: era posible ganarle a la reina malvada con inteligencia y cooperación. 

Por otra parte, no era acaso un perico con superpoderes una especie de señal de apoyo del cielo. Dios y los ángeles nunca han hablado claro, seguramente porque tienen una buena razón para hacerlo. Preferían no pensar en los posibles contratiempos por ahora.

Super Perico y Astrid fueron los vigilantes más asiduos. También colaboraron las otras tres niñas, que se rotaban conforme sus obligaciones escolares lo permitían. Por supuesto, su participación en tiempo era mucho menor.

Astrid llegaba casi a diario. Decía que no pensaba volver a la escuela nunca. Se sentía traicionada con la sociedad y lo que ella ofrecía. Sus amigas se conformaron con su promesa de volver con su padre.

Según el acuerdo creado a iniciativa de Chloe: la niña retornaría con su familia una vez completaran la misión; o en caso de fracaso, cuando se venciera el plazo de seis meses posteriores del ingreso a la CASPA.

Los días de vigilancia transcurrieron lento, pero sin complicaciones. Posteriormente, cuando la policía interrogara a los campesinos sobre los sucesos: muchos afirmaron que todo el plan pudo resultar perfectamente, si los involucrados hubieran obedecido fielmente las instrucciones.

Ocurrió algo siniestro que salió pésimamente, aunque afortunadamente sin consecuencias graves. Supongo, que podríamos afirmar, era la segunda vez que los eventos se complicaban a consecuencia de la imprudencia de la misma personita.

El acuerdo con Super Perico fue que las niñas no harían nada peligroso durante el arresto. Las chicas se turnarían para hacer guardia. Su labor se limitaba a apoyar la investigación y encender los petardos.

Sin embargo, el héroe estaba muy preocupado de arruinarlo todo a causa de su inexperiencia. Cierto era que estaba ansioso por demostrar sus habilidades. Pero convencido de la necesidad de algunas precauciones, acordó que él tampoco tomaría la iniciativa hasta que algún otro le diera la orden respectiva. 

Solicitó que alguna de las niñas o algún adulto voluntario que colaborase en turno con la vigilancia debía darle el banderazo de salida. 

Afirmó en varias ocasiones que mientras no se le ordenara atacar a los delincuentes, permitiría que los ladrones actuaran sin interrupciones de su parte. Las leyes humanas eran muy complejas. En vista de sus previas experiencias, el héroe temía arruinar el procedimiento. Además, existía la posibilidad de que arrestara por error a un simple caminante de las montañas.

Todo ocurrió en el turno de vigilancia de Astrid, quién se esforzaba por estar presente las más de las veces. En esa ocasión, se encontraba ella sola con Super Perico. Como chica fugada de la vida escolar, era la que disponía de más tiempo libre.

Desde su refugio de vigilancia, notaron el ingreso de un grupo sospechoso que concordaba con las posibles señas con que González les había aleccionado previamente. No pudieron ver con claridad el rostro de ninguno, aunque en ese momento no llevaban máscaras. Astrid, fue la primera en sentirse segura de su hallazgo; pero confiando en las habilidades de Super Perico, consideró que era demasiado pronto para alertar a nadie más. 

Como en varios hurtos similares que les atribuían, el asalto ocurría temprano en la tarde. Conforme a lo planeado, los malhechores cedieron a la tentación de un ganado fácil y mal vigilado. El ave estaba pronta y lista para actuar.

Repentinamente, Astrid tuvo la mala idea de cambiar los planes drásticamente. Informó al perico que, para arrestar a los cuatreros, ella se acercaría de primera.

—¿En qué momento los agarro a picotazos? —preguntó Super Perico ansioso.

—Espera a escuchar que yo grite —respondió Astrid decidida.

—Eso no fue lo que acordamos. Se supone que me ibas a dar la señal con palabras, sin gritos.

—No te preocupes —explicó Astrid—. Es sencillo de entender. Yo me acerco, luego grito. Tú los arrestas… Funcionará.

Super Perico estaba decidido a ser obediente, vio como la niña se alejaba y esperó el tal grito que iniciaría el combate. La supermascota estaba muy emocionada; por fin conseguiría su primer arresto.

Esperaba y esperaba, decidido a no intervenir hasta no escuchar el tal gritillo de la niña, pero nada…

Temía que algo malo hubiera ocurrido, pero desde su posición actual no podía apreciar claramente la escena. Los delincuentes entraban y salían de su campo de visión. El pájaro no descubría a la niña por ninguna parte. Estaba indeciso y muy preocupado porque su desobediencia podría arruinarlo todo como en ocasiones anteriores.

Cuando ya no pudo contener su preocupación, decidió acercarse para juzgar él mismo lo que pasaba. Tenía que acabar con la angustia que le invadía, ahora ya sin mayores miramientos a arruinarlo todo. Encontró a Astrid amarrada y amordazada, sin posibilidades de pedir ayuda.

Inmediatamente, su primera reacción fue liberar a la niña olvidándose de todo lo demás. Temeroso de que lastimaran a la chica en el forcejeo, como pudo y sin consideraciones, empujó a todos los maleantes. 

Afortunada y probablemente, ninguno se animó a disparar por consideración a su protegida. El ave, pues, tuvo oportunidad de poner a la prisionera en sitio seguro.

—Esta es la señal —dijo Astrid, quién ahora actuaba como si estuviera feliz por lo ocurrido.

—¿La señal era quitarte las amarras?

—No, pero es la señal ahora —Astrid hablaba como si se tratara de un juego peligroso. 

En sus ojos el pájaro veía una expresión de amargura y orgullo indescifrable. Creyó escuchar un murmullo que apenas logró percibir. Probablemente reflexionaba consigo misma. 

Luego, la chica ordenó en voz más clara: 

—Arréstalos a todos mientras yo alerto a los alrededores.

A partir de allí, el plan fue un éxito completo. Super Perico se arrojó sobre los maleantes seguro de no poner en peligro a nadie más. Con sus superpoderes y un poco más de experiencia que antes, no tuvo dificultades en adelantarse a todos sus movimientos. 

También libres de la niña, los delincuentes ya no tuvieron escrúpulos en usar sus armas, pero fueron inútiles contra nuestro héroe.

Quizá los atrapara a todos, quizá no; las versiones son diversas. Consiguió amarrar al menos, a los que alcanzaban a recordar en las declaraciones. Cuando pudo inmovilizarlos, cuidó de buscar a alguno más que permaneciera escondido o estuviera huyendo en las cercanías. No halló pistas de más secuaces.

Al ver los petardos que por fin encendiera la chica detective, los hombres de mejor condición física de las cercanías corrieron sin dilación. Aunque inevitablemente inoportuna, habían tomado precauciones suficientes para reaccionar con prontitud a una señal que habían esperado ansiosos durante semanas.  En cuestión de instantes reunieron como unos treinta testigos prestos para ayudar. Estaban temerosos de que alguna niña del CPAN pudiera salir lastimada.

Llamaron al sargento Joel, padre de Mariazinha, que actuaba como jefe oficial en su jurisdicción.  Los policías contabilizaron en el operativo como unas trescientas personas; muchas de las cuales ya estuvieron presentes a los pocos minutos de dar el aviso. 

Llegaron también algunos menores y ancianos, quienes por precaución no se habían comprometido a colaborar. Pero al momento de la señal, no dudaron también en acercarse, aunque con algún retraso.

Super Perico había prometido traer a las demás niñas del CPAN cuando se consolidara el arresto. Aunque no era el momento más apropiado, condujo a Mariazinha y a Chloe al lugar, con ayuda del pericomóvil. 

Melody prefirió quedarse en casa, pues todavía había muchos detalles que ocultaba a su familia. No quería arriesgar que descubrieran la verdadera identidad de Astrid, quien trabajaba de incógnita para los padres de su amiga.

—¡Qué suerte que el señor González tuviera razón y siempre ataquen por las mismas fechas! ¿por qué lo harán? —preguntó Chloe en cuanto llegó.

—Supongo que entiendo el motivo —explicó don Julio con cierta reserva.

No podía asegurar el modus operandi de los abigeos. Confesó a Chloe, que juzgaba más por sus propios sentimientos:

—Este mes es el cumpleaños de mi nieta quien vive algo lejos. Es una forma de amenaza, el primer asalto fue exactamente en su natalicio. Durante los siguientes años, cambiaron la fecha por días o semanas. Tú le perdonas el abigeato y le das la razón al gobierno; a cambio de no hacer daño a tus parientes, o eso insinúan. Sería una especie de truco mental. No puedo asegurarlo, pero lo interpreto por su patrón de asalto.

Durante el arresto, Astrid cometió la imprudencia de cambiar los planes drásticamente. Sin embargo, no era el momento apropiado para distraer a la policía con roces al interior del club de niñas. 

Un poco más tarde, hablando aparte entre ellas; Chloe estaba furiosa con la chica y la regañó abiertamente. Temía que estuviera provocando su muerte inútilmente con actos temerarios. A sus ojos, Astrid se portaba absurdamente. Super Perico, con sus superpoderes, llevaba las de ganar sin necesidad de mayores refuerzos. 

Según el razonamiento de Chloe, el CPAN era un grupo de chiquillas tontas que jugaban con fuego. Más atenidas a la providencia divina que a lo correcto… Se tambaleaban en la cuerda floja de una peligrosa apuesta. Tarde o temprano los delincuentes no respetarían su corta edad.

—¡Qué hiciste bruta! —le increpó Chloe por su imprudencia.

—Les he dicho cientos de veces que no me importa morir por mi madre —respondió Astrid con la mayor tranquilidad.

—¡Bruta! ellos no son tu madre.

—Necesito practicar un poco… No quiero fallar por falta de costumbre cuando llegue la hora —respondió decidida a no dar muestras de arrepentimiento.

Los campesinos estaban muy contentos. Casi todos celebraban el arresto por igual. Incluyendo una mayoría que llegó algo retrasada, quienes alcanzaron a ver poco del operativo. 

La algarabía era general; sin embargo, había una personita que lloraba en secreto los acontecimientos. Se identificaba muy fácilmente con los sentimientos de los demás. Tal vez en exceso, pues no hacía excepción con el sufrimiento de los malvados. 

Aunque se le tenía por llorona, intentaba ocultarse. Estaba temerosa de los regaños que ya había recibido en numerosas ocasiones. 

Mariazinha al ver como su padre, el sargento Joel, se llevaba a los cuatreros a prisión; lloró por ellos en silencio…


—Siguiente entrega disponible el 15 de febrero del 2026
—Libro completo disponible en octubre del 2026


Ver también: Un amo digno de su sirviente, Arte Lancelot

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