CUANDO LOS ESPEJOS SE ROMPIERON

CUANDO LOS ESPEJOS SE ROMPIERON

fran

04/09/2026

El portal permaneció abierto durante apenas cuarenta segundos. Sin embargo, para los integrantes del Círculo fue suficiente. Habían cruzado. Por primera vez en la historia conocida, un grupo de viajeros procedentes de una realidad alcanzaba otra versión de su propio mundo. La misión había sido discutida durante meses. Algunos consideraban que era demasiado peligrosa. Otros afirmaban que resultaba inevitable. Después de todo, el mensaje enviado por Daniel Gross desde Nervia había dejado pocas dudas. Existía una Tierra donde los individuos más gobernaban a la humanidad. Y nadie parecía capaz de detenerlos.

Ahora iban a comprobarlo personalmente.

La ciudad apareció ante ellos como una herida luminosa. Las torres de cristal negro se elevaban kilómetros sobre el suelo. Miles de vehículos surcaban el aire siguiendo rutas perfectamente ordenadas. No había señales de pobreza. Ni de contaminación.
Tampoco barrios marginales. A primera impresión parecía una utopía. Sin embargo, había algo inquietante. Las calles estaban demasiado silenciosas. Las personas caminaban con la cabeza baja. Las pantallas gigantes que cubrían los edificios repetían constantemente mensajes sobre estabilidad, obediencia y armonía. Kaelan Rivas observó el panorama con el ceño fruncido. En su mundo era conocido como uno de los mayores defensores de la Mancomunidad. Poseía capacidades extraordinarias desde la infancia y las utilizaba para rescates, exploración espacial y ayuda humanitaria. La visión de aquella ciudad le producía una incomodidad exasperante de explicar.

—“Todo parece perfecto” —murmuró.

A su lado, el estratega Corvin Gale respondió:

—“Las jaulas mejor construidas suelen parecer cómodas”.

No tardaron en ser descubiertos. Apenas habían avanzado unas pocas calles cuando todas las pantallas de la ciudad cambiaron simultáneamente. La misma imagen apareció en cada una. Un hombre vestido con una armadura oscura. Cabello blanco. Mirada fría. Expresión de absoluta confianza.

—“Visitantes no autorizados detectados” —anunció la figura—. “Permanezcan donde están”.

Kaelan sintió un escalofrío. Porque estaba observándose a sí mismo. O, más exactamente, una versión diferente de sí mismo.

El gobernante supremo de Nervia se llamaba “Kaeglor Vonn”.
Poseía el mismo origen. Las mismas capacidades. El mismo potencial. Pero una filosofía totalmente distinta. La llegada fue inmediata. Un estruendo sacudió la avenida. El pavimento se fracturó.

Y Kaeglor descendió desde el cielo rodeado por una onda de energía azul. No venía solo. Junto a él apareció otra figura. Alta. Elegante. Vestida con una capa oscura. Su rostro era idéntico al de Corvin Hale. Excepto por los ojos. Aquellos ojos no mostraban empatía alguna. Solo cálculo. Distancia. Era Corvus. El arquitecto intelectual del régimen.

Durante unos segundos nadie habló. Los cuatro permanecieron observándose. Como si cada uno contemplara una posibilidad distinta de sí mismo. Finalmente habló Kaeglor.

—“Así que ustedes son la versión idealista”.

Kaelan sonrió levemente.

—“Y tú debes ser la versión que perdió el rumbo”.

La respuesta provocó una breve carcajada.

—“No. Yo soy la versión que comprendió cómo funciona realmente el universo”.

El enfrentamiento comenzó antes de que nadie pudiera añadir una palabra más. Kaeglor se lanzó hacia adelante. La onda de choque derribó vehículos y quebró ventanas en varios edificios cercanos. Kaelan reaccionó instantáneamente. Ambos chocaron en el centro de la avenida. El impacto resonó por kilómetros.

Mientras tanto, Corvin y Corvus iniciaban una batalla muy distinta. No corrieron.
No golpearon. Simplemente comenzaron a hablar.

—“Sigues creyendo que las personas son capaces de gobernarse solas” —dijo Corvus.

—“Porque lo son”.

—“La historia demuestra lo contrario”.

Corvin negó con la cabeza.

—“La historia demuestra que siempre habrá errores. No que la libertad sea inútil”.

Corvus observó las multitudes que comenzaban a reunirse alrededor.

—“Míralos. No hay hambre. No hay guerras. No hay delincuencia”.

—“¿Y qué entregaron a cambio?”.

—“Incertidumbre”.

—“Entregaron su capacidad de elegir”.

Sobre ellos, Kaelan y Kaeglor atravesaban edificios enteros durante su combate.
Ambos poseían fuerzas equivalentes. Velocidades similares. Resistencia comparable. Aquella pelea no podía decidirse únicamente mediante poder físico. Y ambos lo sabían. Kaeglor lanzó a su adversario contra una torre de oficinas. Fragmentos de cristal cayeron sobre las calles.

—“¿Sabes cuál es la diferencia entre nosotros?” —preguntó.

Kaelan se incorporó lentamente.

—“Dímelo tú”.

—“Yo dejé de creer en cuentos de hadas”.

El gobernante señaló la ciudad.

—“Esta civilización existe porque alguien tomó decisiones difíciles”.

Porque alguien asumió el control. Porque alguien comprendió que las masas prefieren sentirse libres antes que ser libres. Kaelan observó los rostros de los ciudadanos. Miles de personas miraban desde las calles. Desde ventanas. Desde plataformas azoteas.
Nadie gritaba. Nadie celebraba. Nadie parecía sentir nada. Y aquello resultaba muy perturbador.

—“No los protegiste” —respondió finalmente—. “Los reemplazaste”.

Por primera vez, su arrogante sonrisa desapareció del rostro de Kaeglor.

Mientras tanto, Corvin comenzaba a comprender algo inquietante sobre su contraparte. Corvus no era malvado. No disfrutaba causando sufrimiento. No actuaba impulsado por odio. Estaba sinceramente convencido de que hacía lo correcto. Y eso lo convertía en un adversario mucho más peligroso.

—“¿Qué ocurre si mañana la población decide eliminarte?” —preguntó Corvin.

—“No lo hará”.

—“Esa no es una respuesta”.

—“La pregunta es irrelevante”.

—“¿Por qué?”,

Corvus sonrió.

—“Ya no poseen los mecanismos necesarios para hacerlo”.

Aquella frase lo resumía todo. No existía oposición en Nervia; la oposición había sido desmantelada mucho tiempo atrás mediante la eficiencia, el control, la normalización.

La batalla principal alcanzó entonces su punto crítico. Kaeglor utilizó toda su energía para generar una descarga capaz de arrasar un distrito entero. Kaelan pudo sentir la intensidad creciendo. Su doble estaba dispuesto a destruir parte de la ciudad para ganar.
Él consideraba aceptable el costo. Y allí apareció la diferencia fundamental. Kaelan no respondió con más poder. Respondió moviendo la descarga hacia el océano. Recibió todo el impacto. El mar se elevó como un muro líquido. La ciudad permaneció intacta. Miles de ciudadanos observaron la escena. Y algunos comenzaron a hacerse preguntas. Pequeñas, pero peligrosas preguntas.

¿Por qué alguien arriesgaría su vida para proteger a desconocidos?.

¿Por qué alguien rechazaría una ventaja táctica para salvar personas que jamás volvería a ver?.

Kaeglor también entró en razón y, por primera vez, se sintió incómodo. No porque estuviera perdiendo la batalla, sino porque estaba perdiendo algo más importante.

Su verdadero poder.

El combate terminó abruptamente. Las alarmas de la ciudad comenzaron a sonar.
Las lecturas dimensionales indicaban que el portal estaba colapsando. El Círculo tenía pocos minutos antes de quedar atrapado en este mundo, permanentemente.

Corvin reunió a sus compañeros. Kaelan retrocedió lentamente sin apartar la mirada de Kaeglor. Ninguno había vencido. Ninguno había sido derrotado. Pero ambos sabían que algo había cambiado. Antes de que el portal terminara de cerrarse, Kaeglor habló por última vez.

—“Volveremos a encontrarnos”.

—“Lo sé”.

—“Y cuando eso ocurra, uno de nuestros mundos cambiará para siempre”.

Kaelan observó la inmensa ciudad detrás de él. Luego miró a los ciudadanos que continuaban observando desde las calles.

—“Tal vez ya empezó”.

El portal se cerró. El silencio regresó. Pero las consecuencias permanecieron. Nervia, por primera vez en generaciones. Millones de personas habían visto algo que el régimen jamás había podido ofrecerles. Una elección. Y una vez que una idea cruza una frontera, resulta mucho más difícil detenerla.

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