No digo que fuera la primera persona en darse cuenta. O sí. Seguro que de las primeras y en el barrio nadie se enteró antes que yo, seguro.

No sé si los demás piensan así pero a mí me parece que ahora, después de tanto tiempo, ya nos hemos habituado y nos parece normal. Es como si la vida de antes no fuese del todo real, como un cuento mal contado. Todos recordamos que antes no era así pero nadie se para a pensar qué ha cambiado. Igual hay más gente que sí lo piense, no sólo yo pero nadie lo dice; ni yo. Nadie habla de eso con los demás. Es como cuando escuchas un ruido molesto de fondo, durante mucho, mucho, mucho rato, en algún momento te acostumbras sin siquiera darte cuenta y dejas de oírlo. Si le prestas atención te das cuenta de que sigue ahí y te parece lo normal, como si siempre lo hubieses estado escuchando; hasta el punto de que no recuerdas como eran antes, ni siquiera si hubo un «antes».

Por lo que supe después todo el mundo buscó un refugio cuando pasó. Los que no tenían a donde ir se metían debajo de los muebles, parece un chiste. Debajo de puentes y pasadizos, en túneles aunque sólo fuesen un par de arcos unidos, en los subterráneos, transporte público incluido. Donde fuese que pareciese seguro.

Nosotros fuimos al garaje del edificio. Está por debajo del nivel del suelo, en la misma planta que las calderas. Con todo el hormigón del bloque encima parecía lo más seguro. Me parece que nadie se planteó salir a la calle para buscar un lugar mejor.

Las sirenas no paraban de sonar. ¿Será por eso que he hecho la comparación con lo del ruido molesto? Empezaron un poco antes del mediodía y ya no pararon hasta que se fue la luz; hasta que se fue la general, la de la calle, la finca tiene generador propio, aguantó mientras pudimos ponerle combustible y para eso fuimos sacando de los coches aparcados en el garaje. Más o menos ya estábamos todos enterados por la radio y la televisión antes de llegar abajo, luego pusimos la radio pero en uno de los coches; unos chicos del tercero tenían un coche tuneado y con altavoces tan grandes podíamos escuchar la emisión todos con sólo ese aparato. En todas las emisoras daban el mismo parte de emergencia, pidiendo a la gente que buscase refugio y todo eso.

Entonces empezaron los temblores. No fueron muy fuertes, la construcción aguantó, se desprendió algo de polvo del techo y se abrió alguna grieta (ni muy grande). O eso nos pareció. No teníamos ni idea de lo que estaba pasando fuera, en ese momento. No duraron mucho, al cabo de unos minutos pararon.

Luego llegó el agua. Escuchamos el ruido enseguida, entrando por la puerta del garaje. Debió salir por las rejillas al final de la rampa de entrada pero estaban atascadas, o eso parecía. No recuerdo cuando fue la vez anterior que llovió pero seguro que no había problemas con las rejillas y el desagüe. Aunque tampoco se inundó la acera entonces, no tanto como para que entrase a chorros por debajo de la puerta. Entre todos buscamos cosas para hacer tapón antes de que se inundase todo y que nos ahogase. Nos apañamos bien con lo que encontramos en los coches: fundas, mantas y alfombrillas, principalmente. Por las escaleras y el ascensor no entraba agua, todos pensamos que el edificio aguantaba bien. No nos enteramos de cuando paró de caer agua.

Y se fue la luz. Alguien lo dijo al darse cuenta de que sonaba el generador. Desde ese momento tuvimos que estar pendientes de que no le faltase combustible, así que empezamos a organizarnos por equipos. En el primer momento a mí me tocó con el grupo que buscó lo imprescindible, artículos de primera necesidad: bebida, comida, tiendas de campaña, o sacos de dormir, o algo que nos sirviera para poder descansar. Para eso registramos otra vez los coches y, cuando acabamos con ellos, intentamos subir para buscar en los pisos. El ascensor funcionaba, el generador abastece a los servicios básicos y, por lo visto, es uno de ellos, supongo que sería para que no se quedase gente atrapada. Lo malo es que gasta mucha energía y corríamos el peligro de quedarnos atrapados, así que intentamos subir por las escaleras. El primer tramo bien, al llegar a la puerta de la planta de calle ya no pudimos continuar, estaba atrancada, imaginamos que habría caído algo en el otro lado, durante los temblores que la dejaba bloqueada. Aunque no eramos muchos, con lo que pudimos juntar de los coches y lo que llevábamos encima no nos daba para resistir mucho tiempo. Empezamos a planear como salir para buscar ayuda y la única vía era la persiana del garaje.

Después de retirar varios de los trapos, sucios y empapados, comprobamos que ya no caía agua. Un hilo en algunas partes pero eso podía ser porque aún quedaba agua en la acera, o la que caía de la misma persiana al moverla. Ya sólo nos faltaba abrir. Aunque parezca una tontería tardamos varias horas en hacerlo. Mirábamos por el hueco que acabábamos de destapar y creo que todos veíamos lo mismo: la acera, los árboles plantados en el borde, algunos coches aparcados, trozos de carretera entre ellos y el otro lado de la calle. No pude ver ninguna persona y nadie del grupo dijo que hubiese visto a alguien, así que asumimos que estábamos solos. Los más mayores pedían que esperásemos allí hasta que llegasen los servicios de emergencias a rescatarnos, el resto ese quejaba del hambre y otras cosas básicas; aunque no debía ser para tanto, tampoco es que llevásemos allí una eternidad. Además, empezaba a oler mal. Estábamos utilizando la esquina más apartada de la entrada como baño, sin nada para cubrir los deshechos el olor se fue propagando por el garaje.

Finalmente decidimos que saldría un grupo pequeño, cuatro personas. Yo me ofrecí a ir en ese grupo.

Abrieron la persiana lo justo para que pasásemos agachados y en cuanto estuvimos los cuatro fuera volvieron a cerrarla. La prioridad era encontrar ayuda, mejor un equipo de rescate o servicios civiles pero nos servía con saber que no eramos los únicos vivos en la ciudad. En el primer vistazo afuera no vimos nada que nos llamase la atención, nada realmente diferente de cualquier día lluvioso, salvo la inquietante calma. Soplaba una ligera brisa que movía las hojas de los árboles, lo suficiente para no confundir lo que veíamos con una imagen estática. Ningún coche, nadie por la calle, ninguna mascota ni animal, nada más que las fachadas de los edificios, la escasa vegetación y la carretera con los coches aparcados. Tardamos un buen rato en movernos, todo era como un cuadro de pesadilla justo antes de que el monstruo apareciese.

Mario, el mayor del grupo, nos despertó del embrujo, no sé cuanto llevábamos mirando a un lado y otro de la acera.

– Vamos por allí. – dijo.

Nadie discutió, nos pusimos a andar siguiendo su indicación. Al cabo de cien metros, más o menos, llegamos al primer cruce. Ahora teníamos a la vista otra calle y nos quedamos mudos. No había nada. No quiero decir que fuese como en nuestra calle, con las aceras vacías y también las carreteras, así como los edificios vacíos. No había nada, después de unos metros de carretera todo estaba en blanco. Ni carretera, ni aceras, ni árboles, ni fachadas de edificios, ni siquiera cielo o nubes. No había nada. Miramos al otro lado de la calle cuando superamos el momento de estupor para ver que estaba igual. Creo que todos dudamos si volver corriendo al refugio del garaje pero Mario volvió a tomar el control. Agarró una piedra, del tamaño de su mano, de la base del tronco más cercano y la tiró hacia aquella extraña nada. La lanzó con fuerza, la piedra voló unos treinta metros, aunque era difícil calcular la distancia desde que empezó a penetrar aquella nada, luego cayó, como cualquier piedra al final de su arco y siguió cayendo. No había suelo que parase su caída, así que siguió cayendo, el tiempo pasaba y no dejaba de caer, hasta que se hizo tan pequeña que dejamos de verla en la profundidad de aquel abismo de nada.

– Seguimos. – dijo Mario, sacándonos a todos del embobamiento de intentar seguir la piedra perdida.

Continuamos por nuestra acera al otro lado del cruce. Al acercarnos al siguiente cruce nos dimos cuenta: lo que nos había parecido un horizonte indefinido y oculto por los árboles al final de la calle tampoco era nada. En el siguiente cruce la calle desaparecía, como pasó en el anterior cruce, con la calle transversal que no estaba. En este caso no sólo desaparecía la calle que cruzaba a la nuestra, al otro lado del cruce simplemente no había nada. Nada más que el espacio blanquecino y vacío que vimos antes. Mario, tan sorprendido como nosotros, cogió otra piedra, maquinalmente, como si no tuviese control sobre los gestos que hacía y volvió a lanzarla con fuerza hacia el vacío.

La nueva piedra voló una buena distancia, como la primera, hasta que empezó a perder altura, hasta que empezó a caer por debajo del nivel del suelo que nosotros estábamos pisando, hasta que desapareció en lo que parecía una caída infinita. Esta vez nos quedamos mirando mucho más tiempo al lugar donde acababa de desaparecer. No sabíamos qué hacer, no creo que ninguno de nosotros comprendiese qué estaba pasando. Miramos a Mario, los tres, esperando que nos diese la siguiente indicación pero Mario seguía mirando al abismo de claridad, como si su voluntad hubiese estado atada a la piedra y arrastrada con ella en la caída. Nos miramos entre nosotros con la misma pregunta en la mirada: «¿Y ahora qué?». Tomé la iniciativa y me acerqué a Mario, toqué su brazo y le miré a la cara antes de decirle nada. Su mirada acuosa me dejó sin palabras, el que parecía más seguro y decidido de nosotros estaba completamente bloqueado, incapaz de reaccionar ante la extraña situación. Tiré de él para que se diese la vuelta y volviese a ver un paisaje con algo de sentido, no fue difícil, se dejó conducir sin oponer resistencia. Aún mirando hacia los familiares árboles en nuestra acera no reaccionó.

– ¿Qué hacemos? – pregunté a los otros sin soltar a Mario.

Los dos se encogieron de hombros. Comencé a caminar de vuelta, tirando de él, sin esperar a opiniones. Pronto estuvimos de vuelta en la puerta del garaje. Di varios golpes y enseguida empezó a abrirse, más o menos la misma ranura que dejaron para que saliésemos, hice que Mario se agachase y expliqué a los de dentro el estado del hombre, sin dar más detalles de lo que habíamos visto. En cuanto estuvo dentro, a salvo, continué por la acera, en sentido contrario al del principio, quería saber como estaba al otro lado.

En el primer cruce en sentido contrario vi la misma situación. La calle transversal no existía, y en lugar de terreno baldío se extendía el mismo vacío claro que ya conocía. Mire hacia atrás, los otros dos vecinos estaban pegados a la ranura de persiana abierta del garaje, no se atrevieron a continuar conmigo pero tampoco se decidían a esconderse tras la persiana. Les ignoré y seguí adelante. En el siguiente cruce encontré el mismo paisaje ausente y a lo lejos, por la acera que pisaba me parecía ver la claridad indefinida entre los árboles pero necesitaba estar frente a ella, verla con mis propios ojos para saber que a nuestro alrededor no había nada más. Tristemente no tardé en confirmarlo. Esa parte de la calle finalizaba abruptamente, como su extremo opuesto. No había nada más allá, ni siquiera sombras, que desaparecían tan bruscamente como la acera en la que estaba. Miré un momento hacia él Sol, estaba bastante arriba, me pregunté que pasaría cuando cayese la tarde y luego la noche, cuando en su camino llegase hasta el vacío. ¿Sería engullido por la nada? ¿Acaso no volvería a salir y estábamos apurando las últimas horas?

Me senté en el bordillo. Delante de mis rodillas tenía un par de metros de carretera, con lo que quedaba del cruce hacia los lados, más adelante la inquietante nada que empezaba a consumir mi razón. Quise volver al garaje, a su fútil seguridad pero no pude levantarme. Sentía mis ojos húmedos, la brisa suave que soplaba los enfriaba a medida que evaporaba la capa líquida recordándome que, sin importar lo que estaba mirando, seguía con vida y era real, fuese lo que fuese la realidad en ese momento.

Movido por impulsos, o instinto, me levanté y volví por la otra acera. Una idea me estaba animando. Todavía era hora comercial, al menos según mi reloj que aún conservaba energía para continuar funcionando un tiempo. La primera tienda que encontré era una franquicia de supermercados, mucho más pequeño que los situados en las afueras de la ciudad pero suficiente para las pequeñas necesidades diarias del barrio. Estaba abierto y dentro no vi a nadie; ni cajeras, ni otro personal, ni clientes. Anoté comunicarlo al resto de la gente en el garaje, allí podíamos conseguir alimento y bebida, o incluso mudarnos por conveniencia. La idea que bullía en mi cabeza era muy distinta, sin importar lo necesaria que fuese la comida en nuestra situación. Entré después de ver que mis compañeros seguían fuera del garaje y observándome, no dijeron nada, no hicieron ningún gesto, sólo miraban. Pasé la línea de cajas y busqué algo que me ayudase a iluminar mi investigación. El supermercado no tenía suministro eléctrico y, posiblemente, el edificio que lo alberga tampoco. Tardé unos minutos en encontrar unas linternas de bolsillo en entre los productos más cercanos a las cajas registradoras y pilas para alimentarlas, me llevé tres linternas y tres paquetes de pilas. La oscuridad me inquietaba pero no tanto como la absoluta ignorancia del fenómeno que nos rodeaba, así que seguí por el pasillo central, el más amplio, hasta su final. Llegué a las estanterías donde finalizaba, estaba en la sección de artículos de limpieza, lo recordaba bien porque unos días atrás compré una escoba, también recordaba que a un lado estaba la puerta de servicio para el personal. Enseguida la encontré y pude abrirla. Un letrero rojo prohibía la entrada, dando acceso exclusivo al personal de la tienda. Detrás vi un almacén. Una gran cantidad de productos para reponer aquellos expuestos en las estanterías al público, todavía en grandes cajas de cartón. Salvo la linterna que llevaba en la mano no había ninguna otra luz, aquel espacio no estaba comunicado con el exterior, aunque esperaba encontrar otra puerta.

Detrás de mí se escuchó un sonido atronador. Me volví y enfoqué en la dirección que me pareció escucharlo tan veloz como pude. Vi dos cajas no muy grandes en el suelo, me acerqué. Una de ellas estaba abierta por la caída, la otra resistía inclinada sobre el estante más bajo. Una docena de latas cilíndricas esparcidas por el suelo sin orden ni concierto era todo lo que quedaba por ver. Tal vez estaban en un equilibrio precario y al pasar yo las rocé lo suficiente para hacerlas caer pero no noté nada al pasar, ni siquiera estaba seguro de haber pasado cerca de ellas. Todas las latas parecían en buen estado, a pesar de la caída, los espárragos en su interior aún se podrían consumir. Paseé el haz de luz por los alrededores de las cajas caídas sin ver nada que llamase mi atención. Asumí que fue un accidente casual y continué hasta el fondo del almacén.

La puerta que buscaba estaba en la pared del fondo, repitiendo el patrón anterior. Oculta a la vista por las últimas estanterías estuve a punto de pasar por delante de ella sin llegar a verla, gracias al brillo de la luz en el picaporte pude descubrirla. Esta sí estaba cerrada, forcejeé intentando abrirla pero no pude y encontrar la llave me parecía una tarea imposible, así que opté por forzarla. No quería buscar en el almacén herramientas, sabía que tardaría demasiado en la oscuridad y entre los mangos de escobas y fregonas seguro que habría alguno resistente.

De vuelta en el espacio destinado al público revisé entre los mangos y me llevé dos de aluminio, muy livianos y poco confiables pero no veía nada que me pudiese servir mejor. Afortunadamente al volver al almacén me llamó la atención un cajetín cerca de la puerta, a la altura de mi pecho. En otro momento no le hubiese dedicado una segunda mirada pero me acerqué y lo abrí. Dividido verticalmente en dos secciones, a un lado estaban los interruptores del suministro eléctrico y fusibles de todo el local, en la otra división un montón de llaves y tarjetas. Tanto en uno como en otro lado pequeñas etiquetas cerca de cada cosa indicaban su función o propósito, así que no tardé en localizar las llaves que debían abrir la puerta del fondo. Feliz con mi descubrimiento casual corrí hacia la puerta. La llave entró con suavidad y giró a la primera, el picaporte cedió y pude ver al otro lado.

Después de la continua oscuridad del supermercado la luz exterior me dejó ciego por un momento. Muy quieto, sujetando la hoja de la puerta, esperé a que mis ojos se acostumbrasen. La luz blancuzca se extendía hacia todos lados al otro lado de la puerta, me asomé atemorizado. La fachada del edificio era lo único que parecía real, no había nada más, sin importar a donde mirase. Me dejé caer sobre mis posaderas a pocos centímetros del borde que separaba el suelo del almacén de la nada exterior. Agarré la lata más cercana de las estanterías que resultó ser un bote de cristal, lleno de canela en polvo. Lo lancé tan fuerte como pude, imitando a Mario, para ver como ganaba distancia y luego empezaba a caer hasta desaparecer de mi vista. Cuando el borde del suelo del almacén me impidió ver como caía me acerqué tanto como mi poco valor permitía y todavía vi como el bote caía unos segundos más, hasta que no fui capaz de distinguirlo de la nada en que se acababa de sumir.

No quería entrar en más edificios para comprobar que todos estaba igual, la nada nos sitiaba por todos lados. Lo único que parecía existir para nosotros era el tramo de calle que recorrimos en grupo. Pensé en todos los productos del supermercado que nos podían ayudar a sobrevivir por un tiempo y me di cuenta de que no importaba cuantos más supermercados o tiendas se conservasen en el tramo de calle, era un espacio reducido, finito, con recursos finitos. Si no encontrábamos una salida a ese sinsentido nuestro fin llegaría inexorablemente.

Cerré la puerta y eché la llave para evitar accidentes, de vuelta a la oscuridad del almacén me sentí consolado, con la linterna apagada no importaba que no pudiese ver nada, me bastaba con alargar el brazo para encontrar algo que pudiese tocar, al contrario que aquel blancor inabarcable. La encendí, las estanterías seguían en su lugar, repletas de cajas de todos los tamaños, indiferentes a lo terrible de la situación.

Salí del supermercado sin preocuparme de cerrar otras puertas pero con uno de sus carros lleno de productos, sobre todo líquidos. Los compañeros seguían en la calle, esperando, como si hubiese entrado unos segundos antes. Al verme llegar con el carro corrieron hacia mí, al distinguir lo que llevaba en él corrieron aún más demostrando con gritos su alegría. Desde dentro abrieron la persiana del garaje, precavidos, lo justo para que pasase el carro y nosotros; parte de la precaución se perdió cuando los de dentro vieron las provisiones que nos acompañaban. Les conté lo que había visto, en parte ya lo sabían por los compañeros y por Mario que parecía repuesto. Todos se sintieron aliviados al saber del supermercado. Creo que ninguno de los que esperaron dentro del garaje alcanzaba a comprender lo que los demás vimos fuera. Decir que una extensión indefinible nos rodeaba era como explicar el mar a quien nunca lo ha visto.

Después de reponer fuerzas con lo que traje del supermercado todos estuvieron de acuerdo en recuperar más provisiones, empezando por los productos frescos, todo aquello que se volvería inservible pronto sin electricidad. Alguien sugirió la posibilidad de traer las cámaras y mostradores frigoríficos al garaje, donde el generador podría mantenerlos funcionando. Finalmente un grupo de cuatro personas se ocuparían de esa tarea, los demás nos dividiríamos en grupos del mismo número para explorar el resto de la calle, intentando entrar en edificios y otros locales para inventariar los recursos de los que podíamos disponer. Mario eligió continuar el primer grupo pero cediéndome el mando; así me di cuenta que mi pequeña exploración al menos sirvió para aumentar mi estatus. Mi elección fue continuar con la acera en la que está el supermercado, entre el cruce y la nada blanca y el siguiente cruce. Cuando todos tuvimos asignado un objetivo abrimos por completo la puerta y salimos. Ya no tenía sentido cerrarla o vigilar. Aún confiábamos en encontrar a otra gente, tal vez alguien que no se hubiese atrevido a salir de su vivienda pero nadie apareció mientras nos movimos por la calle en la primera exploración y tampoco es que fuéramos muy cuidadosos o nos preocupase el sigilo.

Llegamos hasta el supermercado los dos grupos, el mío y el que se iba a encargar de los alimentos. Ellos entraron y nosotros nos dirigimos directamente a la primera puerta a la izquierda, era la más cercana y nos daba igual por donde empezar.

El portal no era muy diferente de cualquier otro en la calle, puerta doble con barrotes de metal y parte de cristal que permitía ver el interior del portal. No necesitábamos ser discretos, más bien al contrario, confiábamos en que haciendo ruido atraeríamos a quienes permanecían ocultos. Del maletero de uno de los coches del garaje cada uno llevaba una o más herramientas, yo elegí una llave para aflojar tornillos de ruedas porque un extremo estaba afilado, como un gran destornillador de cabeza plana. Aplicándolo cerca de la cerradura y con la ayuda de los compañeros pudimos forzar la puerta. Estoy seguro de que hay mejores formas de abrir una puerta, incluso he descubierto algunas después pero en ese momento nos sentimos satisfechos y orgullosos de nuestro logro.

– No hay luz. – observó Mario.
– Aquí no habrá generador. – sugirió otro compañero.
– No, no. Me refiero a que no tenemos nada con que iluminarnos. – aclaró Mario.
– Yo tengo. – dije, sacando las linternas sustraídas del supermercado.
– Nos falta una. – dijo Mario después de que las repartí – ¿De dónde las sacaste?
– Del _super_ de al lado.
– Esperad, voy a conseguirme una. – dijo Mario y salió.

No tardó en volver con su linterna y otras dos en los bolsillos. Con una carga de pilas cada una, pensaba en ese momento que, si eran necesarias más, podía acercarse al supermercado en un momento.

En la planta del suelo vimos el ascensor del edificio y una puerta de madera a un lado, supusimos que llevaría al cuarto de contadores o algún otro tipo de instalación general. La ignoramos y subimos por las escaleras al primer piso, lo primero que queríamos era intentar entrar en alguna vivienda, ganar esa experiencia que nos serviría en toda la calle.

Frente a la puerta del ascensor de la primera planta estaba la de una vivienda, pero sobre el dintel tenía el número tres, la evitamos y buscamos la que tenía el número uno. En el primer intento hicimos lo mismo que en la puerta del portal, intenté usar la herramienta que llevaba de la misma forma pero fue mucho más difícil, todo lo que conseguía era arrancar astillas a la madera sin llegar a acercarme al centro de la cerradura. Todos lo intentamos con la misma mala fortuna. Pensé en cómo se mantenía cerrada la puerta de mi casa que al dar vueltas a la llave desplazaba los anclajes de seguridad en la pared y se lo comenté al resto. Todos nos quedamos callados e inactivos largo rato, pensando en si teníamos una forma sencilla de evitar las medidas de seguridad de una puerta blindada.

– La de mi casa también. – dijo uno – Si son todas así vamos a tener que hacer agujeros en la pared.
– Vi una vez como le hacían un agujero a la cerradura con un taladro y luego la abrían fácil.
– ¿Recuerdas dónde exactamente hay que hacer el agujero? ¿Y cómo se abre después? – pregunté.
– Que va. Lo vi hacer de en la casa de mis padres, un cerrajero que tuvieron que llamar una vez.
– Pues seguimos con lo de tirar la pared. – insistió el primero.
– ¿Y si miramos el resto? Por si hay alguna más fácil. – sugirió Mario.
– Van a estar todas igual. – dijo el del taladro.
– Eso no lo sabemos y tenemos que mirarlas todas igual. – recordó Mario.
– Si sólo vamos a mirarlas acabamos antes si vamos cada uno a un piso. – sugerí.
– Separarse siempre acaba mal en las pelis. – dijo el primero.
– Esto no es una peli. – zanjé – Yo acabo esta planta, tú – señalé al primero – la segunda, tú – señalé a Mario – la tercera y tú la cuarta. Cuando vayamos acabando vamos a la que esté cuatro plantas más arriba de la que estemos revisando. ¿Os parece?

Todos confirmaron con la cabeza y enseguida les ví subir por las escaleras. En la planta tenía que revisar tres puertas más. La número dos parecía idéntica a la primera. Cuando me disponía a tentarla con la barra de metal escuché como bajaban los demás.

– No tenemos herramientas con que probar. – dijo Mario – ¿Había algo que nos sirviese en el _super_?
– Creo que no. – respondí – Buscad en el garaje, en los coches.
– Vale. – aceptó Mario.
– Mientras volvéis si me da tiempo subiré y seguiré con las puertas de arriba. Al volver subid hasta encontrarme y seguid como dijimos antes en las plantas que os correspondan.

Parecían impacientes, volvieron a asentir con la cabeza y salieron en tropel escaleras abajo. Aunque esperaba que no tardasen mucho quedarme sólo en todo el edificio me produjo un escalofrío. Sin ellos el silencio era inquietante. Intenté apartar mis miedos y me concentré en la puerta. Como vi antes de que me interrumpiesen era muy parecida a la anterior, aunque estaba seguro de que no conseguiría nada distinto intenté forzarla. Saltaron astillas de forma parecida sin que la hoja se moviese, ni pude hacer hueco para llegar hasta el bombín de la cerradura. Asumí que era otra blindada y pasé a la siguiente, la que estaba frente a la puerta del ascensor, número tres.

No nos fijamos mucho en aquella puerta al llegar, enfoqué el número y pasamos directamente a buscar la primera de la planta. Al volver a ella y enfocar la madera de la puerta vi algo diferente en ella: estaba abierta. Al menos no estaba completamente encajada en el marco, como las anteriores. Los escalofríos se repitieron, desde la parte de atrás de mi cuello hasta un poco más abajo del cinturón de mis pantalones, atravesando toda mi espalda en un instante y dejando a su paso un mal cuerpo que tiraba de mí hacia las escaleras. Resistí y con la herramienta que llevaba intenté abrirla un poco más. Sujetaba la llave por el extremo para las tuercas de las ruedas y tocaba con la punta más afilada el marco de la puerta, como si me diese asco y era miedo lo que sentía, sujetando de esa forma poca fuerza podía hacer, la puerta no se movió. Sujeté con las dos manos el metal y me acerqué tanto como fui capaz, casi medio paso y volví a hacer fuerza. Sin romper el silencio atenazante la puerta cedió. Conseguí separar el batiente una cuarta del marco y la punta ranurada de metal perdió contacto llenando la quietud con un leve sonido metálico. Un ruido que en la calle nadie hubiese oído, aún con la ausencia de sonidos que nos rodeaba, en la oscuridad que la pequeña linterna no lograba dominar pareció un disparo de cañón. El medio paso que gané acercándome lo perdí al hacerme retroceder tres pasos mi instinto de conservación.

Me di cuenta que estaba contando los segundos. No sé bien cuando empecé. «Ocho». Creo que deseaba escuchar ruido en las escaleras, ellos volviendo. «Nueve». Pero nada amenazaba al silencio. «Diez». Di un paso más hacia atrás, la linterna penetraba con dificultad en la ranura abierta mostrando una penumbra estática pero mi cerebro se empeñaba en buscar movimientos, a cada momento que pasaba con más intensidad. «Once». Tenía que hacer algo antes de volverme loco o caer muerto de espanto. La nada que nos rodeaba me inquietó pero no llegó a paralizarme, tal como estaba en ese momento.

«Doce», dije en voz alta. Quizás fue por escuchar mi voz. Caminé los pocos pasos que me había alejado hasta llegar a la puerta, siempre apuntando la luz de mi linterna hacia la ranura abierta. Ya no contaba los segundos y nada cambió en el interior del apartamento, al menos en la parte de la que no podía quitar la mirada. Empujé la puerta hasta que se abrió del todo. Dentro un largo pasillo llevaba hasta una sala, eso me pareció con la poca luz que llegaba hasta el fondo, una puerta cerrada a la derecha poco después de entrar y otras que no veía con claridad a lo largo del pasillo.

No sé cuanto tiempo necesité para atreverme a entrar, quizá aún estaba esperando que volviesen mis compañeros. Me pregunté porqué tardaban tanto y luego si mi percepción del tiempo estaba alterada por el temor a lo desconocido. Y entré. Di el paso emocionalmente inmenso que me llevó desde el pasillo exterior hasta el interior, pero dejé la puerta bien abierta. A mi derecha un paragüero con dos paraguas negros y uno verde más pequeño, debía ser plegable pero no presté más atención, aunque tuve la tentación de coger el mayor para tener en una mano algo que me sirviese de arma, de más alcance que la llave con que intenté abrir las otras puertas. Un espejo en un mueble a la izquierda de la entrada me devolvió mi atemorizada imagen, me vi a mí mismo encogido, como atenazado por el frío que no sentía, ese que no es temperatura y seguía produciendo escalofríos. Me estiré tanto como pude, viéndome frente a frente era como si tratase de ahuyentar los fantasmas de aquella casa que sólo aullaban en mi imaginación. Volví a la otra pared, acercándome a la puerta cerrada. El pestillo cedió con facilidad, estaba bien engrasada. Dentro mosaicos en las paredes, teselas blancas en su mayoría, sazonadas con piezas de otros colores, formas y decoraciones para romper la monotonía; un inodoro, un lavabo, un armarito con espejo suficientemente alto para verse la cara y una ducha acristalada a medio abrir. Tardé en notar el olor a amoniaco, tal vez porque no me atreví a entrar. Cerré la puerta y seguí pasillo adelante.

La siguiente puerta estaba a la izquierda, en cuanto me acerqué vi que estaba abierta a medias. Coincidencia, justo cuando iba a echar la mano a la madera para empujarla y abrir por completo un ruido me dejó helado. Venía de fuera, la puerta del portal rozando con el suelo. Aunque mi primer impulso fue encogerme un poco y apartarme de la puerta, al escuchar voces pensé que, por fin, debían ser mis compañeros de regreso. Reían y comentaban algo que no pude entender. Más tranquilo pero no del todo, volví hasta la entrada y esperé. La cara de Mario fue la primera en aparecer en el último tramo de escalones. Tal vez porque mi linterna apuntaba hacia mis pies se sorprendió o se asustó, al verme.

– Aún estás aquí. – dijo espantando al silencio.
– Sí. Estaba revisando este – señalé hacia atrás, al pasillo tras la puerta abierta – y escuché que subíais.
– Hemos conseguido palanquetas. – dijo exhibiendo una larga barra de sólido metal afilada en sus dos extremos y con uno de ellos curvado – Una para ti. Toma.

Me ofrecía la misma que me acababa de mostrar, con el brazo bien extendido. Para lo que nos proponíamos hacer era mejor herramienta que la mía. Tal vez por eso tardaron tanto en volver, su búsqueda de herramientas debió ser mucho más minuciosa que la mía.

– ¿Entonces seguimos como planeamos antes o has encontrado algo? – preguntó Mario.
– Seguid con el plan. Aún no he acabado aquí.

Sin ceremonias siguieron hacia arriba por las escaleras. Los otros dos me saludaron con la cabeza, sin nada que decir y yo devolví los saludos igual de callado. Ahora podía escuchar como se repartían por las plantas superiores y empezaban a forzar las puertas. El coro de «ladrones» me hizo sentir más tranquilo, así que volví al pasillo para acabar de investigar la casa.

Abrí del todo la puerta e iluminé el interior, dejando que el haz de luz pasase por todos los rincones. Debía ser un comedor. Una mesa ocupaba el centro con dos sillas encajadas en cada lado, no había ventanas y un solitario aparador ocupaba casi toda la pared del fondo. Asomé la cabeza para ver si se me escapaba algo oculto pegado al interior de la pared de la puerta pero, como en las otras paredes laterales, no vi nada, ni siquiera un triste cuadro colgado que rompiese la monotonía de la pintura blanca. Cerré la puerta y seguí por el pasillo.

Pocos metros más adelante me esperaban dos puertas enfrentadas. Y cerradas. Coincidencia de nuevo, justo al echar mano a la de mi derecha para abrirla un golpe sordo me inquietó. Aparté la mano y esperé, no tardó en sonar otro golpe, luego otro más, sin ninguna regularidad pero me di cuenta que venían de arriba, el compañero ya estaba intentando abrir la puerta tres del piso de arriba, se movía más rápido que yo o tampoco pudo abrir alguna de las anteriores. Esperé un rato y los ruidos pararon, no quería que me confundiesen al moverme yo.

Así que, por fin, abrí la puerta. Muebles blancos desde el suelo hasta la altura de mi cintura, espacio libre y más muebles desde la altura de mi cabeza hasta el techo. La cocina. Una isla en el centro con dos taburetes bastante altos y una puerta acristalada al fondo, al otro lado un balcón o un pequeño patio. Cerré y me di la vuelta. Imaginé que encontraría un dormitorio en la puerta de enfrente, dada la extraña disposición de la casa, sin embargo había otro baño. Por un momento fue un _déjà vu_; una extraña sensación de volver atrás el tiempo y estar experimentando algo por segunda vez pero como si fuera la primera.

Un pestillo idéntico que cedía sin esfuerzo. Paredes teseladas, salpicadas de losetas de diversas formas y colores llamando la atención sobre ellas; en el suelo un inodoro y un lavabo; un armario con espejo a la altura de mi cara y una ducha acristalada con su puerta a medio cerrar. Y golpeando mi nariz el persistente olor a amoniaco. No sé cuanto tiempo pasé mirando el interior sin atreverme a entrar, confuso, hasta que ruidos en la planta superior me sacaron del ensimismamiento. Cerré la puerta y volví sobre mis pasos hasta la primera puerta. Seguía cerrada, como yo la dejé. Se abrió con la misma facilidad de la primera vez y dentro vi lo mismo que vi la primera vez. Todo en su lugar, en el mismo lugar que el baño en mitad del pasillo. Dudé. Tal vez las baldosas con grabados no fuesen las mismas. No tenía con que verificarlo excepto mi memoria, así que me fijé en cinco de ellas, esforzándome por recordar la posición de cada una y su aspecto; sin atreverme a entrar. Cerré la puerta y volví a la otra, en medio del pasillo. La abrí y apunté, nervioso, a las posiciones que acababa de memorizar. En cada una vi los mismos dibujos, formas y colores que en el primer baño. Estaba convencido de que era idénticos. ¿Por qué dos baños exactamente iguales en el mismo piso?

Escuché proveniente de arriba pasos y forcejeos con la madera de otras habitaciones que no podía ver, alejados, apagados. El compañero se movía veloz de un lado a otro, explorando sin apenas detenerse.

Me dije a mí mismo que los baños gemelos eran una manía como cualquier otra del propietario. Cerré la puerta y seguí adelante. El pasillo desembocaba en una sala multiusos, tal como me pareció al entrar. Una mesita baja con dos sillones y un sofá a juego rodeándola, varios muebles en las paredes y un gran ventanal en la pared del fondo. Libros, una pantalla casi tan alta como yo sobre uno de los muebles, una pequeña colección de películas debajo y tres tiradas en el suelo. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la imagen de quien vivía allí saliendo de espantada. Lo que hubiera pasado en toda la zona sucedió mientras nosotros nos refugiábamos en el garaje. De haber encontrado a esa persona podría haberme contado qué sucedió. Lo siguiente que pensé y me hizo olvidar todo lo anterior, fue porqué no tenía dormitorios la casa. El sofá no parecía muy cómodo para pasar una noche completa tumbado en él. ¿Qué casa «normal» no cuenta con un dormitorio al menos? No quería seguir allí, en un lugar que cuanto más intentaba entender más escapaba a mí capacidad de razonar.

Salí apresurado de la casa, dejé la puerta como la encontré, casi cerrada y pasé a la siguiente, la última del piso: número cuatro.

Encontrar la puerta cerrada me alivió, lo normal, lo esperado, un respiro después de la número tres. Era hora de probar mi flamante nueva palanqueta. Como un niño con un juguete nuevo encajé primero el extremo recto, forzando el reborde que escondía la ranura entre la puerta y el marco. Era un metal blando, de adorno, no me costó doblarlo y exponer la abertura. Como antes la madera se astillaba con facilidad pero ahora podía hacer más fuerza, más palanca, pronto hice hueco suficiente para ver el pestillo y el bloque metálico encajado en el marco. Parecía antiguo, hice más fuerza para comprobar si cedía, si no había más puntos que asegurasen la puerta en la pared. Un sonoro crujido precedió a la caída de más astillas, grandes y a la pieza metálica donde se encajaba el mecanismo de la cerradura. La puerta se abrió y como reacción casi caí de espaldas, tanto como cargué el peso hacia atrás para ayudarme en la palanca. Sólo casi.

Otro pasillo oscuro al frente con puertas a los lados. En medio de la densa negrura el haz de luz de mi linterna enfocó una figura. Di un respingo y me preparé para cerrar la puerta de golpe. Con una mano en la cerradura expuesta me acerqué hasta el borde de la entrada sin dejar de apuntar hacia la figura en medio del pasillo. Estaba a varios metros, la luz conseguía mostrar el aspecto general de todo el entorno, difícilmente los detalles. Un perro, quizás un gato grande, sentado sobre sus cuartos traseros, mirándome mientras yo le miraba, absolutamente inmóvil. Sin hospital o médico al que recurrir no era el mejor momento para conseguir mordiscos o arañazos, rabia o infecciones. Con la palanqueta por delante me aproximé más, entré en el pasillo cerrando las puertas a mi paso y sin fijarme en el interior de las habitaciones, paso a paso, casi arrastrando los pies, no aparté la mirada del animal.

No sé si dije «Qué tonto» en voz alta, pero sí estoy seguro de haber bufado de alivio. Un animal, de peluche, en medio del pasillo y orientado hacia la entrada. No parecía casual pero fácilmente podría haber sido un niño jugando quien lo dejó allí.

– ¡TERCER PISO! ¡TERCER PISO! – empezó a gritar la voz de Mario.

Debía estar lanzando su voz al hueco de las escaleras porque, aún dentro del departamento, pude escucharlo con claridad. Corrí a la entrada, cerré la puerta rota lo mejor que pude y subí las escaleras de dos en dos. Escuchaba subir de igual forma al compañero del segundo piso, aunque no le vi hasta llegar arriba. No tuve que buscarles, al llegar al rellano del tercer piso vi luces a la izquierda, los tres estaban allí, acompañados.

Me acerqué a ellos y la vi, rodeada por los tres, una niña muy pequeña, tres o cuatro años. Tenía la cara sucia y dos surcos claros bajaban desde sus ojos, señales evidentes de que llevaba llorando un rato. Estaba de pie, sin saber a quien mirar y los tres hombres que la rodeaban, de pie también, mucho más altos que ella, no debían resultar la visión más amigable para la pequeña. Frente a la puerta número dos, imaginé sin preguntar que la encontró allí. Me agaché, obligando a que dos de ellos se apartasen para hacerme sitio muy cerca de la pequeña y sonreí lo mejor que pude.

– Hola. – dije, al tiempo que saludaba con una mano.

Intentaba ser lo más amistoso posible, en parte para reducir lo que podría ser una impresión amenazante de los otros rodeándola. La niña no dijo nada pero me miró. Todavía estaba llorando, muy cerca de ella y con los focos de los otros sobre su cara vi caer dos lágrimas, resbalando veloces por los surcos en su carita sucia. Estiré una de mis mangas hasta sujetarla con la palma de la mano y la usé para limpiar un poco su rostro. Ella se dejó hacer, con su expresión tierna y compungida.

– Yo soy Gustavo. – intenté mantener un tono tranquilo y confiado – Y estos son amigos.

Esperaba que así se redujese un poco la tensión que creía ver en su pequeña cara. Me fije que sus labios estaba agrietados y secos.

– Buscad agua. – pedí.
– ¿Qué? – preguntó uno.
– Agua para beber, en el baño o la cocina de la casa.
– ¡Voy! – se ofreció el mismo.

Trajo un vaso lleno de agua y me lo ofreció a mí sin comprender. Lo tomé de sus manos y lo acerqué a la boca de la niña.

– ¿Quieres una poca?

No dijo nada pero acercó los labios al borde del cristal. Incliné un poco el vaso para facilitar que bebiese. Después de unos tragos lo aparté de ella. Se quedó con la boca semiabierta.

– Si bebes demasiado puede sentarte mal. Mejor si esperamos y luego tomas otro trago, ¿te parece?

Ella asintió con la cabeza. La sonrisa beatífica que estaba poniendo par ella se volvió real, feliz al conseguir que se comunicase conmigo, aunque sólo fuese un tímido movimiento con su cabeza.

– ¿Estás sola?

No respondió. Le ofrecí otro trago de agua que tomó sin cambiar de expresión.

– ¿Quién la encontró? – pregunté mientras ella se mojaba los labios.
– Yo. – dijo Mario levantando una mano.
– ¿Ahí? – señalé con un movimiento de cabeza al interior del número tres.
– Sí. Ahí dentro. Estaba encogida detrás de una cama, creo que es su habitación. No hay nadie más.
– ¿Registraste el resto de la casa?
– No. Cuando la encontré salí con ella y os llamé.
– Mirad. Por si acaso. – pedí.

Mario y otro compañero entraron sin dudar, linternas en ristre. Escuché como se movían por el interior del departamento, Mario indicando donde ya había investigado y como abrían otras puertas. Salieron poco después.

– Nada. – anunció el otro compañero.
– Nada. – confirmó Mario, detrás de él.

Miré fijamente a la niña un buen rato, ella me devolvía la mirada sin apenas pestañear. No parecía asustada pero era difícil saberlo con su corta edad y su falta de reacciones. En cualquier caso no podíamos dejarla allí.

– Te vamos a llevar con nosotros. Tenemos un refugio con cosas ricas para comer y beber, también hay más gente allí.

No obtuve más reacción de ella que durante el resto de la conversación pero no se apartó cuando atravesé el último espacio entre los dos y la tomé en brazos, me levante con ella y sentí como dejaba caer la cabeza en el hueco entre mi cuello y mi hombro, con los brazos lacios.

– Voy a llevarla al garaje. ¿Seguís buscando?

Todos movieron la cabeza afirmativamente, con la vista fija en la pequeña espalda.

Bajé con cuidado, apuntando el haz de luz a las escaleras, asegurando cada paso para no caer por torpeza y dañar el pequeño fardo entre mis brazos. Los compañeros hacían ruido más arriba, volviendo a distribuirse por los distintos pisos y la cabeza de la niña seguía recostada, no podía ver si dormía. Al salir a la calle me abrazó, más bien pasó los brazos alrededor de mi cuello, tal vez estaba asustada al salir del espacio que hasta entonces fue seguro para ella. Con la mano liberada del uso de la linterna le di suaves palmadas en su espalda, si no le agradaron al menos no las rechazó. Al acercarnos a la puerta del garaje que seguía completamente abierta y con gente observando la calle, se sorprendieron en cuanto distinguieron lo que llevaba entre manos. Una de las chicas se acercó a mí antes de que llegásemos al garaje, caminó manteniendo mi paso y mirando la carita en mi hombro. Más que sorprendida parecía alegre de ver a alguien nuevo.

– ¿Y eso? – preguntó alguien.

Un coro se reunió rodeándonos cuando entramos en el garaje, aunque no lo dijeran todas sus caras preguntaban lo mismo.

– Estaba en un departamento del edificio al lado del _super_, en el tercer piso. – expliqué.
– ¿Sola? – preguntó alguien más.
– Sí.

Nadie dijo nada más, aunque las preguntas seguían asomando en sus caras. Tenía que volver, continuar con mi parte de la exploración. Me agaché hasta que, en cuclillas, hice que ella pusiese pies en tierra también. Su expresión no era la misma, parecía triste, a punto de llorar.

– Todos los que están aquí son amigos y te cuidarán bien. – le dije en un tono íntimo.

Aunque sabía que todos estaban pendientes de nosotros dos y no podría ocultar nada, hablé para ella, como si no hubiese nadie más allí que nosotros.

– Volveré pronto, en cuanto acabemos de buscar en las otras casas.

Una lágrima escurridiza surcó su mejilla, desamparada, marcando con su humedad el surco que yo limpié al encontrarla.

– ¿Cómo podré encontrarte cuando vuelva? – su cara volvió a cambiar, mostrando sorpresa – Volveré dentro de un rato y no podré encontrarte porque no sé como llamarte. Bajaré la rampa, – señalé el breve tramo asfaltado que comunica el garaje con el exterior – y diré: ¿Dónde está…? Sólo eso, porque no sé como te llamas.

Otra lágrima triste cayó del mismo ojo. Avisándome de que todavía no estaba preparada para hablar pero tenía miedo.

– Ya sé. – dije limpiando su cara – Te llamaré Ana. Así, al volver, podré decir: ¿Dónde está Ana? – insistí haciendo bocina con una mano – Así sabrás que te estoy buscando, ¿vale?

Para mi asombro afirmó con la cabeza de forma enérgica. La abracé con ganas y salí del garaje, de vuelta al edificio al lado del supermercado.

Subí las escaleras del edificio, todavía debía revisar la última puerta del primer piso.

Tardé un momento en darme cuenta, después de entrar. El muñeco no estaba en el pasillo. No estaba. Me costó entrar, mientras mi cerebro montaba explicaciones y situaciones que diesen sentido a la desaparición de un trozo de peluche, inanimado, en una casa que, en principio, estaba vacía. Sólo dos de esas explicaciones tenían algún sentido, una fondo racional: alguno de los compañeros que podía escuchar pisos más arriba, pasó por allí en algún momento mientras salí para poner a salvo a la niña, eso o estaba en otro departamento habitado. Tal vez otro niño asustado, tal vez un niño asustado que dejó el muñeco allí para llamar la atención sin exponerse.

Avancé, entré en la casa, confiando en encontrar algo que diese sentido al pequeño misterio.

La primera puerta a mi izquierda estaba abierta. Era una cocina sin nada que destacar, no muy grande, con espacio abierto para moverse y muebles en dos paredes, con la pared frente a la puerta despejada y otra puerta acristalada para pasar a un balcón. Fuera no vi nada mas que un colgador de ropa de aluminio. Cerré la puerta de la cocina y seguí adelante. A la derecha se abría el muro, sin puerta, a un gran espacio que debía extenderse desde la entrada hasta, quizá, el final del departamento; con una mezcla heterogénea de mobiliario; algún tipo de espacio multifunción, salón, sala de estar, comedor, despacho. Otra puerta a la izquierda, cerrada, se abría a un dormitorio; de tamaño similar al de la cocina, con una cama, un armario y una mesilla pegada a la cama, sin adornos, ni elementos que hablasen de su propietario. La siguiente puerta, a la izquierda también, era un cuarto de baño; de haber tenido quemadores en lugar de grifo en un lavamanos no se hubiese distinguido mucho.

Y al final del pasillo otro dormitorio, sin puerta. Debía ser dormitorio pues en el centro del espacio en que desembocaba el corredor vi una gran cama, sin ningún otro mueble y grandes ventanales en todas las paredes.

Pensando en la distribución de habitaciones en mi casa o en cualquier casa en la que haya vivido, no comprendía el porque de los apartamentos que vi en ese edificio.

Necesitaba comentarlo con los compañeros. Subí por las escaleras hacia el ruido que producían, varias plantas más arriba. Piso a piso el ruido se reducía. Los dos primeros pisos no le di importancia, debía ser casualidad pero en el cuarto la intensidad del sonido producido por sus movimiento y acciones era apenas audible. Esperaba encontrarme con alguno de ellos en el siguiente piso, o en el sexto si habían avanzado tanto. En el quinto piso el murmullo de las corrientes de aire torciendo esquinas era más intenso que los sonidos que ellos producían y al llegar al sexo piso dejé de oírlos.

Silencio y oscuridad levemente rota por mi linterna; las pilas se estaban acabando. Las cambié por unas nuevas, el breve momento que empleé, colocando las polaridades correctas al tacto, una manada de fantasmas se acercaron a mis pensamientos. No debí tardar más de uno segundos pero fueron los más largos que puedo recordar. Esperaba sentir un contacto frío en cualquier parte de mi cuerpo, esperado e inesperado. Un voz rota o entonada, al tiempo que una brisa húmeda en mis orejas. Algún movimiento en mi pelo por una brisa que mi piel no fuese capaz de sentir.

No pasó nada.

Con las nuevas pilas en su lugar y las viejas en el bolsillo, aseguré la tapa y pulsé el pequeño interruptor. Un nuevo haz de luz dividió la oscuridad y alejó a los fantasmas de mi mente, más potente, con la fuerza de dos flamantes pilas recién sacadas de su envase protector.

No pasó nada pero no escuchaba nada, a ninguno de ellos. Quedaban dos plantas por visitar, por encima de la que estaba: séptimo y octavo. Tal vez el sexto piso estaba revisado por completo y estaban ayudándose unos a otros más arriba. Demasiado inquieto para seguir pensando insensateces subí otro tramo de escaleras.

En el rellano del séptimo piso mi linterna no atravesaba la oscuridad. Como si estuviese enfrente de un bloque sólido de negrura, el haz de luz se bloqueaba intentando pasar del límite que marcaba el último escalón antes del pasillo. No sabía que hacer, como reaccionar, como afrontarlo; en mi desesperación empecé a gritar, dándome cuenta que sólo conocía el nombre de Mario le llamé a todo pulmón, una vez tras otra, prestando oído entre cada berrido a la ansiada respuesta que no llegó.

No me atrevía a salvar el paso final, a subir el escalón que me faltaba antes de llegar al pasillo común. Con mi linterna incapaz de iluminar nada más allá de la frontera que marcaba el tramo de escalera con el pasillo de la planta la única solución que cabía en mi cabeza era meter un brazo, la cara, o avanzar a pesar de no ver nada pero me daba tanto miedo que estaba bloqueado dos escalones más abajo. Intentando encontrar alternativas enfoqué la linterna hacia abajo, todo parecía normal, quizá una decena de escalones consecutivos e idénticos, luego dos angulados a partir de los cuales el muro a mi derecha ocultaba el resto de la bajada. Enfoqué de nuevo hacia arriba, la oscuridad impenetrable seguía allí.

Indeciso y atemorizado extendí el brazo que sujetaba la palanqueta. Cuando el extremo curvado se acercaba a la frontera con la negrura desistí, no quería perderla, en el peor de los casos. La colgué del cinturón y saqué la llave para ruedas. Sujetándola por el extremo afilado alargué el codo con la llave de tubo. Sentí algo extraño cuando el extremo alcanzó el velo de oscuridad, sutil, como romper una telaraña; aunque sus hilos son extremadamente fuertes en su escala para nosotros no suponen más resistencia que la de un ínfimo empujón, aún así sentimos como su resistencia cede al romperse. Al pasar el extremo de la herramienta no note más oposición pero sí dejé de ver el metal que acababa de atravesar la frontera entre la luz de mi linterna y la negrura más allá de los escalones.

Nervioso y aún más asustado volví a gritar el nombre de Mario. Una, dos, cinco, diez veces; seguramente más. No sé como sonaba mi voz, seguramente desquiciada, como el resto de mi ser.

Mi brazo temblaba, en parte por el miedo, en parte por el esfuerzo de mantener la barra metálica en vilo. Lo retiré y la herramienta reapareció intacta. Toqué el extremo que acababa de estar dentro de la negrura con la punta del índice y del pulgar, como un niño que no se atreve a coger un insecto sobre una hoja. No percibí ninguna diferencia en la parte que desapareció de mi vista un momento antes.

Grité varias veces más, tanto el nombre de Mario como «¿Alguien? ¿Hay alguien?». Desistí cuando empezó a picarme la garganta y tosí, demasiado esfuerzo para mis pulmones y ninguna respuesta. Si entraba allí no sabía si podría salir y mucho menos sabía donde me metía. No quería que la gente del garaje tuviese que buscarnos a los cuatro sin ninguna pista, quizá no quería reconocer para mí mismo el miedo que se había instalado en mis huesos. Salí tan rápido como pude, escaleras abajo, de dos en dos, de tres en tres, hasta que estuve a punto de caer un largo tramo. Temeroso de romperme algo retomé la bajada con más precaución y no menos prisa.

La calle se veía más oscura, esa impresión hizo que me quedase paralizado nada más salir del portal, temiendo que el fenómeno del que acababa de escapar se estuviese propagando. Necesité un momento para comprender que era tarde y empezaba a anochecer. Corrí hasta el garaje. Ana estaba asomada a la acera, mirando en la dirección que me vio partir; al acercarme a ella me pareció ver que sonreía, al acercarme más echó a correr hacia mí, antes de darme tiempo a cogerla en brazos se agarró a una de mis piernas, como si fuese un tronco que la salvase de una inundación.

– Hola Ana. – dije, emocionado por su gesto.

Se soltó y levantó los brazos para que la cogiese. En lugar de dejarse llevar como un saco de patatas se abrazó a mi cuello. Me emocioné un poco más. Haber perdido a tres compañeros también influía.

Todos se acercaron hasta hacer un corro de preguntas: ¿y los otros?, ¿había más gente?, ¿encontrasteis algo?, ¿qué hacemos ahora? y cien preguntas más. Intenté responder lo fundamental, contándoles parte de lo que vi, sin demasiados detalles sobre la última parte porque ni yo mismo conseguía comprenderlo. Todos lamentaron la posible pérdida de los otros compañeros y empezaron a planear como rescatarlos, quizá sin comprender que podía ser algo fuera de nuestro alcance. Noté, mientras contaba todo, que le pequeña en mis brazos temblaba cuando hablaba sobre el muro de oscuridad, un estremecimiento que, seguramente, sólo yo podía notar al tenerla en mis brazos.

El plan con el que todos estaban de acuerdo era volver al edificio, un pequeño grupo, con cuerdas y herramientas. De forma que alguien entrase en lo que yo había descrito sucintamente, bien sujeto en cordada. No comprendían que no sabían a qué se exponía quien entrase allí, ni yo mismo lo sabía; mucho menos si, una vez dentro, era posible mantener la comunicación, o volver.

Otro grupo volvió mientras tanto. Su misión fue revisar los edificios empezando por el extremo opuesto de la acera y no encontraron nada destacable en todo el edificio que acababan de revisar, sólo uno, no les había dado tiempo a más. Regresaban para informar, descansar y planificar su siguiente paso, el edificio más cercano al que revisaron. Nada más conocer los sucesos que yo conté y el plan del grupo estuvieron de acuerdo, uno de ellos, un chico muy joven, se ofreció para ser quien entrase en la cortina de oscuridad. Nadie protestó el ofrecimiento. Quizá su juventud le estaba haciendo imprudente y el resto, la mayoría mucho más mayor, comprendían mejor el riesgo y se acobardaban, como yo.

Un grupo de seis volvimos al edificio. Ana se resistió a dejarme partir, o a dejarme, creo que no le hubiese importado ir conmigo pero me pareció más seguro dejarla en el garaje; con la promesa de regresar pronto, sus emociones, poco a poco, se hacían más visibles.

El portal estaba tal como lo dejé. Encabecé la subida por las escaleras, todavía no estábamos atados unos a otros. Llegué al último tramo de escaleras antes del sexto piso, todo estaba igual, pasé el haz de luz de mi linterna por los bordes de la oscuridad, sabía que, detrás de mí, los compañeros enfocaban las suyas en todas direcciones, podía ver los cambios de luz a medida que las movían pero no si estaban apuntando hacia el muro de negrura, pues tenía la característica de absorber toda luz.

– Espera Fermín. – dijo alguien.
– ¿Qué? – preguntó el chico joven.
– Primero vamos a atarnos todos y sobre todo a tí.

Me di la vuelta. Fermín, el chico joven, parecía ansioso por intentar traspasar la frontera entre la luz y el velo lóbrego. Los más diestros con las cuerdas nos aseguraron a todos, de forma que Fermín no se soltase accidentalmente y que pudiésemos recuperare tirando a una si fuese necesario. Cuando estuvo todo listo le dejamos pasar y adelantarse hasta estar frente a la frontera. Entre unos y otros dejamos un metro, aproximadamente, de cuerda libre, para tener movimiento y un tramo que agarrar y del que tirar. Fermín disponía del resto de cuerda libre para poder entrar y moverse una vez estuviese al otro lado; iríamos soltando la cuerda poco a poco, por lo que no debía moverse con demasiada velocidad. Acordamos que si la cuerda daba tirones demasiado rápido sería señal para tirar de él hacia nosotros.

Con todo listo nos miramos unos a otros. Fermín asintió con la cabeza, cuadró los hombros y enfiló su ruta. Era un chico decidido. Sin ceremonias avanzó hasta empezar a atravesar el marco opaco, casi como si saltase dentro. Una pierna desapareció, seguida de la mitad de su torso, casi toda su cabeza, un hombro y el brazo correspondiente. Entonces perdió energía o la velocidad con la que empezó el movimiento. Todavía entró y desapareció parte del resto de su torso, hasta dejar una pequeña parte del plano de su espalda aún a la vista, la pierna restante entró pero no del todo, podíamos ver el talón y un poco de su pierna embutida en el pantalón, más arriba la otra mano, muñeca y la mitad del antebrazo colgaban en el aire. Me hizo pensar en una representación abstracta y modernista de una partida.

Nada se movía de las partes de su cuerpo que aún podíamos ver. Tampoco ninguno de nosotros. No sé los demás, yo no podía apartar la vista de la mano colgante, esperando que moviese algún dedo que hiciese algún gesto o que desapareciese siguiendo al resto de su cuerpo. El tiempo pasaba lánguido sin que nada cambiase en la escena.

– ¡Tirad! – gritó alguien.

Me di cuenta entonces de que tenía las manos y los brazos agarrotados, por la tensión de la espera.

Todos tiramos, sin orden ni concierto pero suficiente para que la figura de Fermín se fuese recomponiendo a nuestro lado.

Por fin salió por completo y se derrumbó sobre los escalones. Salvo su expresión acobardada nada había cambiado en él. Nos acercamos, seguía respirando con normalidad.

– ¿Qué ha pasado? – pregunté – ¿Qué viste?
– Nada. – respondió, cortante.
– ¿Cómo? ¿Nada?
– Nada. No vi nada. No sentí nada, ni siquiera podía moverme. Creo que ni pude pensar nada, sólo tenía la sensación del paso del tiempo. Pero sí escuché algo.

Todos vimos como un escalofrío recorría todo su cuerpo. Un temblor que, aunque en su piel, nos congeló a todos.

– ¿Qué? – preguntó alguien.
– Como uñas rasgando la pared o el suelo. Se me acercaban pero como no podía ver nada ni moverme no sabía desde dónde. Mucho menos ver qué era. Cuando tirasteis de mí creo que estaba a punto de tocarme.

Aunque lo contaba con aplomo su semblante fue perdiendo color.

– ¿Entonces … los otros?
– No lo sé. – respondió Fermín – No pude ver nada y sólo oí eso.
– ¿Qué hacemos? – preguntó alguien.
– Igual se puede entrar por otro sitio. – sugirió Fermín.

Todos le miraron como si estuviese loco. Tampoco a mí se me ocurría una forma de entrar evitando la barrera de oscuridad.

– Podemos intentar por el ascensor. – insistió.
– Pero… no funciona. No hay electricidad.
– A lo mejor podemos subir por el hueco. – aclaró.

Un incómodo «Ahhh» surgió de las bocas de todos. Era el chico más joven del grupo pero estaba demostrando que tal vez era también el más despierto. Bajamos al descansillo del piso inferior y rodeamos la puerta del ascensor. La caja no estaba en ese piso así que la puerta estaba bloqueada. Ninguno sabíamos como abrirla, nuestra única opción, sin buscar más ayuda, era intentar forzarla. Nos llevó bastante tiempo con las palanquetas y fuerza bruta, hasta que conseguimos que cediese. Con el hueco y los cables a la vista alguien preguntó.

– ¿Cómo abrimos la puerta de arriba?

No supe qué decir, por las expresiones de los demás no era el único en blanco. Me asomé al hueco abierto y apunté la linterna hacia arriba. Se me acababa de pasar por la cabeza, al escuchar la pregunta, antes de pensar cómo subir debíamos saber siquiera si era posible.

A un par de metros de altura el haz de luz de la linterna desaparecía, como si lo hubiesen cortado con una cizalla. Lo mismo que vimos al final de las escaleras, antes de llegar al rellano del piso de arriba. No era una cortina de oscuridad sino una burbuja que envolvía lo que estaba por encima de nosotros.

Avisé a los demás que se fueron asomando al hueco para verlo por ellos mismos. La decepción en nuestras caras se propagó con ferocidad. Ni siquiera Fermín tenía algo nuevo que aportar. Los pisos altos nos estaban vedados y los compañeros que subieron a ellos desaparecidos, sino algo peor.

Volvimos al garaje desanimados. Que la pequeña Ana corriese hacia mí y se encaramase a mis brazos como un monito me sirvió de consuelo. Comunicamos a los demás el evento y la imposibilidad de entrar allí, cuando nadie pudo aportar nada, por más insensato que fuera, el grupo se disgregó y nos preparamos para pasar la noche.

Elegí para descansar una furgoneta blanca, tal vez de algún repartidor, nadie la reclamó como suya y nadie se quejó de que lo hiciese yo, asumiendo que la pequeña dormiría conmigo y necesitaba el espacio extra. No me dio mucho trabajo dejarla preparada, quité unas cajas vacías cerca de la puerta lateral, limpié todo el espacio de carga, con la ayuda de Ana que seguía sin decir palabra pero se mostraba muy dispuesta a ayudar; con sus pocos años y fuerza más jugaba que otra cosa, casi mejor así, ayudó sin darse cuenta a que el rato y el ambiente fueran más distendidos.

De una de las tiendas de la calle recuperamos equipo de acampada, colchones inflables, colchonetas, esterillas y otros artículos para dormir. Me quedé con dos de las colchonetas y dos sillas plegables con respaldo, además de una mesita, plegable también. Pensaba cenar algo con la niña antes de irnos a dormir pero se nos unieron varios vecinos, sin preguntas ni avisos. Nadie habló mucho, la mayoría de las preguntas iban dirigidas a Ana que las ignoraba centrada en su comida, si en algún momento arreciaban se levantaba y movía la silla para interponer mi cuerpo entre ella y quien estuviese preguntando, dejando bien claro que no tenía intención de conversar ni tratar con nadie que no fuese conmigo. La conversación no tardó en decaer y acabada la comida la gente se volvió a sus lugares, acompañados o no.

La calle no se quedó a oscuras, no por completo. Las farolas se encendieron a la hora de costumbre y la Luna apareció, llena, en el fragmento de cielo sobre la calle, allí donde la nada blanquecina no dominaba, todavía. Cerramos la persiana del garaje y aseguramos la puerta que no pudimos abrir hacia el edificio, también la del ascensor. El miedo era, ya, un compañero más.

No pude dormir de forma continua. La niña se despertaba, a veces sin dormir más de una hora seguida. Aún intentando acoplarme a su incomodidad no pude conciliar el sueño. No gritaba, no decía nada pero se despertaba con la carita desencajada, un par de veces sujetando su garganta y su pecho, como si no pudiese respirar. Después de unos segundos mirándome parecía tranquilizarse y poco a poco sus ojitos se volvían a cerrar de puro agotamiento. Quería conocer la experiencia que sufrió en su casa hasta que la encontramos, tan terrible debía de haber sido y si tenía alguna relación con la desaparición del resto de mi grupo, a los que aún no daba por perdidos; no del todo.

La gente empezaba a levantarse, a moverse fuera de la furgoneta. Ana se había vuelto a dormir pocos minutos antes, quería dejarla dormir tanto como aguantase, así que salí con cuidado de no despertarla. Tarea complicada porque me sentía embotado por la mala noche y la falta de sueño. Igual que los demás, tomé varias cosas para desayunar y empecé a prepararlas en la mesita plegable al lado del portón trasero de la furgoneta. Nada complicado: leche, pan, embutido y queso para preparar un par de bocadillos, además de un cartón de zumo de naranja para complementar, también como alternativa por si a ella no le gustaba la leche. Todo servido en una vajilla para comidas campestres y llevándome a la boca migas y los pequeños sobrantes de cortar y preparar todo. Con los olores el hambre le estaba ganando la partida al sueño y cansancio. La cara de Ana apareció en el portón, con los ojos alerta y las aletas de la nariz en movimiento, clara señal de que estaba oliendo lo mismo que yo. Se acercaba al borde gateando sobre las colchonetas, sonriente al ver la mesa puesta; sonreí también, viendo la primera suya sin recato ni temor.

– ¿Tienes hambre? – pregunté, ante lo evidente.

Afirmó con la cabeza. Le ayudé a bajar y la senté en una silla sin tocar el suelo, estaba descalza. Nada más asentar las posaderas alargó los brazos con ansia hacia el bocadillo más cercano; antes de apresarlo me miró dubitativa. Asentí yo y sonreía una vez más. No dudó más y pegó el primer bocado, enorme para una boca tan chica.

– Para, para. Toma, – le puse en una mano un vaso con leche – bebe o te atragantarás.

Fermín, el chico valiente, se nos acercó cuando ya estábamos acabando de desayunar.

– Hola. ¿Vamos a volver a buscarlos?
– Deberíamos. ¿Has hablado con los demás? – pregunté.
– Quería preguntarte a tí primero.
– Vale. Vamos.

Con el último resto de bocadillo en la mano Ana se levantó al escucharme. Me dirigí hacia el centro del garaje, seguido de cerca por ellos.

– ¡Acercaos todos! – grité, intentando atraer la atención del grupo.

Poco a poco se formó un semicírculo a nuestro alrededor. Cansados, abatidos, desilusionados, sin esperanza, recelosos, atemorizados, disgustados, irritados algunos. Todas las caras mostraban el mismo abanico de expresiones y todas en distinto grado, como para diferenciarse sin dejar de ser todos uno.

– Tenemos que ver qué vamos a hacer hoy. – grité cuando todos, o casi todos, se reunieron.
– ¿Vamos a buscarlos?

Los murmullos, aunque bajos, se apagaron. Todos sabíamos qué estaba preguntando.

– Creo que sí pero necesitamos un plan mejor que ayer. Volver allí sin más no nos servirá de nada. Ni a ellos. – dije.

El silencio se mantuvo. Nadie sabía qué más podíamos hacer, como enfrentarnos a algo que ni siquiera comprendíamos. Ni yo mismo, cabeza baja, mirando a Ana, que me devolvía la mirada y sonreía, aferrada a mi pantalón. Alguien, al fondo, levantó la mano; la señalé y todas las miradas vagaron hacia ella.

– Hola. – saludó – Vivo en el cuarto piso… bueno, tal como están las cosas no sé… Da igual. Me llamo Dora y soy ingeniera.

Hizo una pausa, como si esperase que alguien lo corroborase o esperando algún comentario. Nadie habló ni mostró señal de interrumpirla.

– El caso es que ayer estaba con otro grupo, los que revisamos la otra acera hasta el fondo. No vimos nada extraordinario, a parte de lo que sabemos todos. – su mirada buscó el suelo, quizá hablar de ello se estaba volviendo tabú – Si os parece – miró las caras cercanas – quiero ir a verlo por mí misma, con un pequeño grupo, tal vez se nos ocurra algo que se os pasó ayer.

Parecía avergonzada.

– Me parece bien. Siendo ingeniera seguro que tendrás formas mejores que los que fuimos ayer, de afrontar la situación. – comenté.

Dora volvió a mirar al suelo y se sonrojó.

Pronto su grupo estuvo conformado, seis personas en total, las primeras en salir del garaje esa mañana.

El resto nos organizamos en varios grupos diversos. Los mismos que el día anterior continuarían revisando el supermercado. Dos grupos se dedicarían a las viviendas, uno por acera y otros dos revisarían el resto de tiendas, uno por acera, sin intención de entrar en detalle. La orden más importante para todos era permanecer juntos y, no menos importante, volver al garaje ante cualquier situación extraña. No creo que eso diese seguridad a nadie, no la suficiente para alejar el miedo a desaparecer.

Yo quería acercarme a los límites de la calle, comprobar si podía notar cambios. Me parecía una tarea poco arriesgada, ya que no pretendía acercarme más de lo necesario. Como Ana no soltaba la pernera de mi pantalón le dije que la llevaría conmigo, aún con sus dificultades para expresarse o mostrar emociones, estuve seguro de que se alegraba de acompañarme.

Antes de empezar fuimos a una tienda de ropa en la misma acera, antes de llegar al primer cruce. Ella no llevaba más que un vestido sucio y roto, nada cómodo para moverse por la zona. Aunque no tenían mucha variedad para niños salió con un peto vaquero, una camiseta de manga corta y una chaqueta de punto, todo elección suya. En lo único que me impuse fue en el calzado, una minúsculas zapatillas deportivas que me parecieron cómodas y, sobre todo, firmes; si tropezaba por culpa del calzado o se le caían en caso de emergencia no nos servían, así que hice una elección funcional en lugar de la estética que ella quería (unas sandalias con mariposas dibujadas).

– Esas las cogemos a la vuelta y las puedes usar en el garaje. – zanjé ante su gesto irritado.

Poco a poco empezaba a ver en ella comportamientos propios de su edad. Confiaba en que llegara un momento de cercanía, cuando se atreviese a contarme lo que había vivido; esos ramalazos infantiles me parecían avances por el buen camino.

Salimos a la calle y me agache frente a ella para asegurar los tirantes del peto. Ella miraba mis manos y se dejaba hacer. Giré el bolsillo sobre su pecho para que los dos pudiésemos ver el motivo que lo decoraba: un colorido dragón, tal vez inspirado en la mitología china. Acerqué un dedo a la boca con pequeños dientes.

– ¡Ay! ¡Qué me muerde! – dije retirando de golpe mano y dedo.

Aún siendo una broma tan ingenua ella rió y yo reí con ella. Me levanté, ella agarró mi mano con la suya y caminamos hacia el cruce, un punto tan bueno como cualquier otro para empezar la tarea.

A primera vista el paisaje estaba igual. El mismo final abrupto de calle y edificios, el mismo final de cielo y ausencia de horizonte, la misma claridad extraña hasta donde se perdía la vista. Como el día anterior, tomé una piedra de la base del árbol más cercano y me dispuse a lanzarla hacia la nada blanquecina. Ana tomó otra piedra, imitándome y se dispuso a replicar mis acciones. Disparé la piedra con toda mi fuerza que no era mucha y Ana hizo lo mismo. Mi piedra se elevó unos metros y empezó a bajar trazando una parábola, la de Ana también. Mi piedra bajó hasta el nivel del suelo y luego siguió cayendo, bajando o lo que fuese en aquella claridad infinita, la de Ana subió un poco antes de caer al suelo, muy cerca del borde cortado de la calle. A su cara de decepción siguió el intento de ir a por ella, seguramente para volver a lanzarla.

– ¡Quieta! ¡Para! – ordené tomándola de la mano para que no se alejase.

No forcejeó, no redujo su cara de decepción.

– No quiero que te acerques al borde. A ningún borde. – señalé la frontera entre la realidad de la calle y la indefinible nada de más allá – ¿Me entiendes?

Ella asintió con la cabeza, parecía sentirse culpable o estar sufriendo una regañina. Pensé que había sido demasiado brusco con ella pero me asustaba que pudiese caer y desaparecer para siempre.

– No me enfado. – le expliqué agachándome otra vez frente a ella – Es que no quiero que te pase nada malo y eso – volví a señalar a la nada – es peligroso. ¿Me entiendes? – repetí la pregunta pero con un tono que intentaba ser lo más amable y comprensible posible.

Ella reaccionó acercándose hasta abrazarme y yo devolví el abrazo de buena gana.

– ¿Lista para continuar el trabajo? ¿_Ayudanta_? – dije con aire militar.

Ella sonrió y asintió. Me incorporé y recorrí con la mirada el borde de nuestra existencia. Parecía cortado con una sierra. Aunque no noté cambios con lo que vi el día anterior eché de menos una cámara fotográfica con la que poder comprobarlo.

– ¿Buscamos algo para hacer fotos? ¿Quiero hacer algunas de cada sitio donde se acaba la calle? – le dije a la pequeña.

Ella movió la cabeza hacia todos lados, quizá buscando la tienda que nos pudiese proveer de una. No conocía ninguna tienda de artículos fotográficos en nuestra calle, ni siquiera en la parte desaparecida, así que me fui fijando en los establecimientos a nuestro paso, por si alguno podía hacernos el apaño. Mientras, empecé a hacer fotos con el teléfono que ya no servía para mucho más, al no disponer de ningún tipo de conexión con el resto del mundo.

Siguiendo por la acera llegamos al siguiente cruce, al final de la calle por ese lado. Ninguna diferencia con lo ya visto y nada que pudiese destacar con mis vagos recuerdos del día anterior. De nuevo lamenté no haber registrado imágenes en el primer encuentro, incluso me hubiese conformado con algunas líneas de texto que describiesen mis primeras impresiones. Ana señaló algo en el extremo de la calle, en la otra acera. Siguiendo la dirección de su manita vi lo que llamaba su atención. En el borde del edificio cortado en ese lugar se notaba más luminosidad que en el resto de la blancura difusa que nos envolvía. Sujeté la mano de Ana que aún señalaba el mismo punto y, sin soltarla, hice que caminase detrás de mí, muy cerca, pegada a mis piernas pero detrás de mí.

Al ir acercándonos el cambio de intensidad en la luz era más evidente, como si tras el borde cortado del edificio hubiese una potente luminaria que no podíamos ver directamente, sólo el halo de luz que arrojaba, sólo la parte que sobresalía del edificio amputado.

Le pedí a Ana que se quedase junto al último árbol de la acera y me acerqué tanto como pude. Escuché entonces un grito apagado detrás de mí, me volví de inmediato, sobrecogido. La pequeña Ana movía la mano para que volviese junto a ella y emitía el sonido que acababa de escuchar, como un chillido agarrotado que no conseguía salir de su garganta. Eché un vistazo más, seguro de que no podría ver la fuente de luz sin saltar a la nada blanquecina y volví junto a ella. De inmediato se aferró a mí, temblaba, estaba asustada; me agaché y la abracé.

– No pasa nada. – dije intentando calmarla – Sólo quería mirar.

El resto de la visita a los extremos de nuestra realidad no se soltó de mi mano, al final debía dolerle por la tensión con que se sujetaba pero no se desasió en ningún momento, hasta que volvimos a la ilusoria seguridad del garaje.

Por el camino vimos a algunos integrantes de los otros grupos. En el supermercado tenían formada una fila para ir pasando artículos y alimentos a nuestro refugio. Antes de llegar allí vimos al grupo que revisaba las tiendas de la calle, saliendo de una ferretería para entrar a la tienda de ropa que nosotros ya visitamos al salir. No vimos a nadie de los que intentaba rescatar a los compañeros perdidos, tampoco entramos en el edificio ni subimos hasta donde debían estar.

A cada uno que vimos quería contarle el hallazgo de la fuente de luz en el extremo de la calle pero callaba para no alterar a la pequeña Ana. Esperaba poder hacerlo cuando pusiésemos todo en común en el garaje, mientras intentaba buscarle una explicación. Lo que creí más probable es que la parte cortada y expuesta del edificio que no podíamos ver desde la calle correspondía, en esa zona, a algún lugar de trabajo con su propia fuente de energía, como el generador que teníamos nosotros que aún estuviese funcionando y algún foco especialmente potente estuviese en una posición apropiada para iluminar de aquella manera. Para comprobarlo debía ser suficiente con entrar en el edificio y revisarlo al nivel de la calle pero era algo que no quería hacer con la niña tan cerca. La parte más irracional de mí veía monstruos rodeando aquella luz.

Llegamos al otro extremo de la calle, todo parecía igual que el día anterior, como en el resto. Tomé algunas capturas y me senté en el bordillo más próximo al abismo de claridad. Ana soltó mi mano, no sin antes subirse a mis piernas y encogerse en mi regazo. Mientras yo miraba hacia la claridad indefinible ella se chupaba el pulgar derecho. No sé cuanto tiempo pasamos allí, yo embobado, ella dormida después de un par de bostezos. En peligro de quedarme también dormido me levanté con ella en brazos y volvimos al garaje.

La gente empezaba a preparar la comida. Me dio la impresión de que quienes se estaban ocupando de super estaban en el garaje, todos; descansando unos, acabando de organizar lo que habían traído, otros. Nos metí en la furgoneta, la arropé a un lado sin que se despertase y me tumbé yo también, cerrando las puertas. No debí de tardar mucho en quedarme dormido. Me despertó un vocerío fuera. La niña seguía durmiendo, salí sigilosamente, sin despertarla.

Un nutrido grupo, en el centro del garaje, discutía acaloradamente.

– No podemos seguir perdiendo tiempo con eso. – decía una voz.
– Tiempo es lo que nos sobra. Y, por lo que sabemos, a ellos les falta. Hay que seguir. – decía otra voz, enervada.
– ¡Estás aquí! – señaló Dora al verme.

Muchas caras se giraron en mi dirección. Avancé hacia ellos hasta acercarme a Dora.

– ¿Qué pasa?
– Algunos no quieren que sigamos buscando a la gente perdida. – respondió ella.
– No podemos seguir intentando entrar allí, aún perderemos más gente. – explicó la primera voz que escuché al salir de la furgoneta.

Era un chico joven, quizá de la misma edad que Fermín pero algo más alto; intentaba darle a sus palabras aire de autoridad, porque al mirar a su cara aniñada era difícil verlo de otra manera y él debía saberlo. Al enfrentar mi mirada no tardó en esquivarla.

– ¿Pudisteis hacer algo? – pregunté a Dora.
– No mucho. Intenté entender qué es aquello pero no vi forma de sujetarlo o de obtener una muestra. Con lo que tenemos es imposible tocarlo. Yo misma intenté entrar y descubrí que a medida que te vas sumergiendo pierdes el control de tu cuerpo y tu mente, como si pasases a ser un espectador pero sin ver nada.
– ¿Y lo que escuchó Fermín cuando se metió?
– No lo sé. No escuché nada. – dijo Dora – Sólo estuve un momento, avisé que me sacasen pronto, por si acaso.
– ¿Ves alguna posibilidad de llegar a los compañeros perdidos?
– No estoy segura pero me gustaría intentarlo una vez más.

Se podía ver en su cara el miedo al recordar la experiencia y las ganas de entender a qué nos enfrentábamos.

– Vale. Intentadlo hoy también.

Esperaba que el chico se opusiese pero nadie puso peros.

– El resto seguid con lo de ayer. Necesito dos o tres personas para revisar algo extraño que vimos Ana y yo.
– ¿Se llama Ana? – preguntó Dora.
– Le he dado ese nombre, al menos mientras no hable para decir el de verdad.
– ¿Qué visteis? – preguntó Mario, acercándose a nosotros.
– Como un halo de luz, detrás de uno de los edificios cortados en los límites. – intenté explicar.

Caras pensativas surgieron como setas.

– Voy contigo. – se ofreció Mario.

Dora se acercó medio paso o un paso que no llegó a completar. Por su forma de moverse estuve seguro de que también quería acompañarnos pero, por lo dicho anteriormente, debía continuar su intento de desentrañar la burbuja de oscuridad.

Una mujer joven y una pareja mayor levantaron la mano y se movieron entre la gente hasta llegar a nosotros, para ofrecerse como voluntarios. Ana apareció también, frotándose los ojos enérgicamente vino hasta mí y alargó los brazos para que la cogiese. No estaba seguro de si se había enterado del nuevo plan, por su cara adormilada no lo parecía, así que se lo expliqué.

– ¿Vendrás con nosotros? – le pregunté al final.

Movió la cabeza afirmativamente, al tiempo que miraba al resto del grupo. No sé si los demás se dieron cuenta, miró a la chica joven mucho más rato que a los demás y de forma distinta; aunque no cambió significativamente su expresión la miró diferente, no supe entender el significado de aquella diferencia ni podía preguntárselo.

Cuando estuvimos listos nos reunimos en la entrada del garaje, la chica joven fue la última en llegar. Hicimos el corto paseo hasta el edificio al final de la otra acera en silencio, como en casi todas nuestras actividades esos días se respiraba un ambiente tenso, receloso hacia lo que nos esperaba.

El edificio no era muy distinto del resto de la calle: seis alturas, una o dos ventanas por vivienda que desde la calle no era más que una especulación, calculada recordando la distribución de mi propia vivienda y otras vistas antes, Una columna de balcones en el centro y un patio en la parte más alta, quizá hubiese un piso abuhardillado allí. Fachada rojo ladrillo y puerta enrejada verde para acceder al portal. El primer paso era forzar esa puerta, tarea ardua físicamente pero poco complicada con las palanquetas, empezábamos a tener experiencia entrando a las bravas. Después de un rato entre todos la puerta cedió. Iluminamos el interior antes de entrar; yo lo hice buscando señales de la negrura que ya conocíamos o cualquier otro peligro inesperado.

El plan empezaba por buscar en el nivel de calle, en la parte mas retrasada del edificio con respecto a la acera. Ana caminaba pegada a mí, unos centímetros por detrás y siempre sujeta a mi pantalón, creo que ya nos habíamos acostumbrado a ir así.

En el recibidor vimos los buzones agrupados de todas las casas, parecía haber también cuatro viviendas por planta y seis pisos en total pero no era eso a lo que veníamos. Al lado del ascensor estaban las escaleras para subir al siguiente nivel, al otro lado una puerta de madera, un corto pasillo y otra puerta al fondo. Forzamos primero la puerta más próxima al ascensor, no resistió mucho, tras ella vimos un tramo de escaleras de bajada; imaginé que llevarían a los contadores eléctricos o de agua del edificio y no era ese nuestro objetivo. Seguimos el corto pasillo y forzamos la última puerta; tampoco opuso resistencia contra las palanquetas.

En la pared de la derecha vimos los contadores eléctricos y en el fondo de la sala una abertura en la pared que comunicaba con otra sala que nuestras linternas no mostraban con la suficiente claridad. Caminamos en grupo cerrado hasta la siguiente sala. En el mismo lado que los contadores en la anterior vimos apiladas cajas de cartón hasta el techo, sin nada que indicase su contenido. La chica hizo el amago de acercarse a curiosear pero al ver que los demás seguíamos recto lo dejó y volvió al grupo.

La sala era dos o tres veces más grande que la suma de las anteriores, recibidor incluido, así que las linternas de todos no alcanzaban para iluminarlo por completo. Dimos una vuelta, siguiendo su perímetro y acabamos encontrando otra puerta. La habitación a la que se abría estaba fuertemente iluminada, creo que todos nos cubrimos los ojos un momento, hasta que empezaron a acostumbrarse al cambio de luminosidad.

Esa última habitación estaba cortada, tal vez la mitad de ella sino más, había sido engullida por el abismo de claridad, cortada tal vez, quizá simplemente desapareció; no teníamos forma de saber qué provocó el desastre. No había nada en la habitación, ni muebles, ni cuadros en las paredes, ni siquiera luces en el techo. la fuente de luz que vimos desde el exterior del edificio se originaba en un marco rectangular pegado al borde cortado, en medio de la ausencia de pared frente a nosotros. Parecía una puerta pero como si estuviese hecha de luz en lugar de un material convencional.

Al notar que las manitas de Ana temblaban aprisionando las dobleces de mi pantalón miré hacia ella y me di cuenta de que también yo temblaba, mis manos se movían sin control, de forma sutil pero inocultable. El resto no estaba mejor que nosotros. La chica no podía apartar la vista del rectángulo, ni cerrar del todo la boca. La pareja se sujetaba uno a otro, de forma parecida a como lo hacía Ana a mí pero a mayor altura, con más fuerza; podía ver las manos de ella casi blancas, tanta tensión debían estar acumulando.

Sin pensar en las consecuencias me acerqué a rectángulo de luz, con una mano cubría mis ojos, con la otra sujetaba las manos de Ana que no se soltaban de mi pantalón. Cuanto más nos acercábamos más intentaba recular ella, tirando con toda la fuerza que tenía en sentido contrario; poco podía hacer mientras yo seguía avanzando y sujetando sus manitas. A menos de un brazo de distancia los demás no se habían movido de sus posiciones, tensos y congelados.

Extendía una mano, hasta casi rozar la fuente de luz. Ana gritaba sonidos ininteligibles, imagino que señales de alarma para que no siguiese acercándome pero algo en aquella luz me hacía ignorarlo todo. Quizás me llamaba sin que fuese capaz de oírla.

No sentía calor, ni ninguna molestia en los dedos y eso que la punta de mis uñas casi rascaban la luz.

Irreflexivo, impulsivo, irracional, imprudente, insensato. Me dejé llevar y salté hacia delante.

No sé bien qué pasó. De repente estaba a oscuras. Asustado encendí la linterna e intenté situarme. Estaba en otra habitación, o la misma, no lo sabía bien. Una extensa sala muy parecida a la anterior, al menos en lo que mi linterna era capaz de desvelar de la oscuridad que me envolvía. Pasé un rato iluminando hacia todos lados: paredes, esquinas, suelo, techo, sin encontrar nada claramente distinto, salvo la luz, nada que llamase mi atención.

Tardé demasiado en darme cuenta que mi pantalón estaba suelto. No sentía la tirantez donde las pequeñas manos de Ana se estuvieron sujetando. Alarmado enfoqué en su dirección y no la ví.

– ¿Ana? – llamé – ¡ANA! – sin obtener ninguna respuesta.

Moví el haz de luz de la linterna por toda la sala, desesperado, furioso conmigo mismo. No vi ningún rastro del rectángulo de luz que acababa de atravesar, ni de la niña, ni de los demás.

Nada.

Sólo yo en una habitación oscura.

En la pared detrás de mí había una abertura. Tembloroso y acobardado fui hacia ella. La atravesé para encontrarme en otra sala vacía y una puerta en la pared al frente, en el otro lado de la estancia. Iluminé de nuevo hacia atrás, llamé a todos, empezando por el nombre de Ana, sin esperanza, sin escuchar respuesta de nadie.

La puerta estaba abierta, se movió sin esfuerzo después de girar el pomo y al otro lado el portal del edificio. Muy parecido al que recordaba cuando entramos unos momentos antes, pero no igual. La puerta del ascensor estaba en la pared opuesta, sola. A mi derecha un tramo de escaleras bajaba hacia los sótanos del edificio y otro subía hacia las plantas superiores, más adelante los buzones para correo postal de cada vivienda.

Abrí la puerta del portal y salí a la calle. Era muy parecida. Si hubiera tenido peor memoria tal vez me habría parecido igual pero no lo era. Los árboles quizá estaban plantados en las mismas posiciones pero no eran del mismo tipo. Vi muchos menos coches aparcados, allí los espacios vacíos abundaban.

A la derecha un cruce, como en la que recordaba. Cortado por una blancura indefinida idéntica.

Y a mí izquierda tres caras desconocidas que me miraban desconfiadas.

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